Mirando hacia el templo

Mirando hacia el templo

por el élder John A. Widtsoe (1872-1952)
del Consejo de los Doce


EL templo es la casa u hogar del Señor. Si el Señor visitara la tierra, llegaría a su Templo. Nosotros somos de la familia del Señor; somos sus hijos engendrados en nuestra vida preexistente. De modo que así como los padres terrenales se reúnen con sus hijos en el hogar familiar, también los miembros dignos de la familia del Señor pueden congregarse, como lo hacemos, en la casa del Señor.

El templo es un sitio de instrucción. Allí se repasan los principios del evangelio y se desenvuelven las profundas verdades del reino de Dios. Si entramos en el templo con el espíritu debido y prestamos atención, salimos enriquecidos, con conocimiento y sabiduría del evangelio.

El templo es un sitio de paz. Allí podemos dejar de lado los cuidados e inquietudes del turbulento mundo exterior. Allí nuestras mentes se deben concentrar en las realidades espirituales, puesto que allí sólo nos interesamos en las cosas del espíritu.

El templo es un sitio para hacer convenios que nos ayudarán a vivir rectamente. Allí declaramos que obedeceremos las leyes de Dios y prometemos usar el precioso conocimiento del evangelio para nuestra propia bendición y el bien de los hombres. Las ceremonias sencillas nos ayudan a salir del templo con la más noble resolución de llevar vidas dignas de los dones del evangelio.

El templo es un sitio de bendición. Se nos extienden promesas, basadas enteramente en nuestra fidelidad, y las cuales se extienden desde esta vida hasta la eternidad. Nos ayudarán a entender la proximidad de nuestros Padres Celestiales. En esta forma recibimos el poder del sacerdocio en porciones nuevas y generosas.

El templo es un sitio donde se presentan ceremonias pertenecientes a la santidad- Allí se aclaran los grandes misterios de la vida, con las preguntas a las que el hombre no halla respuesta: (1) ¿De dónde vine? (2) ¿Por qué estoy aquí? (3) ¿A dónde iré cuando termine la vida? Allí se estiman de importancia suprema las necesidades del espíritu, de las cuales se desprenden todas las demás cosas de la vida.

El templo es un sitio de revelación. Allí .el Señor puede comunicar revelación, y toda persona puede recibirla para ayudarle en su vida. Todo conocimiento, toda ayuda vienen del Señor directa o indirectamente.

Aun cuando no en persona, Él está allí mediante su Santo Espíritu y los hombres que poseen el sacerdocio. Por medio de ese Espíritu dirigen la obra del Señor aquí en la tierra. Toda persona que entra en este .lugar sagrado con fe y oración encontrará ayuda en la resolución de los problemas de la vida.

Es bueno estar en el templo, la casa del Señor, un sitio donde el sacerdocio instruye, un sitio de paz, de convenios, de bendiciones y revelación. Nuestro corazón debería rebosar de agradecimiento por este privilegio y abrigar en él un fuerte deseo de recibir el espíritu de la ocasión.

El templo con sus dones y bendiciones está abierto a todos aquellos que obedecen los requisitos del evangelio de Jesucristo. Toda persona digna puede solicitar una recomendación de su obispo para entrar en el templo.

Las ordenanzas que allí se efectúan son sagradas, no misteriosas. Todos los que aceptan el evangelio, lo obedecen y se conservan puros, pueden tomar parte en ellas. De hecho, se invita y se insta a todos los fieles miembros de la Iglesia a que hagan uso de los templos y disfruten de sus privilegios. Es un lugar sagrado en el cual se imparten santas ordenanzas a todos aquellos que se han mostrado dignos de participar de sus bendiciones.

Todo lo que el evangelio ofrece se puede efectuar en el templo. Bautismos, ordenaciones en el sacerdocio, matrimonios y sellamientos por esta vida y por la eternidad, tanto por los vivos como por los muertos, la investidura para los vivos y los muertos, instrucción sobre el evangelio, consejos para la obra del ministerio y todo lo demás que es parte del evangelio, allí se hace. De hecho, en el templo se compendia todo el evangelio.

No se espera que se puedan entender en detalle las ceremonias del templo la primera vez que una persona “entra” allí. Por tanto, el Señor ha dispuesto la manera de repetirlo. Toda persona primeramente debe hacer la obra del templo para sí misma; entonces la puede hacer uno por sus antepasados con amigos fallecidos, con cuanta frecuencia las circunstancias lo permitan. Este servicio les abrirá las puertas de la salvación a los muertos y al mismo tiempo ayudará a los vivos a fijar la mente en la naturaleza, significado y obligaciones de la investidura. Conservándola fresca en nuestras memorias, estaremos capacitados para poder cumplir mejor nuestros deberes en la vida bajo la influencia de bendiciones eternas.

Las ceremonias de los templos se hallan bosquejadas comprensivamente en la revelación conocida corno la sección 124, versículos 39 y 41, de Doctrinas y Convenios: “Por tanto, de cierto os digo, que mediante la ordenanza de mi santa casa, que a mi pueblo siempre se le manda construir en mi santo nombre, son confirmadas vuestras unciones, vuestros lavamientos, vuestros bautismos por los muertos, vuestras asambleas solemnes, vuestros memoriales para vuestros sacrificios por los hijos de Leví, vuestros oráculos en lugares santísimos donde recibís conversaciones, vuestros estatutos y vuestros juicios, para el principio de las revelaciones y fundamento de Sión, y para la gloria, honra e investidura de todos sus habitantes. “Y de cierto os digo, edifíquese esta casa en mi nombre, para que en ella revele yo mis ordenanzas a mi pueblo;

“Porque me propongo revelar a mi iglesia cosas que han estado escondidas desde antes de la fundación del mundo, cosas que pertenecen a la dispensación del cumplimiento de los tiempos.”

En los templos todos se visten igual, con ropa blanca. Blanco es el símbolo de la pureza. Ninguna persona impura tiene el derecho de entrar en la casa de Dios. Además, la uniformidad en el vestir simboliza que ante Dios nuestro Padre Celestial todos los hombres son iguales. El mendigo y el banquero, el docto y el indocto, el príncipe y el pobre se sientan uno al lado del otro en el templo, y si viven rectamente gozan de igual importancia ante el Señor Dios, el Padre de sus espíritus. Lo que uno recibe en el templo es aptitud y entendimiento espirituales. Todos los que se preparan tienen un lugar igual ante el Señor.

Desde el principio hasta el fin, el pasar por el templo, es una experiencia gloriosa, ennoblece, informa e infunde valor. La persona sale con mayor entendimiento y fuerza para su obra.

Las leyes del templo y los convenios de la investidura son hermosos, útiles, sencillos y fáciles de entender. Igualmente sencillo es el cumplirlos. Sin embargo es maravilloso cómo el profeta José Smith, sin instrucción en cuanto a las maneras del mundo, pudiera colocarlos en su debido orden al establecer la fundación del progreso espiritual humano. Este solo hecho justifica nuestra fe de que José Smith fue guiado por poderes superiores a los del ser mortal.

A los que toman parte en el servicio del templo con fe, con sumisión completa a la voluntad del Señor, el día será una experiencia gloriosa. Recibirán luz y poder para ayudarles en todo lo que los años futuros puedan exigirles.

No importa a qué parte del evangelio revelado del Señor Jesucristo uno se vuelva, y particularmente en el templo, crece la convicción de que la obra de Dios se ha restablecido para fines particulares en los postreros días. El servicio en el templo es para que nos auxilie y ayude a capacitarnos para esta poderosa obra: “. . . llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. (Moisés 1:39)

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