El precio del ser discípulos de Cristo

El precio del ser discípulos de Cristo

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Abril 1999

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”.


Hace muchos años, mientras ejercía la abogacía en forma inde­pendiente, un abogado del estado de Texas me contrató para que me encargara de un asunto legal suyo en Utah.

Ese asunto legal se solucionó satisfactoriamente con el pago de cierta suma de dinero que se abonó a nuestra oficina por medio de un cheque bancario. Una vez que lo recibimos, envié el mencionado cheque a mi amigo de Texas sin haberlo cobrado antes, pensando que él devolvería cierta cantidad del mismo a nuestro despacho con el fin de ajustar debidamente, por nuestro intermedio, el arreglo al cual se había llegado.

Una vez que le hube enviado el cheque, no supe nada más de mi amigo. Durante varios meses ni cartas, ni telegramas ni llamadas telefónicas dieron resultado para poder comunicarnos con él. Comencé entonces a preocu­parme seriamente, ya que no se trataba de mi dinero y, si él no cumplía Salvador, tal como se encuentran registradas en Mateo, que dicen que los verdaderos cristianos deben orar por. quienes los ultrajan (véase Mateo 5:44). En esa ocasión yo me sentía verdaderamente ultrajado. En esa época yo prestaba servicio como obispo en la Iglesia, por lo que me reprendí a mí mismo por no haber sido tan buen cristiano como era mi deber. No había tenido en cuenta en primer lugar las indicaciones del Maestro; y fue así que, en el momento y en el lugar apropiados, me arrodillé y ofrecí una sencilla pero sincera oración por el bienestar de ese hombre de Texas. Me avergüenza confesar que ésa fue la primera vez que el único propósito de mi oración iba diri­gido al bienestar de quien, en mi opinión, no se había portado bien conmigo. Parece que la oración fue escu­chada casi inmediatamente y los resultados fueron espec­taculares. En lo que tarda en llegar una carta por avión desde Texas, nos llegó una misiva de ese señor con el dinero prometido, En su carta nos explicaba que había estado gravemente enfermo internado en un hospital y que por esa razón se había visto obligado a cerrar su despacho, pero que ya se sentía mejor. Además, nos pedid: perdón y se disculpaba por los inconvenientes que esto nos había causado.

Relato esta experiencia sin pedir disculpas a quien pudiera pensar que fui débil, inepto o tonto por haber procurado, seguir humildemente el mandamiento del Salvador al buscar la solución de un problema práctico.

El precio del ser discípulos de Cristo es la obediencia. En muchos idiomas, la palabra discípulo tiene la misma raíz que el término disciplina. La autodisciplina y el autocontrol son características constantes y permanentes de los seguidores de Jesús.

Los discípulos de Cristo no sólo reciben el llamamiento de abandonar la búsqueda de  cosas materiales, sino también de llevar la cruz, o sea, obedecer Sus mandamientos y edificar Su Iglesia sobre la tierra. Jesús de Nazaret dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí niegúese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). “ Y él que no lleva su cruz y viene en pos puede ser mi discípulo’ (Lucas 1;4.:2

Los verdadoros discípulos del Salvador deben estar preparados para dar su vida y con su palabra, me sentiría obligado, por mi honor, a pagar el dinero que se debía. La solución obvia era hacer una demanda en contra suya; sin embargo, pensé en la posibilidad de buscar una solución menos drástica.

Recuerdo que de niño mi madre me había enseñado las palabras del algunos han tenido el privilegio de hacerlo. Dietrich Bonhoefer [pastor y teólogo alemán, 1906-1945] dijo:

“Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y dé su vida”. En Doctrina y Convenios se encuentra el siguiente consejo:
“Ningún hombre tema dar su vida por mi causa; porque quién dé su vida por mi causa, la hallará de nuevo.
“Y el que no esté dispuesto a dar su vida por mi .pausa no es mi discípulo” (1.03:27-28).

Sin embargo, a la mayoría de nosotros no se nos pide que demos nuestra vida por la Iglesia, sino que vivamos para ellá. El precio del ser discípulos podría el dejar a un lado muchas cosas. Algunas personas han experimentado cuán grande es el precio de dejar a los seres queridos afin de bautizarse, Jesus enseño: “Y cualquiera que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas o padre, o madre, o mujer, o hijo tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mateo 19:29).

El vivir diariamente una vida cristiana podría ser para muchos más difícil que dar la propia vida. Aprendimos durante la época de la guerra que muchos hombres eran capaces de llevar a cabo actos de abnegación, de heroís­mo y de nobleza en lo que atañe a la vida, pero cuando la guerra terminó y regresaron a casa, no pudieron sobre­llevar la responsabilidad que implica el vivir diariamente los principios eternos y se convirtieron en esclavos del tabaco, del alcohol, de las drogas y del libertinaje que al final hicieron que perdieran la vida.

El precio del ser discípulos es abandonar la malvada transgresión y disfrutar de lo que el presidente Kimball llamó “el milagro del perdón”. Nunca es demasiado tarde; sin embargo, no es posible que haya una remisión de los pecados sin que la tristeza que es según Dios se manifieste con abundancia en la mente, en el corazón y en las acciones del infractor. Un paso primordial que debe dar el transgresor para librarse del mal que ha hecho es confesar la transgresión al juez común en Israel, o sea, el inspirado obispo o presidente de rama del infractor. A pesar de que el perdón se recibe sólo del Señor, la confe­sión es necesaria, entre otras razones, para eliminar el engaño inherente a la maldad cometida.

También debe tenerse en cuenta la restitución como un elemento clave del arrepentimiento y como un requi­sito importante de la restauración de la comprensión espiritual. En términos sencillos, la restitución significa tratar de enmendar el daño que se ha causado. Llega el momento en que cada uno sabe que ha quedado limpio de sus pecados, y esa certeza se recibe por medio de la “paz de conciencia” de la que habló el rey Benjamín en el Libro de Mormón (Mosíah 4:3). Pero ese perdón sanador lo recibimos sólo cuando hemos hecho todo lo que haya estado a nuestro alcance para rectificar el mal que hayamos hecho.

La mayoría de nosotros pensamos que el precio del ser discípulos es demasiado alto y demasiado oneroso, y para muchos significa el renunciar a demasiadas cosas; sin embargo, la cruz no es tan pesada como aparenta ser, ya que por medio de la obediencia obtenemos mayor forta­leza para llevarla:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;
“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

¿Cuál es el precio del ser discípulos? Primordialmente es la obediencia; es el abandonar muchas cosas. Pero como todo en la vida tiene un precio, éste es un precio que vale la pena pagar si pensamos en la extraordinaria promesa que el Salvador nos ha hecho de tener paz en esta vida y vida eterna en la venidera. Es un precio que no podemos dejar de pagar.

Jesús es el cabeza de esta Iglesia. Esta es Su obra y El vela por ella. Sé que Dios habla; me ha hablado a mí y les hablará también a ustedes, porque El no hace acepción de personas. Ruego que vivamos de tal manera que logremos que eso sea posible, y que obedezcamos Sus mandamientos y a Sus profetas vivientes, y seamos fieles a ellos, para que de esa forma estemos dispuestos a pagar completamente el precio requerido para ser Sus discípulos y adelantar Su obra en todo el mundo. □

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