Cuando los hijos se van por mal camino

Cuando los hijos se van por mal camino

por el élder John K. Carmack
de los Setenta
Liahona Marzo 1999

Los padres de los hijos que se van por mal camino pueden encontrar guía y fortaleza en las enseñanzas del evangelio


A pesar de todo lo que nos esforcemos por criar hijos que amen al Señor, que sigan Sus mandamientos y que lleven vidas felices, productivas y saludables, nuestros hijos y nuestras hijas a veces se van por mal camino. El elegir el mal camino tal vez significaría que participen en el uso de drogas, en actividades delic­tivas, en inmoralidad, o incluso en el maltrato tanto de padres como de otras personas. Entre otras formas de este tipo de desviación, quizás menos graves pero, no obstante, perturbadoras, se encuen­tran el no rendir al máximo de la capacidad de uno mismo, el aban­dono de los estudios escolares o el no encontrar ningún propósito o felicidad en la vida.

Entre las reacciones típicas de los padres se ven la congoja, la angustia, la desesperación, la depresión, los sentimientos de culpabilidad o de falta de valía, y un sentimiento de fracaso. En circunstancias tales, los padres quizás también experimenten enojo y abandono, y sientan el deseo de simplemente darse por vencidos. Por lo general, esas reacciones sólo empeoran las cosas y acentúan las dificultades que enfrentan.

Mi esposa y yo tenemos unos amigos que, debido a la conducta de uno de sus hijos, han padecido casi todas las emociones que se han descrito. Los últimos cinco o seis años han sido para ellos una pesa­dilla espantosa; han intentado todo remedio posible, aun el de someter a su hijo a costosos programas de rehabilitación, en donde por lo general permanece una semana, pese a las mejores intenciones que tenga.

El padre expresó su lamento y su esperanza con estas palabras: “No existe un manual de instrucciones para padres que tienen hijos como el nuestro. Lo que hacemos es orar para que el Señor nos ilumine en nuestros pensamientos y en nuestras acciones, con la esperanza de que podamos tomar decisiones acertadas”. Él y su esposa, sólidos en su fe, afirman: “Nuestra más grande esperanza es que, ya que él ha sido sellado a noso­tros en el templo, los vínculos de los convenios eternos sean más fuertes que los vínculos del adversario, los cuales parecen tener un firme control de su vida. Vivimos con la esperanza de que llegará el día en que vuelva a su familia eterna y se arrepienta del modo de vida que lleva”.

Nuestros amigos representan a miles de personas que se encuentran en circunstancias parecidas y que hacen frente a dificultades que casi van más allá de la capacidad que tienen para resistir. La mayoría de las veces, las pruebas de los padres ocurren durante la época de creci­miento de los hijos, pero esos problemas pueden surgir cuando se tienen hijos de cualquier otra edad. Las preocupaciones de los padres no cesan cuando los hijos llegan a la edad adulta.

Con el fin de brindar entendi­miento y ayudar a los padres que sufren debido a la conducta de los hijos, creo que valdría la pena (1) considerar dos problemas relacio­nados entre sí que algunas familias enfrentan, (2) analizar aquellas doctrinas que desempeñan un papel fundamental al ayudar a los padres a hacer frente a esos problemas y a otros de gravedad similar, y (3) analizar la forma en que los padres pueden permanecer fuertes durante esos años de tribulación.

El que nuestros hijos elijan tomar un rumbo diferente del que les hemos enseñado no nos da el derecho de rechazarlos. Muy raras veces sabemos con exactitud cuáles fueron las fuerzas que ocasionaron que la vida de nuestros hijos de pronto quedara totalmente fuera de control.

EL ALCOHOL Y LAS DROGAS

  • El alcohol. Una pareja se angustió y sufrió profundamente durante la mayor parte de su vida porque, cuando tenía 13 años de edad, su hijo empezó a consumir con regularidad grandes cantidades de bebidas alcohólicas. Nunca se recu­peró del alcoholismo que, al final, le causó la muerte prematura.

Poco antes de la enfermedad de ese hijo, que acabó con su vida ator­mentada, un hermano le preguntó: “¿Cuándo tomaste el primer trago?”. La respuesta fue asombrosa y al mismo tiempo reveladora; dijo que un día, cuando tenía sólo cinco años de edad y jugaba en casa de un amigo, mientras sus padres estaban ausentes, aquél le ofreció un trago de cerveza. Sin tener idea absoluta de lo que eran las bebidas alcohólicas y, pensando que el amigo le ofrecía una bebida gaseosa, probó el alcohol por primera vez. Le gustó el sabor y la forma en que lo hizo sentir. A los 13 años de edad ya era alcohólico.

Durante el resto de la vida de ese hijo, los padres se pasaban la mayor parte del tiempo orando, preocupán­dose y luchando en vano por recu­perar a su hijo y ayudarle. Solían encontrarlo en salones de billar y tabernas, con compañeros de parranda, y en la prisión. Algunos años ni siquiera tuvieron idea de su paradero, lo que viene a ser una situa­ción muy lamentable, ya que a veces la imaginación es peor que la realidad. En otros años, con la ayuda de la organización Alcohólicos Anónimos, y del tierno cuidado de otras personas que habían luchado con problemas comparables, él se mantuvo sobrio y vivió una vida productiva.

Durante todos aquellos años de congoja, esos padres nunca se dieron por vencidos; pasaron innumerables horas de rodillas, orando por su hijo, muchas veces suplicando saber dónde se encontraba. Cuando la madre enfermó de gravedad, nadie tenía idea de dónde estaba el hijo, pero el Espíritu inspiró al joven a llamarles por teléfono, y lo condujo a casa. El ayudó al padre y a la hermana a cuidar a su madre mori­bunda durante los últimos días de su existencia en la tierra.

  • Las drogas. Durante los años en que fui líder de sacerdocio en Los Ángeles, California, varios padres tenían hijos que se encontraban envueltos en el ambiente de las drogas, tan prevalente durante la década de los años sesenta. Un padre fue a verme en busca de consejo y de consuelo. Dos de sus hijos se habían hecho adictos a las drogas ilegales, causándoles a él y a su esposa terri­bles inquietudes.

Durante el tiempo en que esta pareja estuvo dedicada a la crianza de los hijos, y a pesar de cualquier error normal que, como padres, hubiesen cometido a lo largo del trayecto, constantemente habían brindado a sus hijos un ejemplo de amor y se habían esforzado por enseñar en el hogar los principios correctos del Evangelio. Sin embargo, dos de los hijos tomaron decisiones trágicas. Al darse a conocer la gravedad de la situación, los padres se juzgaron injustamente a sí mismos, por lo que él se consideró indigno de continuar desempeñando sus responsabilidades en el sacer­docio. Lo convencí para que siguiera prestando servicio en la Iglesia y expresé mi confianza por el futuro de sus hijos.

En aquel tiempo compartí algunos pensamientos con él, y ahora me gustaría hacerlo con todos los padres, en especial con aquellos que sufren dolor y un sentimiento de frustración al ver que los sueños que tenían para sus hijos han quedado en cenizas, en cuanto a las doctrinas que se podrían poner en práctica y que proporcionan la esperanza y el bálsamo que necesitamos.

DOCTRINAS PARA PONERSE EN PRÁCTICA

Algunos padres sufren mucho porque injustamente se culpan demasiado a sí mismos de haber sido padres deficientes. Desde ese punto de vista, es muy probable que inter­preten erróneamente la maravillosa declaración profética del presidente David O. McKay, de que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar” (“El hogar: refugio y santuario”, Liahona, enero de 1998, pág. 33). Parecen deducir erróneamente que, debido a que tienen un hijo que abusa de las drogas o del alcohol, ellos, como padres, han de ser un fracaso; por consiguiente, no importa cuánto se hayan esforzado, ninguna cosa buena que hayan hecho ni ningún éxito que hayan logrado puede compensar el fracaso que, como padres, hayan tenido en el hogar. Ya que se deseaba que esa declaración sirviera de inspi­ración a fin de que los padres tomaran una parte más activa en la vida de sus hijos, eso no quiere decir que aquellos que en verdad hayan dedicado tiempo, esfuerzo y sacrificio considerables en su papel de padres y que aún no cosechen las recom­pensas deseadas, hayan fracasado. El considerar con mayor detenimiento consejos y doctrinas adicionales tal vez brinde la perspectiva que tanto se necesita.

  • La confianza en nuestro Padre Celestial. La vida de la mayoría de todos nosotros es una complicada amalgama de gozo y de pesar, de placer y de dolor, de lo bueno y de lo malo. Nuestro Padre Celestial comprende plenamente las circuns­tancias que todos tenemos en la tierra al haber permitido esas condi­ciones y al proporcionar el albedrío como cierto tipo de laboratorio en la vida para el progreso humano. Por otra parte, El mismo debió pasar por todas las situaciones y los sentimientos por los que nosotros pasamos, porque, tal como enseñó el profeta José Smith: “Dios una vez fue como nosotros ahora” y “habitó sobre una tierra” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 427-428). No sólo uno de Sus hijos predilectos se rebeló durante nuestra existencia preterrenal, sino que ese hijo también persuadió a una tercera parte de los hijos del Padre para que siguieran un sendero diabólico.

Si ustedes están pasando por un dolor intenso por ser padres de un hijo pródigo, recuerden a los padres que se mencionan en las Escrituras, quienes padecieron sufrimientos semejantes. Algunos de ellos son Adán y Eva, cuyo hijo Caín asesinó a su hermano Abel; Lehi y Saríah, cuyos dos hijos mayores se rebelaron; Abraham, Isaac y Jacob, esos perso­najes ejemplares que, junto con sus esposas, experimentaron muchos pesares como padres; Alma, hijo, que tuvo un hijo rebelde, Coriantón; y Mosíah, que tuvo varios hijos rebeldes.

En 1929, el élder Orson F. Whitney, del Quorum de los Doce Apóstoles, dijo: “Vosotros, padres de porfiados y rebeldes, no los abando­néis. No están perdidos para siempre. El Pastor encontrará sus ovejas, pues fueron de El antes que de vosotros… mucho antes de que se os confiara su cuidado; y vuestro amor hacia ellas ni se acerca al del Pastor. Sólo se han apartado del camino por ignorancia, mas Dios es misericordioso hacia la ignorancia. Sólo la plenitud de conocimiento requiere plenitud de responsabilidad. Nuestro Padre Celestial es mucho más misericordioso y caritativo que el mejor de Sus siervos, y Su

Evangelio sempiterno tiene un poder salvador mucho mayor que lo que nuestra capacidad de razonamiento nos permita entender” (véase Liahona, enero de 1988, pág. 26).

En verdad, a través de las edades, muchos padres han enfrentado serias luchas con sus hijos, y han recibido apoyo, ayuda y dirección de nuestro Padre Celestial al buscar la manera de tender una mano de ayuda a esos hijos.

  • El respeto hacia el albedrío. Una doctrina predominante del universo, pertinente a todas las edades, incluso a la eternidad antes de que Dios formara esta tierra, es que Él ha otorgado a cada persona su albedrío: el derecho de elegir entre lo bueno y lo malo. Debido a que posee­mos el albedrío, es justo y razonable que seamos responsables ante Dios por la forma en que hagamos uso del mismo, ya sea bueno o malo. Sí no tuviésemos el albedrío, Dios sería responsable de nosotros y de todo lo que hiciésemos, lo que resultaría en que nunca conociésemos realmente la intensidad de nuestras convic­ciones personales en cuanto a lo bueno o lo malo.

Este no es un mundo neutral; lo bueno y lo malo nos acosan, tanto a nosotros como a nuestros hijos. El enseñar a nuestros hijos principios correctos les permite tomar deci­siones acertadas, pero cuando toman decisiones contrarias a las ense­ñanzas del Evangelio, siempre sufren las consecuencias, siendo algunas de ellas bastante serias. En Doctrina y Convenios leemos: “Y es necesario que mi pueblo sea disciplinado hasta que aprenda la obediencia, si es menester, por las cosas que padece” (105:6; cursiva agregada). Aunque sea el sendero más difícil, el Señor es consciente de los jóvenes que han caído en las redes de las conductas adictivas y vela por ellos con paciencia mientras aprenden, por propia experiencia, acerca de lo bueno y lo malo.

El élder Orson F. Whitney, para­fraseando al profeta José Smith, dijo “que el sellamiento eterno de padres fieles y las divinas promesas que se les hayan hecho por su valiente servicio en la Causa de la Verdad, los salva­rían no sólo a ellos, sino también a su posteridad. Aunque algunas ovejas se descarríen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán los tentáculos de la Divina Providencia extenderse hacia ellas y acercarlas de nuevo al rebaño. Ellos volverán, ya sea en esta vida o en la vida venidera… sufrirán por sus pecados y tal vez anden por caminos espinosos; pero si esto finalmente los lleva, como al hijo pródigo, al corazón y al hogar de un padre amoroso que perdona, la dolorosa experiencia no habrá sido en vano. Orad por vuestros hijos descuidados y desobedientes; manteneos cerca de ellos mediante vuestra fe. Continuad con esperanza y confianza hasta que veáis la salvación de Dios” (“Nuestro ambiente moral”, Liahona, julio de 1992, pág. 73).

Nosotros esperamos mucho de nuestros hijos y debemos esperar mucho de ellos, pero no podemos obligarlos a que se adapten al modelo del Señor. Nuestros hijos no perma­necerán en la iglesia ni vivirán el Evangelio a menos que deseen hacerlo. Una vez que los hijos desca­rriados crezcan, llegará el momento en que será necesario que hagamos un ajuste de nuestras expectativas y métodos actuales y aceptemos las cosas tal cuales son, en vez de conti­nuar en una situación conflictiva. No debemos esperar la perfección en .nuestros hijos, sino que, en vez de ello, debemos aceptar con paciencia y con amor la perspectiva eterna de las cosas, según el Señor.

“Aunque algunas ovejas se descarríen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán los tentáculos de la Divina Providencia extenderse hacia ellas y acercarlas de nuevo al rebaño”.
  • El refrenarse de juzgar injusta­mente a los demás. Debido a que Dios y Jesucristo son los únicos (véase D. y C. 76:68) que pueden juzgar plenamente lo que se anida en el corazón de las personas, Ellos son los únicos que, de manera sabia y perfecta, pueden llevar a cabo un equilibrio entre la justicia y la miseri­cordia, basándose ya sea en que nuestro corazón se haya ablandado o en que nos hayamos arrepentido de nuestros pecados. Es por esta razón que se nos exhorta a no juzgar injustamente a los demás. El que conde­nemos con severidad a los demás acarreará sobre nosotros una conde­nación similar de parte de nuestro Padre Celestial. (Véase Traducción de José Smith, Mateo 7:1-2; también Joseph Smith Translation, Matthew 7:3.) Dios, al igual que Su Hijo, es un juez justo y totalmente digno de confianza, perfecto en luz, conoci­miento y entendimiento.

Una experiencia particularmente desgarradora es la que atormenta a los padres cuyos hijos expresan tendencias homosexuales. Los padres tal vez se pregunten cómo pueden apoyar, en general, a esos hijos, sin aprobar la conducta inmoral especí­fica. Las reacciones severas y de actitud sentenciosa, las amenazas de desheredarlos o cualquier otro maltrato del hijo o de la hija que tenga esas tendencias de nada valen, Los padres deben continuar brin­dando un cuidado amoroso hacia el joven o la jovencita, mientras que al mismo tiempo defienden la ley de castidad y moralidad de Dios.

El que nuestros hijos elijan tomar un rumbo diferente del que les hemos enseñado no nos da el derecho de rechazarlos. Muy raras veces sabemos con exactitud cuáles fueron las fuerzas que ocasionaron que la vida de nuestros hijos de pronto quedara totalmente fuera de control. Únicamente Dios posee todas las herramientas y los factores suficientes para determinar cuáles son las fuerzas que producen los efectos no deseados. Sólo El, mediante el Hijo (véase Juan 5:22), puede “trae[r] toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encu­bierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:14).

La relación que mantengamos con nuestros hijos es de gran valor; no debemos rechazarlos ni juzgarlos de forma tan precipitada o dura que haga que el daño se vuelva casi irre­vocable.

  • El volver al Salvador. Debido a que Dios conoce las consecuen­cias inevitables del albedrío —todos elegimos el bien así como el mal y, hasta cierto punto, todos transgre­dimos— Él ha proporcionado un Salvador para que nos rescate de nuestra precaria situación. El Salvador ha tomado sobre Sí la carga de nuestros pecados, dolores, padecimientos y sentimientos de desesperación, y nosotros podemos recibir el poder sanador de Su Expiación si ablandamos nuestro corazón, nos arrepentimos de nues­tros pecados y cambiamos nuestra manera de ser. Él se compadece de nosotros ante nuestras severas inquietudes, incluso cuando, en Su perspectiva de largo alcance, consi­dere necesario no levantar Su mano para aligerar demasiado pronto nuestras aflicciones, lo cual, en algunas situaciones, será para nuestro propio bien.

El espíritu de las enseñanzas del Salvador nos ayuda a comprender la forma en que debemos reaccionar cuando nuestros hijos se van por mal camino. Debemos prepararnos para dejar a las “noventa y nueve” e ir en busca de la que se perdió (véase Lucas 15:1—7); buscar por toda la casa la moneda perdida (véase Lucas 15:8-10); y dar la bienvenida a casa incluso a aquel que haya desperdi­ciado nuestros bienes en una vida desenfrenada (véase Lucas 15:11-32). ¿Por dónde hay que empezar?

  • El buscar al Señor. Los problemas que se tienen con los hijos que se descarrían por lo general son complicados, y varían de un hijo a otro. No existe un método exacto para influir en ellos. El buscar la ayuda del Señor por medio de la oración puede ser la mejor manera, o la única, de obtener la dirección específica que nuestra situación requiere. En Romanos 8:26, el apóstol Pablo explica: “…qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. El mantenernos muy cerca del Señor y el buscar la guía del Espíritu nos ayuda a determinar qué pasos debemos tomar.
  • El reconocer el Espíritu. Después de acercarnos al Señor en profunda y sincera oración, es preciso que aprendamos a reco­nocer los susurros del Espíritu. En Doctrina y Convenios, el Señor promete: “…Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente” (véase D. y C. 11:12-14)- Mediante el Espíritu, podemos recibir instruc­ciones específicas en cuanto a lo que nuestro hijo necesita en un momento determinado.
  • El dar oído a los susurros. Una vez que recibamos los susurros del Espíritu, es necesario que avancemos con tenacidad. El proverbio declara: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3:5), A veces se requiere la fe para lograr las cosas que tengamos la impresión de llevar a cabo. Únicamente el Señor conoce todo el panorama. Si estamos dispuestos a entregarle nuestra mente y nuestro corazón, podemos obtener de El la perspectiva que nos permitirá tomar el debido curso de acción para nuestro hijo, en cualquier circuns­tancia. El tener la seguridad de que contamos con la dirección del Señor nos brindará mayor fortaleza interior en tiempos de tribulación.

Recordemos que no estamos solos. Las Escrituras nos prometen esperanza y paz. El hecho de que Jesucristo comprende con exactitud lo que sufren los padres de hijos que se van por mal camino se manifiesta claramente en Su excelente pará­bola del hijo pródigo. En ella, el Señor recalcó que si ponemos en práctica la paciencia y adquirimos mayor sabiduría y entendimiento, al final podremos superar casi todos los obstáculos. (Véase Lucas 15:11-32.)

  • Nunca se den por vencidos. Si por ahora no parecen lograr influir en una hija o un hijo, por lo menos continúen intentándolo y amándole, ya que el deseo mismo de tender una mano de ayuda, de brindar cuidado y de extender socorro a otra persona es un acto de amor que no siempre pasa inadvertido. El presidente Joseph F. Smith ofreció un consejo que me ha ayudado en tiempos difíciles: “Padres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!… pese a lo rebelde que sean… cuando les habléis, no lo hagáis con ira, no lo hagáis áspera­mente con un espíritu condenador. Habladles con bondad… no podemos arrearlos; no lo consentirían” (Doctrina del Evangelio, pág. 310)

Este consejo profètico del presi­dente Smith y las doctrinas que se han mencionado previamente deberán proporcionar a los padres la esperanza de que, al final, lograrán el éxito si continúan implorando, si prestan ayuda y mantienen abierta la puerta de la comunicación para con sus hijos. Debemos encomiar a nues­tros hijos y creer en ellos. Si durante los años de su niñez y de su adoles­cencia creamos relaciones familiares quedes brinden fuerza y apoyo, esta­remos en mejor posición de ayudarles más tarde en sus aflic­ciones y tentaciones.

No existe un método exacto para influir en los hijos descarriados. El buscar la ayuda del Señor por medio de la oración puede ser la mejor manera, o la única, de obtener la dirección específica necesaria que nuestra situación requiere.

CONSEJO A LOS PADRES

Me gustaría hacer algunas suge­rencias que quizás sirvan para que los padres soporten las aflicciones que surgen cuando los hijos se van por mal camino.

  • Cuídense primeramente a ustedes mismos. Sus hijos tal vez dependan de ustedes para recibir consejo, madurez y ayuda en el manejo de situaciones difíciles. Si durante esos momentos críticos ustedes no están funcionando bien desde el punto de vista físico y emocional, contarán con menos posibilidades de prestarles ayuda. No permitan que el caos de la vida de ellos acabe con la de ustedes. Continúen llevando a cabo sus propias actividades, hasta donde razonablemente íes sea posible.

Tal vez sus hijos les desafíen y duden en cuanto a las normas y el criterio de ustedes. Estén preparados para compartir con ellos sus convic­ciones y su sabiduría. A veces, quizás el momento para intercambiar impresiones sea muy tarde por la noche, cuando ustedes ya estén cansados, pero respondan de manera positiva a todos esos momentos en que se abran las puertas de la comu­nicación con ellos.

  • Busquen ayuda. En años recientes, la ciencia médica ha aprendido mucho en cuanto al alco­holismo, al abuso de las drogas y a otros vicios y condiciones graves. Recomiendo con insistencia a los padres de los que usen las drogas y el alcohol, que hagan averiguaciones en cuanto a los métodos y a los servi­cios más modernos disponibles con el fin de prestar ayuda y de rehabilitar a estos jóvenes atribulados. Según las circunstancias, hablen con sus maes­tros orientadores, con los líderes de quorum y con el obispo o presidente de la rama.
  • No traten de vivir a través de los logros de sus hijos. Algunos padres, imprudentemente, colocan sus propias esperanzas y expectativas en los logros de sus hijos. Si bien los padres se regocijan justificadamente en el éxito de sus hijos, el énfasis exagerado en las expectativas paternales podrá poner demasiada presión y estrés en los hijos. Los enfrentamientos entre padres e hijos pueden ser bastante serios cuando los padres no comprenden ni respetan los deseos y las aspiraciones de los hijos que sean diferentes de las de ellos mismos.
  • Apoyen a su hijo pródigo con sabiduría. Con frecuencia, durante los tiempos difíciles, existen otras personas que ejercen mayor influencia en la vida de sus hijos que ustedes mismos. Con el tiempo, una de ellas tal vez encienda la chispa que dé comienzo al proceso de ende­rezar al hijo o a la hija de ustedes. Tal vez sea un amigo íntimo, una novia o un novio, una maestra, un prudente maestro scout, un maestro de seminario, o un líder del sacer­docio, de las Mujeres Jóvenes o de la Sociedad de Socorro. A veces, los jóvenes hacen una pausa para reconsiderar las elecciones que han tomado o la vida que han vivido, una vez que acatan las sanciones que les impone el sistema judicial o el que se encarga de imponer el cumplimiento de las leyes.

No obstante, a menudo los jóvenes acaban por volver al seno familiar. Tal como en la parábola del hijo pródigo, el hijo o la hija que se va por mal camino a veces recupera su sentido común y vuelve al hogar en donde recibe bálsamo y apoyo. Cuando eso sucede, tenemos la oportunidad de ayudarle a marcar un nuevo comienzo después de recibirle: con los brazos abiertos.

Tal como en la parábola del hijo pródigo, el hijo o la hija que se va por mal camino a veces vuelve al hogar. Cuando eso sucede, tenemos la oportunidad de ayudar a nuestro hijo o a nuestra hija a marcar un nuevo comienzo, después de recibirlos con los brazos abiertos.
  • Eviten el estado de denega­ción y los sentimientos excesivos de culpa. Si bien todos los padres cometemos errores, la mayoría posee el gran deseo de cumplir con honor sus responsabilidades pater­nales. Sin embargo, algunos padres rechazan la realidad del sendero que sus hijos han tomado; se valen de pretextos, con la esperanza de que la evidencia no sea lo que aparenta ser. Para todas las personas impli­cadas en la situación, es mejor que se determine rápidamente si los problemas son serios o no, ya que una rápida intervención podría ser un factor de gran importancia para poner fin a la conducta errónea.

Otros padres podrán sentirse terriblemente abrumados en auto- conmiseración y vergüenza. Esas emociones podrían disminuir el amor que sientan por un hijo o una hija. Piensen qué efecto tendría en un hijo o hija el saber que sus padres se avergüenzan de él o ella. Esa percep­ción puede crear un abismo entre padre e hijo, y cerrarle la puerta al pródigo.

Si no respondemos a los problemas que contribuyen al perfec­cionamiento de nuestro propio carácter, perderemos las oportuni­dades de ensanchar nuestra capa­cidad para comprender, amar, brindar cuidado y servicio a los demás. Por consiguiente, mediante nuestros esfuerzos para ayudar a nuestros hijos y asegurar la salvación de ellos, tal vez estemos colaborando para nuestra propia salvación

  • Tengan presente la última libertad humana. Todas las mañanas, los padres cuyos hijos se han ido por mal camino hacen frente a la difícil prueba de si podrán continuar desem­peñando sus funciones, de si podrán continuar amando y sirviendo como padres cuando tienen que enfrentar tanto dolor. Me permito sugerirles que recuerden la supervivencia de Viktor E. Frankl, un judío que estuvo en un campo de concentración nazi. Aunque de los 28 prisioneros sólo uno sobrevivió, Viktor Frankl vivió para escribir que “un hombre puede conservar un vestigio de libertad espi­ritual, de independencia mental, aun en condiciones tan terribles de estrés psíquico y físico.

“Nosotros, los que hemos vivido en campos de concentración, recor­damos a los hombres que recorrían las chozas para dar consuelo a los demás, ofreciéndoles su último bocado de pan. Tal vez hayan sido pocos, pero ofrecieron prueba sufi­ciente de que al hombre se le puede despojar de todo, menos de una cosa, la última de las libertades humanas: la de elegir su propia actitud en cual­quier circunstancia, el elegir lo que a uno le plazca” (Man’s Search for Meaning, 1981, págs. 74-75).

El agregó que los prisioneros que hacían frente a la diaria crueldad, a la violencia y a la falta de respeto por la vida y la dignidad humanas, o perecían o aprendían que “en realidad no importaba lo que nosotros esperáramos de la vida, sino lo que la vida esperaba de nosotros” (Manís Searchfor Meaning, pág. 85). Al igual que a los padres de hijos desca­rriados, a ellos también la vida les hacía un interrogatorio, cada día y cada hora. Esas pruebas eran dife­rentes para toda mujer y para todo hombre, y cambiaban de un momento a otro. Aprendieron que nada puede ser tan malo como para que les destruya la paz y la dignidad interiores; descubrieron que la debida actitud los libraba de algunas de las aflicciones que tenían que soportar.

Nuestros amigos a quienes el hijo les ha causado tanto dolor me dijeron: “Ahora pasamos mucho más tiempo que antes escudriñando las Escrituras y postrados de rodillas”. Muchas veces, los padres se vuelven más fuertes en el aspecto espiritual y emocional cuando se esfuerzan por ayudar y recuperar a sus hijos desca­rriados.

Aunque muchos padres no tendrán que padecer las sacudidas y la turbulencia por las que sea tan difícil navegar como lo han sido varias de las que hemos mencionado, algunos, entre ellos la familia en la que yo nací, han tenido problemas atemorizantes y continuarán tenién­dolos. No cedan a los sentimientos paralizantes de culpabilidad y de desesperanza; busquen ayuda y paz espiritual; sean fuertes y valientes; ustedes saldrán adelante.

En la conferencia general de 1919, Alonzo A, Hinkcley, en aquel entonces presidente de la Estaca Deseret de Sión, citó al élder James E. Talmage, del Quorum de los Doce Apóstoles, de la siguiente manera: “Prometo a los santos de la Estaca Deseret de Sión que si viven de tal modo que puedan mirar a sus hijos y a sus hijas a los ojos, y si cualquiera de ellos se ha descarriado, que los padres serán capaces de decir: ‘Lo que hace ese muchacho o esa joven- cita va en contra de lo que le he ense­ñado y del ejemplo que le he dado durante toda mi vida; va en contra de todo esfuerzo de amor, longanimidad, fe, oración y devoción’; les prometo, padres y madres, que ninguno de ellos se perderá a menos que, debido al pecado, haya perdido el poder para arrepentirse” (en Conference Report, octubre de 1919, pág. 161).

Ese consejo ofrece gran consuelo y esperanza; tal vez no comprendamos con exactitud la forma en que el consejo del élder Talmage se llevará a cabo en esta vida, pero entendemos que la relación entre padres justos y sus hijos abarca más de lo que nos sea posible comprender en esta vida, y que se dispone de más ayuda para resolver los problemas que surgen en esa relación, que lo que podemos comprender con nuestra lógica terrena]. No nos encontramos solos en nuestra lucha por salvar y preservar el sellamiento que existe entre nosotros y nuestros hijos.

Espero que los padres de todos los hijos descarriados hagan todo lo posible por ayudar a todos sus hijos y mantengan así una refulgente espe­ranza interior en el resultado final de su misión paternal divinamente señalada. □

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s