José Smith, Apóstol de Jesucristo

José Smith, Apóstol de Jesucristo

Por el élder Dennis B. Neuenschwander
De los Setenta

El profeta José Smith fue llamado por Dios como testigo de la existencia de Cristo, de la realidad de Su resurrección y de Su poder redentor y salvador.


En Doctrina y Convenios leemos que José Smith fue “llamado por Dios y ordenado apóstol de Jesucristo” ( D. y C. 20:2). El llamamiento de Apóstol es, ante todo, para testificar de Jesucristo. Los profetas del Antiguo Testamento testificaron de Su venida; los del Nuevo Testamento dejaron su testimonio personal de la existencia de Cristo y de la absoluta realidad de Su resurrección, y ese testimonio apostólico era la base de sus enseñanzas. “…me seréis testigos” (Hechos 1:8) fue la instrucción que dio Jesús a los primeros Doce. El día de Pentecostés, Pedro testificó a los judíos que se habían reunido “de todas las naciones bajo el cielo” (Hechos 2:5), diciendo que “a este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”(Hechos 2:32). Del mismo modo, Pablo escribió a los corintios y les dijo: “…me apareció a mí” (1 Corintios 15:8). El testimonio seguro de la existencia de Cristo y de la realidad de Su resurrección es el pilar principal del testimonio apostólico.

El segundo pilar se centra en el poder del Salvador para salvar y redimir. Pedro enseña que del Señor “dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).

Sin esos dos pilares de testimonio concernientes a Cristo, no podría existir un apóstol; esos testimonios surgen de la experiencia, de mandatos divinos y de la instrucción. Por ejemplo, Lucas escribe que Cristo se mostró a los Apóstoles, que “después de haber padecido, se presentó vivo… apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3).

¿Cómo califica el profeta José Smith para llenar esos requisitos apostólicos? La respuesta es “Perfectamente”.

Las dudas de José sobre la religión recibieron respuesta en la manifestación personal y física de Dios el Padre y de Su divino y viviente Hijo Jesucristo.

La Primera Visión

La educación apostólica de José Smith comenzó en 1820. Al meditar sobre asuntos de religión, muy pronto se dio cuenta de que no había manera de razonar ni debatir la opinión de alguien sobre la exactitud de las diversas iglesias y sus respectivas doctrinas para llegar a una conclusión autorizada con respecto a ellas. A menos que tuviera una manifestación divina, el joven José sólo podía agregar su opinión a las demás que ya existían en la “guerra de palabras y tumulto de opiniones” (José Smith—Historia 1:10). Pero las dudas de José sobre la religión recibieron respuesta en la manifestación personal y física de Dios el Padre y de Su divino y viviente Hijo Jesucristo, una experiencia a la que nos referimos como la Primera Visión.

Tal como la experiencia de los primeros Apóstoles, la de José con la Deidad fue también directa y personal. No hacían falta la opinión de otras personas ni las deliberaciones de un concilio para definir lo que vio ni lo que su visión llegó a significar para él. Al principio, fue una experiencia intensamente personal, la respuesta a una pregunta particular; sin embargo, con el correr del tiempo e iluminada por otras y por las instrucciones subsecuentes, llegó a ser la revelación fundamental de la Restauración.

A pesar de lo apostólico que fue para José Smith esta manifestación de la realidad, la existencia y la resurrección de Cristo, eso no era lo único que Jesús quería enseñarle. La primera lección que recibió el joven José surgió de la manifestación del poder absoluto, omnipotente y divino de Cristo. Cuando oró en la arboleda, él aprendió directamente por lo menos un significado del poder redentor y salvador de Cristo. Al comenzar a orar, “una densa obscuridad se formó alrededor de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina” (José Smith—Historia 1:15). Con todas sus fuerzas, empezó a suplicar a Dios que lo librara de las garras de aquel enemigo.

“ …en el momento en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción … vi una columna de luz …

“No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado” (José Smith—Historia 1:16–17).

El enfrentamiento de José Smith con el adversario se parece a una experiencia que tuvo Moisés, de la cual se enteró el Profeta unos años después. Pero, a diferencia del jovencito José, Moisés vio primero la grandeza de Dios y después lo enfrentó el poder del adversario antes de verse librado de su influencia (véase Moisés 1).

La diferencia en el orden de los acontecimientos es significativa: Moisés ya era un hombre maduro y tenía mucho conocimiento e influencia antes de ese suceso; al desplegar ante Moisés Su grandioso poder antes del enfrentamiento que iba a tener con el adversario, el Señor le ayudó a poner su vida en la perspectiva apropiada. Después de haber experimentado la gloria de Dios, él dijo: “…Por esta causa, ahora sé que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (Moisés 1:10). Ese suceso lo habilitó para resistir las tentaciones que el adversario le presentó a continuación.

Por otra parte, José Smith era un jovencito sin experiencia que durante toda su vida iba a enfrentar el poder antagónico y los problemas abrumadores que ello conlleva. Al enfrentarse primero al adversario y después verse a salvo de su ataque por la aparición del Padre y del Hijo, José aprendió esta lección imborrable: por muy grande que sea el poder del mal, siempre tiene que retirarse en presencia de la rectitud.

Esa lección fue crucial en la educación apostólica de José; él necesitaba ese conocimiento no sólo por las pruebas personales que le esperaban sino también por la abrumadora oposición que iba a enfrentar al fundar y dirigir la Iglesia.

El joven José fue a la arboleda en busca de sabiduría, y recibió sabiduría. Allí comenzó su educación apostólica. Tanto la naturaleza física del Salvador y del Padre Celestial como las primeras lecciones fundamentales que se relacionaban con Su poder se hallan entre las grandes lecciones apostólicas que obtuvo en aquella Primera Visión, cada una de ellas un pilar de testimonio apostólico.

El Libro de Mormón es “la clave de nuestra religión” porque contiene muchísimos testimonios proféticos de Cristo y porque es un testigo tangible de la Restauración.

El Libro de Mormón

La instrucción apostólica inicial de José Smith continuó con su traducción del Libro de Mormón, lo que le dio acceso a “la plenitud del evangelio eterno” (José Smith—Historia 1:34), a principios que le era preciso comprender antes de la organización de la Iglesia. Se le presentaron al Profeta muchas partes “claras y sumamente preciosas” (1 Nefi 13:26) que eran testimonios proféticos y apostólicos sobre el Salvador, todo lo cual le sirvió de modelo.

En verdad, los profetas del Libro de Mormón emplean más de cien títulos en sus enseñanzas sobre Cristo, y cada uno de éstos ayudó a José a comprender la función divina del Salvador1. Gracias a esas enseñanzas, José Smith llegó a conocer íntimamente a los antiguos profetas, por lo que recibió un discernimiento especial acerca del propósito divino de sus responsabilidades.

El Libro de Mormón esclarece la universalidad de la expiación de Cristo. El santo sacrificio del Salvador no se limita sólo a las fronteras de la Tierra Santa de Su época ni se circunscribe al mundo apostólico de los primeros Doce; la Expiación abarca todas las creaciones de Dios, pasadas, presentes y futuras. La enseñanza de Jacob con respecto a la “expiación infinita” (2 Nefi 9:7) debe de haber hecho una gran impresión en el joven José, especialmente comparadas con las enseñanzas cristianas de la época.

El Libro de Mormón también expone la universalidad de la resurrección y de otras doctrinas relacionadas con ella. Las enseñanzas de Lehi, Jacob, el rey Benjamín, Abinadí, Alma, Amulek, Samuel el lamanita y Moroni con respecto a esa doctrina son todas magníficas fuentes de instrucción.

En el transcurso de la traducción del Libro de Mormón, el Profeta recibió aún más instrucción de gran valor sobre el poder redentor y salvador de Cristo. En 1828 Martin Harris persuadió a José para que le permitiera llevarse prestadas las primeras ciento dieciséis páginas del manuscrito; cuando aquél las perdió, el Profeta sintió gran aflicción2. Su madre, Lucy Mack Smith, registró que José exclamó: “¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!… ¡He pecado! Soy yo quien ha provocado la ira de Dios… ¿Cómo podré presentarme ante el Señor? ¿Y qué reprobación merezco del ángel del Altísimo?”3.

Durante más de un mes, el Señor lo dejó en aquella terrible condición de remordimiento4; después recibió consuelo y una lección apostólica cuando el Señor le dijo:

“Las obras, los designios y los propósitos de Dios no se pueden frustrar ni tampoco pueden reducirse a la nada …

“porque aun cuando un hombre reciba muchas revelaciones, y tenga poder para hacer muchas obras poderosas, y sin embargo se jacta de su propia fuerza, y desprecia los consejos de Dios, y sigue los dictados de su propia voluntad y de sus deseos carnales, tendrá que caer e incurrir en la venganza de un Dios justo” (D. y C. 3:1, 4).

Estas palabras describen claramente las experiencias por las que José Smith había pasado. Él había aprendido la estricta naturaleza del llamamiento apostólico y a quién debe el apóstol su lealtad a toda costa. “…Aunque los hombres desdeñan los consejos de Dios y desprecian sus palabras”, se le dijo, “sin embargo, tú debiste haber sido fiel” (D. y C. 3:7–8). José Smith perdió acceso a las planchas por un tiempo y se le enseñó una lección invalorable. Posteriormente, se le devolvieron las planchas y se le restauró su condición de traductor.

Las lecciones que le impartió la traducción del libro fueron sumamente importantes para progresar en su llamamiento apostólico. El Libro de Mormón es “la clave de nuestra religión”5 porque contiene muchísimos testimonios proféticos de Cristo y porque es un testigo tangible de la Restauración.

La revelación continua y las Escrituras

Después de haber terminado la traducción del Libro de Mormón en 1829 y de haber organizado la Iglesia en 1930, José Smith tuvo la oportunidad de recibir una educación apostólica continua a través del proceso de traducir otras Escrituras: durante tres años estuvo traduciendo la Biblia y, empezando en 1835, tradujo el Libro de Abraham. La traducción de la Biblia amplió su comprensión de la función de los profetas del Antiguo Testamento y de los Apóstoles del Nuevo Testamento. También dio como resultado que recibiera más revelación, o sea, el Libro de Moisés.

Este último proporcionó al Profeta un conocimiento importante sobre el ministerio del Salvador, incluso de la función que Él desempeñó en la Creación. “Y sucedió que el Señor habló a Moisés, diciendo: … Soy el Principio y el Fin, el Dios Omnipotente; he creado estas cosas por medio de mi Unigénito” (Moisés 2:1). Además, le dijo: “Y he creado incontables mundos… y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado” (Moisés 1:33).

El Libro de Moisés aclaró cuál fue la relación de Cristo con el Padre en la existencia preterrenal y reforzó la comprensión que tenía el Profeta del poder creciente de la rectitud. Una de las lecciones apostólicas más hermosas que recibió en esa revelación fue la confirmación del amor de Dios, que era muy diferente del personaje severo, implacable y crítico que muchos lo consideraban ser; el Libro de Moisés lo revela como un Dios de compasión infinita. Enoc vio que “el Dios del cielo… lloró” (Moisés 7:28) por los que no lo querían recibir. Debido a que quería saber cómo era posible eso, Enoc recibió una respuesta que tiene una semejanza familiar con pasajes bíblicos: “…he dado mandamiento, que se amen el uno al otro, y que me prefieran a mí, su Padre… por tanto, ¿no han de llorar los cielos, viendo que éstos han de sufrir?” (Moisés 7:33, 37; véase también Deuteronomio 6:5Levítico 19:18Mateo 22:37–39).

A través de la traducción del Libro de Moisés, el Profeta llegó a conocer mejor el poder del Salvador para salvar y redimir. Como dijo el Señor, la tierra fue creada “por la palabra de mi poder” (Moisés 1:32), con el propósito de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Muchos años antes de que el Salvador enseñara a Tomás y a los otros de los Doce: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), reveló a Moisés que “éste es el plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito, el cual vendrá en el meridiano de los tiempos” (Moisés 6:62).

La Primera Visión en la arboleda, la traducción del Libro de Mormón, la revisión de la Biblia, la revelación del Libro de Moisés y la traducción del Libro de Abraham establecieron el cimiento principal de la Iglesia, en gran parte debido al conocimiento y al testimonio del profeta José Smith con respecto a Jesucristo, que se expandían rápidamente.

Las revelaciones que recibió y que se compilaron en el libro de Doctrina y Convenios contienen un caudal de conocimiento con respecto al Salvador. Se podría buscar en los numerosos temas y referencias correlacionadas que hay sobre Jesucristo en la Guía para el Estudio de las Escrituras y todavía no entender la amplitud de la información sobre el Salvador que el profeta José Smith presentó al mundo. Estoy agradecido por saber que Jesús estuvo “en el principio con el Padre” (D. y C. 93:21) y que Él ha “padecido estas cosas” por mí, para que yo no padezca si me arrepiento (D. y C. 19:16).

Siento enorme gratitud por las revelaciones que me enseñan que la expiación del Salvador alcanza a aquellos que han vivido, amado, prestado servicio y tenido la esperanza de un día mejor, pero que nunca han oído hablar de Jesús ni han tenido la oportunidad de aceptar Su evangelio.

Mi testimonio de lo que el Profeta reveló

Estoy agradecido por otro elemento del ministerio del Salvador que me conmueve profundamente el alma: al estudiar las promesas de Malaquías, la primera visita de Moroni a José, las palabras del Salvador a los nefitas y la visita de Elías en el Templo de Kirtland, sé que Dios ama a Sus hijos y que ha proporcionado una forma para que cada uno pueda regresar a Él. No conozco ninguna doctrina más justa, ninguna enseñanza que brinde más esperanzas que la de la redención de los muertos. Siento enorme gratitud por las revelaciones que me enseñan que la expiación del Salvador alcanza a aquellos que han vivido, amado, prestado servicio y tenido la esperanza de un día mejor, pero que nunca han oído hablar de Jesús ni han tenido la oportunidad de aceptar Su evangelio. Si no supiera nada más, ese conocimiento en sí mismo ya sería suficiente para convertirme. Al menos para mí, en él se encuentra el supremo testimonio de Jesucristo y de Su sacrificio expiatorio.

¿Qué se puede decir, entonces, del incomparable poder salvador de Cristo? Lo que José Smith aprendió en la Arboleda Sagrada sobre el hecho de que el poder de la rectitud vence al mal pronostica lo que será la escena final, según lo revela el Señor con estas palabras:

“Habiendo ejecutado y cumplido la voluntad de aquel de quien soy, a saber, el Padre, tocante a mí —habiéndolo hecho para sujetar a mí todas las cosas—

“reteniendo todo poder, aun el de destruir a Satanás y sus obras al fin del mundo, y el último gran día del juicio…” (D. y C. 19:2–3).

El testimonio y las enseñanzas del profeta José Smith han dado forma a nuestro propio testimonio. No es de extrañar, pues, que el Profeta haya enseñado que “los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concerniente a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso”6.

El testimonio apostólico de José Smith sobre la verdad divina de Jesucristo y de Su resurrección, así como su conocimiento del poder del Salvador para salvar y redimir, se aprecia mejor en las hermosas, potentes y concisas palabras del Profeta al testificar:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;

“que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22–24).

¡Cuán agradecido estoy por el llamamiento apostólico de José Smith!

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