Las enseñanzas de la cárcel de Liberty

Las enseñanzas de la cárcel de Liberty

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Charla Fogonera de SEI para jóvenes adultos • 7 de septiembre de 2008Universidad Brigham Young


Mis queridos jóvenes amigos, a la hermana Holland y a mí nos encanta estar aquí en esta transmisión mundial vía satélite. Es siempre emocionante estar en el Centro Marriot. Desearíamos que nos fuera posible estar en cada lugar para verles personalmente y poder estrecharles la mano, pero todavía no hemos hallado la manera de hacerlo, por eso les enviamos nuestros saludos y amor doquiera que se encuentren en el mundo. A pesar de lo vasta que es nuestra audiencia mundial, esperamos que perciban el amor que sentimos por ustedes y que se lleven algo de este mensaje para aplicarlo en sus vidas.

El profeta en la cárcel de Liberty

Una de las grandes bendiciones de nuestras asignaciones como Autoridades Generales es la oportunidad de visitar a los miembros de la Iglesia de diferentes partes del mundo y aprender de la historia que nos han legado. Con ese espíritu, hoy deseo compartir con ustedes algunos sentimientos que tuve la pasada primavera en una asignación. Se me pidió que visitara la conferencia de la Estaca Platte City, al oeste de Misuri aquí en Estados Unidos.

La Estaca Platte City, Misuri, adyacente a la Estaca Liberty, Misuri, ahora un lugar muy famoso en la historia de la Iglesia, está rodeada de varios sitios históricos, incluso de la cárcel irónicamente llamada Liberty (“libertad” en español). Al estudiar la historia de la Iglesia, saben algo de la experiencia que el profeta José Smith y sus hermanos tuvieron al permanecer cautivos allí en el invierno de 1838–1839. Fue una época terriblemente difícil de nuestra historia tanto para la Iglesia como para el profeta José Smith, quien sufrió el peso de la persecución de esa época. Me atrevo a decir que hasta su martirio, cinco años y medio después, no hubo una época más agobiante en la vida del Profeta que esa encarcelación cruel, ilegal e injustificada en la cárcel de Liberty.

El tiempo no nos permite un análisis detallado de las experiencias que resultaron en ese momento de la historia; baste decir que se habían desatado diferentes problemas desde que el profeta José había recibido una revelación en julio de 1831 en la que designaba a Misuri como el sitio “consagrado para el recogimiento de los santos” y para edificar “la ciudad de Sión” (D. y C. 57:1,2). Para octubre de 1838, parecía inevitable una guerra entre las fuerzas mormonas y no-mormonas, que se veían enfrentadas por esos problemas. Tras haber sido expulsados de varios condados del oeste del estado, y entendiendo que se les invitaba a analizar maneras de calmar la volátil situación que se había generado, cinco líderes de la Iglesia, incluso el profeta José Smith, marcharon amparados en una tregua hasta el campamento de la milicia de Misuri cercano al pequeño poblado de Far West, condado de Caldwell.

Al final, se ignoró la tregua, se encadenó de inmediato a los líderes de la Iglesia y se los puso bajo fuerte custodia. A la mañana siguiente, se arrestó a Hyrum, el hermano del Profeta, y a otro líder de la Iglesia, lo que hizo un total de siete prisioneros.

La injusticia pronto se transformó en una tragedia cuando un llamado “tribunal militar” convocado por oficiales de la milicia ordenó que se llevara a los prisioneros a la plaza principal de Far West y se les fusilara de inmediato. Para su eterno mérito, el Brigadier General Alexander Doniphan, oficial de las tropas de Misuri, rehusó audaz y valientemente cumplir esa orden tan inhumana e injustificable. Con una actitud osada que podría llevarle a una corte marcial, se quejó: “Es un asesinato a sangre fría. No obedeceré sus órdenes… Y si usted ejecuta a estos hombres, le aseguro que con la ayuda de Dios lo haré responder ante un tribunal terrenal”1.

Al demostrar tal valor e integridad, Doniphan no sólo salvó las vidas de esos siete hombres, sino que se ganó la estima de todas las generaciones de Santos de los Últimos Días.

Tras evitarse la ejecución, se llevó a los siete líderes de la Iglesia a pie desde Far West hasta Independence, y luego a Richmond. Parley P. Pratt permaneció en prisión preventiva en el vecino condado de Davies para ser juzgado, y los seis prisioneros restantes, incluso José y Hyrum, fueron enviados a Liberty, la ciudad cabecera del condado de Clay, donde debían esperar su juicio hasta la siguiente primavera. Llegaron a Liberty el 1º de diciembre de 1838, cuando comenzaba el invierno.

La cárcel, una de las pocas y más seguras de la región, era considerada “a prueba de escape”. Tenía dos plantas. A la superior y a la principal sólo se podía entrar mediante una puerta pequeña y pesada. En el centro del piso (suelo) había una abertura por la que los prisioneros descendían a la planta inferior o calabozo. Las paredes exteriores de la prisión eran de piedra caliza rústica de sesenta centímetros de ancho, con paredes interiores que eran de troncos de roble de treinta centímetros. Estas dos paredes tenían una separación de unos treinta centímetros que se rellenaba con escombro. Esos muros eran una formidable e impenetrable barrera de un metro veinte de ancho.

La altura desde el piso del calabozo hasta el techo era de apenas un metro ochenta. Ya que algunos de los prisioneros, incluso el profeta José, excedían dicha altura, al ponerse de pie (pararse) debían permanecer encorvados. Al recostarse, debían hacerlo casi siempre sobre las rústicas piedras del piso que en partes tenía una escasa cantidad de paja suelta y sucia.

La comida era desagradable y a veces estaba echada a perder; uno de ellos dijo que “era tan repugnante que no podían comerla hasta que el hambre los (a ellos) forzaba a hacerlo”2. Se había puesto veneno en los alimentos en varias oportunidades, lo que hacía que enfermaran rápidamente: Durante días tenían náuseas y vómitos y luego una especie de delirio; y no importaba si los prisioneros vivían o morían. En sus cartas, el profeta José define la cárcel como un “infierno rodeado de demonios… donde nos vemos obligados a escuchar sólo maldiciones y presenciar un cuadro de blasfemias, borracheras, hipocresías y libertinaje de toda especie”3. “…No tenemos…suficientes mantas que nos abriguen;”… “y cuando hacemos una fogata, casi se nos obliga a respirar el humo”4. “…Nuestra alma está triste”5…y “mi valor se debilita debido a tan largo encierro”6… José escribió que “[ni] la pluma, la lengua o los ángeles” podrían describir apropiadamente “la perversidad del infierno que he sufrido”7.

Todo eso sucedía durante lo que fue el invierno más frío que se haya registrado en el estado de Misuri.

No me propongo hablar sobre las penas y dificultades que estos hombres enfrentaron en la cárcel de Liberty, pero permítanme mostrarles algunas fotos y concluir la introducción de mi mensaje. Les aseguro que tengo algo más para decirles.

Una experiencia de cárcel-templo

La mayoría de nosotros se refiere al edificio Liberty como la “cárcel” o “prisión”, y de hecho lo era. Sin embargo, el élder Brigham H. Roberts, al registrar la historia de la Iglesia, se refiere al lugar como a un templo o, para ser más exacto, una “cárcel-templo”8. El élder Neal A. Maxwell usó la misma expresión en algunos de sus escritos9. De hecho, carecía de la pureza, belleza, comodidad y limpieza de nuestros verdaderos templos, nuestros templos dedicados. La manera de hablar y la conducta de los guardias y criminales que ahí había no eran para nada dignas de un templo. La brutalidad e injusticia de esta experiencia en Liberty hacen que la cárcel se vea como la antítesis del espíritu liberador y misericordioso de nuestros templos y de las ordenanzas que allí se efectúan. Entonces, ¿en qué sentido podemos llamar “templo” a la cárcel de Liberty o, al menos, “una especie de templo”, con respecto al progreso de José Smith como persona y profeta? Y ¿qué nos dice ese supuesto título sobre el amor de Dios y Sus enseñanzas, y del lugar y momento en el que se manifestaron dichas enseñanzas?

Al pensar en ello, ¿creemos que podemos tener experiencias espirituales, sagradas y reveladoras en cada una de las muchas y diversas etapas de la vida si lo deseamos, si perseveramos y continuamos orando y si mantenemos firme nuestra fe a pesar de las dificultades? Amamos y atesoramos nuestros templos dedicados, y las ordenanzas esenciales y de exaltación que allí se efectúan; agradecemos al cielo y a las autoridades presidentes que siguen construyendo templos para que muchos más de nosotros tengamos acceso a ellos. En verdad son los edificios más santos y sagrados del reino de Dios, a los que todos debemos asistir tan digna y frecuentemente como sea posible.

El mensaje de esta noche es que cuando tengan una experiencia que sea sagrada, reveladora y profundamente instructiva con el Señor en cualquier circunstancia, entonces han logrado éxito. Permítanme recalcarlo: pueden tener experiencias sagradas, reveladoras y profundamente instructivas con el Señor durante los momentos más difíciles de su vida, en el peor lugar, en la más dolorosa injusticia y al afrontar la peor dificultad y oposición que hayan tenido.

Hablemos de esas afirmaciones por un instante. En un sentido espiritual, todos, de una u otra manera, mayor o menor, dramática o casual, pasaremos un breve momento en la cárcel de Liberty. Enfrentaremos cosas que no deseamos y tal vez sin ser culpables de ello. Quizá podríamos hacer frente a circunstancias difíciles por motivos correctos y apropiados como el tratar de cumplir con los mandamientos de Dios. Podríamos sufrir persecución, dolor, la separación de nuestros seres queridos, sentir hambre, frío y desesperanza. Así es; antes de morir, se nos podría dar una pizca de lo que los profetas han enfrentado a menudo. Las enseñanzas del invierno de 1838-1839 nos enseñan que cada aflicción puede transformarse en una experiencia redentora si somos fieles a nuestro Padre Celestial durante esa tribulación. Esas lecciones difíciles nos enseñan que la situación extrema del hombre es una oportunidad para Dios y que, si somos humildes, fieles, creyentes y no maldecimos a Dios por nuestros problemas, Él puede convertir las prisiones injustas, inhumanas y debilitadoras de nuestra vida en templos o al menos en situaciones que nos brinden consuelo, revelación, compañía divina y paz.

Permítanme ir un poco más lejos: recién dije que “pueden” sobrevenirnos tiempos difíciles. El presidente Joseph Fielding Smith, sobrino nieto del profeta José y también nieto de Hyrum, dijo algo aún más profundo al dedicar el Centro de Visitantes de la Cárcel de Liberty en 1963. Al referirse a la historia que repasamos hoy, y al contemplar el sitio donde su abuelo y su tío abuelo estuvieron recluidos tan injustamente, dijo que quizás tales cosas “tenían” que pasar. Y agregó: “Al leer la historia de aquellos días, los anteriores y los posteriores, he llegado a la conclusión de que las tribulaciones, la persecución y la oposición casi universal a la Iglesia en aquel momento eran necesarias. De alguna manera se convirtieron en maestros para nuestro pueblo y lo ayudaron a fortalecerse”10.

Las enseñanzas de la cárcel de Liberty

Sin intención de determinar qué tipo de estas experiencias son “obligatorias” y cuáles son “opcionales” en nuestra vida, aunque sean para nuestro bien, quisiera sugerir algunas de las “enseñanzas” aprendidas en Liberty que fueron “maestros” para José y que pueden serlo para nosotros, experiencias que contribuyen mucho a nuestro aprendizaje en la vida terrenal y a nuestra exaltación en la eternidad.

Al seleccionar estas enseñanzas he notado otro tipo de bendición que surgió de esa adversidad. Para transmitirles lo que deseo, utilizaré las palabras reveladoras que pronunció José Smith durante ese desgarrador momento, y que ahora forman parte de las sagradas Escrituras en Doctrina y Convenios. Supongo que no debemos tener “pasajes favoritos”; yo tengo tantos de ellos que no podría limitarme sólo a uno o dos, y si hiciera una lista de mis Escrituras preferidas tendría que incluir las que se escribieron desde la penumbra de la cárcel de Liberty.

Lo que aprendemos de inmediato es que Dios no sólo estaba enseñándole a José Smith en esa circunstancia, sino que Él nos estaba enseñando a todos nosotros, aún a las generaciones venideras. ¡Qué obsequio divino son esos pasajes inspirados! ¡Qué alto precio se pagó por ello! Cuán vacías serían nuestras vidas como Santos de los Últimos Días sin las secciones 121, 122 y 123 de Doctrina y Convenios. Si no las han leído últimamente, les pido que lo hagan hoy o mañana y no para después. ¡Ésa es la tarea y verificaré que la hagan! Sólo son seis páginas, pero esas seis páginas conmoverán su corazón por su belleza y poder. Además, les recordarán que, a menudo, “Dios trabaja misteriosamente para realizar Sus prodigios”11. Él transformó la adversidad en bendición al darnos esas sagradas reflexiones y esos sagrados escritos sumamente puros, nobles y cristianos, tanto en tono como en contenido a pesar de haberse originado en un lugar impuro, vil y nada cristiano.

  1. Todos enfrentamos tiempos de prueba

Ahora, tres enseñanzas de la cárcel de Liberty: La primera es inherente a lo que ya he dicho, esto es que todos, incluso los justos (y quizás en especial los justos) tendrán que enfrentar épocas de prueba. Cuando sucede, podríamos temer que Dios nos haya abandonado y quedemos solos, al menos por un tiempo, y preguntarnos si nuestras aflicciones tendrán un final. Es probable que como personas, familias, comunidades o naciones, cada uno haya tenido o tendrá la oportunidad de sentirse como se sintió José Smith cuando preguntó por qué tenía que pasar tanto dolor y cuánto durarían las tinieblas y el quebranto. Nos identificamos con él cuando clama desde la profunda y desalentadora reclusión: “Oh Dios, ¿en dónde estás?… ¿Hasta cuándo se detendrá tu mano…? Sí, oh Señor, ¿hasta cuándo sufrir[á] [tu pueblo]… antes que… tus entrañas se llenen de compasión por ellos?” (D. y C. 121:1).

Es un ruego personal y doloroso del corazón, una soledad espiritual que todos podríamos llegar a sentir en algún momento de la vida.

Quizás en su juventud ya hayan tenido esos momentos. Si es así, espero que no hayan sido muchos, pero sea cual fuere la ocasión en que lleguen, no debemos sucumbir al temor de que Dios nos ha abandonado o no escucha nuestras oraciones. Él nos escucha. Él nos ve. Él nos ama. Cuando atravesemos situaciones desesperadas y deseemos clamar “¿en dónde estás?”, es fundamental recordar que Él está allí con nosotros, ¡donde siempre ha estado! Debemos seguir creyendo, teniendo fe, orando y rogando al cielo, aunque por algún tiempo sintamos que no se nos escucha y que, de alguna forma, Dios se ha ido. Él está con nosotros y escucha nuestras oraciones, y cuando lloramos, Él y los ángeles lo hacen con nosotros.

Cuando tengamos tiempos difíciles, de soledad y rechazo debemos perseverar, continuar y persistir. Tal era el mensaje del Salvador en la parábola de la viuda y el juez injusto (véase Lucas 18:1-8; 11:5-10). Sigue tocando esa puerta y rogando; entretanto, debes saber que Dios escucha tus clamores y conoce tu angustia. Él es tu Padre y tú, Su hijo o hija espiritual.

Cuando acontezca lo que deba acontecer, y lo que se deba aprender se haya aprendido, sucederá con nosotros lo mismo que con el profeta José. En el preciso momento en el que él se sentía más solo y alejado del oído divino fue cuando recibió la maravillosa ministración del Espíritu y las extraordinarias y gloriosas respuestas de su Padre Celestial. La voz de Dios penetró el sombrío calabozo en ese deprimente momento para decir:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento; “y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos” (D. y C. 121:7-8). Aunque nos sucedan cosas que parezcan injustas y aunque recibamos malas e inmerecidas actitudes, tal vez de quienes consideramos enemigos y también de quienes creíamos nuestros amigos, Dios estará con nosotros siempre. Es por ello que este maravilloso coro nos cantó el tradicional y antiguo himno cristiano de Sarah Adams, “Más cerca, Dios, de Ti” del que pocas veces se canta la cuarta estrofa que dice:

“Y luego, al despertar, te alabaré.

Humilde, un altar te levantaré.

Allí mi corazón dirá su oración:

más cerca, Dios, de Ti, cerca de Ti”12.

No estamos solos en nuestras pequeñas prisiones. De hecho, cuando sufrimos estamos más cerca de Dios de lo que hayamos estado en la vida. Esa convicción puede transformar cada situación en una experiencia similar a la del templo. De nuestra jornada por la vida, el Señor ha prometido: “Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”(D. y C. 84:88). Es una declaración eterna de amor y preocupación de Dios por nosotros, en especial, para los momentos de aflicción.

  1. Aun el justo sufrirá

Segundo, debemos comprender que sólo porque nos sucedan cosas difíciles y, que a veces, parezcan injustas o sin razón, no significa que seamos inicuos, indignos de las bendiciones o que Dios esté decepcionado con nosotros. Claro que el pecado acarrea sufrimiento y la única solución es el arrepentimiento. Sin embargo, el sufrimiento también llega a los justos. Habrán notado que se le recordó a José en la cárcel de Liberty que a pesar de haber sido “echado en… dificultades” y de haber sufrido tribulaciones y de haber sido acusado falsamente, apartado de su familia, echado en un foso o en manos de homicidas, debía recordar que lo mismo le había sucedido al Salvador del mundo y que dado que Él había salido victorioso, nosotros también lo haremos (véase D. y C. 122:4-7). Al darnos este serio recordatorio de lo que el Salvador atravesó, la revelación recibida en Liberty dice: “El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?” (D. y C. 122:8).

No, José Smith no era mayor que el Salvador, ni nosotros tampoco lo somos. Cuando prometemos seguir al Salvador, caminar sobre Sus pasos y ser Sus discípulos, también prometemos ir por ese sendero divino para que nos guie, ya que de una forma u otra, el camino de la salvación siempre nos conduce a Getsemaní. Así que si el Salvador enfrentó tales desalientos, persecución, iniquidad, desánimo y sufrimiento, nosotros no podemos esperar no tener que enfrentar parte de ello si deseamos ser Sus verdaderos discípulos y Sus fieles seguidores. Ciertamente esto recalca el hecho de que los rectos, y en el caso del Salvador, la personificación de la rectitud, pueden sufrir a pesar de ser dignos delante del Señor.

De hecho, debería ser una fuente de gran consuelo doctrinal que Jesús, durante la Expiación, haya experimentado todos los pesares y dolores, todas las desilusiones e injusticias que toda la familia humana ha sufrido, sufre y sufrirá desde Adán y Eva hasta el fin del mundo para que nosotros no debamos sufrirlos de manera tan grave o intensa. No importa cuán pesada sea nuestra carga, lo sería aún más si el Salvador no la hubiera sufrido antes y hubiera llevado la carga con nosotros y por nosotros.

A comienzos del ministerio del profeta José, el Salvador le enseñó esta doctrina. Tras hablar de padecimientos tan dolorosos y difíciles de aguantar, Jesús dijo: “Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que ‘tú y yo’, ‘y todos’ no padezcan, si se arrepienten” (D. y C. 19:16). En los momentos de dolor y prueba, creo que nos estremecería pensar que podría ser peor; pero está claro que podría ser y sería peor; y eso no es peor sólo mediante nuestra fe, arrepentimiento y obediencia al Evangelio y que nos otorgó la sagrada Expiación.

Es más, vemos que no sólo el Salvador ha sufrido, y en Su caso totalmente inocente, sino también la mayoría de los profetas y otros grandes hombres y mujeres que hallamos en las Escrituras. Nombren a un profeta del Antiguo Testamento o del Libro de Mormón o a algún apóstol del Nuevo Testamento o líder de cualquier dispensación, incluso la nuestra, y nombrarán a alguien que ha sufrido aflicción.

¿Qué quiero decir? Que si tienen un mal día, estarán en muy buena compañía, de la mejor que hayan tenido.

Ahora bien, no me malinterpreten; no debemos buscar el dolor, ni buscar ser mártires. Las dificultades nos encontrarán aunque no las busquemos. Entonces, ya que es obvio que, en un sentido espiritual, nos espera un breve período en la cárcel de Liberty, recuerden estas dos verdades que se le enseñaron al profeta José en aquella “cárcel-templo”. Primero, Dios no te ha olvidado y, segundo, el Salvador pasó por lo que estás pasando; deja que Él te brinde la liberación y el consuelo.

El profeta Isaías escribió, el Señor te tiene grabado en las palmas de las manos, esculpido de manera permanente en Sus cicatrices con clavos romanos como cincel. Al haber pagado el precio por ti con sufrimiento, el Padre y el Hijo jamás te olvidarán ni abandonarán en tus aflicciones (véase Isaías 49:14-16; 1 Nefi 21:14- 16). Ellos han planeado, preparado y garantizado tu victoria si la deseas; así que sé creyente y “sobrellévalo bien” (D. y C. 121:8). Al final, “será para tu bien” (D. y C. 122:7) y, “sin ser compelido”, un “dominio eterno” fluirá hacia ti para siempre jamás” (D. y C. 121:46).

  1. Permanezcamos tranquilos, pacientes, caritativos y perdonadores

En tercer y último lugar, quisiera que todos recordemos que en medio de estos difíciles sentimientos justificados de enojo o de reacción o de deseo de venganza y el querer pagar ojo por ojo y diente por

diente, el Señor nos aclara desde la “cárcel-templo” de Liberty “que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36). Por lo que, aunque enfrentemos circunstancias angustiantes y sintamos algo que nos impulse a reaccionar contra Dios, contra hombre, amigo o enemigo, debemos recordar que “ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener… [salvo] por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;… sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41-42; cursiva agregada).

Para mí siempre ha sido un maravilloso testimonio de la grandeza del profeta José y de todos nuestros profetas, y en especial del Salvador del mundo y de Su magnificencia, que en medio de gran tribulación y dificultades podían permanecer en calma y ser pacientes, benévolos y dispuestos a perdonar; y que incluso pudieran hablar y vivir de esa manera. Podían hacerlo y lo hicieron. Recordaron sus convenios y tuvieron autodisciplina; sabían que debemos vivir el Evangelio en todo momento y no sólo cuando es conveniente y las cosas van bien. Ellos sabían que la verdadera prueba de nuestra fe, como discípulos de Cristo, viene cuando las cosas no van tan bien. Es ahí que llegamos a conocer nuestra verdadera esencia y la firmeza de nuestro compromiso hacia el Evangelio.

El mejor ejemplo es cuando en las horas más dolorosas de la Crucifixión el Salvador dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Es algo difícil de pedir cuando nos hacen daño; es difícil hacerlo cuando se nos ha ofendido; o estamos cansados, tensionados o padeciendo de manera inocente. Ahí es cuando la actitud cristiana prevalece. Recuerden que “los poderes del cielo… no pueden ser gobernados ni manejados [salvo] conforme a los principios de la rectitud”; ¡y claro que necesitamos esos poderes! Al igual que se le enseñó a José en esa “cárcel-templo”, aún en medio de la angustia y el dolor debemos dejar que “[nuestras] entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres…; entonces [nuestra] confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y… el Espíritu Santo será [nuestro] compañero constante” (D. y C. 121:45-46).

Sólo la influencia divina puede ayudarnos si somos fieles a nuestros principios cristianos. Es imposible que el Espíritu entre en un corazón lleno de odio, ira, venganza y autocompasión, porque esos sentimientos son la antítesis del Espíritu. Sin embargo, el Espíritu mora en corazones que tienen benevolencia, longanimidad y bondad y que pueden perdonar; esos son los principios de un verdadero discípulo. ¡Qué gran testimonio de que los principios del Evangelio se deban aplicar en todo momento y lugar, y que si somos fieles, la victoria de llevar una vida cristiana jamás desaparecerá, sin importar la situación! Amo muchísimo la majestuosidad de estas distinguidas y celestiales enseñanzas que irónicamente se dieron en un lugar y momento tan viles.

Haced todas las cosas con buen ánimo

Para concluir la lección de la cárcel de Liberty, cito el último versículo de la tercera sección a la que nos hemos referido hoy. En esta declaración y Escritura sagrada surgida de la experiencia de la cárcel de Liberty, el Señor nos dice por medio de Su profeta José Smith: “Por tanto, muy queridos hermanos, [cuando estemos incluso en los momentos de mayor tribulación] hagamos con buen ánimo cuanta cosa esté a nuestro alcance; y entonces podremos permanecer tranquilos, con la más completa seguridad, para ver la salvación de Dios y que se revele su brazo” (D. y C. 123:17; cursiva agreagada).

¡Qué conclusión tan optimista y fiel para pronunciarse desde una “cárcel- templo”! Cuando José escribió esas líneas ignoraba cuándo se le liberaría o si saldría en libertad alguna vez. Todo parecía indicar que sus enemigos aún planeaban quitarle la vida. Peor aún, su esposa e hijos estaban solos, aterrorizados, a menudo sufrían hambre y se preguntaban cómo podrían valerse por sí mismos sin su esposo y padre. Además, los santos estaban sin hogar y sin profeta; estaban saliendo de Misuri y se dirigían a Illinois, pero con el temor de enfrentar más tragedias. Cabe repetir que eran los más sombríos y lúgubres momentos.

En esas frías y solitarias horas, José dice: “hagamos con buen ánimo todo cuanto podamos y entonces confiemos en que el Señor tenga misericordia y revele Su brazo, a nuestro favor”.

¡Qué actitud majestuosa para conservar en buenos y malos momentos, y en gozo y tribulaciones!

Bendición y testimonio

Mis queridos jóvenes amigos, como parte de mi testimonio esta noche, quisiera darles una bendición.

Me parece que al llevar nuestro testimonio apostólico al mundo, tenemos dos oportunidades y, tal vez, de hecho, obligaciones. Una es la de testificar y dar testimonio como he intentado e intento hacerlo. La otra es bendecir. Los antiguos Apóstoles lo hicieron cuando el Salvador los invitó a hacerlo como Él lo había hecho, salvo que sería en todo el mundo.

Así que para cada uno de ustedes que ha asistido esta noche, aquí en este vasto auditorio o en cualquier otro lugar en el mundo, yo bendigo a cada uno de ustedes en sus circunstancias individuales, como si mis propias manos estuvieran sobre su cabeza. La declaro sobre ustedes tan sinceramente como declaro mi testimonio. Les bendigo en el nombre del Señor que Dios les ama, que escucha sus oraciones, que está a su lado y que nunca los abandonará. Bendigo a los hermanos, para que ustedes, para que nosotros, seamos dignos del sacerdocio que portamos. Que seamos fieles al discipulado para el cual hemos sido llamados, en ese gran orden, el Santo Sacerdocio, según el Orden del Hijo de Dios. Les bendigo para que seamos realmente como el Maestro, para que pensemos más como Él piensa, para que hablemos más como Él habla y para que hagamos más como Él hizo. Les bendigo hermanos en su lucha por ser fieles, para que tengan todas las bendiciones del Sacerdocio, muchas de las cuales hemos citado esta noche de estas secciones del libro de Doctrina y Convenios.

Bendigo a las hermanas que son parte de esta audiencia y a las que estén al alcance de mi voz, y asimismo les hago saber cuánto las apreciamos y lo mucho que Dios las aprecia y lo mucho que la bandera de la fe ha sido ondeada por las hermanas de esta Iglesia desde el principio. Parece que, en cada generación, desde el principio de los tiempos hasta el presente y aún más allá, con frecuencia han sido las mujeres de nuestras vidas —nuestras abuelas, nuestras madres, nuestra esposa, nuestras hijas, nuestras hermanas y nuestras nietas— las que han llevado esa antorcha de la fe y esa bandera de la belleza terrenal y llevado adelante los principios del Evangelio dondequiera que fuera, contra cualquier penuria, en su propia o pequeña cárcel de Liberty en tiempos de dificultad. Hermanas, las amamos, honramos y bendecimos. Rogamos que cada deseo justo de su corazón, en esta noche y para siempre, les sea concedido sobre su cabeza; y que al salir de este devocional lo hagan con el entendimiento y el conocimiento firmes en su corazón de que Dios, el cielo y las Autoridades Generales que presiden esta Iglesia las aman y las honran.

Los saludo, jóvenes adultos de esta Iglesia que son parte de esta gran congregación del SEI, y les digo que el futuro está en sus manos. Los de mi generación tendrán que, en un futuro muy cercano, pasarles la batuta a ustedes. Dios les bendiga al enfrentar esos tiempos con el valor, la honestidad y la integridad de las que hemos hablado aquí esta noche.

Para concluir, testifico que el Padre y el Hijo viven. Testifico que ellos están cerca, tal vez más cerca por medio del Espíritu Santo cuando tenemos tiempos de dificultades. Testifico, (al igual que lo hará el último número musical “Mi bondad no se apartará de vosotros” y que cita al profeta Isaías) que la bondad del cielo nunca se apartará de ustedes, pase lo que pase (véase Isaías 54:7-10; 3 Nefi 22:7-10). Testifico que los días difíciles terminarán, que la fe siempre triunfa y que las promesas celestiales siempre se cumplen. Testifico que Dios es nuestro Padre, que Jesús es el Cristo, que éste es el verdadero y viviente Evangelio, fundado en ésta, la verdadera y viviente Iglesia. Testifico que el presidente Thomas S. Monson es un profeta de Dios y que es nuestro profeta para este tiempo y para estos días, le amo y le sostengo como sé que ustedes también lo hacen. Y en las palabras de la cárcel de Liberty, en la experiencia de la cárceltemplo, mis querido joven amigo y amiga, “Persevera en tu camino… no temas… porque Dios estará contigo para siempre jamás” (D. y C. 122:9) En el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas:

  1. En History of the Church, 3, págs. 190-91.
  2. Alexander Mc Rae, en A Comprehensive History of the Church, 1, pág.521.
  3. History of the Church, 3, pág. 290.
  4. Carta a Isaac Galland, 22 de marzo de 1839, en Personal Writings of Joseph Smith, rev. ed. comp. Dean C. Jessee, 2002, pág. 456.
  5. Carta a la Iglesia en el Condado Caldwell, 16 de diciembre de 1838; “Communications”, Times and Seasons, abril de 1840, pág. 85.
  6. Carta a Emma Smith, 21 de marzo de 1839, en Personal Wrintings, pág. 449
  7. Carta a Emma Smith, 4 de abril de 1839, en Personal Writings, págs. 463 y 464; cursivas y mayúsculas actualizadas.
  8. Véase Comprehensive History, 1:521 cap. de encabezamiento; véase también pág. 526.
  9. Véase, para ejemplo, “A Choice Seer”, Ensign, agosto de 1986, pág. 12.
  10. “Text of Address by Pres. Smith at Liberty Jail Rites”. Church News, 21 de septiembre de 1963, pág. 14; cursiva agregada.
  11. “Con maravillas obra Dios” Himnos, Nº 191.
  12. Himnos, Nº 50; cursiva agregada.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s