Dios Vive

Conferencia General Abril 1966

Dios Vive

por el presidente N. Eldon Tanner
Segundo consejero en la primera presidencia


Presidente McKay, mis amados correligionarios, hermanos y hermanas, y todos los que nos escuchan, vengo hoy ante vosotros con una honda sensación de humildad en esta gran conferencia, para participar con vosotros en la conmemoración de la muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el Hijo del Dios Viviente.

Estoy seguro que los discursos inspirados que hemos oído, junto con la hermosa música que hemos escuchado y el bello espíritu que ha prevalecido durante esta conferencia, nos ha llegado al corazón y ayudado a apreciar el gran significado y naturaleza sagrada de esta ocasión que hoy conmemoramos. Los más importantes y significativos de todos los acontecimientos que se conocen en la historia y vida del género humano, son el nacimiento, vida, muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el Unigénito de Dios el Eterno Padre. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16.)

Las Escrituras nos proporcionan una relación acertada y dramática de la manera en que Cristo anduvo haciendo bienes, sanando a los enfermos, dando la vista a los ciegos y haciendo andar a los cojos; cómo fue perseguido, juzgado y sentenciado a muerte; la manera de su traición y la agonía que padeció antes de ser clavado sobre la cruz. Sin embargo, a pesar de toda esta persecución y sufrimientos, dijo mientras colgaba en la cruz:

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34.) Y las últimas palabras que pronunció antes de morir fueron: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23:46.)

Cuando María Magdalena, impulsada por su amor, fue a la tumba a buscar a Jesús, un ángel le comunicó el más glorioso de todos los mensajes cuando le dijo: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.” (Mateo 28:6.)

Entonces tenemos el testimonio irrefutable de Pedro, Juan y otros apóstoles, junto con muchos otros que lo vieron y hablaron con El después de su resurrección, y a quienes dio instrucciones tanto en el Viejo Mundo como en este hemisferio americano.

Declaramos al mundo lo que el hoy fallecido presidente J. Reuben Clark, h., dijo al finalizar sus palabras a un numeroso grupo de destacados hombres de negocio en un banquete ofrecido en su honor en la ciudad de Nueva York:

“Para nosotros los cristianos, Él es el Cristo, el Unigénito Hijo del Dios Viviente, el Creador, bajo Dios, de la tierra, el Redentor del mundo, nuestro Salvador, las primicias de la resurrección, la cual viene a todos los que nacen en esta tierra, tanto al creyente como al incrédulo, el único nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podemos ser salvos.” (Behold the Lamb of God, por J. Reuben Clark, hijo, pág. 8.)

En la actualidad, mientras nosotros los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, junto con millones de personas en todo el mundo, creemos en Dios el Eterno Padre y en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, hay quienes están tratando de convencer al mundo de que Dios está muerto. Algunos dicen ser cristianos, sin embargo, son ateos, y afirman que Dios murió en Cristo.

Esta teoría no es nueva, pero el asunto se ha vuelto más serio y probablemente llamará más nuestra atención porque ahora se está originando dentro del cristianismo, y los doctores, los teólogos y maestros la están propagando en los seminarios y universidades, y los ministros y obispos la predican desde el pulpito y la perpetúan en libros y revistas. Por cierto, los escritos del obispo John A. T. Robinson en Inglaterra, y del obispo James A. Pike en Estados Unidos, son de los que tienen mayor venta.

Las condiciones actuales en las universidades estadounidenses también ponen de relieve la seriedad de la afirmación de que Dios está muerto. En un estudio que se hizo en la Universidad de Cornell, los investigadores hallaron muy poca o ninguna evidencia de una convicción o adherencia absolutas, y concluyen tildando de “religión secular” a la creencia de los alumnos.

En la publicación Weekly Religious Review, leemos:

“Es un grave asunto teológico, aunque no sin su aspecto cómico, que de pronto estén surgiendo profesores de seminario por todo el país, según parece, diciendo: ‘Forzosamente tenemos que dejar de creer en Dios. La fe—declaran ellos, moviendo la cabeza negativamente delante de sus alumnos—ya no es posible.'” (Weekly Religious Review, número 266, 19 de noviembre de 1965.)

Es significativo notar que muchas de las universidades norteamericanas fueron fundadas originalmente por grupos religiosos para fines religiosos. Durante la mayor parte del siglo diecinueve fueron centros de actividad religiosa, pero en este siglo se ha desarrollado un movimiento radical hacia la neutralidad religiosa entre los directores académicos. De modo que el alumno que tiene una fe tradicional, quizá ahora descubra que sus estimadas convicciones son menospreciadas, descartadas y calladas o impugnadas por otra norma de creencia. Su decaimiento en un ambiente secular (tanto intelectual como moralmente) es rápido, y con frecuencia desastroso.

A fin de ayudar a nuestros estudiantes a resistir esta tendencia, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días suele establecer seminarios e institutos cerca de toda escuela secundaria y universidad donde hay un número suficiente de nuestros alumnos para justificarlo. Quisiera instar a los padres a que procuren que sus hijos asistan a las escuelas donde hay estas facilidades.

Los que profesan y propagan la teoría de que “Dios está muerto” dicen que ya no está de moda creer en Dios, y advierten que si los cristianos no acomodan su fe de conformidad con el conocimiento moderno, la propia fe cristiana tendrá que ser abandonada. ¿Puede venir al pensamiento algo más odioso que decir que debemos procurar convertir a Dios en más aceptable al hombre, en lugar de tratar de hacer que éste vuelva a Dios?

La promesa que el Señor dio a Israel, según leemos en Deuteronomio, merece nuestra cuidadosa atención:

“Más si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma. . .

“Cuando estuvieres en angustia, y te alcanzaren todas estas cosas, si en los postreros días te volvieres a Jehová tu Dios, y oyeres su voz… no te dejará.” (Deuteronomio 4:29-31.)

Al leer la oración que pronuncio Jesús en el Jardín de Getsemaní, cuando se apartó de sus tres apóstoles, y “yendo un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39), ¿hay duda alguna en nuestras mentes de que estaba hablando con su Padre o que sabía que Dios estaba vivo?

Y entonces al comunicarse con su Padre en la hermosa oración contenida en el capítulo 17 de Juan:

“Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique a ti;

“Como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.

“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

“Ahora, pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.” (Juan 17:1-5.)

¿Se puede creer en Cristo, aceptar sus palabras y entonces dudar de que Dios vive, que está listo para escuchar y contestar nuestras oraciones, y que es el padre de Jesucristo?

Consideremos las propias palabras de José Smith al relatar su experiencia cuando recurrió a Dios en oración después de leer este pasaje de Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5.)

José dijo al respecto:

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o, de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios. Al fin tomé la determinación de pedir a Dios, habiendo decidido que si El daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin reprochar, yo podría intentarlo. Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba.” (José Smith 2:13, 14.)

Como resultado de esta fervorosa y sincera oración, recibió una manifestación que proporciona evidencia en esta dispensación, de la realidad del Padre y del Hijo.

Esto es lo que el joven profeta dice:

“Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, de un brillo y gloria indescriptibles, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith 2:17)

A pesar de estos numerosos ejemplos del poder de la oración, actualmente parece existir mucha duda en el mundo; por tanto, es palpable que en cierta etapa las iglesias, con sus múltiples religiones, han perdido su contacto con el siglo XX. ¿Se deberá esto a que han perdido contacto con Dios, y han sido conducidas por guías ciegos? Si tal es el caso, hay buena razón—y todos parecen concordar en ello—para instituir un cambio en las formas antiguas y volvernos a Dios.

Para ayudarnos a entender la urgencia de esta necesidad, y cuán importante es que todas las personas individualmente reconozcan a Dios y vuelvan a Él, quisiera referirme a una fuente de evidencia que podría ser útil.

Durante la última década, un promedio de 10.000 jóvenes han estado obrando en un Cuerpo de Paz religioso en todo el mundo. Son nuestros misioneros mormones que pasan la mayor parte de cada día en contacto personal con todas las culturas del mundo, con los religiosos, los pobres, los ricos, los cristianos y los que no lo son. Se reúnen con millones de personas en sus hogares y en ambientes improvisados para hablar con ellos sobre Dios y la oración.

Cuando nuestros misioneros se arrodillan con sus nuevos amigos para hacer oración y les enseñan a orar, le derraman su corazón al Señor con toda humildad. Han descubierto que la oración para muchos se ha convertido en algo tan insignificante como el propósito de la vida; que son pocos los que oran en manera satisfactoria o eficaz; que muy pocos tienen una noción de la oración familiar. Es imponente el pequeño número de personas que sienten que realmente están orando a un Dios viviente, o que entienden claramente cuáles son los resultados que pueden esperar. De hecho, cuando creen en Dios, admiten creer en cierta clase de Dios, en cierta clase de religiosidad, pero el hablar en realidad a Dios es una cosa extraña para ellos.

Muchos dicen: “El orar es como escuchar música o comunicarse con la naturaleza.” Otros: “Tengo mi propia clase de oración.” Y unos terceros: “La oración, cuando mucho, es simplemente el silencio; no se busca nada, no se espera nada.”

El problema más difícil con que tropiezan los misioneros, es conseguir que aquellos a quienes están tratando de enseñar el evangelio se pongan de rodillas y realmente oren con ellos. Esta actitud hacia la oración queda claramente indicada en un estudio hecho recientemente en uno de los más notables centros de religión de los Estados Unidos.

Todos los alumnos se están preparando para carreras religiosas, bien como maestros o ministros. El estudio de referencia mostró que solamente el nueve por ciento del número total dijeron que oraban en forma significativa. Los demás contestaron que no oraban o casi nunca lo hacían; sin embargo, todos dijeron que se creían o consideraban personas profundamente religiosas y estaban interesados en ayudar a otros a llegar a serlo.

Si los casos anteriores son típicos, se tiene que llegar a la conclusión de que el mundo ha alcanzado el punto en que conceptúa a Dios, sea lo que signifique, como una especie de ser para quien la oración no tiene significado, o algo a lo cual uno no puede recurrir cuando necesita orientación, fuerza y consuelo.

Estos misioneros mormones de quienes acabo de hablar, han conocido algunas experiencias muy notables y alentadoras con aquellos que han aprendido a orar a un Dios viviente. Han visto cómo miles y cientos de miles despiertan a la realidad.

Un destacado hombre de negocios, al preguntársele cómo llegó a interesarse en la Iglesia, me dijo personalmente: “Cuando me arrodillé con esos jóvenes y los oí orar, comprendí que sabían a quién se estaban dirigiendo.” Siguió diciendo que él, al interesarse, también empezó a orar a un Dios viviente, y comprobó sin quedarle duda alguna, esta afirmación de Moroni:

“Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.” (Moroni 10:4.)

Parece que nada puede traernos mayor sensación de gozo y paz que la satisfacción y seguridad de saber que Dios está presente y que se interesa en nosotros. Este concepto cambia la visión y las vidas de las personas cuando han descubierto o vuelto a descubrir que la oración es un eslabón vital y vibrante. Entonces sus vidas cobran significado y el cambio se manifiesta a todos.

Cuando estas personas que ahora saben, por medio de la oración, que Dios vive, intentan explicar su actitud hacia la oración antes de conocer a los misioneros, sus palabras nos llevan a la conclusión de que los hombres se hallan en estado insensible en cuanto a Dios, y no que Dios esté muerto; y hasta que estén conscientes de un Dios viviente al cual pueden recurrir, el evangelio tiene poco significado para ellos.

De manera que el asunto queda bien definido, es decir, no se trata de la clase de Dios en quien el hombre puede creer, sino la clase de hombre en quien el Dios viviente puede influir. Un destacado teólogo hace esta profunda afirmación:

“Tal vez suceda que los funerales que hoy se efectúan en algunas iglesias, no son para honrar a un Dios que ha muerto, sino más bien a un Dios que nunca vivió, a quien era blasfemia adorar y ahora es necedad lamentar. Ante tal Dios uno podría orar hasta morirse, en vano.”

Para aquellos que han estado adorando a un Dios no conocido, o ídolos de una clase u otra, el desmoronamiento de estos dioses o ídolos puede ser cosa buena, si es que los adoradores pueden ver más allá de los ídolos. Tal vez sea que nuestras culturas del siglo XX se encuentran tan cansadas y hastiadas de los falsos profetas, que muchos no están interesados en escuchar a los profetas verdaderos, ni son capaces de hacerlo, y por tanto, no son capaces de admitir que en algún tiempo haya habido profetas verdaderos. De modo que no sienten ninguna relación hacia Dios y ninguna necesidad de invocarlo. Esto en sí mismo es efectivamente una situación sumamente grave.

Ciertamente no puede haber verdadero consuelo en la que es conocida como una religión atea. Imaginémonos una religión en la cual uno sólo puede conceptuarse a un Dios que carece de forma, que no exige nada; para quien no hay consecuencias; que ningún papel desempeña en ninguna de las batallas verdaderas de la vida, sino (como cierto género de Atlas metafísico) proporcionar el campo de batalla.

¿Qué puede un hombre esperar de Dios, o cómo puede esperar que Dios llegue hasta él, si está convencido de que la única prueba de la realidad de Dios es su ausencia total, o si presenta cíen razones para decir que la revelación divina, en caso que llegara, no sería divina y no sería revelación?

Refiriéndose a estas condiciones del mundo actual, el elocuente rabino Abraham Joshua Hesche!, dice:

“Hablo como persona que a veces teme y se alarma en gran manera, no sea que Dios se haya apartado de nosotros disgustado, y aún nos haya privado del poder para entender su palabra. Algunos de nosotros somos como los pacientes que al estar agonizando gritan en su delirio: ¡El doctor está muerto! ¡El doctor está muerto! (Union Theological Seminary Quarterly, enero de 1966.)

A fin de que la vida tenga un propósito, y para que nosotros sepamos de dónde vinimos, y por qué estamos aquí, y qué puede haber para nosotros en lo futuro, es necesario que estemos dispuestos a admitir la posibilidad de que Dios realmente existe, de que su ausencia no es porque El así lo quiere, sino es por causa de nuestra falta de voluntad o nuestra indisposición para recurrir a Él, escuchar y responder.

En todas las edades los profetas han dado testimonio de que han hablado con Dios, de que Él les ha dado instrucciones y los ha guiado. Esto se aplica a los profetas en distintas condiciones, en varios países y en diferentes épocas, incluso la nuestra. En igual manera, cientos de miles de personas esparcidas por todo el mundo pueden hoy testificar, y dan testimonio de que sus oraciones han sido contestadas en muchas maneras.

¡Qué cuadro y experiencia tan hermosos, y cuán grande bendición y privilegio es el que una familia se arrodille junta para tener sus oraciones familiares y hablar a Dios, sabiendo que El escuchará y contestará sus oraciones. El valor de esta oración y la influencia que surte en los que se arrodillan para orar, desde el padre y la madre hasta el hijo más joven, son incalculables.

Me acuerdo muy bien cuando nosotros nos arrodillábamos para orar como familia, y cómo mi padre solía hablarle al Señor como un hombre conversaría con otro, y cómo le expresaba su agradecimiento por sus bendiciones; cómo suplicaba por el bienestar de su familia, y cómo pedía prudencia, conocimiento, valor y fuerza para que cada uno de nosotros hiciéramos lo que era recto.

Aquel que nos ha creado desea que logremos el éxito, y está listo para responder a nuestro llamado. Como lo dijo el Señor: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” (Mateo 7:7.)

No obstante, como lo expresó el presidente McKay en la conferencia de octubre, es necesario que llamemos, que pidamos y que busquemos. La pregunta en cuanto a quiénes son aquellos en quienes el Señor puede influir, tal vez quede contestada con la siguiente descripción de un joven que se estaba refiriendo a una oración ofrecida por otro hombre. Esto fue lo que dijo: “Con anterioridad había escuchado a hombres y mujeres orar. . . desde los más ignorantes, tanto en cuanto a letras e intelecto, hasta el más sabio y elocuente; pero nunca jamás sino hasta esa ocasión había escuchado a un hombre 132 dirigirse a su Hacedor como si estuviera presente, escuchando—tal como lo haría un padre amoroso— a las congojas de un hijo obediente. Este hombre carecía de instrucción en esa época, pero en esa oración. . . según mi humilde manera de pensar, estaba incorporado el conocimiento y elocuencia de los cielos. No hubo ostentación, nada de alzar la voz movido por el entusiasmo, sino un tono sencillo de conversación, como el que usaría un hombre al dirigirse a un amigo que estuviera presente. Me pareció que, si acaso fuera quitado el velo, yo podría ver al Señor de pie mirando hacia el más humilde de todos sus siervos que yo jamás había conocido. Si tal cosa realmente sucedió, no puedo decir; pero una cosa sí puedo afirmar, fue la más sublime, por decir así, de todas las oraciones que jamás había escuchado.”

Lo anterior es una descripción de José Smith, hecha por Daniel Tyler, entonces un adolescente, al escuchar a José de treinta años de edad en Kirtland, Ohio.

Los profetas, sea en épocas antiguas o modernas, oraron a un Dios que estaba vivo, porque para ellos está vivo y presente. Obra; se mueve; informa; interviene; transmite conocimiento y poder; es una persona, es un Dios celoso.

Quisiera dar mi testimonio personal a todos los que hoy escuchan mi voz, que Dios vive, y que escucha y contesta nuestras oraciones. Sé, como sé que estoy vivo, que cuando nos reunimos en el templo, en calidad de miembros de la Primera Presidencia y Consejo de los Doce, y oramos juntos, el que ofrece la oración efectivamente habla al Señor, para expresarle nuestro agradecimiento, nuestro afán, suplicando que nos dé su fuerza, su prudencia e inspiración; y deseo testificar que he visto que estas oraciones han sido contestadas muchas veces.

No disfruto de mayor bendición que saber que puedo recurrir a Dios el Eterno Padre en humilde oración, sabiendo que está allí presente como un Dios personal y viviente. Suplico a todos vosotros que tengáis alguna duda en vuestra mente, que aceptéis las palabras del propio Jesucristo, así como de los profetas de toda dispensación, los cuales han declarado que Dios vive; que es el Creador del género humano, a cuya imagen somos hechos; y que mediante la aceptación del evangelio según lo ha revelado Jesucristo, y recurriendo a Dios con toda humildad, nuestras oraciones serán contestadas, nuestros éxitos serán mayores, nuestras vidas más felices, y por causa de la resurrección de Jesucristo podremos marchar adelante con toda confianza hacia la inmortalidad y vidas eternas hasta llegar a la presencia de Dios el Padre Eterno.

Preparémonos todos para estas bendiciones, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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