El pertenecer a la familia del barrio

El pertenecer a la familia del barrio

por el élder Robert D. Hales
del Quorum de los Doce Apóstoles
Liahona Marzo 1999

Las oportunidades que todos tenemos de brindar cuidado y de hermanar en el barrio o en la rama son ilimitadas si estamos dispuestos a dar de nosotros mismos por medio del amor y del servicio.


El mensaje que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días imparte a sus miem­bros en realidad no tiene límites en lo que respecta a su estado civil o a cualquier otra circunstancia. El maravilloso mensaje es que nuestro Padre Celestial y Jesús viven y que nos aman a cada uno en forma indivi­dual. El Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado a fin de que todos tengamos las ordenanzas y el conocimiento necesarios para volver a la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo. Algunos de los hijos de nuestro Padre están casados, otros son solteros, pero el Evangelio es el mismo para todos; las doctrinas son las mismas para todos.

Cuando fui llamado como Autoridad General hace más de veinte años, se me pidió trabajar con los miem­bros mayores solteros de la Iglesia; aprendí mucho de los maravillosos hermanos y hermanas con quienes trabajé. He continuado teniendo la oportunidad de aprender de ellos en cuanto a sus circunstancias particulares, sentimientos, bendiciones, dificultades y oportunidades. He visto a algunos hermanos y hermanas aislarse para vivir en su propio mundo con amargura, soledad o deses­peranza. He visto a otros alcanzar nuevas dimensiones de capacidad al elevar y fortalecer a los demás, al hacer resplandecer el espíritu de todos aquellos con quienes se relacionan. He compartido sus alegrías cuando han dado a conocer sus experiencias de éxito, y he llorado con los que han dejado al descubierto su corazón atribulado al expresar su dolor y frustración por no concedérseles todos los deseos de su corazón.

El tender una mano de ayuda al necesitado puede disipar los sentimientos de soledad e imperfección, y reemplazarlos con sentimientos de esperanza, amor y aliento.

Algunas de las personas que están atravesando por situaciones dolorosas tal vez piensen que las Autoridades Generales no comprenden las aflicciones y tribulaciones por las que ellos pasan. Sin embargo, nos preocupan desde lo más profundo de nuestro corazón.

A través de los últimos veinte años, también he apren­dido mucho en cuanto a la forma en que el Señor se preocupa por cada uno de nosotros. Lo que he empezado a comprender es que todos enfrentamos problemas, dolor y oposición; nadie está exento de las realidades de la vida, “…porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11).

Todos recibimos consuelo cuando llegamos a comprender la gran bendición del bautismo. Cuando fuimos bautizados, pasamos de las cosas del mundo hacia las del reino de Dios. En el reino de Dios, la salvación es para todos, pese a las circunstancias en las que nos encontremos, ya seamos casados, solteros, con hijos, sin hijos, ricos, pobres, jóvenes o ancianos; las posibilidades son ilimitadas. Las categorías son casi tan numerosas como lo es el número de personas que existen. Sin embargo, todos somos hijos de un Padre Celestial amoroso que desea que logremos el éxito y volvamos a Su presencia. En ese respecto, todos somos iguales; no estamos solos; a todos se nos ama.

Debemos tener cuidado de no adjudicarnos una clasifi­cación determinada que implique una condición o cate­goría que nos haría diferentes y que, posiblemente, nos apartaría o excluiría del resto de los miembros de la Iglesia. Por ejemplo, a veces oímos a personas solteras describir el barrio o la rama en donde residen como un “barrio fami­liar” o una “rama familiar”, refiriéndose a una unidad de la Iglesia compuesta en su mayor parte de hombres y mujeres casados con hijos. ¿No sería mejor si consideráramos que todos pertenecemos a una “familia del barrio” o a una “familia de la rama”, compuesta de adultos, jóvenes y niños —hermanos y hermanas individuales—, quienes se cuidan y se fortalecen unos a otrosí1 El amor de Dios es infinito y no está sujeto a condiciones ni a categorías.

Todos pertenecemos a una comunidad de santos; todos nos necesitamos unos a otros y nos esforzamos por lograr la misma meta. Cualquiera de nosotros podría aislarse de esta familia del barrio si utilizáramos nuestras diferencias como punto de referencia, pero no debemos excluirnos ni aislarnos de las oportunidades debido a las diferencias que percibimos en nosotros mismos. En vez de ello, compartamos nuestros dones y talentos con los demás, llevándoles así un fulgor de esperanza y de gozo, y al hacerlo, elevar nuestro propio espíritu.

Un día, temprano por la mañana, mi esposa y yo hablábamos acerca de que nuestros padres habían falle­cido, y de que ambos éramos huérfanos. Llegamos a la conclusión de que, ya que ambos teníamos sesenta y tantos años, eso no nos afectaba del mismo modo que lo hubiera hecho si nos encontráramos en nuestra infancia o en nuestra juventud. Con la edad, habíamos superado la categoría de huérfanos, lo cual simplemente ya no imponía ningún, límite en nuestro progreso.

De igual manera, llega el momento en nuestra vida en que nos damos cuenta de que el hecho de que seamos solteros simplemente no limita nuestro progreso. Si acentuamos nuestro estado de soltería y hablamos cons­tantemente sobre ello, en esencia es como si nos estuvié­ramos imponiendo el estado de orfandad y, por ende, tal vez nos sintamos solos. Muchas veces, la soledad en el reino de Dios es un exilio que nosotros mismos nos imponemos.

Espero que cada uno sienta la necesidad de unirse a la familia entera del barrio o de la rama y utilice sus singu­lares dones y talentos para surtir una influencia en la vida de todos nuestros hermanos y hermanas. Las oportuni­dades que todos tenemos de brindar cuidado y de hermanar en el barrio o en la rama son ilimitadas si estamos dispuestos a dar de nosotros mismos por medio del amor y del servicio.

Hace uno o dos años, nos encontrábamos reunidos con nuestros familiares en una casa de campo; todos estábamos ocupados realizando diversas actividades, excepto un nieto. Una tarde, entró lentamente a la cocina y le dijo a su abuela: “Estoy aburrido”. El acababa de expresar la condición que él mismo se había impuesto sobre sí.

En vez de tratar de entretenerlo durante los días siguientes, la abuela demostró gran sabiduría al aprove­char la oportunidad para enseñarle una lección muy importante. En primer lugar, le dio una escoba para que ayudara con una tarea; después, le dio una hoja de papel y un lápiz y le pidió que se sentara a la mesa de la cocina. Ella señaló una lista de actividades familiares que estaba sobre la puerta del refrigerador y pidió a nuestro nietecito que anotara cualquier actividad de las que aparecían en esa lista en la que a él le gustaría participar; era una lista larga. Después, le pidió que a esa lista agregara cualquier cosa que a él le gustaría hacer; la lista se hizo más larga; muy pronto, él contó con actividades interesantes que fueron más que suficientes para mantenerlo ocupado.

Si brindan amor y consuelo al necesitado, el Espíritu del Señor los atenderá y encontrarán amor y consuelo en la vida.

Con la ayuda de esa lista, participó feliz y dejó de pensar en los sentimientos de aburrimiento que había tenido. La abuela, de manera amorosa, le enseñó a ser responsable de su propia felicidad y a no depender de los demás para agregar alegría y felicidad a su vida.

Esa experiencia se aplica a todos nosotros, no importa cuáles sean nuestras circunstancias. Al igual que nuestro nieto, somos responsables de nuestra propia felicidad. Tal vez deberíamos hacer nuestra propia lista de las formas de agregar gozo y alegría a nuestra propia vida y a la de los demás. En nuestra lista se podría incluir lo siguiente:

  •  Orar: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentara” (Salmos 55:22).
  •  Estudiar las Escrituras.
  •  Hablar con el obispo, el líder de quorum o la presi­denta de la Sociedad de Socorro.
  •  Prestar servicio a los demás.
  •  Animar y fortalecer a los demás.

Y la lista se podría alargar.

Debido al gran amor que siente por cada uno de noso­tros, el Señor desea que todos seamos felices. Mediante el profeta Lehi, él dijo: “…existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). El gozo al que hacemos refe­rencia se puede experimentar ahora. No es preciso esperar otro día, otro año, hasta que nuestras circunstan­cias cambien, o hasta que pasemos a través del velo y vayamos hacia nuestra gloria eterna. Debemos encontrar gozo en el presente. Si amamos el Evangelio de Jesucristo, podemos hallar gozo en cualquier situación en que nos encontremos.

Los que se encuentren solos y solitarios no deben encerrarse para siempre en las cámaras privadas de su propio corazón. Ese alejamiento, al final, podría conducir a la tenebrosa influencia del adversario, la cual conduce al abatimiento, a la soledad, a la frustración y a pensar en uno mismo como algo que carece de valía. Una vez que se consideran a sí mismos como algo sin valor, muchas veces suelen refugiarse en amistades que deterioran esos delicados filamentos del espíritu, acabando por arruinar sus antenas y transmisores espirituales. ¿De qué nos sirve buscar la compañía o el consejo de personas que por sí mismas se encuentran desorientadas y que nos dicen únicamente las cosas que deseamos escuchar? ¿No sería mejor acudir a padres amorosos, a líderes del sacerdocio y de la Sociedad de Socorro, y a amigos que puedan infundimos ánimo y ayudarnos a lograr metas celestiales?

Un aspecto singular de la Iglesia es que, tanto los barrios como las ramas, están establecidos de acuerdo con una estructura geográfica; se organizan de tal manera que los líderes puedan estar cerca de los miembros, lleguen a conocerles bien y les brinden cuidado. Todos los miembros que viven dentro de estas unidades geográficas tienen acceso a un centro de reuniones, a un líder del sacerdocio y a una presidenta de la Sociedad de Socorro.

En Doctrina y Convenios se nos dice: “pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (D. y C. 137:9). Las personas que vivan de manera fiel y que no tengan la oportunidad de casarse en esta vida gozarán de toda bendición, exalta­ción y gloria que merecerán aquellos que entren en el convenio del matrimonio eterno y lo honren. La verdadera pregunta que todos debemos hacernos es la siguiente: ¿Cuáles son los deseos y las intenciones de mi corazón?

Respetamos y honramos a los miembros mayores solteros de la Iglesia por su fidelidad, obediencia y dedi­cación. Recibiremos todas las bendiciones que el Señor ha reservado para nosotros si participamos en la Iglesia, tal como ha sido establecida, sin colocarnos a nosotros mismos en una condición o categoría especial. Todos somos miembros de una familia de barrio o de rama, en la comunidad de los santos, en donde todos podemos contribuir con nuestros dones y talentos individuales. Sería de provecho para todos nosotros seguir el ejemplo de nuestro Salvador que, mientras agonizaba en la cruz, se preocupó de que alguien cuidara a Su madre y de que aquellos que lo torturaron fueran perdonados. También nosotros debemos concentrar nuestros esfuerzos en velar por las necesidades de los demás. El tender una mano de ayuda al necesitado puede disipar los sentimientos de soledad e imperfección, y reemplazarlos con sentimientos de esperanza, amor y estímulo.

Les prometo que serán bendecidos si comparten sus dones, sus talentos y su espíritu. Si brindan amor y consuelo al necesitado, el Espíritu del Señor los atenderá y encontrarán amor y consuelo en la vida. □

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