“Si lo sobrellevamos bien… ”

“Si lo sobrellevamos bien… ”

por el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles
Liahona Abril 1999

En lugar de simplemente soportar las pruebas, debemos dejar que éstas influyan en nosotros para santificamos.


El tratar de comprender las pruebas y el significado de la vida sin antes entender el maravilloso plan de nuestro Padre Celestial en su totalidad es como intentar comprender una obra de teatro de tres actos y ver sólo el segundo. Afortunadamente, nuestro conocimiento del Salvador Jesucristo y de Su expiación nos ayuda a soportar las pruebas, a darnos cuenta del propósito que tiene el sufrimiento y a confiar en Dios con respecto a lo que no comprendemos.

Las verdades reveladas nos dan la tranquilidad de saber que estamos rodeados de la empatia divina. Tal como testificó Enoc, adoramos a un Dios que lloró por la innecesaria infelicidad e iniquidad humanas (véase Moisés 7:28-29, 33, 37). La empatia perfecta de Jesús quedó asegurada cuando, junto con Su Expiación por nuestros pecados, Él tomó sobre sí nuestras enfermedades, dolores, sufrimientos y dolen­cias y así llegó a conocer todo ello “según la carne” (Alma 7:11-12).

Lo hizo para poder sentir en carne propia la miseri­cordia y la empatia perfectas y personales y, de esa forma, saber cómo socorrernos en nuestras aflicciones. Y por eso comprende plenamente el sufrimiento humano. Cristo en verdad “descendió debajo de todo, por lo que comprendió todas las cosas” (D. y C. 88:6).

La Renovación Doctrinal

Es comprensible que, al no contar con la plenitud del Evangelio, muchas personas tengan un concepto equivo­cado no sólo del sufrimiento humano sino también acerca de Jesucristo y de la Resurrección. Sin la renova­ción y la reafirmación que nos brindan los profetas de nuestros días, sería fácil que lo escrito por los profetas antiguos dejara de leerse cada vez más, se reverenciara cada vez menos y pareciera cada vez menos pertinente a la vida diaria. En forma similar, sin la confirmación y la renovación que brindan las Escrituras adicionales que dan fe de ella, para algunas personas, la Biblia es menos leída, se cree menos en ella y es menos convincente. ¡El género humano necesita desesperadamente alimento doctrinal!

Aun lo repetitivo de la vida diaria tiene su razón de ser. El presidente Brigham Young observó en forma reflexiva:

“A veces pienso que es muy extraño que los hijos de los hombres se hayan creado de tal forma que se haga necesario que se les enseñe la misma lección siempre; pero cuando reflexiono sobre… el propósito de este estado de probación… ya no me parece tan extraño. El hombre ha sido creado para ser independiente en su propia esfera… pero debe pasar constantemente por pruebas y aflicciones, Ha sido creado para ser tan inde­pendiente como cualquier otro ser de la eternidad, pero esa independencia… debe ser probada en este estado de la existencia, debe estar expuesta a las fuerzas tanto del bien como del mal” (en Journal of Discourses, tomo III, pág. 316).

Muchas veces en la vida, a una bendición merecida sigue una experiencia necesaria de prueba y superación. Al júbilo espiritual puede seguirle de cerca una descon­certante irritación o una tentación; de no ser así, el largo ensueño espiritual o la extensa inmunidad a la adversidad podrían llevarnos a olvidar a otras personas que se encuentren en extrema necesidad. Es esencial que hasta el fin de esta breve experiencia terrenal conozcamos a la vez el contraste de lo dulce y lo amargo. Mientras tanto, si somos mansos, aun las cosas rutinarias de la vida diaria nos proporcionan la sufi­ciente lija espiritual para limar nuestra tosquedad y pulir nuestras asperezas.

El Sufrimiento Ennoblece

Anne Morrow Lindbergh advirtió sabiamente: “No creo que el sufrimiento por sí solo enseñe; si así fuera, todo el mundo sería sabio, ya que todos sufrimos. El sufri­miento debe ir acompañado de aflicción, de compren­sión, de paciencia, de amor, de franqueza y de la buena disposición de seguir siendo vulnerable” (citado en “Lindbergh Níghtmare”, Time, 5 de febrero de 1973, pág. 35).

Ciertas formas de sufrimiento, si se sobrellevan bien, ennoblecen de verdad. Annie Swetchine dijo: “Quienes han sufrido mucho son como los que saben muchos idiomas; han aprendido a comprender a todos y a ser comprendidos por todos” (citado en Neal A. Maxwell, We Will Prove Them Herewith, 1982, pág. 123).

El apóstol Pablo, basándose en su considerable expe­riencia personal, comentó: “…ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza”. (Hebreos 12:11). No se espera que ustedes y yo hagamos como que la disciplina es agradable, pero sí se espera que la “sobrellev[emos] bien” (D. y C. 121:8). Sólo entonces disfrutarán del “fruto apacible de justicia” quienes “en ella [hayan] sido ejercitados” (Hebreos 12:11). ¡Pero qué calistenia tan exigente!

Moroni dijo que ciertas convicciones y bendiciones se reciben sólo “después de la prueba de [nuestra] fe” (Eter 12:6). El llevar sobre nosotros el yugo de Jesús nos ayuda a aprender verdaderamente de El al experimentar en forma personal el amor especial que siente por nosotros (véase Mateo 11:29); y de esa forma, también llegamos a apreciar más Su mansedumbre y Su humildad.

Edith Hamilton dijo: “Cuando nuestro amor no es correspondido, el resultado es el sufrimiento, y cuanto más grande es el amor más grande es el sufrimiento. No existe un sufrimiento más grande que el de querer con un amor puro y perfecto a quien se aferra a la maldad y a la autodestrucción. Eso es lo que Dios padeció a manos del hombre” (Spofcesman for God, 1936, pág. 112).

Muchos padres brindan amor y cuidados pero su amor no es correspondido. Esa es una manera de llegar a saber, en nuestra pequeña escala, lo que Jesús experimentó.

Parte del proceso de sobrellevar bien las pruebas consiste en ser lo suficientemente mansos, en medio de nuestro sufrimiento, para aprender de las experiencias que se aplican a nosotros. En lugar de tan sólo soportar estas cosas, debemos dejar que influyan en nosotros de tal manera que sean santificadas para nuestro bien (véase D. y C. 122:7). De ese modo, nuestra empatia también se enriquecerá y será sempiterna.

Así es como la vida está cuidadosamente planeada para que produzca para nosotros, si es que estamos dispuestos a obedecer y a trabajar, una abundante cosecha de experiencias de aprendizaje que se apliquen a nosotros. ¡Pero la temporada de cultivo es tan corta! El campo debe labrarse mucho en medio de sequías, de primaveras tardías y de heladas tempranas. El que desobedece y se desespera, que rehúsa sembrar, labrar y cosechar, no pade­cerá la desesperación tan sólo una temporada, sino toda la vida. El indiferente y el mediocre, que se esfuerzan sólo superficialmente en esta vida, cosecharán muy poco. Unicamente los fieles que se esfuercen con diligencia y estén “anhelosamente consagrados” cosecharán con abundancia (véase Mateo 19:29).

Existe también otro poderoso aliciente para alen­tarnos a sobrellevar bien nuestras aflicciones. El presi­dente Young dijo de Jesús: “¿Por qué habremos de imaginar por un solo instante que podemos ser prepa­rados para entrar en el reino de paz con El y con el Padre sin pasar por similares probaciones?” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág, 278). El apóstol Pablo indicó cómo ese proceso sagrado crea un grupo exclusivo de personas que Kan conocido “la parti­cipación de [los] padecimientos” de Cristo (Filipenses 3:10). Ellas son las que tendrán la máxima capacidad para el servicio, la dicha y la felicidad sin fin.

La Fe en la Naturaleza del Salvador

El presidente Young dijo que para tener una fe verda­dera es necesario tener fe en la naturaleza del Salvador, en Su expiación y en el plan de salvación (en Journal of Discourses, 13:56). La naturaleza del Señor proporcionó el cimiento necesario para Su extraordinaria expiación.

¡Sin Su sublime naturaleza tampoco habría acontecido la sublime Expiación! Su naturaleza fue tal que siguió adelante “sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases” (Alma 7:11), y, sin embargo, “no hizo caso” de las tentaciones (D. y C. 20:22).

C.S. Lewis [novelista inglés] dijo que sólo las personas que resisten las tentaciones conocen en realidad el poder que éstas tienen. Debido a que Jesús las resistió perfectamente, comprendió en forma perfecta la tenta­ción, y es por eso que puede ayudarnos, (Véase Mere Christianty, 1952, págs. 124-125.) El hecho de que Él haya rechazado la tentación y no le haya hecho caso revela Su maravillosa naturaleza, la cual debemos emular (véase 3 Nefi 12:48; 27:27).

Jesucristo, que fue la persona que sufrió muchísimo más, es quien tiene más compasión que nadie, y la tiene por todos nosotros que sufrimos muchísimo menos que El. Pero es más, a pesar de haber padecido más que todos, ¡no siente compasión por sí mismo! Aun durante el desmedido sufrimiento de la Expiación, trató de ayudar a otras personas que padecían mucho menos que El. Por ejemplo, tengan en cuenta cómo en Getsemani, Jesús, que acababa de sangrar por cada poro, restauró sin embargo la oreja que le había sido cortada a uno de sus perseguidores, ¡cuyo sufrimiento pudo no haber notado en vista de su propio dolor! (Véase Lucas 22:50-51.)

Recuerden que Jesús, aun cuando se encontraba dolo- rosamente colgado en la cruz, indicó al apóstol Juan que cuidara de María, Su madre (véase Juan 19:26-27); y cómo en medio del terrible sufrimiento —suma infinita de padecimientos— de la Expiación, de todas formas dio ánimo a uno de los ladrones que se encontraba colgado a Su lado en una cruz y le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). El se interesó en los demás aún en medio de Su espantoso sufrimiento, e intentó ayudar a los demás en circunstancias en que un ser de menos valía sólo habría pensado en sí mismo.

La naturaleza de amor y de discernimiento de Jesús es tal que aconseja a las personas de acuerdo con sus nece­sidades, teniendo en cuenta la capacidad que cada uno tiene para soportar las dificultades. El sanó a diez leprosos, pero sólo uno regresó para agradecerle. No reprendió a ese leproso; en tanto que nosotros a veces descargamos nuestra frustración en quien no se lo merece. El, en cambio, sólo preguntó: “Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17).

A la madre de Santiago y Juan, que conocía más acerca del Evangelio, y que pidió a Jesús que concediera a sus dos hijos categoría especial en el mundo venidero, Cristo la reprendió con un poco más de severidad al decirle: “No sabéis lo que pedís” (Mateo 20:22), y también le indicó que la decisión sería del Padre. Jesús preguntó con insistencia a Pedro tres veces: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:15-17). La tercera vez, cuando Pedro no pudo aguantar más, le imploró: “Señor… tú sabes que te amo”. La respuesta fue el mandato divino: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17), ¡con amor pero con mandato!

Se requiere discernimiento, paciencia y amor para adaptar el consejo a las necesidades específicas de las personas, lo cual es exactamente lo opuesto de lo que ocurre en tantas y tristes relaciones humanas carentes de amor en las que se cataloga con impaciencia y descuido a las personas.

Tengamos en cuenta otro extraordinario aspecto de la naturaleza de Cristo. Jesús —tal como lo había prome­tido en la vida preterrenal— siempre dio la gloria al Padre, como lo revelan las palabras maravillosas: “gloria sea al Padre” ,(D. y C. 19:19). Este ejemplo de dar la gloria al Padre, según nos dijo una vez el presidente Howard W. Hunter a un grupo pequeño, era para él, de entre todas las palabras extraordinarias y perfeccionadoras de la sección 19, lo más impresionante.

La Expiación es la expresión más grande de la amorosa bondad de Cristo. Él soportó tantas cosas. Por ejemplo, tal como se profetizó, escupieron sobre él (véase 1 Nefi 19:9; Mosíah 3:9) y, como se predijo, lo azotaron y lo hirieron (véase 1 Nefi 19:9; Mosíah 3:9). Asimismo, le ofrecieron vinagre y hiel cuando padecía en extremo de sed (véase Salmos 69:21).

Y aun así, en la posterior descripción de Su dolor, Jesús no menciona todo eso, sino al contrario, después de la Expiación, no hace mención de que escupieron sobre él, de que fue azotado, de que fue herido ni de que se le ofreció vinagre y hiel. En cambio, Cristo nos confía Su angustia más grande, a saber, la de “no tener que beber la amarga copa y desmayar” (D. y C. 19:18). Afortunadamente para todos nosotros, Él acabó Sus “preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C. 19:19). Jesús bebió de la copa más amarga de la historia del mundo ¡sin volverse Él un amargado! Cuando vuelva nuevamente con majestuosidad y poder, de manera signi­ficativa citará su soledad al decir: “He pisado yo solo el lagar” (D. y C. 133:50).

La Expiación Infinita Requirió un Sufrimiento también Infinito

El Libro de Mormón describe la expiación de Jesús como “una expiación infinita” (Alma 34:12); sin lugar a dudas requirió un sufrimiento infinito. Cuando angus­tiado y apesadumbrado Jesús entró en Getsemaní, “se postró en tierra” (Marcos 14:35). Él no se limitó a arro­dillarse, a orar con fervor brevemente y a irse. Su padeci­miento fue tan intenso que comenzó a sangrar por cada uno de los miles de poros de Su piel (véase D. y C. 19:18). Un ángel, cuya identidad no conocemos, llegó a fortalecerlo (véase Lucas 22:43). Marcos registró que Jesús comenzó a “entristecerse y a angustiarse” (Marcos 14:33), que en griego, respectivamente, quiere decir que se sintió “asombrado y sobrecogido” y “deprimido y abatido”, ¡Ninguno de nosotros puede decirle a Cristo lo que es la depresión!

Durante el transcurso de esa extraordinaria oración, rogó al Padre con los términos más íntimos y familiares: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36). Ésa no fue una oración fingida, ¡sino un ruego real que el Hijo que sufría le dirigía a Su amado Padre en un momento de la más profunda angustia!

En la Expiación, Jesús experimentó lo que más tarde describió como “…[el] furor de la ira del Dios Omnipotente” (D. y C. 76:107; 88:106). Ni siquiera podemos comenzar a imaginarnos cómo hubiera sido tomar el lugar de cada uno de nosotros y pagar el precio de nuestros pecados.

A pesar de no haber cometido pecado alguno, El tomó sobre sí los pecados de billones de personas; por lo que Su empatia y Su misericordia se volvieron plenamente perfectas y personalizadas. Fue así como El “descendió debajo de todo, por lo que comprendió todas las cosas” (D. y C. 88:6; véase también 122:8).

Lo más probable es que El haya sido azotado con un látigo romano de varias correas; en la punta de cada una de ellas había objetos afilados destinados a rasgar la piel. Los tensos músculos de Su espalda tuvieron que haberse desgarrado. Si fue golpeado con los 39 latigazos que solían darse, los primeros le habrían causado moretones y los últimos le habrían desgarrado la carne. Algunos facul­tativos han escrito que, en términos médicos, Jesús habría llegado a encontrarse en estado grave o crítico debido a la pérdida de sangre; y, como sabemos por medio de la revelación, El ya había sangrado por cada uno de Sus poros en el jardín de Getsemaní (véase Wílliam D. Edwards, Wesley J. Gabel, Floyd E. Hosmer, “On the Physical Death of Jesús Christ”, Journal of the American Mediad Assodation, 21 de marzo de 1986, pág. 1458).

El menosprecio y la deshonra que Jesús, como Ser divino, sintió en forma tan intensa por haber aceptado mansamente el castigo en lugar nuestro es el cumpli­miento de otra profecía: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compade­ciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé” (Salmos 69:20). Su corazón fue quebrantado al padecer “tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). El tembló a causa del dolor, y, aun así, en medio de Su profunda soledad, terminó Sus preparativos, [levando a cabo la incondicional inmortalidad de toda la humanidad y la “vida eterna” para todos los que guarden Sus mandamientos (Moisés 1:39).

La vida está cuidadosamente planeada para que produzca para nosotros, si es que estamos dispuestos a obedecer y a trabajar, una abundante cosecha de experiencias de apren­dizaje que se apliquen a nosotros, ¡Pero la tempo­rada de cultivo es tan corta!

En el momento de mayor intensidad de Su dolor, Jesús clamó sobre la cruz Su desamparo desde lo más profundo de Su alma: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). El presidente Young, con su discernimiento, nos ayuda a comprender la soledad que jesús padeció, la cual fue un aspecto exclusivo de Su padecimiento: “En ese preciso momento, en el instante culminante en que [Jesús] tenía que ofrecer Su vida, el Padre se apartó de El, apartó Su Espíritu, y lo cubrió con un velo, Eso es lo que hizo que él sudara sangre. Si El hubiera contado con el poder de Dios, no habría sudado sangre; pero todo le fue quitado y un velo lo cubrió y entonces fue cuando El rogó al Padre que no lo desam­parara” (en Journal of Discourses, 3:206).

Cuando Jesús vuelva en majestuosidad y poder extra­ordinarios, en por lo menos una de Sus apariciones vendrá con vestimenta roja para recordarnos que El derramó Su sangre para expiar nuestros pecados (véase D. y C. 133:48; Isaías 63:1). Su voz se escuchará al declarar nuevamente lo solo que estuvo una vez: “He pisado yo solo el lagar… y nadie estuvo conmigo” (D. y C. 133:50).

Una Cosecha de Abundantes Bendiciones

Cuanto más sepamos acerca de la expiación de Jesús, más lo glorificaremos a El y más glorificaremos Su expiación infinita y Su naturaleza sublime con humildad y gozo. Nunca nos cansaremos de rendirle homenaje por Su bondad y Su amorosa benevolencia. ¿Durante cuánto tiempo más hablaremos de esta manera de nuestra gratitud por Su expiación? Las Escrituras aconsejan: “¡para siempre jamás!” (D. y C. 133:52; véase Isaías 63:7).

Alabado sea Dios por la cosecha de abundantes bendi­ciones de la Restauración, las que en realidad sobrea­bundan. Al igual que Jacob, yo también exclamo con humildad: “¡Oh cuán grande es el plan de nuestro Dios! (2 Nefi 9:13).

¡Alabado sea Jesús por Su grandiosa expiación, el hecho central de toda la historia del género humano! ¡Alabado sea el profeta José Smith, por medio de quien recibimos este torrente de doctrina restaurada!

¡Tanto ustedes como yo somos tan bendecidos por formar parte de una obra que cumple un propósito importante, una obra que tendrá éxito, una obra que realmente vale la pena! Con humildad doy testimonio del Salvador, cuya obra ésta es y de la veracidad de Su maravillosa expiación. □

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