El llamamiento y las responsabilidades de un obispo

Reunión Mundial de Capacitación de lideres
21 de Junio 2003

El llamamiento y las
responsabilidades de un obispo

Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles


Pastores del rebaño

Hermanos, nuestro Salvador Jesucristo es “el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11).

Hace algunos años, fui a un campeonato nacional en el que vi a varios pastores competir en su faena, y aprendí una lección inolvidable. El pastor verdadero no corre tras las ovejas de aquí para allí sino que camina entre ellas y se gana su confianza. Enseña a los perros ovejeros y les da asignaciones: algunos estarán de guía, y otros, en la retaguardia. El pastor entonces camina delante de ellas, guiándolas por el camino y dando indicaciones verbales y ademanes para dirigir a sus perros tan fiables. Desde la posición estratégica en que se encuentra, él ve a las ovejas y las guía a dónde deben ir.

Lo mismo ocurre con el verdadero Pastor: “…las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca” (Juan 10:3).

Obispos, ustedes son los pastores del rebaño del Señor. Es importante que sepan quiénes son. La pregunta que surge es: ¿qué se les ha llamado a hacer?

Llaves del sacerdocio

Se les ha llamado, ordenado y apartado a fin de que velen por toda persona que viva dentro de los límites de su barrio. Para lograrlo, se les han dado llaves que les permiten velar por el bienestar temporal y espiritual de los santos y ayudar a cada miembro a venir a Cristo. Dichas llaves

son reales. Quiero que comprendan que son tan reales como la que tengo en mi mano. Claro que, a diferencia de ésta, las llaves de ustedes no son físicas sino que son llaves del sacerdocio.

Las llaves del sacerdocio que han recibido tienen que ver con su función de sumo sacerdote presidente, presidente del Sacerdocio Aarónico y del quórum de presbíteros, y juez común en Israel.

Hay algunos obispos que no están al tanto de tener tales llaves; son como los lamanitas que “fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo… y no lo supieron” (3 Nefi 9:20).

Cuando me encuentro con obispos así, están abrumados y agobiados ya que no se dan cuenta de los recursos que el Señor les ha brindado. Además de las llaves del sacerdocio, cuentan con el poder del sacerdocio, el Espíritu Santo, el don de discernimiento, los consejos y los consejeros del obispado. Obispos, permítanme asegurarles que con tales recursos a su disposición, el servicio que ustedes brindan puede serles una fuente de alegría y una bendición en su vida. Así que, ¿cómo se emplean estas llaves? ¿Cómo se pueden valer de ellas? Permítanme darles un ejemplo de mi propia vida.

Un día, el presidente Kimball me pidió que fuera a su oficina. Fue en 1975 cuando yo era una autoridad general nueva. Debido a ciertas circunstancias inusuales, él estaba sentado junto a un matrimonio que enfrentaba graves retos como pareja, con los hijos y en los negocios.

Cuando acabaron de contar lo que les pasaba, el presidente Kimball dijo: “Él es el élder Hales. Ha sido llamado como Ayudante de los Doce Apóstoles, y me gustaría que les ayudara. Me informará del progreso de ustedes”.

¿Ven de qué forma el presidente Kimball cumplía la función de pastor? Estaba empleando sus llaves para darme una asignación, valiéndose así de los recursos disponibles.

Acepté la asignación. Me reuní con la familia y con sus líderes del sacerdocio, y bajo la dirección del Espíritu, pedí a otras personas que nos ayudaran. Durante unos seis meses, estuve ayudando a esa familia hasta que se resolvieron los problemas.

El presidente Kimball tenía las llaves para darme esa asignación. Lo que quiero decir con esto, obispos, es lo siguiente: ustedes tienen las llaves para hacer lo mismo en sus respectivos barrios al extender llamamientos y hacer asignaciones. Claro que hay ciertas cosas que sólo ustedes pueden hacer, aunque son pocas. A modo de ejemplo, les enumero varias:

  • llamar y apartar presidentes.
  • entrevistar a los jóvenes una vez al año.
  • entrevistar a quienes van a recibir la investidura o se van a casar en el templo.
  • aconsejar a los miembros en asuntos graves.
  • efectuar matrimonios civiles.
  • administrar la disciplina de la Iglesia en el barrio.
  • dirigir el ajuste de diezmos.

Deben dedicar tiempo a emplear las llaves que poseen en lo referente a cómo se aplican a estas responsabilidades únicas. Todo lo demás se puede delegar y asignar a los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares que sirven bajo la dirección de ustedes, por lo cual deben aprender a dar dirección y a confiar en ellos. Ustedes deben aprender la función que desempeñan al ejercer las llaves del sacerdocio.

El sumo sacerdote presidente

Ustedes son los sumos sacerdotes presidentes de sus respectivos barrios. Dirigen la obra del presidente del quórum de élderes y del líder del grupo de sumos sacerdotes.

El presidente de estaca posee las llaves del Sacerdocio de Melquisedec. Junto al sumo consejo, él tiene la responsabilidad de capacitar a los líderes del Sacerdocio de Melquisedec en los barrios, pero en calidad de sumos sacerdotes presidentes del barrio, son ustedes los que se sientan en consejo con ellos. Se les ha llamado a escuchar, a aprender y, después, a dar asignaciones.

En lo referente a la orientación familiar, ustedes asignan compañeros específicos a visitar a las familias que más lo precisan, y después piden informes, dando seguimiento a las asignaciones que se han hecho. Siempre hagan esto durante las reuniones de consejo, especialmente cuando se trata de la obra misional, la reactivación y la retención. ¿Por qué? Porque a todo integrante de un consejo se le ha “dado un don por el Espíritu de Dios. A algunos les es dado uno y a otros otro, para que así todos se beneficien” (D. y C. 46:11–12).

Un pastor de la juventud

También son ustedes los presidentes del Sacerdocio Aarónico y del quórum de presbíteros. Velan por los niños de la Primaria, los hombres jóvenes y las mujeres jóvenes. ¿Cómo lo logran?

Hace poco les preguntamos a los jóvenes: “¿Qué fue lo más significativo que ocurrió en su vida el año pasado?” Entre las respuestas que más figuraron estuvo: “una entrevista con el obispo”. Obispos, ustedes poseen la llave para entrevistar y guiar a los jóvenes, para ayudarlos durante el transcurso de la década de decisiones que tienen por delante. Conózcanlos, sepan cómo se llaman, qué metas tienen, a qué le temen.

A ellos les preocupa el futuro. Los miran a ustedes y se preguntan cómo han tenido tantos logros en la vida, cómo terminaron los estudios, cómo consiguieron empleo, cómo se casaron con su esposa y establecieron su familia. Ustedes pueden ayudar a los jóvenes, enseñarles a escuchar los susurros del Espíritu Santo —el Consolador— y a hallar la confianza que necesitan.

La alegría más grande que he tenido con mis propios hijos y con todos los jóvenes es ayudarles a hallar sus dones y talentos y a descubrir quiénes realmente son. Se les enciende una luz, la luz del Espíritu que llevan dentro, y descubren que son personas especiales, en particular a la vista del Señor.

En calidad de presidentes del Sacerdocio Aarónico, ustedes no sólo ayudan a los jóvenes sino también a los padres. Involucren a los padres, escúchenlos, aprendan de ellos cómo ayudar a los hijos. En el proceso, el Espíritu también les indicará cómo bendecir la vida de esos mismos padres.

A veces al padre le cuesta hablar con sus hijos. Ustedes pueden servir de mediador que une padres e hijos. Las llaves del sacerdocio les ayudarán a volver los corazones de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, y es ésa la obra de la salvación.

Por lo cual, obispos, no subestimen quiénes son y lo que pueden hacer. Como pastores de familias, guíen a los jóvenes por el sendero que lleva al templo, a la misión y a sellarse por el tiempo y toda la eternidad.

Un juez común en Israel

Ahora bien, también se los ha llamado a ser jueces comunes en Israel. Dios los ha “nombra[do] y ordena[do] para velar por la iglesia” (D. y C. 46:27).

Se les ha dado el don de discernimiento a fin de ayudarlos (véase D. y C. 46:27). Este don les será útil para aconsejar a los miembros que hayan cometido transgresiones morales u otras ofensas graves. Les dirigirá en lo referente a la disciplina de la Iglesia, y les enseñará cómo ser pastores eficientes al discernir qué asignaciones se pueden y se deben delegar a otros.

Cómo supervisar la obra de bienestar

También están a cargo de dirigir la obra de bienestar del barrio, lo cual deben hacer según el mandato de “busca[r] a los pobres” (D. y C. 84:112). En ocasiones, los necesitados son pobres en sentido temporal y necesitan de comida y ayuda financiera, pero a veces son pobres en sentido espiritual porque han sufrido injusticias e incluso maltrato y abuso.

Empleen el comité de bienestar del barrio para localizar a las familias y a los individuos que tengan necesidades. Consulten a la presidenta de la Sociedad de Socorro, y llamen a los líderes del sacerdocio de Melquisedec.

A la hora de calcular las necesidades e identificar los recursos, lo primero que deben tomar en cuenta son los recursos del individuo y después, los de los parientes. Luego procedan a revisar y firmar personalmente cada pedido de ayuda de bienestar antes de mandarlo.

El salvaguardar los fondos

En calidad de obispos, tienen la responsabilidad de salvaguardar los fondos sagrados de la Iglesia. ¿Me permiten compartir tres principios importantes para proteger tales fondos?

En primer lugar, asegúrense de que tanto ustedes como sus consejeros y secretarios paguen ofrendas y un diezmo íntegro, ya que solamente se pueden confiar los fondos del Señor a quienes honran Su ley financiera.

En segundo lugar, sean fieles al principio de los compañeros. Siempre deben estar presentes dos poseedores del sacerdocio, trabajando uno junto al otro, cuando se recogen, se cuentan, se depositan y se distribuyen fondos.

Finalmente, no dejen los fondos sin supervisión alguna, y guárdenlos bajo llave. Donde sea posible, vayan a un banco que tenga una caja de depósitos que funcione las 24 horas. Ustedes y sus compañeros del sacerdocio deben depositar los fondos el mismo día en que éstos hayan sido recolectados, contados y registrados.

Hermanos, estos principios no son solamente para proteger el dinero y los fondos de la Iglesia. He descubierto, por triste experiencia, que cuando un individuo hace mal uso de los recursos del Señor, corre el riesgo de perder su lugar en el reino. Pone en peligro su propia fe, e incluso debilita la fe de las generaciones por venir.

Anteriormente serví como Obispo Presidente de la Iglesia por casi diez años, así que estoy en condición de decirles que nunca se ha hecho mal uso de los fondos si se enseñaron, se aplicaron y se vivieron fielmente estos tres principios.

Maestros de los miembros

Obispos, recuerden que en todo lo que hacen, son maestros. No se preocupen si no creen serlo, el Espíritu les ayudará a llegar a ser maestros puesto que el Espíritu se da “por la oración de fe” (D. y C. 42:14). A medida que sigan Sus santos susurros, serán “apto[s] para enseñar(1 Timoteo 3:2).

Enseñen especialmente durante las reuniones sacramentales, del mismo modo en que un padre enseña a su familia. En toda reunión acuérdense de apacentar a las ovejas. No basta con dar discursos o lecciones bien preparadas, sino que ustedes, obispos, deben nutrir —nutrir espiritualmente— a los miembros de los cuales son responsables. Edifiquen el testimonio de ellos, infundan en ellos el Espíritu del Señor y fortalézcanles la determinación de ser fieles a los principios del Evangelio.

Después, una vez al año, enseñen a las familias durante el ajuste de diezmos acerca de la ley del diezmo. Compartan el testimonio, expresen amor y, cuando sea adecuado, oren con ellas.

El enfoque de la obra del obispo consiste en enseñar a las familias a ser autosuficientes espiritual y temporalmente, ya que cuando las familias se cuidan a sí mismas, el rebaño entero se fortalece y protege.

Cómo fortalecer a las familias

Ahora quisiera hablar un poco sobre cómo fortalecer a las familias. Cada cual debe comenzar por su propia familia. En Efesios 5:25 hallamos uno de los mandamientos más importantes para los obispos: “Maridos, amad a vuestras mujeres”.

El obispo verdadero hará en su propio hogar lo mismo que les pida a los líderes del sacerdocio del barrio. Él partirá de esta reunión y regresará a casa para sentarse con su esposa y hacer una pregunta muy sencilla: “Querida, ¿cómo puedo ser mejor padre y mejor compañero?”. Después dedicará la próxima media hora para escucharla.

Escuchen con el corazón y hagan los ajustes necesarios en sus vidas. Entonces se convertirán en los amorosos pastores de sus propios hogares.

Lo que sucede, hermanos, es que debemos poner la vida por nuestra esposa y nuestra familia del mismo modo en que el Salvador puso Su vida por la Iglesia y por cada uno de nosotros. Entonces podemos representarlo y ser más parecidos a Él.

Tal vez piensen: “Élder Hales, no me da el tiempo para hacer todo”. Permítanme darles el mejor consejo que he recibido al respecto.

  • Por lo general, no pasen más de dos noches a la semana fuera de casa por causa del llamamiento, y dediquen una de esas dos noches a visitar los hogares de los miembros.
  • Avisen de antemano a sus familias a qué hora estarán en casa, y cumplan con su palabra a toda costa para que el automóvil vaya llegando a casa a la hora en que ustedes dijeron que volverían, a fin de que la madre pueda decirles a los hijos: “Papá llega a tal y cual hora”, y ellos sabrán que ustedes estarán en casa a esa hora.
  • Pasen tiempo todas las semanas con su esposa y con cada uno de sus hijos.

Empiecen por eso. Les prometo que si colocan a sus señoras y familias en primer lugar, no solamente serán mejores maridos y padres, sino que se convertirán en mejores obispos.

Ante todo, recuerden, sí, recuerden que el barrio es un conjunto de familias. La obra de salvación avanza cuando los padres y las madres guían a sus hijos con la ayuda del obispo. Por eso es que lo más importante que pueden hacer es ayudar a las familias a ir al templo, y ustedes poseen las llaves para lograrlo.

Las bendiciones del templo

Unos años antes de la dedicación del Templo de Salt Lake, el presidente Wilford Woodruff soñó que veía a muchas personas dando vueltas alrededor del templo. No estaban a gusto porque no podían entrar en él. En el sueño, el presidente Brigham Young se acercó al presidente Woodruff y le dio las llaves del templo.

Esta llave que tengo en la mano es una llave original de las puertas del Templo de Salt Lake.

Brigham Young le dijo al presidente Woodruff: “Abre las puertas y deja entrar a la gente”1.

La llave que tengo en mi mano representa las llaves que como obispos poseemos para abrir las maravillosas puertas del templo. Obispos, recuerden que poseen esas llaves del sacerdocio. Empléenlas como sumos sacerdotes presidentes, jueces comunes en Israel y presidentes del Sacerdocio Aarónico. Empléenlas también para dirigir a los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares en el barrio y para abrir la puerta de todas las bendiciones de la Iglesia verdadera del Señor, y luego dejen que la gente entre al templo.

Doy testimonio de que nuestro Salvador está dispuesto a darnos la bienvenida a todos. Él conoce a Sus ovejas, y ellas conocen Su voz. Si ustedes, los obispos de la Iglesia, son fieles, la voz de Él resonará a través de ustedes.

No importa cuánta experiencia hayan tenido ya que la Iglesia crece de generación en generación. Algunos de ustedes se yerguen sobre los hombros de los líderes del sacerdocio de su infancia. ¡Cuán bendecidos son!

Están también los que son pioneros, y serán los hombros de ustedes los que llevarán a la siguiente generación. Se los recordará y bendecirá en los años por venir.

Los amamos. Les agradecemos. Oramos por ustedes. Sabemos –sí, sabemos– que ésta es la obra divina del Señor y Salvador Jesucristo y que Él les pondrá a la altura del manto que llevan. Él bendecirá sus hogares, fortalecerá a sus hijos y aumentará el amor conyugal.

Testifico que Él es el Pastor que dio la vida por nosotros. Él guía a Su Iglesia. Somos Su rebaño, ya que Él es el Buen Pastor, a saber, el “Pastor y Obispo de [nuestras] almas” (1 Pedro 2:25). De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.


Nota

  1. Loren C. Dunn, “The Temple is the ‘Heart of Sacred Work’ “, Church News, 6 de febrero de 1993, pág. 12.
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