Las verdades sencillas del cielo: La norma del Señor

Las verdades sencillas del cielo:
La norma del Señor

Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Charla Fogonera del SEI para Jóvenes Adultos • 13 de enero de 2008 Universidad Brigham Young


Mis queridos y jóvenes amigos, a mi esposa y a mí nos encanta y nos honra pasar esta tarde con ustedes. Les imagino en muchos lugares del mundo, pues esta charla fogonera se transmite por el sistema satelital de la Iglesia en 32 idiomas. Confío en que se me pueda entender y que, allí donde ustedes se encuentren, sientan el Espíritu y comprendan mi mensaje; y ruego para que así sea.

Si entiendo bien, los presentes son principalmente jóvenes adultos solteros que se hallan en circunstancias diferentes. Muchos de ustedes acaban de concluir sus estudios de secundaria; otros con algo más de edad han disfrutado de varios años de estudios superiores. Muchos de ustedes tienen empleo o asisten a centros educativos que los forman y equipan con destrezas que les permitirán cuidar de sí mismos y de sus familias. Y, por supuesto, muchos de los presentes son ex misioneros que aguardan con anhelo la siguiente fase de la vida y de la cual vamos a hablarles hoy. Cuán agradecido me siento de que cada uno de ustedes, en sus diferentes circunstancias, decidiera acudir hoy aquí para pasar unos momentos juntos y sentir ese espíritu que reina en toda esta Iglesia.

Diez verdades sencillas del cielo

He titulado mi discurso “Las verdades sencillas del cielo: la norma del Señor”. La primera frase del título procede de un magnífico discurso que el profeta José Smith pronunció en Nauvoo en 1844, el mismo año de su martirio. El Profeta habló en el funeral de un miembro de la Iglesia llamado King Follett, y comenzó su discurso con estas palabras: “No es mi intención halagar sus oídos con superfluidad de palabras, ni oratoria, ni con mucha sabiduría, sino que deseo edificarles con las verdades sencillas del cielo”1.

La segunda frase del título procede de un pasaje de Doctrina y Convenios en el que se alude a la norma del Señor: “Y además, os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados; porque Satanás anda por la tierra engañando a las naciones” (D. y C. 52:14).

Deseo enseñarles las verdades sencillas de una norma que el Señor estableció antes de la fundación del mundo y sobre la que comenzamos a aprender al leer que Adán y Eva fueron puestos en el Jardín de Edén. Es una norma en la que deben desear participar. Lo más sobresaliente de esta norma y plan es que ustedes pueden experimentar un gozo eterno. Recuerden las palabras de Lehi en 2 Nefi: “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo”(2 Nefi 2:25). Participar de esta norma será la decisión más importante que puedan tomar.

Cuídense de no descartar esta norma pensando que es demasiado severa. Muchos profetas la han impartido. Recuerden que los profetas dicen la verdad y la aman, y no la suavizan ni la modifican para adecuarla a las cosas fáciles que la gente desea oír (véase Isaías 30:20; 2 Nefi 9:40). Cuídense de rechazar a los profetas por el mero hecho de que las circunstancias y las intenciones de ustedes no se acomoden actualmente al consejo de ellos.

Ruego que durante el transcurso de mis palabras, sus corazones y mentes se abran para recibir del Espíritu impresiones e inspiración que les guíen en la toma de las importantes decisiones que tendrán un impacto en su vida. Les testifico que mis palabras son la voluntad del Señor para Sus hijos, en especial para ustedes, los jóvenes adultos solteros de esta Iglesia.

Cuando nuestro amoroso Padre Celestial, por conducto de Su Hijo Amado, Jesucristo, creó y organizó esta tierra, estableció una norma relativa a la organización de la familia que aún sigue vigente. Ahora vamos a leer el libro de Moisés, en la Perla de Gran Precio, para repasar diez verdades sencillas del cielo y analizar cómo estas verdades forman la norma para ustedes hoy en día.

  1. Dios creó esta tierra para que la habitemos y hagamos uso de ella

“Y yo, Dios el Señor, tomé al hombre y lo puse en el Jardín de Edén para que lo cultivara y lo guardara” (Moisés 3:15).

Como ustedes saben, Dios creó los cielos y la tierra, así como todas las formas de vida, y dio a Sus hijos dominio sobre todas ellas. Dios creó el bello Jardín de Edén y puso al hombre en él para cultivarlo y cuidarlo. Nosotros no vivimos en el Jardín de Edén como Adán, pero se nos concede la oportunidad de cultivar y cuidar esa parte de la tierra en la que vivimos. Existimos para tener gozo.

Así pues, mi primera verdad sencilla del cielo es que Dios creó esta tierra para que la habitemos y hagamos uso de ella. Debemos trabajar y mejorar nuestras circunstancias y las de quienes nos rodean. Tenemos la responsabilidad de ocuparnos y de estar plenamente inmersos en vivir con un propósito y cumplir con las responsabilidades que nos ha dado nuestro Padre Celestial.

El plan eterno de salvación, que el Padre elaboró y Jesucristo llevó a cabo como principal defensor, incluía el que se nos concediera la oportunidad de venir a esta tierra para recibir un cuerpo físico y demostrar nuestra disposición para guardar los mandamientos de Dios. Bueno, aquí estamos. Vivimos en una tierra preciosa, tenemos el conocimiento del Evangelio restaurado y gozamos de toda oportunidad que ha tenido el género humano. ¿Y qué vamos a hacer ahora con todos esos privilegios?

  1. No es bueno que el hombre esté solo

Pasemos a la segunda verdad sencilla del cielo. De nuevo leo en el libro de Moisés: “Y yo, Dios el Señor, dije a mi Unigénito que no era bueno que el hombre estuviese solo; por consiguiente, le haré una ayuda idónea para él” (Moisés 3:18). Aquí se aprecia que una de las verdades sencillas del cielo es que no es bueno que el hombre ni la mujer estén solos; deben tener una ayuda idónea. Escasas verdades sencillas del cielo son más importantes para nosotros que el conocimiento de que conviene que tengamos una ayuda idónea: para el hombre, una esposa; para la mujer, un esposo.

Tal vez debamos definir ayuda idónea. No malinterpreten las palabras del Señor cuando le dijo a Adán que debía tener una ayuda idónea. La ayuda idónea es el compañero adecuado para nosotros o igual a nosotros. Caminamos al lado de nuestra ayuda idónea; ninguno va delante ni detrás del otro. La ayuda idónea constituye una relación de igualdad entre un esposo y una esposa. Eva era igual que Adán, así como un esposo y una esposa deben ser iguales entre sí.

Adán se hallaba todavía en el Jardín de Edén cuando el Señor declaró que debía tener una ayuda idónea. Aún no había participado del fruto del árbol, hecho que derivaría en la expulsión del Edén y después en la muerte física. Es por eso que Adán recibió una ayuda idónea para toda la eternidad. No se trataba de una relación informal, sino de una relación regida por convenio.

Cuando contemplen su ayuda idónea, hagan planes para la eternidad. Planifiquen entrar en un santo templo y ser dignos de ello. El templo es el lugar en el que ustedes y su ayuda idónea formarán una familia eterna. Siempre que sea posible, todos ustedes, hombres jóvenes, deben servir una misión honorable antes de concluir su selección de una ayuda idónea. El servicio misional les preparará para su futuro papel como esposo y padre recto, y les bendecirá durante toda la vida tanto a ustedes como a su futura posteridad.

En ocasiones conocemos a miembros, incluso jóvenes adultos solteros, que han oído, visto o han formado parte de familias en las que el matrimonio en el templo no condujo a la felicidad y fue cancelado. No deseando vivir ellos ese mismo resultado o temiendo cometer un error, algunos eluden las responsabilidades del matrimonio y, en particular, del matrimonio en el templo.

Aprovecho para rogarles que no permitan que las acciones de otras personas les disuadan de tomar decisiones correctas y seguir normas eternas. Satanás no desea su felicidad ni su progreso eterno y va a poner dudas y temores en sus mentes para convencerlos de que no intenten buscar una ayuda idónea que les brinde una relación y dicha eternas. Hermanos y hermanas, tengan fe, no temor, y sean dignos de entrar en los santos templos.

Insto a todos los presentes a fijar en su mente la necesidad de buscar y hallar un compañero tal y como ha recomendado el Señor. Para ello deben procurar ocasiones de relacionarse con miembros del sexo opuesto que compartan sus mismos valores del Evangelio. Para tal fin, les alentamos no sólo a permanecer activos en la Iglesia, sino a participar en todas las oportunidades que ésta les brinda para relacionarse y progresar. Nuestros institutos son edificios magníficos para reunirse, conocerse y poner en práctica las cualidades y los talentos del liderazgo, y así ver entre quienes les rodean a aquellos que pudieran complementarles como una ayuda idónea.

Sé que muchos de ustedes desean casarse pero no se les presenta la oportunidad. Sentimos una gran pena por muchos de ustedes, fieles jóvenes adultos solteros, que se hallan en esa situación. Conozco a una familia fiel de la Iglesia que en cierta ocasión tuvo varios hijos en esa misma circunstancia. Los padres y los hijos varones decidieron incrementar considerablemente sus visitas de adoración en el templo y seguir “importunando” al Señor respecto a esto.

Recibieron ricas bendiciones, encontraron compañeras y se casaron en el templo. Hagan todo lo que puedan para merecer la ayuda del Señor en ese sentido. Sean pacientes, confíen en el Señor y las bendiciones llegarán con el tiempo. Recuerden: es una verdad sencilla del cielo que no deben estar solos en su jornada eterna. Deben buscar un compañero recto y avanzar con gran fe para que, en el tiempo del Señor, cumplan con el destino eterno que nuestro Padre Celestial tiene planeado para ustedes.

  1. El plan contempla que un hombre y una mujer se alleguen el uno al otro como esposo y esposa

Más adelante en ese mismo capítulo de Moisés, el Señor forma a Eva y entonces dice: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer; y serán una sola carne” (Moisés 3:24).

Ésta es mi tercera sencilla verdad del cielo: que un hombre dejará a su padre y a su madre y se allegará a su esposa y serán una sola carne. Creo que igualmente podría decirse que una mujer dejará a su padre y a su madre y se allegará a su esposo.

El allegarse o acercarse como esposo produce, en la mayoría de los casos, la partida física de la seguridad y la dependencia que se tiene con los padres. Sin embargo, al encarar este cambio, esta nueva relación de adherirse firme, estrecha e invariablemente a su esposo o esposa no hará que disminuya el amor eterno y el respeto que tienen por sus padres.

No existe un sustituto para esta verdad sencilla del cielo. Las revelaciones hablan de una relación entre un hombre y una mujer. El comprender esta sencilla verdad erradicará toda confusión con respecto a cuestiones que en ocasiones se denominan inadecuadamente “estilos de vida alternativos” y que no son sino maquinaciones de Satanás.

Observen la importancia de esta sencilla verdad del cielo. Un hombre y una mujer deben allegarse o acercarse el uno al otro; en otras palabras, deben aferrarse fiel, espiritual, emocional y físicamente el uno al otro.

Como acabo de decir, esta relación es apropiada gracias a la hermosa ordenanza del matrimonio celestial que se efectúa en nuestros templos. Si ustedes han nacido en el convenio o han sido sellados a sus padres en un templo, los lazos que les unen a éstos se reordenan justo lo necesario para permitir que ustedes y su ayuda idónea, un hombre y una mujer, puedan sellarse entre sí. Esta ordenanza fortalece el sellamiento a sus padres, pues al sellarse a su ayuda idónea extienden el sellamiento de sus padres, por medio de ustedes, a sus propios hijos y a las generaciones futuras.

Para ninguno de ustedes existe decisión mayor que la de seleccionar un compañero, una mujer en el caso del hombre, y un hombre en el caso de la mujer, para llegar a ser una sola carne a los ojos del Señor gracias al sellamiento del templo. El Señor tiene por norma que el hombre y la mujer se casen y se alleguen el uno al otro. Cualquier otra norma no es del Señor.

  1. El albedrío es esencial

Nuestro Padre Celestial nos ha dado un maravilloso principio al que me referiré como la cuarta verdad sencilla del cielo. Se trata del principio del albedrío. Seguimos leyendo en el libro de Moisés: “No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:17).

Cada uno de nosotros tiene albedrío. El Señor no nos va a obligar a tomar decisiones que violen nuestro albedrío personal. Sin embargo, debemos estar dispuestos a aceptar la responsabilidad inherente al ejercicio del albedrío que se nos ha concedido. Recuerden que Satanás trató de obligarnos a seguirle y que nuestro Padre Celestial rechazó esa norma. Entonces, Satanás se rebeló “y pretendió destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3). Sin embargo, gracias al plan de nuestro Padre Celestial tenemos albedrío, y uno de los usos que podemos darle es buscar y seleccionar a una compañera o un compañero.

Sabemos que por lo general, en nuestra sociedad, el hombre es el que debe iniciar las oportunidades que lleven a la interacción social. Quisiera recordar a todos los jóvenes varones, sí, a todos los varones que escuchen mis palabras, que son ustedes los responsables de iniciar estas ocasiones. No demoren este asunto. Existe una diferencia entre una “oportunidad perdida” y una “oportunidad malgastada”. No malgasten el tiempo, no demoren las oportunidades de buscar y seleccionar a una compañera. Los profetas actuales han dicho mucho que les exhorta a ustedes a a buscar un compañero o compañera. Este consejo se aplica particularmente a los ex misioneros y a quienes prosiguen con su formación académica y son lo bastante maduros como para aceptar las responsabilidades de un adulto, entre las que se encuentra la de contraer matrimonio.

Mientras pronuncio estas palabras, soy consciente de que algunos de ustedes pueden haber sufrido desengaños en relaciones pasadas. Lo que parecía ir bien no funcionó y han tenido que empezar nuevamente de cero. Podríamos decir que fue una “salida en falso”. La mayoría de los jóvenes adultos pasan por esto y los motivos son muy diversos: metas diferentes, relaciones desequilibradas, inmadurez y falta de preparación para el matrimonio, o simplemente que no parecía ser lo correcto. No se desanimen. Se están aproximando a decisiones de consecuencias eternas. No tomen las cosas a la ligera, apóyense en la oración y tomen la determinación de emplear el albedrío para buscar y seleccionar a su ayuda idónea.

Permítanme analizar por un instante un asunto muy delicado que suele afectar al albedrío. Es un tema que puede ser de suma importancia para sus padres y líderes aunque que tal vez no sepan cómo tratarlo con ustedes. Me estoy refiriendo a la apariencia personal.

A veces la apariencia personal, propia o ajena, repercute en el uso del albedrío, ya que las primeras impresiones podrían dificultar nuestra relación con el verdadero yo de una persona.

Estén dispuestos a sentarse con un buen amigo y hacerle esta pregunta: ¿Qué me recomendarías para mejorar mi apariencia física? Escuchen sus palabras sin ofenderse y tomen a pecho su consejo. Si es necesario, mejoren con gozo y felicidad su aspecto, ya sea que ello implique sonreír más, perder peso, o modificar el peinado, el modo de vestir, lo que expresamos con nuestro rostro y nuestro cuerpo, la higiene personal o cualquier otra cosa.

Por fin lo dije. ¿Les he ofendido? Recuerden que su cuerpo es el templo de su espíritu. Asegúrense de que esté limpio, aseado, arreglado, en forma y puro, a fin de que su espíritu brille a través de él y todos puedan verlo.

Claro que, como todos, soy consciente de que no todo el mundo tendrá la oportunidad de casarse en esta vida. No obstante, me estoy refiriendo a la regla y no a la excepción. La regla es que debemos buscar un compañero aun cuando pueda haber muchas excepciones debidas a la salud, a oportunidades inadecuadas u otros factores. Afortunadamente, el plan completo del Evangelio, tal y como lo entendemos, consiste en que todo el que sea fiel en esta vida y se le prive de la oportunidad de casarse, recibirá más adelante las bendiciones que no disfrutó aquí. Cuán agradecido me siento por esta doctrina.

  1. Vivimos del trabajo todos los días de nuestra vida

Cuando Adán y Eva partieron del Jardín de Edén, el Señor les dio la siguiente instrucción, que es mi quinta verdad sencilla del cielo. Vuelvo a citar el libro de Moisés: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra —pues de cierto morirás— porque de ella fuiste tomado: pues polvo eras, y al polvo has de volver” (Moisés 4:25).

Debemos trabajar mientras vivimos en esta tierra. Debemos prepararnos para ser autosuficientes, y debemos estar dispuestos a cuidar de una familia y ser capaces de hacerlo.

Por fortuna, muchos de ustedes tienen la oportunidad de obtener una formación académica en universidades y en otros centros de estudios superiores. Otros disfrutan de una ocasión maravillosa y excepcional para adquirir aptitudes y recibir una preparación que les permitirá tener un buen empleo y proveer económicamente para su familia. Esto último es una alusión al Fondo Perpetuo para la Educación.

Yo sirvo como miembro de la mesa directiva de este fondo y sé la gran bendición que supone para aquellos que se esfuerzan de todo corazón por mejorar y prepararse para contraer matrimonio y criar una familia en la Iglesia. A todos ustedes les digo: dispónganse a trabajar y a trabajar arduamente para proveer para su familia mientras vivan en esta tierra.

El presidente Hinckley les ha alentado repetidas veces a obtener toda la educación posible para que así puedan atender a su familia y servir en la Iglesia.

  1. Los esposos y las esposas deben tener hijos y formar una familia

A mi entender, la sexta verdad sencilla del cielo, y la más importante después de la de allegarse el uno al otro como esposo y esposa, es la que se halla en el siguiente pasaje del libro de Moisés: “Y Adán conoció a su esposa, y de ella le nacieron hijos e hijas, y empezaron a multiplicarse y a henchir la tierra” (Moisés 5:2).

Esta sencilla verdad del cielo expresa el deber de tener hijos, y es una verdad que está ante ustedes… ¡pero no antes del matrimonio! Por favor, tomen la firme decisión en la mente y el corazón de ser padres a su debido tiempo. Desarrollen ahora los atributos necesarios que les permitan ser unos padres amorosos para los hijos que vayan a bendecir su hogar. Esfuércense por desarrollar la paciencia y la capacidad necesarias para criar y educar a sus hijos en el conocimiento del Señor.

Los líderes de la Iglesia están siendo más directos para aconsejar a los matrimonios jóvenes que se armen de valor y formen una familia. El mundo les sugiere que tal vez no sea adecuado tener hijos mientras no se ponen en orden todos los asuntos temporales. El mundo les dice que aguarden hasta haber terminado sus estudios, hasta tener la casa adecuada con sus muebles y electrodomésticos, hasta tener un empleo seguro y con unos buenos ingresos, hasta comprar los artículos propios del entretenimiento y la comodidad. Toda esta demora procede del mundo y no es sino la influencia de Satanás en sus intentos por destruir a la familia.

Los profetas enseñan que, una vez sopesados los medios, las circunstancias (incluso la salud física) y otros factores de los que cada pareja tenga conocimiento, no debemos demorar el tener una familia. Tengan fe para comenzar esta etapa de la vida y sepan que su Padre Celestial les apoyará y sostendrá en los retos únicos y especiales inherentes a ser padres.

No es preciso posponer la formación de una familia hasta haber adquirido todas las comodidades que tenían sus padres cuando ustedes salieron de casa. Recuerden que sus padres tardaron muchos años, incluso décadas, en tener ese encantador hogar amueblado. Deben estar dispuestos a tener fe y empezar desde donde estén a construir, crecer y desarrollarse mientras tienen una familia. Dispónganse a trabajar juntos como esposo y esposa, y a sacrificarse para cumplir con este objetivo.

Cuídense de demorar la formación de una familia para así comprar comodidades y entretenimientos que, a la larga, no les bendecirán por la eternidad.

Si en sus barrios o ramas, o entre sus amistades, les preguntan a los matrimonios de más edad, descubrirán que casi en cada caso comenzaron su vida de casados y su familia con muy pocas pertenencias, especialmente si lo comparan con las que tienen ahora.

La hermana Tingey y yo nos casamos y tuvimos nuestro primer hijo mientras yo estaba en la facultad de derecho. Nuestro primer apartamento, en un sótano, fue un gran paso atrás en relación con lo que había sido la experiencia de vivir en casa de nuestros padres. Por el techo que había entre el marco de las puertas pasaban los conductos de la calefacción que me llegaban a la mitad de la frente. No recuerdo cuántas veces me golpeé la cabeza al pasar de un cuarto a otro. La hermana Tingey todavía recuerda el “espantoso papel tapiz”, como ella le decía, que tenía impresos unos enormes gallos rojos. No teníamos con qué lavar la ropa y pasamos 18 meses yendo a una lavandería de pago.

Nuestro segundo apartamento, durante mi etapa en el ejército, fue un dúplex cuyo único baño se encontraba entre los dos apartamentos. El baño tenía dos puertas, una para cada apartamento, y ya pueden hacerse una idea de lo que mi esposa opinaba al respecto. Dormíamos en una cama plegable fácil de accionar pero tremendamente incómoda. Nuestra primera mesa de cocina era una mesa de juego con patas plegables. Muchas veces durante el año que la utilizamos golpeé sin querer una de las patas y tanto la mesa como todo lo que había sobre ella cayó al suelo con gran estruendo.

Cuando ya teníamos cuatro hijos, vivimos varios años en un apartamento de sólo dos dormitorios. ¿Vivíamos apretados? ¡Por supuesto! Pero aun así, algunos de los mejores recuerdos de nuestra familia son de aquella época.

Como pueden ver, apenas teníamos comodidades y nada de lujos en nuestros primeros hogares, y al volver la vista atrás nos damos cuenta de que no importaba. Estábamos enamorados; queríamos tener una familia, así que sencillamente confiamos en el Señor y tuvimos fe en que todo saldría bien.

Hoy día, 48 años después, tenemos un hogar encantador con todas las comodidades que podamos necesitar, y puede que incluso más. Pero cuando empezamos teníamos muy poco. Somos más felices en la actualidad porque nuestro amor ha crecido en las a veces difíciles experiencias que hemos vivido juntos y no porque hayamos adquirido muchas posesiones mundanas.

También ustedes deben tener esa fe y estar dispuestos a seguir adelante en la vida. Prepárense para comenzar desde donde están y entonces tener y criar una familia que ame y aprecie las bendiciones que recibe.

  1. La familia prosigue hasta convertirse en una familia de muchas generaciones

La siguiente verdad sencilla del cielo es la norma que establecieron Adán y Eva en cuanto a que no sólo tendrían hijos, sino posteridad: “Y de allí en adelante los hijos e hijas de Adán empezaron a separarse de dos en dos en la tierra, y a cultivarla y a cuidar rebaños; y también ellos engendraron hijos e hijas” (Moisés 5:3).

Estamos tratando de desarrollar una Iglesia de muchas generaciones. Tener posteridad, es decir, no contentarse con ser padre sino también abuelo y bisabuelo, es una de las bendiciones enriquecedoras que reciben los miembros fieles de la Iglesia.

Las Autoridades Generales observan el crecimiento y desarrollo de la Iglesia en muchos países del mundo y una de las experiencias más gratificantes es ver a familias fieles de muchas generaciones allí donde la Iglesia apenas lleva unas cuantas décadas establecida. Ya vemos hijos, nietos, abuelos, etcétera. Esto es lo ideal. Siempre que sea posible, ése debe ser el objeto de nuestra labor: una familia grande y maravillosa que contribuya al crecimiento y desarrollo de la Iglesia en cualquier país o lugar donde resida. En Salmos se encuentra un maravilloso y muy descriptivo pasaje:

“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre.

“Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud.

“Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos” (Salmos 127:3–5).

¿Están dispuestos a ejercitar su mente y visualizar dónde estarán o dónde desearían estar digamos dentro de 20 ó 25 años? Si ahora tienen 20, ¿cómo será su vida cuando tengan 40 ó 45?

Casi en cada ocasión en la que he formulado esta pregunta a jóvenes adultos solteros, éstos han dicho que la “familia” es su prioridad más inmediata. Las posesiones temporales y los entretenimientos no suelen ser una prioridad. Estar rodeados de una familia amorosa —sus hijos y nietos— es lo que la mayoría de ustedes describe como lo que esperan para ese tiempo.

Comiencen hoy mismo a hacer que esa visión personal se convierta en una profecía hecha realidad.

  1. Reconocemos a Dios, lo adoramos y le ofrecemos nuestros sacrificios

En los albores de su vida fuera del Jardín de Edén, Adán comenzó a ofrecer sacrificios. Leemos lo siguiente:

“Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó.

“Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. “Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:6–8).

Esta verdad sencilla del cielo recalca que, una vez casados y con familia, nos conviene recordar quiénes somos en relación con nuestro Padre Celestial. Recuerden que Él es su Dios y su Padre, y que ustedes son hijos e hijas de Él. Ofrézcanle el sacrificio de su tiempo y sus talentos. Sean fieles en la Iglesia; sirvan a su prójimo; procuren establecer la rectitud. Reconozcan sus muchas bendiciones ofreciéndole y devolviéndole la décima parte de todo su aumento para humildemente reconocer que dependen de su Padre Celestial.

  1. De estos sacrificios proceden las bendiciones prometidas

Esta verdad sencilla del cielo es un reconocimiento de las bendiciones que son fruto del sacrificio. El pasaje de las Escrituras dice así:

“Y en ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido; y también todo el género humano, sí, cuantos quieran. “Y Adán bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios.

“Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes.

“Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas” (Moisés 5:9–12).

¿Se fijaron en algunas de las bendiciones que recibieron Adán y Eva gracias a su sacrificio? Disfrutaron de la compañía del Espíritu Santo, quien les dio testimonio del Padre y del Hijo, y los guió y dirigió en todas sus decisiones. Recibieron la bendición de tener el espíritu de profecía en cuanto a su familia a fin de que fueran guiados en las decisiones que tomaran y en cuanto a cómo atender a sus hijos. Sus ojos fueron abiertos para poder ver y discernir entre el bien y el mal, y de este modo tomar decisiones adecuadas para su familia.

Las Escrituras declaran que Adán y Eva gozaron y se regocijaron en las bendiciones que recibió su familia. Además, obtuvieron la promesa de que todas estas bendiciones y cosas se darían a conocer a sus hijos e hijas: su posteridad.

¿Creen ustedes que estas bendiciones pueden ser suyas como resultado de su disposición para aceptar las responsabilidades del matrimonio y la familia? Les testifico que así será y que recibirán las mismas bendiciones que recibió la familia de Adán y Eva aunque sus circunstancias sean otras.

  1. Tenemos a nuestra disposición la plenitud del Evangelio, incluso todas las ordenanzas del templo

La última verdad sencilla del cielo que compartiré hoy con ustedes tiene que ver con las bendiciones derivadas de las sagradas ordenanzas. Leemos lo siguiente en los versículos finales del quinto capítulo de Moisés:

“Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo.

“Y así se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante una santa ordenanza; y se predicó el evangelio, y se proclamó un decreto de que estaría en el mundo hasta su fin; y así fue. Amén” (Moisés 5:58–59).

Este pasaje, que es la décima verdad sencilla del cielo, promete que todas las cosas serán suyas si se ciñen a esta norma de la que estamos hablando. Esto significa, desde luego, que todas las bendiciones de la Iglesia restaurada son suyas. Concretamente, la expresión “una santa ordenanza” se refiere a los templos y a las hermosas ceremonias y ordenanzas que en ellos se efectúan. Qué gran bendición es anticipar que podrán disfrutar de las bendiciones plenas del evangelio de Jesucristo, incluso las bendiciones del templo, cuando estén dispuestos a tomar parte en las hermosas y sencillas verdades del cielo que hoy he compartido con ustedes.

Seguir el consejo inspirado

Resumiendo, éstas son las diez verdades sencillas del cielo de las que hemos hablado:

  1. Dios creó esta tierra para que la habitemos y hagamos uso de ella.
  2. No es bueno que el hombre esté solo.
  3. El plan contempla que un hombre y una mujer se alleguen el uno al otro como esposo y esposa.
  4. El albedrío es esencial.
  5. Vivimos del trabajo todos los días de nuestra vida.
  6. Los esposos y las esposas deben tener hijos y formar una familia.
  7. La familia prosigue hasta convertirse en una familia de muchas generaciones.
  8. Reconocemos a Dios, lo adoramos y le ofrecemos nuestros sacrificios.
  9. De estos sacrificios proceden las bendiciones prometidas.
  10. Tenemos a nuestra disposición la plenitud del Evangelio, incluso todas las ordenanzas del templo.

Les ruego que no rechacen este consejo. Procuren no posponer el matrimonio cuando se les presente la ocasión. No busquen un compañero perfecto. En términos generales, la perfección no existe. Recuerden que ustedes no son perfectos, así que busquen un esposo o una esposa que crezca con ustedes hacia la perfección.

No pospongan la formación de una familia. Estén dispuestos a sacrificarse y a formar una familia con todos los retos que ello conlleva y sabiendo que, en el proceso, tendrán maravillosos recuerdos que fortalecerán y sostendrán a su familia durante años.

Sé que mis palabras deben parecerles un poco difíciles; puede que a algunos les resulte imposible cumplir con ellas. Les ruego que tengan fe y que sumen a esa fe sus obras. El Señor es consciente de ustedes como personas y conoce las circunstancias por las que atraviesan. Él les bendecirá, les ayudará a hacer lo correcto y a materializar sus deseos justos. Les ruego que tengan fe.

Para terminar, tengo la impresión de que muchos de ustedes estarán diciendo: “Creo en todo lo que usted dice. Deseo tener esas normas en mi vida y cumplir con ellas pero, ¿cómo sabré si tomo las decisiones correctas?”.

Aquí tienen la respuesta: Lo sabrán del mismo modo por el que los líderes actuales de la Iglesia reciben impresiones que conducen a tomar decisiones muy importantes. Lo sabrán por el Espíritu.

Ustedes tienen derecho a recibir la paz y el testimonio espiritual que confirme sus sentimientos de que eso es lo correcto. Sabrán del amor que sienten el uno por el otro y su compatibilidad como pareja tal y como se describe en Doctrina y Convenios:

“De cierto, de cierto te digo: Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo;

“y entonces conocerás, o por este medio sabrás, todas las cosas que de mí deseares, que corresponden a la rectitud, con fe, creyendo en mí que recibirás” (D. y C. 11:13–14).

No busquen cosas tales como el estruendo que produce un terremoto; antes bien atiendan a la voz dulce y apacible, pues vendrá y ustedes lo sabrán.

Ruego que Dios les bendiga mis jóvenes y amados miembros, futuros padres, madres, abuelos, abuelas y líderes de la Iglesia. Les amamos. El Señor les ama y desea que sean felices y dichosos. Él desea que sigan la norma eterna que ha establecido.

Testifico de la veracidad de las normas comprendidas en estas verdades sencillas del cielo. En el nombre de Jesucristo. Amén.


  1. History of the Church, tomo VI, pág. 303; cursiva agregada
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