El valor de cada alma

Ven, sígueme: Doctrina y Convenios 18–19

El valor de cada alma

Por el hermano Jan E. Newman
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical


22 – 28 febrero

¿Por qué somos de tanto valor para nuestro Padre Celestial?

Hace poco, sentí la impresión de volver a comunicarme con una familia a la que mi compañero y yo habíamos enseñado y bautizado cuando era misionero hace unos cuarenta años en Bruselas, Bélgica. Hacía tiempo que no hablaba con ninguna de esas personas.

Por medio de la maravillosa tecnología de hoy en día, busqué a la madre de esa familia en las redes sociales y pude tener una maravillosa videollamada con ella. Recordamos las experiencias sagradas que habíamos compartido años atrás, cuando su familia aprendió sobre el Evangelio restaurado.

No disfrutaba de buena salud, y algunas circunstancias la habían separado de su familia. Mientras conversábamos, sentí el profundo amor que el Padre Celestial y el Salvador tenían por esa buena hermana. Percibí su gran valor eterno, aunque se hubiera alejado un poco de la Iglesia. Le expresé mi amor y le testifiqué que Dios la amaba y que estaba pendiente de ella. Los ojos se nos llenaron de lágrimas al expresarnos amor el uno por el otro, y nos comprometimos a comunicarnos más a menudo. Estaba muy agradecido de que un Dios omnisciente y amoroso me hubiera inspirado a tender la mano a mi querida amiga aquel día.

El “porqué” del amor de Dios

Cuando un ángel le preguntó a Nefi si comprendía la condescendencia de Dios, él respondió con humildad: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17). Me he preguntado a menudo cómo llegó a entender Nefi esta sencilla y hermosa verdad: Dios ama a Sus hijos. Está claro que conocía la doctrina de Cristo como le habían enseñado sus “buenos padres” (1 Nefi 1:1), pero también conocía el “porqué” del Salvador. ¿Y cuál es ese “porqué”?

¿Por qué estuvo dispuesto Dios a dejar que Su hijo sirviera como sacrificio? ¿Por qué nos envió aquí para ser probados? Porque, como se enseña en otra verdad igual de hermosa, “el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (Doctrina y Convenios 18:10).

¿Por qué somos de tanto valor para Él? Naturalmente, nos ama porque somos Sus hijos, pero en los siguientes versículos, Él describe el gran don que nos dio a cada uno de nosotros a causa de Su amor por nosotros: Su Hijo Unigénito, Jesucristo. Él envió a Su Hijo a padecer “la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él. Y ha resucitado de entre los muertos, para traer a todos los hombres a él, mediante las condiciones del arrepentimiento” (Doctrina y Convenios 18:11–12). Él nos dice: “… esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

El arrepentimiento y el gozo

No es de extrañar que el Padre Celestial sienta mucho gozo cuando nos arrepentimos. La disposición a arrepentirnos es la prueba de nuestra profunda gratitud por el magnífico e inigualable don del Salvador y Redentor del mundo. Es solo por medio de Jesucristo que podemos ser dignos de presentarnos con confianza ante la presencia de Dios (véase Doctrina y Convenios 121:45).

El presidente Russell M Nelson explicó: “Demasiadas personas consideran el arrepentimiento como un castigo; algo a evitarse excepto en las circunstancias más graves; pero es Satanás quien genera ese sentimiento de castigo. Él trata de impedir que miremos hacia Jesucristo, que espera con los brazos abiertos, con la esperanza y disposición de sanarnos, perdonarnos, limpiarnos, fortalecernos, purificarnos y santificarnos […].

“Nada es más liberador, más ennoblecedor ni más crucial para nuestro progreso individual que centrarse con regularidad y a diario en el arrepentimiento. El arrepentimiento no es un suceso; es un proceso; es la clave de la felicidad y la paz interior. Cuando lo acompaña la fe, el arrepentimiento despeja el acceso al poder de la expiación de Jesucristo”1.

Se nos invita a ayudar

Muchas veces, en las revelaciones de los últimos días, el Señor invita a Sus hijos siervos que lo ayuden a Él y a Su Hijo en la obra de salvación y exaltación (véase Doctrina y Convenios 18:14). ¡Piense en ello! En nuestro estado imperfecto, el Dios del universo nos invita a ayudar a Sus hijos, que son de gran valor, a regresar a Él. Él sabe que la obra es difícil; habrá muchas personas que no aceptarán nuestra invitación de escucharlo a Él. Sin embargo, Él afirma que es el Dios de “cada persona en particular”. “Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (Doctrina y Convenios 18:15; cursiva agregada).

Quizás se pregunte: “¿Qué puedo hacer para ayudar a alguien a venir a Cristo, arrepentirse y ser bendecido por medio de Su sacrificio expiatorio?”.

El élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dio este consejo sobre participar en la obra de salvación y exaltación: “Comprendan que no es su trabajo convertir a las personas; esa es la función del Espíritu Santo. Su función es compartir lo que guardan en el corazón y vivir de forma consecuente con sus creencias.

“De modo que no se desanimen si alguien no acepta el mensaje del Evangelio de inmediato. No es un fracaso personal.

“Eso queda entre la persona y el Padre Celestial.

“Su función es amar a Dios y amar a su prójimo, es decir: Sus hijos.

“Crean, amen, hagan.

“Sigan ese camino, y Dios obrará milagros mediante ustedes para bendecir a Sus preciados hijos”2.

En ambos lados del velo

La invitación a venir a Cristo por medio del arrepentimiento no está reservada solo para los que viven en la tierra. “Los muertos que se arrepientan serán redimidos, mediante su obediencia a las ordenanzas de la casa de Dios” (Doctrina y Convenios 138:58). La obra del templo y de historia familiar son aspectos importantes para recoger al Israel disperso en ambos lados del velo. Podemos sentir un gozo inmenso al efectuar la obra por aquellos que han partido al mundo de los espíritus sabiendo que, en ese lugar, como dijo el presidente Wilford Woodruff (1807–1898): “Habrá muy pocos, si es que hay algunos, que no acepten el Evangelio”3. Sin duda, esperarán el día en que las ordenanzas de salvación se efectúen por ellos en la casa del Señor.

El élder Dale G. Renlund, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Cuando reunimos nuestras historias familiares y vamos al templo por nuestros antepasados, Dios cumple muchas de estas bendiciones prometidas de manera simultánea a ambos lados del velo. De manera similar, somos bendecidos cuando ayudamos a otras personas en nuestros barrios y estacas a hacer lo mismo. Los miembros que no viven cerca de un templo también reciben estas bendiciones al participar en la obra de historia familiar, reuniendo los nombres de sus antepasados para que se lleven a cabo las ordenanzas del templo”4.

Es maravilloso saber que nuestro Padre Celestial ama a cada uno de Sus hijos; somos de gran valor para Él. Cada uno de nosotros tiene la sagrada responsabilidad de ministrar a Sus hijos a ambos lados del velo y ayudarlos a darse cuenta de su gran valor.

Ayúdelos a ver su valor

Lo invito a tender la mano a aquellos que han formado parte de la vida de usted y a quienes quizás se les haya olvidado por un tiempo. Tienda la mano a los que se han apartado de la senda de los convenios. Ministre a los que necesitan el amor de Cristo. Establezca una conexión con las personas del otro lado del velo mediante la obra del templo y de historia familiar, incluyendo la indexación. Ayude a los demás a sentir el amor de Dios por medio de usted.Tal como nos habíamos comprometido, mi querida amiga belga y yo hablamos cada domingo durante más de cuatro meses. La invité a que se descargara la aplicación Bibloteca del Evangelio. Se le avisó al presidente de su rama acerca de ella, y los misioneros la visitaron y le dieron una bendición. La siguiente semana, por primera vez en más de treinta años, asistió a la reunión sacramental. La última vez que hablamos, estaba llena de gozo por haber reconectado con el cuerpo de la Iglesia de Jesucristo.

También me dijo que su hija mayor todavía estaba activa en la Iglesia. Inmediatamente, me puse en contacto con la hija por videollamada. Me presentó a cada uno de sus cuatro hermosos hijos, y luego me dijo que los misioneros de tiempo completo irían esa noche a cenar a su casa. ¡Qué bendición fue comprobar que todavía era miembro fiel de la Iglesia!

Mientras conversaba con ella, entendí, hasta cierto punto, el mensaje de este pasaje de las Escrituras: “Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (Doctrina y Convenios 18:16).

¡El valor de cada alma es grande!


  1. Russell M. Nelson, “Podemos actuar mejor y ser mejores”, Liahona, mayo de 2019, pág. 67.
  2. Dieter F. Uchtdorf, “La obra misional: Compartir lo que guardan en el corazón”, Liahona, mayo de 2019, pág. 17.
  3. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 198.
  4. Dale G. Renlund, “La obra del templo y de historia familiar: Sellamiento y sanación”, Liahona, mayo de 2018, pág. 49.
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