Enseñad principios eternos

Conferencia General Octubre 1966

Enseñad principios eternos

por N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia


Presidente Mckay, mis queridos hermanos y hermanas, es en verdad un privilegio estar aquí y participar junto con ustedes en esta gran conferencia donde hemos sentido el espíritu del Señor, y donde hemos escuchado y escucharemos el testimonio de aquellos que han sido elegidos para conducir y dirigir la obra del Señor, en estos los últimos días. Hemos sido alentados a edificar nuestra fe, y nuestra determinación de vivir de acuerdo a las enseñanzas de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Es una gran bendición que se nos permita asociarnos tan estrechamente con estos hombres que saben testificar por el poder del Espíritu Santo, que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que Dios amó tanto al mundo que nos dio a su Hijo unigénito para que todo el que crea en El, no perezca sino que tenga vida eterna. Estos hombres aman al Señor con todo su corazón, mente y fuerza, y se dedican por completo al servicio de sus semejantes y a la edificación del reino de Dios en la tierra.

No quiero decir que éstos o ningún otro ser humano estén libres de faltas, pero debe ser claro ante todo el mundo que los hombres que viven vidas justas y se ponen al servicio del Señor, hacen frente a los problemas de la vida con mayor serenidad y certeza.

Quiero también reconocer la presencia y expresar mi aprecio por estos dedicados presidentes de estaca y misiones, obispados, misioneros, oficiales y maestros en los quórumes del sacerdocio y en las organizaciones auxiliares, y por todos los demás que están dispuestos a sacrificar y dedicar su tiempo al progreso de la causa de la verdad y la justicia en el mundo.

Nos reunimos en estas conferencias generales de la Iglesia con el propósito de que se nos enseñen principios del evangelio, se nos instruye en nuestras obligaciones, se nos aliente y edifique en general y para razonar juntos y fortalecernos mutuamente. Ruego sinceramente que el espíritu y las bendiciones del Señor nos ayuden en estos momentos.

Es trivial pero verdadero, el mencionar que nunca antes en la historia del mundo, hemos tenido que enfrentarnos, tanto nosotros como los jóvenes, con los serios problemas y oposiciones con que nos encontramos hoy día. A cualquier lugar que nos dirijamos, sin importar qué nuevos medios se utilicen, o en la compañía en que nos encontremos, aun cuando escuchamos a los oradores de esta conferencia, escuchamos, discutimos y nos viene a la mente, la importancia de cosas tales como: “El divorcio y la desintegración de la familia”, “La nueva moralidad”, “La nueva seguridad”, “Dios está muerto”, guerras y rivalidades, tumultos, muertes, hurtos y toda clase de delincuencia y engaño.

Es de suma importancia que nos familiaricemos con los males de nuestros días y nos demos cuenta de cuan insidiosos son y que aceptemos nuestra responsabilidad de protegernos contra los mismos. Debemos darnos cuenta que la nueva moralidad no es sino la vieja inmoralidad; que la nueva libertad no es otra cosa que la falta de respeto por la ley y por los derechos ajenos y que nos conducirá a la anarquía. La nueva seguridad da la idea de que el mundo le debe dar a uno la manutención, destruye la iniciativa individual y quebranta su libertad.

Estoy convencido, hermanos, de que la única manera de protegernos eficazmente contra tales males es aceptar el evangelio de Jesucristo, el cual, no solamente ofrece una mejor norma de vida, sino que es la solución para éstos y otros problemas actuales.

De hecho, no tendríamos más guerras, disturbios ni las maldades que he detallado, si el mundo aceptara a Dios como el Creador del mundo y a Jesucristo como su Salvador. Como líderes y miembros de la Iglesia tenemos la gran responsabilidad de ayudar a nuestra juventud a conocer y entender que la Biblia y el Libro de Mormón, que fueron escritos en partes opuestas del mundo, son los registros de la comunicación de Dios con su pueblo en estos dos hemisferios. No son cuentos de hadas, sino el testimonio de hombres justos de cuya integridad no se puede dudar. Este testimonio nos ha llegado por medio de los profetas, desde Adán hasta los días actuales. Estos registros demuestran que en toda dispensación quienes aceptaron la palabra de Dios y guardaron sus mandamientos, prosperaron y fueron felices y bendecidos, mientras que quienes negaron a Dios y a Jesucristo y se negaron a aceptar el evangelio han sufrido penas, derrotas, dictaduras ateas y anarquías en general.

Todos conocemos la historia de Moisés y de los israelitas y sabemos que cuando siguieron las instrucciones de Dios y guardaron sus mandamientos fueron bendecidos y protegidos de sus enemigos, pero también sabemos cuan rápidamente fueron abandonados a los golpes de Satanás cuando se alejaron de Dios e ignoraron sus enseñanzas.

Otra historia con la que todos estamos familiarizados es la de David y Goliat; cómo Goliat, el poderoso director de los filisteos, fue vencido y muerto por David con su honda. Debemos recordar a nuestra juventud las palabras de estos dos hombres, que demuestran por qué David tuvo éxito y Goliat fue derrotado. David guardó los mandamientos de Dios y tuvo fe absoluta en su poder. Escuchad las palabras jactanciosas de Goliat y la respuesta humilde pero confiada de David.

“Dijo luego el filisteo a David: Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.

“Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.

“Jehová te entregará hoy en mi mano. . .” (1 Samuel 17:44-46.)

Como resultado, Goliat y los filisteos fueron vencidos y los israelitas se salvaron por el poder de Dios. Las Escrituras están repletas con registros de individuos y naciones que triunfaron o fracasaron como resultado de su lealtad o desobediencia.

También debemos apreciar, y ayudar a nuestros jóvenes a que comprendan que los líderes más grandes en la historia, y también los hombres más importantes en la industria y el gobierno, siempre han sido creyentes en Dios.

George Washington, en su discurso inaugural dijo: “Sería impropio omitir en este acto oficial, mi ferviente súplica al Todopoderoso, que gobierna el universo.” Y en sus conocidas palabras de despedida agregó: “Entre todas las disposiciones y hábitos que dirigen la prosperidad política, la religión y la moral son ayudas indispensables.”

Abraham Lincoln, en su conocida declaración dijo: “Sin la ayuda de ese Ser Divino… no puedo triunfar. Con su colaboración no puedo fracasar.”

Cristóbal Colón tenía gran fe en Dios. Este famoso explorador, en su informe a los reyes españoles, escribió al final de su carta: “Y el Eterno Dios, nuestro Señor, otorga a todos los que caminan en su senda, la victoria que aparentemente era imposible, y éste (viaje) es una evidencia de ello.” Y Colón concluye su carta con la sugerencia de que: “Todo el cristianismo debe sentirse contento, celebrar y agradecer” por el privilegio de llevar el mensaje de Cristo a la gente de estas tierras recién halladas.

Debido a su fe y su valor, fue capaz de resistir los motines y triunfar en su misión.

Uno de nuestros eminentes industriales, John D. Rockefeller, H. incluye lo siguiente en su credo, que titula “Yo Creo”:

“Creo en un Dios omnisapiente y supremo en su amor… y que el logro más grande del individuo, la mayor felicidad y el uso más amplio de la misma, es vivir en armonía con su voluntad. “Creo que el amor es lo más maravilloso del mundo; que es la fuerza que puede vencer al odio y que el derecho puede triunfar, y lo hará, sobre la fuerza.”

Muchas de las personas que argumentan que el cristianismo ha fallado, se excusan a sí mismas diciendo que los hombres que predican acerca de Dios y de Jesucristo son hipócritas y no viven de acuerdo con lo que enseñan. Muy comúnmente, los hombres pierden tiempo preguntándose si Dios existe, en lugar de aceptar sus enseñanzas y disfrutar de sus bendiciones. Es un caso similar al de aquellos que tratan de probar que Shakespeare nunca vivió, que no fue el autor de las conocidas obras, de tanto valor literario. Mientras que pierden su tiempo discutiendo si vivió o no, otras personas disfrutan de la belleza y filosofía de sus obras.

Las enseñanzas de Cristo, tan importantes para nuestra felicidad, seguridad y exaltación, pueden resumirse en los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte, la respuesta de Cristo a los escribas en cuanto a cuál es el mayor de los mandamientos y los Artículos de Fe, tales como los informara José Smith.

Algunos de los Diez Mandamientos son los siguientes:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí.”

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo.”

“Honra a tu padre y a tu madre.”

“No matarás.” “No cometerás adulterio.”

“No hurtarás.”

“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.”

Nadie puede discutir que si se guardan los Diez Mandamientos no habrá individuos mejores y más felices, hogares más espirituales, mejores comunidades y un mundo mejor en el cual vivir. Quizá conozcan el viejo proverbio chino que dice:

“Si hay justicia en el corazón, habrá belleza en el carácter. “Si hay belleza en el carácter, habrá armonía en el hogar.

“Si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación.

“Si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo entero.”

En realidad, los Diez Mandamientos, nos dan el mensaje de que somos libres de servir a Dios y obedecer sus mandamientos, o ser gobernados por tiranos.

Tenemos también la respuesta que Jesús dio al doctor de la ley, cuando éste hizo una pregunta y trató de tentarlo diciendo: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.”

Los hogares se deshacen, los individuos están confundidos y perdidos, y las cárceles están llenas de hombres que no creen en Dios y que no aman a sus semejantes. Y muchos dicen que no podemos ser honestos y competir en el mundo, que no podemos amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos sin que se aprovechen de nosotros, y que no podemos aplicar los principios del evangelio al negociar con otras naciones.

Hay quienes dicen que el evangelio está pasado de moda; que los hombres mediante el desarrollo científico están siendo más y más autosuficientes y no necesitan apoyarse en Dios. Otros dicen que el evangelio restringe demasiado, que nos priva de nuestra libertad y que no podemos disfrutar de las ventajas de una educación amplia, aceptar verdades científicas y participar en actividades benéficas para la comunidad.

Esto no es verdad. Sabemos que el Señor nos ha dado la tierra y todas las cosas en ella incluidas para nuestro uso y beneficio. Se nos dijo que sojuzgáramos la tierra y como miembros de la Iglesia se nos alienta a que logremos una educación, que aprendamos todo lo que podamos y que nos preparemos para ocupar nuestro lugar en el mundo y contribuir así con todo lo que podamos al bienestar de la humanidad.

Sabemos que se han hecho progresos increíbles en la ciencia y en el dominio de la naturaleza; sabemos que la humanidad está actualmente disfrutando de comodidades y bendiciones como nunca antes en la historia del mundo. Sin embargo, debemos también darnos cuenta de que ningún científico, ni ningún grupo de sabios o filósofos, ha logrado, mediante la investigación científica, darnos una explicación de la relación de Dios y el hombre, o de dónde venimos, por qué estamos aquí, el momento en que el espíritu entra a morar en el cuerpo y lo que le sucede a éste cuando morimos.

El élder James E. Talmage, en su libro Los Artículos de Fe, destaca la importancia de lograr una educación, y sabemos que esta importancia aumenta día a día. Dice que en el corto período de la existencia mortal, es imposible que un hombre logre explorar íntimamente una parte considerable del vasto campo del conocimiento. Es por lo tanto necesario, que determine qué rama del conocimiento será de más valor para su persona en su determinado modelo de conducta, y aprender entonces todo lo que pueda al respecto. Sin embargo, destaca la importancia de que todo ser logre conocimiento teológico, ya que un conocimiento personal de Dios es esencial para la salvación de toda alma humana. Por lo tanto, su importancia no debe ser pasada por alto.

Este conocimiento teológico se nos ha dado por revelación en toda época, desde Adán hasta nuestros días con nuestro profeta actual. Sin embargo, de la historia de la humanidad, aprendemos que a medida que el hombre y el mundo prosperan, tienen la tendencia a olvidar a Dios y depender solamente de su propio conocimiento y fuerza. Como resultado, millones de hombres y mujeres están confundidos y muchos hasta llegan a cometer suicidio. Necesitan algo positivo.

Permitidme que insista en que los hombres que más han contribuido al progreso del mundo, son hombres que creen en Dios y que han tratado de encaminar sus vidas de acuerdo a tal creencia. ¡Cuanto más feliz puede ser el individuo que al ir a acostarse cada noche, sepa que ha sido honesto con sus semejantes, que está limpio moralmente, que está en paz con Dios, su Creador! ¡Cuánto más felices son aquellos que viven en una comunidad de gente temerosa de Dios!

En mi experiencia como obispo, como presidente de estaca y como Autoridad General de la Iglesia, nunca he tenido que escuchar problemas personales de aquellos que comprenden el evangelio y que tienen una fe permanente en Dios.

  1. Edgar Hoover dijo en su análisis de “The Times of the Day”:

“La causa básica de la situación actual es que muchos de nuestros jóvenes no tienen el verdadero sentimiento de responsabilidad moral, que viene del conocimiento profundo de las enseñanzas de Dios. La trágica falta de Dios y la oración en sus vidas, debilita sus hogares y el bienestar de la nación.

Destaca después que la fe en Dios debe triunfar en los Estados Unidos o vamos a ser dominados por criminales y comunistas.

Tengamos una actividad positiva, no nos avergoncemos ni nos dejemos influir por quienes ridiculizan, dudan o niegan la existencia de Dios. No nos contemos entre quienes creen pero no tienen el valor y la fuerza para vivir de acuerdo a las enseñanzas del evangelio.

Tal como está registrado en Juan:

“Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga.

“Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.” (Juan 12:42-43.)

Disfrutemos las cosas hermosas de la vida. Gocemos del evangelio y de sus enseñanzas. No perdamos el tiempo buscando cosas para criticar en el evangelio o en nuestros semejantes. Debemos analizarnos a nosotros mismos, arrepentimos y tratar de mejorarnos; recordemos siempre que no hay nada tan seguro como que algún día vamos a dejar esta frágil existencia y preparémonos para tal día.

“. . . Pues he aquí, viene el día en que todos se levantarán de los muertos y se presentarán delante de Dios para ser juzgados según sus obras.” (Alma 11:41.)

Si vamos a resistir la embestida de la inmoralidad, el divorcio y la desintegración familiar, la falta de respeto a la ley, los tumultos, desórdenes, robos, asesinatos, crimen y decepción, no debemos simplemente preguntarnos qué están haciendo los demás al respeto. Debemos preguntar y contestar la pregunta: “Y yo, ¿qué estoy haciendo?” Analicemos nuestras propias faltas, y arrepintámonos mientras podemos.

Debemos comenzar por ser justos en nuestro propio corazón, por disciplinarnos a nosotros mismos, por tener amor y armonía en nuestros hogares y por amar verdaderamente a nuestros semejantes. Tengamos la misma sabiduría, valor y determinación de decir con Josué: “. . . Escogeos hoy a quién sirváis. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Josué 24:15.)

Ruego que todos y cada uno de nosotros se dé cuenta de cuán importante es que tengamos oraciones familiares en nuestro hogar, que tengamos noches familiares, que respetemos el día de reposo y que nos dediquemos a dominar el mal y guardar sus mandamientos.

Ruego que nos demos cuenta que “ésta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”, y comencemos a aprender acerca de Él.

Quiero agradecer a Dios con todo mi corazón por saber, como sé que me encuentro aquí frente a ustedes, que Dios vive, que somos sus hijos espirituales, que Jesucristo es su Hijo Unigénito y que mediante su expiación toda la humanidad puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio tal como lo ha revelado a sus profetas.

Que el Señor los bendiga siempre, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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