Un regalo digno de más atención

Un regalo digno de más atención

Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Con todas las bendiciones que nos ha otorgado la edad moderna, no desechemos aquello que promueve las impresiones del Espíritu.


Han pasado más de 50 años, pero recuerdo claramente la mañana de la Navidad de 1959. Con mi entusiasmo de niño, esperaba desesperadamente que me regalaran una bicicleta nueva. Mi hermano mayor, mi hermana mayor y yo compartíamos la misma bicicleta, una muy vieja de 61 cm (24 pulgadas) que los tres habíamos usado para aprender a andar en bicicleta. Desde hacía mucho tiempo había perdido su elegancia, y yo les había pedido a mis padres una nueva. Ahora, al ver atrás, me abochorna un poco no haber mostrado más sensibilidad con respecto al costo que hacer un regalo así supondría para una familia de ingresos limitados.

Llegó la mañana de Navidad y, desde nuestro dormitorio en el sótano, subí las escaleras a toda velocidad. Entré corriendo a la sala, y busqué en vano la bicicleta. Se me cayó el alma a los pies cuando vi un regalo chiquito debajo de mi calcetín navideño, pero traté de controlar mi desilusión.

Al estar todos sentados en la sala como familia, mi padre me pidió que fuera a la cocina a buscar un cuchillo para abrir una caja en la que venía un regalo para mi hermano. Entré a la pequeña cocina y palpé la pared en busca del interruptor de la luz y así ver por dónde iba. Cuando la luz iluminó el cuarto, me emocioné mucho: ¡frente a mí había una hermosa bicicleta negra de 66 cm (26 pulgadas)! Durante muchos años anduve en esa bicicleta, la cuidé, la protegí y la consideré una amiga; fue un regalo que por mucho tiempo agradecí y atesoré.

Un regalo más grande

Tan sólo tres meses antes de esa Navidad, se me había otorgado otro regalo mucho más importante y extraordinario que la bicicleta. Me había bautizado y se me había dado un regalo que era el don del Espíritu Santo. En aquellos primeros años, y tal vez con demasiada frecuencia en los años posteriores, fui como los lamanitas que dijo el Salvador que habían sido “bautizados con fuego y con el Espíritu Santo… y no lo supieron” (3 Nefi 9:20).

Jesús recalcó el valor incalculable del bautismo y del don del Espíritu Santo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Y para aliviar la carga del anuncio a Sus discípulos de que pronto los dejaría, el Salvador les prometió este don celestial: “Os lo enviaré [el Consolador]” (Juan 16:7).

Se trata de un don de enorme poder. Las Escrituras nos enseñan lo que éste brindará a quienes ansiosamente lo reciban: “El Espíritu Santo… da testimonio del Padre y del Hijo” (D. y C. 20:27; véase también 1 Corintios 12:33 Nefi 28:11D. y C. 42:17). El Espíritu Santo nos enseña todas las cosas y nos recuerda todo (véase Juan 14:26). Nos guía a la verdad y nos hace saber las cosas que han de venir (véase Juan 16:13). Ilumina nuestra mente y llena el alma de gozo (véase D. y C. 11:13), y es por medio de Su poder que podemos llegar a saber la verdad de todas las cosas (véase Moroni 10:5). Nos descubrirá los misterios de Dios (véase 1 Nefi 10:19).

Nos muestra lo que tenemos que hacer (véanse 1 Nefi 4:6D. y C. 8:2). Inspira a quienes enseñamos (véase 2 Nefi 33:1). Y, lo que más importa, la remisión de los pecados viene por medio de la Expiación, “por el bautismo y por fuego, sí, por el Espíritu Santo” (D. y C. 19:31; véase también 2 Nefi 31:17), lo cual nos permite al fin ser santificados por este don y así en el postrer día presentarnos ante Cristo sin mancha (véase 3 Nefi 27:20).

Como discípulos de Cristo, debemos hacer que el don del Espíritu Santo sea una parte consciente y diaria de nuestra vida, así como un asunto de oración.

Este don de la compañía constante del Espíritu Santo está a disposición únicamente de los que hayan sido bautizados y confirmados miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días1. El Espíritu Santo puede ejercer su influencia de vez en cuando en cualquiera que busque la verdad, pero el don del Espíritu Santo queda reservado en su plenitud para los que hayan tomado sobre sí los convenios del Evangelio restaurado2. Se trata de un don real que trae consigo una bendición sublime para los miembros de la Iglesia.

El Espíritu Santo no es un don que se reserva únicamente para unos cuantos —el patriarca, el dedicado maestro orientador, el amigo inspirado— sino que se promete a cada uno de nosotros si con diligencia procuramos hallar el camino de regreso a nuestro hogar celestial. El presidente Wilford Woodruff (1807–1898) recalcó la necesidad que todo Santo tiene de la guía del Espíritu Santo: “[Esforcémonos] de tal forma que [podamos] obtener el Espíritu Santo… Éste es el Espíritu que debemos tener para llevar a cabo los propósitos de Dios en la tierra, y lo necesitamos más que cualquier otro don… Debemos orar al Señor hasta obtener el Consolador. Eso es lo que se nos promete al bautizarnos. Es el Espíritu de luz, de verdad y de revelación, y puede estar con todos nosotros al mismo tiempo”3.

La necesidad de recibir inspiración personal

Vivimos en una época en la que el transporte, la comunicación y el acceso a la información han superado ampliamente lo que había en el pasado, pero los asuntos morales, tales como la honradez, la castidad, el guardar el día de reposo, la responsabilidad familiar e incluso la santidad de la vida —asuntos en los que por mucho tiempo coincidíamos el mundo y los Santos de los Últimos Días— ahora están abiertos a todo tipo de interpretaciones y debates (véase D. y C. 1:16).

A medida que el desarrollo de tecnologías y comunicaciones sigue imponiéndonos al mundo moderno, estar en el mundo sin ser de él nos exige elegir y tomar decisiones de manera constante (véase Juan 17:14). El saber discernir espiritualmente es de suma importancia. Como discípulos de Cristo, debemos hacer que el don del Espíritu Santo sea una parte consciente y diaria de nuestra vida, así como un asunto de oración. El presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Nadie puede sobrevivir en el mundo actual, y mucho menos bajo las condiciones en las que dentro de poco nos tocará vivir, sin inspiración personal”4.

¿Cómo podemos utilizar este don celestial como una brújula vital en nuestras acciones diarias? Tenemos que creer que incluso en nuestras debilidades, la voz suave y apacible que sentimos proviene de nuestro Padre. Debemos orar y pedir y buscar y después no temer cuando nos lleguen respuestas al corazón y a la mente. Crean que son de origen divino, porque lo son.

En febrero de 1847, el profeta José Smith se le apareció a Brigham Young en un sueño o visión. El presidente Young le preguntó al Profeta si tenía algún mensaje para los santos, a lo que éste contestó: “Diga a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de conservar el Espíritu del Señor, el cual le guiará con rectitud. Que tengan cuidado y no se alejen de la voz apacible; ésta les enseñará [lo que deben] hacer y a dónde ir; les proveerá los frutos del reino. Diga a los hermanos que tengan el corazón dispuesto al convencimiento a fin de que cuando el Espíritu Santo llegue a ellos, su corazón esté listo para recibirlo”5.

El creer que la revelación les llegará tanto a ustedes como a los demás significa tener el corazón receptivo a la convicción.

Las impresiones del Espíritu Santo

Existen muchos ejemplos inspiradores de cómo el Espíritu Santo se hace sentir en las vidas de los miembros de la Iglesia. Por lo general son apacibles e íntimos, y sólo parecen espectaculares cuando echamos la vista atrás y consideramos los cambios que se efectuaron a raíz de ellos. Piensen en sus propias vivencias al leer este muestrario de experiencias que se han compartido conmigo:

  • Una mujer consideraba algunas opciones laborales que le interesaban ahora que sus hijos habían vuelto a la escuela. Estaba sentada en la reunión sacramental cuando el presidente de estaca se puso de pie para dar su testimonio y leyó un pasaje de las Escrituras: “No busques las riquezas ni las vanidades de este mundo, porque he aquí, no las puedes llevar contigo” (Alma 39:14). El versículo penetró su corazón profundamente ese día de reposo al recibir confirmación espiritual de las cosas que debía hacer durante el año venidero.
  • Un niño de ocho años se bautizó y después fue confirmado miembro de la Iglesia, recibiendo el don del Espíritu Santo de manos de su padre y de su abuelo. Cuando el muchacho alegremente se puso de pie para compartir su testimonio, de repente experimentó tanta emoción que apenas podía hablar. Un hermano, al relatar la experiencia, dijo: “Sentí el Espíritu con mucha fuerza en ese momento”.
  • Un misionero y su compañero llamaron a la puerta de una investigadora a quien le habían entregado un Libro de Mormón. Cuando la anciana abrió, el misionero sintió que lo invadía un potente sentimiento. La mujer les dio la bienvenida y les explicó que había leído y que creía lo que le habían enseñado. El joven misionero se vio tan afectado por el sentimiento que experimentó que oró: “Amado Padre, te ruego que nunca me dejes olvidar lo que he sentido hoy”.
  • Una joven universitaria que estaba lejos de casa se había empezado a sentir terriblemente sola. En sus oraciones suplicaba recibir ayuda para solucionar su crisis. Una mañana, estando en clase, experimentó un extraordinario sentimiento de consuelo y se le ocurrió una idea: “Nunca estás sola”. Sus oraciones fueron contestadas, y no volvió a sentirse triste por estar lejos de casa.
  • Un padre fiel se encontraba en camino para ayudar a un hijo que había tomado algunas decisiones erradas y ahora iba a sufrir las consecuencias de esas elecciones. En las largas y silenciosas horas que le llevó llegar hasta donde él estaba, oró angustiado por causa de los errores de su hijo. Entonces a este padre le vino de forma muy clara y nítida este pensamiento: “Él es Mi hijo también”.
  • Una Laurel de 16 años estaba en una clase de Escuela Dominical escuchando al maestro. Era la época de Pascua de Resurrección, y el maestro había preparado una clase sobre la Expiación. Al tocar el tema del sufrimiento que el Salvador había soportado, el maestro habló sobre lo que significaba sangrar por cada poro, ser azotado y sufrir en la cruz. La joven nunca había pensado acerca de la Expiación con tanto detalle y acudió a su mente una imagen. Más de 15 años después, habló emocionada sobre aquella experiencia: “Ese día el Espíritu Santo me testificó que Jesús es el Cristo”.

La importancia de la obediencia

Vivimos en una época en la que nos rodean los más corrosivos elementos del mal. La tecnología de la comunicación, que nos brinda muchas cosas maravillosas, también invade nuestras comunidades —e incluso nuestras casas si no tenemos cuidado— con cosas que rápidamente pueden insensibilizarnos contra el don del Espíritu Santo. Debemos estar siempre alerta en cuanto a lo que permitamos que ejerza influencia en nuestro espíritu.

Si desean mayor claridad para entender la voz suave y apacible y creer en ella, no existe mejor remedio que una mayor obediencia. Jesús les dijo a Sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).

El presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, ofreció una solución sencilla para saber escoger correctamente a qué voz seguir: “Escuchemos y sigamos la voz del Espíritu. Ésa es una solución antigua, aun eterna, y quizás no sea popular en una sociedad que siempre busca cosas nuevas. Se requiere la paciencia en un mundo que exige la satisfacción instantánea de sus deseos. Esa solución es silenciosa, tranquila y sutil en un mundo que está prendado de lo que es estridente, incesante, de ritmo apresurado, ofensivamente rimbombante y tosco. Esa solución requiere que seamos contemplativos… Esa solución requiere que caminemos por medio de la fe en un mundo gobernado por el sentido de la vista”6.

Momentos apacibles para reflexionar

He pensado a veces en lo diferentes que son las vidas de mis hijos comparadas con la mía, habiéndome criado en la pequeña granja familiar en el sur de Idaho en las décadas de 1950 y 1960. Días largos en los que ponía una cerca con mi padre, horas calladas en las que movía tubos de irrigación en los sembrados de papas (patatas), una casa en la que había un televisor que tenía sólo tres canales, sin computadora (ordenador), sin MP3, sin teléfonos móviles, con pocos viajes más allá de los pueblos cercanos, pocas distracciones y mucho tiempo en familia, tales fueron los cimientos de muchas personas de mi generación.

En el mundo de hoy debemos proporcionar a nuestros hijos momentos apacibles y de reflexión, y enseñarles a escuchar la voz suave y apacible. Con todas las bendiciones que nos ha otorgado la edad moderna, no desechemos aquello que promueve las impresiones del Espíritu: tiempo aparte para orar, meditar y leer las Escrituras, así como tiempo en familia sin las interrupciones del ruido, las distracciones y el exceso de actividades.

Responder a los susurros

Al obedecer las impresiones que recibimos, aprendemos a confiar en que efectivamente vienen del Padre. “Crecemos” (véase D. y C. 109:15) al aprender a discernir esa voz.

El presidente Thomas S. Monson nos ha aconsejado nunca postergar el obedecer un susurro del Espíritu. “Velamos y esperamos. Escuchamos para oír esa voz suave y apacible”, declaró en una conferencia general. “Cuando habla, los hombres y las mujeres sabios obedecen. No postergamos el seguir las impresiones del Espíritu”.

El presidente Monson a continuación compartió una experiencia sobre un amigo que se llamaba Stan, que sufría de una enfermedad que lo había dejado parcialmente paralizado. A pesar de una excelente atención médica y de las oraciones de familiares y amigos, Stan quedó postrado, por lo que empezó a desesperarse.

En el mundo de hoy debemos proporcionar a nuestros hijos esos momentos apacibles y de reflexión, y enseñarles a escuchar la voz suave y apacible.

“Un atardecer, nadaba yo de espaldas en el Gimnasio Deseret, con la mirada perdida en el techo mientras avanzaba, brazada tras brazada”, recordó el presidente Monson. “Sin palabras, pero con suma claridad, me vino a la mente un pensamiento: ‘Ahí estás, nadando sin problemas, mientras tu amigo Stan languidece en su cama de hospital, sin poder moverse’. Sentí la impresión: ‘Vete al hospital y dale una bendición’.

“Dejé de nadar, me vestí y me apresuré a dirigirme al hospital, al cuarto de Stan. La cama estaba vacía; una enfermera me dijo que él estaba en su silla de ruedas preparándose para la terapia en la piscina. Me apresuré para llegar al lugar, y allí encontré a Stan, solito, al borde de la parte más profunda de la piscina. Nos saludamos, y volvimos a su cuarto, donde le di una bendición del sacerdocio”.

Stan finalmente recobró la fuerza y el movimiento de sus piernas, y aprendió a caminar nuevamente. El presidente Monson siguió: “A algunos [Stan] confiesa las sombrías ideas depresivas que lo envolvían aquella tarde, mientras esperaba en la silla de ruedas, al borde de la piscina, aparentemente condenado a una vida desesperada; y cuenta de la alternativa que contemplaba: sería tan fácil mover la odiada silla hacia las aguas silenciosas de esa honda piscina; entonces, la vida se habría terminado. Pero en ese preciso momento me vio a mí, su amigo. Aquel día Stan aprendió literalmente que no estamos solos. Yo también aprendí una lección ese día: Nunca, nunca, nunca se deja para más tarde el responder a un susurro del Espíritu”7.

El Señor, al hablar de Su segunda venida, hizo hincapié en que el don del Espíritu Santo debe mantenerse potentemente activo entre Sus Santos: “Porque aquellos que son prudentes y han recibido la verdad, y han tomado al Santo Espíritu por guía, y no han sido engañados, de cierto os digo que éstos no serán talados ni echados al fuego, sino que aguantarán el día” (D. y C. 45:57).

Vivimos en un día extraordinario de oportunidades, aprendizaje y prosperidad. Sin embargo, junto a estas maravillas llegan también los engaños degradantes del adversario, que intentan abrirse paso hasta la esencia de nuestras vidas, aun tratando de incrustarse en el refugio seguro de nuestros hogares. No seremos engañados si recibimos el Espíritu Santo como nuestro guía y exhibimos prudencia al conocer, resguardar y cultivar este don. Y en la medida en que aumente el mal en el mundo, el don del Espíritu Santo será un poder compensador para los rectos.

Al ponerle más atención a este don divino, “aguantaremos el día” y viviremos de nuevo con nuestro Padre Celestial.


1.Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 50.
2.Véase Dallin H. Oaks, “Para que siempre tengan su Espíritu”, Liahona, enero de 1997, pág. 65.
3.Enseñanzas: Wilford Woodruff, págs. 47, 52–53.
4.Boyd K. Packer, “La reverencia inspira la revelación”, Liahona, enero de 1992, pág. 25.
5.Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 103; cursiva agregada.
6.James E. Faust, “La voz del Espíritu”, Liahona, junio de 2006, pág. 6.
7.Véase Thomas S. Monson, “El Espíritu vivifica”, Liahona, julio de 1985, pág. 65.

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