Concerniente al templo

Concerniente al templo

por Marion G. Romney
Liahona Marzo 1968


Mis amados hermanos de Latinoamérica, es para mí un honor y placer saludaros a través de las páginas de Liahona.

Cuando pienso en vosotros y vuestra gran herencia, tengo la sensación de que vuestros antepasados, que una vez habitaron estos privilegiados continentes americanos, están regocijándose porque muchos de vosotros estáis aceptando el evangelio. Están felices porque habéis entrado al camino mediante el cual podréis prepararos vosotros mismos, y a la vez ayudar a vuestros antecesores a prepararse para la segunda venida del Salvador.

Ellos esperan que vosotros os habilitéis para ser dignos de asociaros con el Salvador en su venida, y están confiando en que cada uno de vosotros buscaréis vuestra genealogía y haréis la obra por ellos en los templos, para que también vuestros progenitores puedan prepararse para ese gran día, a fin de que ellos y vosotros podáis reuniros con los justos.

El Señor ha dado a conocer por revelación que aquellos que van a gozar de esta gran bendición y posteriormente obtener la exaltación en su reino, deben ser sellados como familias. También ha hecho saber que la única manera y lugar en que estos sellamientos pueden hacerse es a través de las ordenanzas del sacerdocio que se efectúan en los templos. Se construyen templos precisamente para realizar esta gran obra.

No se puede recalcar demasiado la importancia de la obra del templo, ya que es indispensable para la exaltación. Todo Santo de los Últimos Días debería tener como meta llevar una vida recta, la clase de vida que le permitirá recibir una recomendación para ir al templo.

He aquí algunas de las cosas que le ayudarán a uno a recibir tal recomendación:

(1) Tener oraciones familiares e individuales diariamente. Cuando el Señor reveló los deberes de los maestros orientadores, la primera cosa que les mandó hacer en “las casas de todos los miembros” fue “exhortarlos a orar vocalmente y en secreto”. (D. y C. 20:47, 51)

Por tanto, en dos ocasiones, el Señor había dado instrucciones de orar “siempre”. Primero había dicho: “Ora siempre para que salgas vencedor; sí, para que venzas a Satanás, y para que te escapes de las manos de los siervos de Satanás, quienes apoyan su obra.” (D. y C. 10:5)

Y segundo: “. . . cuídese la iglesia, orando siempre, no sea que caiga en tentación.” (D. y C. 20:33)

(2) Obedecer la ley de la castidad. Un templo es la casa del Señor, y ninguna cosa inmunda puede entrar en su presencia.

(3) Pagar un diezmo justo. Cuando el primer templo se estaba edificando en Nauvoo, el presidente Brigham Young amonestó a los santos a que pagaran sus diezmos para que pudieran ser dignos de recibir sus bendiciones cuando estuviera terminado.

“Sabemos de cierto y damos testimonio—dijo— que se cierne sobre nosotros una nube de bendición y de investidura, y está a punto de derramarse sobre nosotros; o sobre los que lleven vidas dignas, en cuanto se encuentre sobre la tierra un sitio para recibirla. Por tanto…. empeñaos constantemente y regularmente en una observancia estricta de la ley del diezmo y de las ofrendas hechas con toda voluntad, hasta que Jehová diga que es suficiente y vuestras ofrendas sean aceptadas; entonces venid a la casa de Jehová y aprended sus caminos y andad por sus sendas, sí, y entrad en su santuario.” (Documentary History of the Church, vol. VII, 281-2)

Una de las ordenanzas que se efectúan en los templos es la del bautismo por los muertos. El presidente John Taylor dijo que “. . . el hombre que no ha pagado sus diezmos no es digno de ser bautizado por los muertos… es nuestro deber pagar nuestros diezmos Si un hombre no tiene la fe suficiente para atender a estas cosas pequeñas, no tiene la fe necesaria para salvarse a sí mismo y a sus amigos.” (Documentary History of the Church, vol. VII, 292-3)

(4) Ser honrados en palabra y hechos. Los embusteros, ladrones, los malversadores de fondos públicos, especialmente los fondos sagrados de la Iglesia, no son dignos de pertenecer a ella, ni de entrar en el templo.

(5) Observar la Palabra de Sabiduría.

(6) Sostener a las Autoridades de la Iglesia. El Señor declara que estos hombres son su Sacerdocio. De ellos ha dicho:

“Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben. . . Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre; y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.” (D. y C. 84:35- 38) De la misma manera aquellos que rechazan y critican el sacerdocio del Señor, lo rechazan a Él y a su Padre. No son dignos de entrar en el templo. La Primera Epístola de Juan contiene varias expresiones penetrantes sobre este asunto:

“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas.

“El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.

“Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

Y nosotros tenemos este mandamiento de él; el que ama a Dios, ame también a su hermano.” (1 Juan 2:9-11; 4:20-21)

Si aquellos que odian y calumnian a las autoridades debidamente constituidas de la Iglesia no se arrepienten y no corrigen su manera de ser, apostatarán.

Las anteriores no son todas, antes constituyen algunas de las virtudes que uno debe perfeccionar para poder ser digno de entrar en la casa del Señor.

Todo Santo de los Últimos Días no sólo debe decidirse a vivir dignamente a fin de obtener una recomendación para el templo, sino que también debe determinar ir al templo en el tiempo oportuno. Al recibir sus propias investiduras, la persona hace un convenio, voluntario pero solemne con el Señor, de obedecer todas las leyes del evangelio incluyendo, naturalmente, las mencionadas anteriormente. Habiendo hecho tales convenios, uno recibe las ordenanzas mayores del sacerdocio, indispensables para la exaltación. Después de recibir sus propias investiduras, uno deberá regresar al templo tan frecuentemente como sea posible, para hacer la obra por sus parientes muertos. Al empeñarse en este servicio vicario, uno no sólo recuerda los convenios que hizo con el Señor, sino que también llega a ser, en un sentido muy verdadero, como salvador de sus progenitores; y esto porque las ordenanzas del templo, así como el bautismo, deben efectuarse en el estado terrenal. Aquellos /que han muerto sin haber recibido sus investiduras, no pueden lograr la exaltación hasta que alguien en el mundo terrenal haga vicariamente la obra en el templo por ellos. Es por esta razón que el Señor nos ha impuesto la responsabilidad de ver por nuestros muertos, buscar nuestra genealogía e ir al templo en bien de ellos. Esta es una de las obligaciones más solemnes que divinamente se nos han impuesto. Ellos no pueden perfeccionarse sin nosotros, ni nosotros sin ellos.

Sin embargo, aun cuando es importante que vayamos al templo por nosotros mismos y en beneficio de nuestros antepasados que han muerto, siempre se debe tener presente que aunque las ordenanzas del templo son un requisito para la exaltación, no constituyen una garantía al respecto. Las bendiciones son solamente para aquellos que cumplen sin desviación los convenios del templo.

Cuando los miembros de la Iglesia van al templo para recibir sus investiduras, deberán tener la edad suficiente y la madurez necesaria en su entendimiento y cumplimiento del evangelio, para entender y apreciar lo que se está haciendo. Deberán haber estado obedeciendo el evangelio consecuentemente el tiempo necesario para establecer, a su propia satisfacción y la de sus oficiales presidentes de la Iglesia, que son capaces de asumir, y han asumido, un compromiso de continuar cumpliendo el evangelio en toda circunstancia hasta el fin de sus vidas.

A causa de los convenios sagrados que uno hace con el Señor en el templo, sería mucho mejor refrenarse de entrar en el templo, que ir allí indignamente o violar los convenios después de haberlos hecho. Los miembros de la Iglesia deben considerar seriamente la naturaleza solemne y sagrada de lo que están haciendo cuando hacen planes para ir al templo. Esto se aplica particularmente a hombres y mujeres solteros. Es sumamente difícil, si no imposible, observar los convenios del templo cuando uno de los cónyuges no ha ido al templo.

Tampoco lo debe hacer uno que ha tenido dificultades en adaptar su vida a las normas del evangelio, suponiendo que será mucho más fácil para él obedecer los principios del evangelio después de haber ido al templo. No será más fácil. De hecho, será más difícil porque estará sujeto a tentaciones más grandes. El presidente Brigham Young dijo:

“Dios nunca confiere a su pueblo o a un individuo bendiciones superiores, sin una prueba severa para probarlos. . . para ver si van a cumplir sus convenios con Él. . .” (Journal of Discourses, vol. 111,2-5-6)

Y ahora, para concluir, sinceramente confío en que vosotros, mis amados hermanos, continuaréis estudiando y procurando entender el evangelio; que viviréis de tal manera que seréis dignos de ir al templo; que iréis al templo por vuestras investiduras, cuando seáis dignos; que seguiréis progresando; en vuestra investigación genealógica y entonces haréis la obra en el templo por vuestros antepasados.

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Una respuesta a Concerniente al templo

  1. Carlos Marcelo dijo:

    muchas gracias, por todo estos mensajes tan inspiradores

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