“…¿qué clase de hombres [habemos] de ser?” (3 Nefi 27:27)

“…¿qué clase de hombres [habemos] de ser?”
(3 Nefi 27:27)

Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Reunión Mundial de Capacitación de lideres 21 de Junio 2003


Gratitud para con los que servimos

Hermanos, quiero elogiarlos, aconsejarlos y, finalmente, recordarles una promesa muy preciada que cada uno de nosotros ha recibido.

Primero, les agradezco sinceramente el servicio que prestan como líderes del sacerdocio. A veces se preguntarán si son competentes o no; pero probablemente están cumpliendo mejor de lo que piensan y les felicitamos por su servicio.

Igualmente, acepten por favor nuestra gratitud por la forma en que sirven a los miembros de la Iglesia, entre los que están los callados, esos que recorren la segunda milla, cuyas obras por lo general sólo las conocen ustedes y el Señor. Esos miembros por lo general pasan desapercibidos; son mansos y humildes. Cada uno de nosotros debe apreciar a tales miembros que generalmente no reciben reconocimiento alguno. A medida que esos miembros cumplen sus labores de forma constante y eficaz, deberíamos tenerlos presentes más de lo que a veces los tenemos.

Hace poco reflexionaba en voz alta con el presidente Packer sobre esos miembros de la Iglesia extraordinarios, mansos y humildes y le dije: “Les admiro tanto que si en el mundo venidero necesitaran que alguien les lleve las vestiduras blancas a la lavandería, me encantaría ser el encargado de hacerlo”. Y, sin vacilar un instante, él dijo: “Y yo sería el encargado de lavarlas”. Por favor, tengamos presentes a estos miembros fieles, mansos y humildes que son parte de los rebaños que ustedes cuidan tan bien.

Cómo llegar a ser un “hombre de Cristo”

Ahora bien, en el contexto de esos elogios, van algunos consejos. En la antigüedad, el Salvador resucitado les preguntó a los líderes del sacerdocio, y lo hizo inquisitivamente: “…¿qué clase de hombres habéis de ser? Entonces, Jesús indicó que debemos ser “aun como [Él es]” (3 Nefi 27:27).

Por tanto, debemos esmerarnos, atributo por atributo, por llegar a ser más y más como Él es, incluso cultivando costumbres espirituales que nos lleven a vivir “de una manera feliz” (2 Nefi 5:27).

Por ende, para nosotros, despojarnos del hombre natural (véase Mosíah 3:19) y convertirnos a la vez en “hombre[s] de Cristo” (Helamán 3:29) no ocurre automáticamente, sino que se da “con el transcurso del tiempo” (Moisés 7:21). Por eso, ya que lo ejemplifiquen calladamente para sus familias o para sus rebaños de la Iglesia, no hay sustituto para la elocuencia del ejemplo.

Las sugerencias que ahora daré se aplican a toda cultura, en toda situación económica. Algunas de éstas se centran en nosotros como maridos y padres, otras se centran en nosotros y nuestros llamamientos, y algunas tienen que ver con ambos aspectos.

Hermanos, el tiempo que les queda en sus llamamientos es limitado. Las manecillas del reloj dan vueltas; pero nunca se les relevará de ser padres o maridos, ya que estos son llamamientos eternos que no cambian porque uno se mude.

Preparación personal

Permítanme hablarles de la preparación personal.

Su primer deber es obtener y retener el testimonio del Espíritu Santo de que Jesús es el Cristo (véase D. y C. 46:13–14). Cuando lo sepamos, las personas a las que servimos sabrán que lo sabemos, lo cual es sumamente importante. Además, como pastores Suyos, ese miembro de la Trinidad, el Espíritu Santo, nos susurra.

Ahora bien, he descubierto que esos susurros, y estoy seguro de que les ha pasado, no siempre son convenientes; a menudo, suelen ser muy exigentes, y a veces los retos que enfrentamos son casi abrumadores. Cuando nos sintamos vencidos, Aquel que venció al mundo nos socorrerá (véase Juan 16:33).

Cuando se sientan agotados, deléitense en el inagotable Evangelio. Jamás lograrán llegar a los límites de su vasta profundidad o medir la inmensidad de su extensión, así que al deleitarse en las Escrituras, se sentirán renovados aunque estén agotados. Sus familias los ven, al igual que sus consiervos en la Iglesia, cuando ustedes están cansados. No podemos esconder la fatiga, pero déjenles también ver que tienen una resistencia que está unida a la promesa que mencionaré más adelante.

Un día, sus hijos abandonarán el nido, pero el amor por las Escrituras es portátil, y las Escrituras son portátiles. Además de las Escrituras, dejen que sus hijos se lleven el recuerdo de haber escuchado su voz como patriarcas, padres y líderes del sacerdocio leyendo las Escrituras en voz alta y aplicándolas a ustedes mismos (véase 1 Nefi 19:23). El recuerdo los acompañará incluso mucho tiempo después de haber abandonado el nido.

Como dijo el presidente Packer hace unos momentos, sirvamos con manos limpias y corazones puros. Tenemos que rechazar la pornografía. También tenemos que evitar las prácticas empresariales cuestionables. Debemos rechazar todo lo que disminuya nuestra espiritualidad.

Si tienen algo sin resolver, acudan al líder apropiado del sacerdocio. Hermanos, no esperamos que cada cual sea perfecto en el reino, pero tampoco queremos que nuestros líderes estén sumidos en la autocompasión. La autocompasión nos hace vulnerables.

La vida y su curso les darán su porción de adversidad y eso tiene que ver con la clase de hombres que debemos ser. Acepten la adversidad sin enojarse o amargarse, y, al hacerlo, ¡habrán dado testimonio de una forma única y duradera!

Pienso en la niña Melissa Howes, que rehusó enojarse con Dios cuando su padre, de 43 años de edad, moría de cáncer. Según su madre, en una oración familiar, poco antes de la muerte del padre, Melissa dijo: “Padre Celestial, bendice a mi papi, y si lo necesitas más que nosotros, te lo puedes llevar. Queremos que se quede, pero sea Tu voluntad. Y por favor, ayúdanos a no enojarnos contigo”.

En la oficina tengo colgada una muñequita de papel que hizo Melissa, para recordar su oración y cómo evitó enojarse.

Responsabilidades familiares

Ahora, en cuanto a nuestras responsabilidades familiares:

Puesto que, como todos sabemos, ningún éxito en la vida puede compensar los fracasos crónicos en la familia, el liderazgo inadecuado en el hogar —el liderazgo crónico inadecuado— tarde o temprano reducirá nuestra eficacia como líderes en la Iglesia.

Sabemos que ustedes cuentan con una cantidad limitada de horas libres, así que por favor sigan un ritmo adecuado, haciendo las cosas “con prudencia y orden” (Mosíah 4:27 véase también D. y C. 10:4). Dediquen parte de sus mejores horas a sus principales responsabilidades: ¡la esposa y la familia! De otro modo, hermanos, a la familia sólo le quedan las sobras. Además, no importa qué tan bueno haya sido el día de trabajo, no puede compensar un mal día en el hogar.

Hermanos, amen a la madre de sus hijos. En un mundo conmocionado, esa relación tan especial tiene la obligación de ser sólida y estable. De igual manera, al orar en familia, que su esposa e hijos les escuchen orar por ellos, mencionando a cada uno por nombre.

Por favor, brinden elogios merecidos y específicos a su esposa, a sus hijos y a los miembros de sus rebaños y quórumes. El mundo humilla a las personas, pero ustedes tienen la capacidad de levantarlas, como por ejemplo, al dar bendiciones de padres a sus hijos.

Mi padre fue un hombre tímido y renuente, aunque extraordinario, al cual le pedí una bendición de padre por muchos años. Era tan tímido y renuente que no me la dio sino hasta tarde en mi vida, pero en esa bendición, mi padre se anticipó unos 20 años a la que vendría a ser mi mayor enfermedad. Al bendecirme, empleó las siguientes palabras: que tuviera “la fortaleza para sobrellevar las cargas físicas que se [me darían]… para que [pudiera] sobrellevarla[s] como lo hizo [Pablo], sin quejarte”. Estoy muy agradecido a ese padre tímido y dulce que me dio una bendición de padre hace muchos años. Todavía me esfuerzo por estar a la altura de ella.

Nuestras familias viven nuestras imperfecciones constantemente y, aunque vean nuestras fallas, si logran ver nuestros esfuerzos espirituales, con el soplo de la bondad quitarán todo desperdicio de nuestro grano.

No sólo durante la noche de hogar, sino también durante la comida, conversen sobre temas informales y sencillos del Evangelio. Allí, como dicen las palabras del pasaje de las Escrituras: “…hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo… para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26). Un buen líder es siempre alguien que sabe escuchar, especialmente en casa.

Dignidad

Ahora, hermanos, en nuestra función de agentes del Señor:

Dado que ustedes y yo estamos preparándonos para vivir en una cultura celestial, lo que haya en nuestras culturas temporales y locales que esté en conflicto con el Evangelio y sus normas debe desaparecer como andamiaje en desuso. Sea como sea, las modas del mundo no demorarán en pasar a ser obsoletas (véase 1 Corintios 7:31), así que por el momento no debemos hacerles caso.

Mantengan una presencia digna y bien arreglada, incluso si las circunstancias son modestas. En el mundo de hoy, por ejemplo, los líderes de la Iglesia suelen ser de los pocos ejemplos que hay de un vestir adecuado. La apariencia y la presencia son las formas que tienen de mostrarles a los demás cómo se ven ustedes a sí mismos, qué piensan de sus llamamientos y cómo honran y apoyan a quienes les han llamado.

A menudo no pensamos en que hay que apoyar a quienes nos han llamado a un cargo, pero sí, tenemos que apoyarlos. El domingo después de haber sido sostenido como Consejero de la Primera Presidencia, el presidente Marion G. Romney discursó en nuestro barrio, y dijo desde el púlpito: “Siempre he apoyado al Presidente de la Iglesia, y lo puedo apoyar incluso cuando me llama a mí como uno de sus consejeros”. Tenemos obligaciones solemnes de sostener a quienes nos han llamado.

Su dignidad espiritual abarca el saber guardar confidencias. El Señor, el miembro que ustedes aconsejan y ustedes mismos son los únicos que tienen que saber ciertas cosas, y esa dignidad, esa confidencialidad, sencillamente se debe mantener

Que los miembros y sus familias no sólo los vean ir al templo, lo cual nos recuerda la clase de hombres y mujeres que debemos ser, sino que también vean que la experiencia del templo les hace mejorar como personas.

Cómo prestar servicio y liderazgo

Ahora bien hermanos, si día tras día hacemos estas cosas y otras parecidas, nos convertiremos en la “clase de hombres” que Jesús quiere. Por otro lado, los demás verán lo que somos y también lo que nos esmeramos por llegar a ser. Verán que de cierto hemos tomado sobre nosotros el yugo de Cristo y que servimos con humildad a otros (véase Mateo 11.29).

Hace algunos años, recibí la asignación de ir a El Cairo junto con el entonces élder Howard Hunter. Nos hospedábamos en la misma habitación, y tras un largo día lleno de polvo, descansábamos antes de las reuniones de la noche. Le pregunté si me permitía acostarme para una breve siesta, y claro, me dijo: “Adelante”. Desperté antes de lo esperado, y encontré al presidente Howard Hunter lustrándome los zapatos.

Debemos ser líderes-siervos y tener presente quiénes somos en verdad. Se trasmitirá sin duda, dejando su huella indeleble en la mente y el corazón de los demás. Claro que nuestro amor no siempre será correspondido, o siquiera apreciado, pero el amor nunca se malgasta.

La promesa para los líderes fieles

Ahora finalmente llegamos a la promesa, al resto de la promesa que se ha extendido a ustedes y a mí y a todos los hermanos fieles:

La promesa, como ya saben, es que el Señor les renovará en el cuerpo, lo cual no es un detalle pequeño para los que procuran servirle infatigablemente (véase D. y C. 84:33; Helamán 10:4–5).

Hermanos, durante esos benditos momentos de renovación, habrá momentos en que el Espíritu les sobrevendrá como la espuma de las olas para refrescarlos, tranquilizarlos y, a veces, para fortalecerlos. Además, el Espíritu Santo les comunicará de forma personal que el Señor del universo que todo lo ve los conoce y les ama individualmente. Hace mucho, muchísimo tiempo que los conoce. Él está presente en los detalles de las vidas de ustedes, y como dicen las Escrituras, tiene presente a Su pueblo en toda nación y, de cierto, también tiene presentes a Sus líderes del sacerdocio en toda nación (véase Alma 26:37).

¡Después de todo, hermanos, todos los que amamos y servimos son hijos de Dios!

De ello testifico, ¡en el santo nombre de Jesucristo, amén!

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