Las señales de la venida del Señor

Conferencia General Abril 1966

Las señales de la venida del Señor

por el presidente Joseph Fielding Smith
Consejero de la Primera Presidencia y
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles


Mis queridos hermanos y hermanas, me siento muy agradecido por estar aquí con vosotros en esta 136a. Conferencia Anual de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y ruego que pueda decir algo que sea para la edificación del reino de nuestro Padre Celestial, y para el beneficio de los que escuchan. Quisiera hablar sobre el tema “Las Señales de la Venida del Señor”, y ruego que El me dirija en lo que vaya a decir.

Han acontecido muchas cosas durante los últimos ciento treinta y seis años para indicar a los fieles miembros de la Iglesia el hecho de que la venida del Señor está cerca. El evangelio se ha restaurado; la Iglesia ha quedado completamente organizada; y el sacerdocio ha sido conferido al hombre. Se han revelado las varias dispensaciones habidas desde el principio, y se han dado sus llaves y autoridades a la Iglesia. Israel ha sido y está siendo recogido a la tierra de Sion, y los judíos están volviendo a Jerusalén. Se está predicando el evangelio en todo el mundo, como testimonio a toda nación. Se están edificando templos y efectuándose las ordenanzas por los muertos así como por los vivos en ellos. El corazón de los hijos se ha vuelto a sus padres y están buscando a sus muertos. Se han revelado los convenios que el Señor prometió concertar con Israel en los postreros días, y miles de los de Israel recogido los han aceptado. De manera que la obra del Señor sigue adelante y todas estas cosas son señales de la próxima venida de Nuestro Señor.

Jesús dijo que los judíos serían esparcidos entre todas las naciones y que Jerusalén sería hollada de los gentiles hasta que los tiempos de éstos fuesen cumplidos. (Lucas 21:24.) La profecía contenida en la Sección 45:24-29 de Doctrinas y Convenios, concerniente a los judíos, se cumplió literalmente. Jerusalén fue hollada de los gentiles, pero esto ha cesado, y hoy se ha convertido en un hogar para los judíos. Ahora están volviendo a Palestina, y por esto podemos saber que los tiempos de los gentiles están a punto de llegar a su fin.

Las palabras de los profetas se están cumpliendo rápidamente, pero se están llevando a cabo de acuerdo con principios tan naturales, que la mayor parte de nosotros no los reconocemos. Joel prometió que el Señor derramaría su Espíritu sobre toda carne; que los hijos y las hijas de los del pueblo profetizarían, sus ancianos soñarían sueños y sus jóvenes verían visiones. Se manifestarían prodigios en el cielo y en la tierra, y habría fuego, sangre y columnas de humo. Por último, el sol se habría de convertir en tinieblas y la luna en sangre, y entonces vendría el día grande y terrible del Señor. Algunas de estas señales se han dado, otras aún están por venir. El sol todavía no se ha obscurecido, y se nos informa que éste será uno de los últimos acontecimientos poco antes de la venida del Señor.

Uno se pregunta si no estamos viendo ahora mismo algunas de las señales en los cielos. No todas, porque indudablemente algunas acontecerán entre los astros celestiales tales como la luna y el sol, los aerolitos y los cometas; pero al hablar de los cielos se está refiriendo a esa parte que rodea a la tierra y que es parte de la misma. Es en la atmósfera donde se verán muchas de las señales. ¿No vemos aviones de varias clases cruzar por los cielos diariamente? ¿No hemos tenido señales en la tierra y por en medio de la tierra mediante la radio, los ferrocarriles, automóviles, submarinos, satélites y de muchas otras maneras? Sin embargo, faltan las señales mayores; los cielos han de ser conmovidos, se ha de dar la señal de Hijo del Hombre y entonces se lamentarán los pueblos de la tierra.

Una de las señales de los postreros días habría de ser el aumento de conocimiento. Al profeta Daniel le fue dicho: “Cierra las palabras y sella el libro” de su profecía “hasta el tiempo del fin”. Y sigue diciendo que “muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará” en aquel día. ¿No está la mayor parte de la gente corriendo “de aquí para allá” en esta época, más que en ningún otro tiempo de la historia del mundo? Id al Departamento de Información de la Iglesia y preguntad allí cuántos turistas visitan la Manzana del Templo anualmente. Investigad en los varios parques nacionales, las compañías de autobuses, ferrocarriles y vapores; indagad cuántos están recorriendo a Europa, Asia y a todas partes de la tierra.

¿No andamos corriendo, la mayor parte de nosotros, de acá para allá en nuestros automóviles en busca de placeres? ¿No ha aumentado el conocimiento? ¿Ha habido otra época en la historia del mundo en que se haya vertido tanto conocimiento sobre la gente? Pero causa pena decir que las palabras del apóstol Pablo son muy ciertas, cuando dice que los habitantes del mundo “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad”. ¿Hemos tratado alguna vez de relacionar el derramamiento de conocimiento, los grandes descubrimientos e invenciones de los últimos ciento treinta y seis años con la restauración del evangelio? No es porque superemos a nuestros padres en inteligencia por lo que hemos recibido este conocimiento, ¡sino que Dios así lo ha dispuesto en esta generación! Sin embargo, los hombres toman la honra para sí, y se olvidan de reconocer la mano de Dios Todopoderoso en estas cosas.

Las Américas fueron descubiertas porque el Señor así lo dispuso. El evangelio se restauró en este país, más bien que en algún otro, porque el Señor lo quiso. Esta es la tierra que hace sombra con las alas de que habló Isaías, y en la actualidad está enviando mensajeros por el mar a la nación de elevada estatura, al pueblo tímido desde su principio. Hoy se están recogiendo los habitantes de esta nación, y una vez más serán favorecidos del Señor.

¿No hemos oído numerosos rumores de guerras? ¿No hemos tenido guerras como las que el mundo jamás ha visto antes? ¿No vemos hoy una conmoción entre las naciones, y no están turbados sus gobernantes? ¿No han sido derrocados reinos y se han efectuado grandes cambios entre las naciones? Toda la tierra está en conmoción. Cada día se nos informa de terremotos en varios lugares. Me tomé la libertad de llamar al doctor Melvin Cook para pedirle algunos datos acerca de los muchos terremotos que ocurren en el mundo. Me citó lo siguiente de un libro recientemente publicado por John H. Hodgson, de Ottawa, Canadá: “La manera en que el número (de terremotos) aumenta a medida que la magnitud de los mismos disminuye, nos permite calcular fácilmente que si se pudieran distinguir todos los terremotos hasta el grado cero de magnitud, la cantidad sería de uno hasta diez millones cada año.” Entonces sigue diciendo que cada año ocurren alrededor de dos mil terremotos con una magnitud de entre cinco y seis grados, y unos veinte mil entre los 4.0 y 5.0 grados. De modo que parece que ocurren alrededor de veinte mil terremotos al año que podrían causar mucho perjuicio si ocurrieran en sitios poblados. Las otras señales indicadas por el Señor ya se han visto, o están casi a nuestras puertas. Sabemos que tal es el caso, tanto por lo que observamos como por las declaraciones de los profetas. Hace ciento treinta y seis años Elías el Profeta declaró a José Smith que el día grande y terrible del Señor estaba casi a las puertas.

Sin embargo nuestro viejo mundo sigue ocupado en sus asuntos, interesándose muy poco en todo lo que el Señor ha dicho, así como en las señales e indicaciones que se han manifestado. Los hombres endurecen sus corazones y dicen que “Cristo demora su venida hasta el fin de la tierra”. (D. y C. 45:26.)

Están “comiendo y divirtiendo, casándose y dando en casamiento” según las costumbres no de Dios, sino del mundo, sin pensar siquiera un momento en que el fin de la iniquidad está cerca. Los placeres y el amor del mundo han cautivado el corazón de la gente, y por eso no tiene tiempo para adorar al Señor o prestar atención a sus amonestaciones, y así continuarán hasta que sobrevenga el día de la destrucción.

En ninguna otra época de la historia ha habido mayor necesidad de que los hijos de los hombres se arrepientan. Nos preciamos de nuestra gran civilización; del notable conocimiento y prudencia que poseemos, pero en todo ello queda olvidado el amor de Dios. Tanto el propio Señor, como Elías el Profeta y también José Smith, nos han amonestado. El Señor declaró: “Porque he aquí, de cierto, de cierto te digo, la hora está próxima cuando vendré en una nube con poder y gran gloria. Y será un gran día la hora de mi venida, porque todas las naciones temblarán. Pero antes de aquel gran día, el sol se oscurecerá y la luna se tornará en sangre; y las estrellas se rehusarán a brillar, cayendo algunas; y grandes destrucciones esperan a los malvados.” (D. y C. 34:7-9.)

Si el día grande y espantoso del Señor estaba próximo cuando vino Elías el Profeta, quiere decir que hoy estamos un siglo más cerca de ese día. Sin embargo, algunos dirán: “¡Pero no! ¡Elías, tú debes estar equívoco! Ciertamente han pasado 136 años, y ¿no nos hallamos en mejor situación hoy que en cualquier otra época? Mirad nuestros descubrimientos, nuestras invenciones, nuestro conocimiento y nuestra prudencia. ¡Claro está que debe haber algún error!”

De manera que muchos parecen pensar y decir, y están seguros, a juzgar por sus actos, que el mundo va a seguir en su condición actual por millones de años antes que venga el fin. Hablad con ellos; escuchad lo que tienen que decir estos hombres sabios del mundo. “Hemos pasado por peores tiempos— declaran—os equivocáis en pensar que hay más calamidades en la actualidad que en épocas anteriores. No es que haya más terremotos, la tierra siempre ha estado temblando, sino que ahora tenemos facilidades para recoger las noticias que nuestros antepasados no tuvieron. Estas cosas no son señales de los tiempos; no es muy distinto hoy de lo que fue en tiempos anteriores.”

De manera que la gente se niega a prestar atención a las advertencias que el Señor en su bondad les manifiesta, y de esta manera se cumplen las Escrituras. El apóstol Pedro dijo que sucederían tales cosas, y amonestó al pueblo en este respecto. (2 Pedro 3:3-7.) En sus palabras, nos llama la atención al tiempo en que el mundo fue destruido por el diluvio, y agrega que a la venida de Cristo—que los burladores están tratando de aplazar o negar— habrá otra purificación de la tierra, pero la segunda vez será por fuego. ¿No es igual la condición que existe entre la gente hoy a la de la época de Noé? ¿Creyó la gente y se arrepintió en aquellos días? ¿Podemos hacer que los hombres, salvo en contadas excepciones, crean hoy que existe un peligro?

¿Creemos lo que dijo el Señor hace 136 años: “Porque no hago acepción de personas, y quiero que todo hombre sepa que el día viene con rapidez; la hora no es aún, mas está a la mano, cuando se quitará la paz de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio” ? (D. y C. 1:35.)

También: “Y he aquí, vendré presto a juicio, para convencer a todos de sus obras inicuas que han cometido contra mí, como se dice de mí en el libro.” (D. y C. 99:5.)

“Preparaos, preparaos para lo que viene, porque el Señor está cerca; y está encendida la ira del Señor, y su espada se embriaga en el cielo, y caerá sobre los habitantes de la tierra.” (D. y C. 1:12, 13.)

“De cierto os digo, no pasará la generación en que se mostraren estas cosas, hasta que se cumpla todo lo que os he dicho.” (Perla de Gran Precio, Escritos de José Smith, 1:34.)

¿Continuaremos durmiendo completamente desapercibidos o indiferentes hacia todo lo que el Señor nos ha dado para advertirnos? Yo os digo: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.” (Mateo 24:42-44.)

Hagamos caso de esta amonestación dada por el Señor; pongamos nuestras casas en orden y preparémonos para la venida del Señor, humildemente ruego en el nombre de Jesucristo, nuestro Redentor. Amén.

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