Las escrituras: ¡Cuan singular tesoro!

Las escrituras: ¡Cuan singular tesoro!

por el presidente Spencer W. Kimball


Mis amados hermanos, mi propósi­to al preparar este mensaje es el de alentaros a que estudiéis las Escritu­ras. El Señor ha dicho: “Escudriñad las escrituras; porque. . . dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

Tal vez os hayáis percatado de que hace muchos años las Autoridades Ge­nerales han estado exhortando con in­sistente frecuencia a los miembros a adoptar un programa de estudio diario del evangelio, tanto en forma indivi­dual como familiar. Asimismo, los libros canónicos han reemplazado a los demás como texto en el programa de estudio para los adultos de la Iglesia, y pocas son las reuniones que finalicen sin la inspirada amonestación de los líderes del sacerdocio, para que los miembros lean y estudien las Escritu­ras.

Creemos que se ha hecho una mejo­ra notable en este aspecto. Muchos son los miembros de la Iglesia que llevan las Escrituras a las reuniones, yendo así preparados para aprender y analizar los temas del evangelio. De acuerdo con la inspiración divina, muchos pa­dres están usando los libros canónicos para enseñarles a sus hijos las doctri­nas del reino. Consideramos con pla­cer y gran satisfacción estas cosas, sa­biendo que muchas serán las bendiciones obtenidas como conse­cuencia de esa actitud.

Sin embargo, nos entristece saber, a medida que viajamos por las estacas y misiones de la Iglesia, que todavía hay muchos santos que no leen ni meditan las Escrituras en forma regular, y que asimismo tienen poco conocimiento de las instrucciones del Señor a los hijos de los hombres. Muchos han sido bau­tizados y han entrado en ese sendero recto y angosto, y sin embargo han fra­casado en dar el paso adicional reque­rido para “[deleitarse] en la palabra de Cristo, [perseverando] hasta el fin” (2 Nefi 31:19-20).

Solamente los fieles recibirán la re­compensa que el Señor prometió, o sea, la vida eterna, ya que nadie puede recibirla sin llegar a ser “hacedor de la palabra” (véase Sant. 1:22), valeroso y obediente a los mandamientos del Se­ñor.

Y nadie puede ser “hacedor” de la palabra sin llegar primero a ser “oi­dor”. Y no se llega a ser “oidor” per­maneciendo ociosamente a la espera de migajas de información y conocimiento que puedan recibirse por casua­lidad; hay que investigar, estudiar, orar y comprender. El Señor dijo: “Y aquel que no recibe mi voz no conoce mi voz, y no es mío” (D. y C. 84:52).

Además del constante aliento y las exhortaciones que recibimos de nues­tros actuales líderes de la Iglesia, los profetas antiguos parecen gritarnos desde las páginas de las Escrituras, instándonos a que las estudiemos, “las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2Tim. 3:15). Pero no siempre oímos, y sería conveniente que nos preguntásemos por qué.

Muchas veces parecería que las to­máramos con ligereza, ya que no apre­ciamos completamente el singular pri­vilegio que tenemos de poseerlas, y lo bendecidos que somos porque tenemos la oportunidad de leerlas. Parece que nos hemos adaptado tan cómodamente a nuestras experiencias en este mundo y hemos llegado a acostumbrarnos de tal forma a tener el evangelio a nuestro alcance, que nos es difícil imaginar que no fuera así en otras épocas.

Pero debemos comprender que hace solamente 165 años que el mundo emergió de la larga noche de oscuridad espiritual que llamamos la gran apostasía. Debemos comprender algo de la profundidad de esas tinieblas que pre­valecieron antes del día primaveral de 1820, cuando el Padre y el Hijo apare­cieron a José Smith; esa oscuridad ha­bía sido prevista por el profeta Nefi, y él la describe como “ese horrible esta­do de ceguedad” cuando al hombre le fue quitado el evangelio. (Véase 1 Ne­fi 13:32.)

Cuando el Libro de Mormón fue pu­blicado en 1830, los descendientes de los pueblos cuya historia relata habían permanecido en el continente america­no por más de catorce siglos sin ningu­na guía divina. El sagrado registro de estos pueblos había sido sellado para aparecer en esta dispensación del evangelio. Me conmuevo profunda­mente cuando leo el relato del gran profeta Mormón parado en medio de los últimos momentos de la matanza y destrucción de su pueblo, los nefitas, en una terrible escena de sangre y mor­tandad; porque aun cuando sabía, al igual que sucedió con todos los profe­tas del Libro de Mormón, que la oscu­ra edad de la apostasía debía tener lu­gar tal como se había profetizado, declaró con angustia en su alma:

“Pues he aquí, el Espíritu del Señor ha dejado de contender con sus padres [de los lamanitas]; y están sin Cristo y sin Dios en el mundo;. . .Satanás los arrastra, tal como tamo que se lleva el viento; o como el barco que, sin velas, ancla, o cosa alguna con qué dirigirlo, es juguete de las olas; y así como la nave son ellos.” (Mormón 5:16—18.)

También en el Viejo Mundo la gente se encontraba virtualmente sin ancla, ya que la Iglesia primitiva se había su­mido en la apostasía con la muerte de los Apóstoles, y aun cuando existían los manuscritos de la Biblia, los mis­mos se encontraban en manos de unos pocos hombres que carecían de inspi­ración divina. Fue durante estos tiem­pos que muchas de las “partes sencillas y sumamente preciosas” de la Biblia se perdieron. (Véase 1 Nefi 13:28, 32.)

Somos peregrinos sobre esta tierra, enviados aquí con la misión de llevar a cabo una gran obra, para la cual nece­sitamos la guía del Señor. El hecho de que yo no naciera en los tiempos de la oscuridad espiritual en los cuales los cielos estaban mudos y el Espíritu no se manifestaba llena mi alma de grati­tud. En verdad, el estar sin la palabra del Señor que nos dirija es como andar extraviados en un vasto desierto sin contar con señales que nos guíen, o como si nos encontráramos en una os­cura caverna sin la luz necesaria para conducimos al camino de salida.

Durante la guerra de Vietnam, algu­nos miembros de la Iglesia fueron he­chos prisioneros y mantenidos en casi total aislamiento. No disponían de nin­gún libro de Escrituras, y más adelante dijeron cuán hambrientos de palabras de verdad estuvieron durante aquellos tiempos; más hambrientos que de ali­mentos y aun que de la libertad misma. ¡Qué no habrían dado por disponer de unos pocos fragmentos de la Biblia o del Libro de Mormón, que mientras tanto se encontraban acumulando pol­vo en nuestros estantes! Ellos apren­dieron por dura experiencia algo de los sentimientos que Nefi expresó cuando dijo:

“Porque mi alma se deleita en las escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y benefi­cio de mis hijos.

“He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita continuamente las cosas que he visto y oído.” (2 Nefi 4:15-16.)

En un pasaje de las Escrituras, cuan­do el profeta Isaías se refiere a la gran apostasía, dice: “Porque Jehová derra­mó sobre vosotros espíritu de sueño, y cerró los ojos de vuestros profetas, y puso velo sobre las cabezas de vues­tros videntes” (Isaías 29:10; véase también 2 Nefi 27:5).

Sin embargo, inmediatamente des­pués, Isaías hace referencia directa al fin del obscurantismo y a la aparición del Libro de Mormón:

“Y os será toda visión como pala­bras de libro sellado, el cual si dieren al que sabe leer, y le dijeren: Lee ahora esto; él dirá: No puedo, porque está sellado.” (Isaías 29:11.)

Y fue así que comenzó la obra mara­villosa, el gran prodigio que el Señor prometió que llevaría a cabo. (Véase Isaías 29:14.)

Desde los comienzos de la restaura­ción del evangelio mediante el profeta José Smith, más de treinta millones de copias del Libro de Mormón se han impreso y distribuido en sesenta y ocho idiomas, y en la actualidad se es­tán preparando más de diez traduccio­nes a otros idiomas. Se han impreso en el mundo un sinnúmero de Biblias, que en cantidades sobrepasan a cual­quier otro libro. Tenemos también Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Además de tener acceso a estas preciosas obras de Escritura, te­nemos más que en otros tiempos de la historia del mundo, la educación y la habilidad para valemos de ellas, si es que lo deseamos.

Los antiguos profetas sabían que después de la oscuridad vendría la luz. Nosotros vivimos ahora en esa luz, ¿pero acaso la comprendemos en su plenitud? Teniendo la doctrina de sal­vación a nuestro alcance, me temo que hay muchos que todavía se encuentran dominados por un “espíritu de estu­por”, ojos que no ven y oídos que no oyen (véase Romanos 11:8).

A fin de que no fracasemos en el intento de pensar seriamente en lo que he dicho, quisiera hacer una pausa pa­ra destacar un error muy común en la mente humana: Cuando alguien habla de fidelidad o éxito, tenemos la ten­dencia a pensar inmediatamente en “nosotros”, y cuando se habla de fra­caso o negligencia, desasociarnos mentalmente de la situación pensando en “ellos”, pero pido a todos que sin­ceramente evaluemos nuestra actua­ción personal en el estudio de las Es­crituras. Es bastante común ver casos de personas que dominan varios pasa­jes, de tal forma que se hacen la ilu­sión de saber mucho acerca del evan­gelio. En este sentido, el tener un poco de conocimiento puede presentar en realidad un gran problema. Estoy con­vencido de que cada uno de nosotros, en algún período de nuestra vida, tiene que descubrir las Escrituras por sí mis­mo, y no solamente una vez, sino re­descubrirlas muchas veces.

Respecto a esto, la historia del rey Josías, en el Antiguo Testamento, es una que bien deberíamos “aplicar a no­sotros mismos” (véase 1 Nefi 19:24). Josías tenía sólo ocho años cuando co­menzó a reinar en Judá, y aun cuando sus progenitores eran extremadamente inicuos, las Escrituras nos dicen que él “hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda” (2 Reyes 22:2). Esto es aún más sorprendente cuando nos entera­mos de que para esa época (sólo dos generaciones antes de la destrucción de Jerusalén, en el año 587 a. de J.C.) se había perdido la ley escrita de Moi­sés y era virtualmente desconocida, aun entre los sacerdotes del templo.

Pero en el año decimoctavo de su reinado, Josías dio órdenes para la re­paración del templo; en ese tiempo, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró el libro de la ley que Moisés había colo­cado en el arca del convenio, y se lo llevó al rey.

Cuando se le leyó el libro de la ley, Josías “rasgó sus vestidos” y se lamen­tó delante del Señor:

“Porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucha­ron las palabras de este libro, para ha­cer conforme a todo lo que nos fue escrito.” (2 Reyes 22:11, 13.)

El rey leyó entonces el libro delante de todo el pueblo, y en ese momento todos hicieron convenio de obedecer todos los mandamientos del Señor “con todo el corazón y con toda el al­ma” (2 Reyes 23:13). Entonces el rey Josías procedió a reformar el reino de Judá quitando todos los ídolos, destru­yendo las imágenes, los lugares altos y todas las abominaciones que se habían acumulado durante los reinados de sus padres, y con los que se habían prosti­tuido su país y su pueblo. Después de esto, observó una solemne pascua, y “no había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces goberna­ban a Israel, ni en todos los tiempos de los reyes de Israel y de los reyes de Judá” (2 Reyes 23:22). Todo esto fue para “cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová. No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual” (2 Reyes 23:24—25).

Creo firmemente que, al igual que lo hizo el rey Josías, todos debemos retomar a las Escrituras y permitir que sus enseñanzas obren poderosamente en nuestro interior, compeliéndonos a una inquebrantable determinación de servir al Señor.

Josías tenía a su disposición sola­mente la ley de Moisés; en cambio, nosotros contamos con el evangelio de Jesucristo en su plenitud; y si un poco satisface, la plenitud produce un gozo perfecto.

El Señor no bromea cuando nos da estas cosas, porque “a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48). Disfrutar de sus bendi­ciones pone sobre nuestros hombros una gran responsabilidad. Debemos estudiar las Escrituras de acuerdo con el mandamiento del Señor (véase 3 Nefi 23:1-5), y permitir que sus ense­ñanzas gobiernen nuestra vida y la vi­da de nuestros hijos; y al poseerlas, debemos reconocer la responsabilidad que tenemos de volver nuestros cora­zones hacia nuestros amados antepasa­dos, muchos de los cuales soportaron la larga noche de oscuridad para que nosotros pudiéramos existir, y tal vez ahora mismo esperan con impaciencia nuestros esfuerzos en beneficio de ellos.

Las enseñanzas del Señor han sido siempre para aquellos que tienen “ojos para ver” y “oídos para oír”. La voz es clara e inequívoca, y seguro es el testi­monio en contra de aquellos que son negligentes en aprovechar tal oportuni­dad.

Por eso pido a todos que comencéis a estudiar diligentemente las Escrituras si es que todavía no lo habéis hecho. Tal vez la forma más fácil y eficaz de hacerlo sea participar en el programa de estudio de la Iglesia.

En el programa de estudios para los adultos de la Iglesia, los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec y las cla­ses de Doctrina del Evangelio de la Escuela Dominical, se estudian los li­bros canónicos en forma rotativa. Du­rante un lapso de cuatro años se estu­dia completamente el Antiguo Testamento, la Perla de Gran Precio, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón y Doctrina y Convenios. Es­peramos que todos apoyéis este pro­grama de estudio de las Escrituras para darle mayor énfasis y asegurar que este programa correlacionado de la Iglesia no se vea sustituido por otras asigna­ciones de lectura o estudios. Cada uno de los libros canónicos se debe estu­diar intensamente en el año que le co­rresponde.

Os invitamos a uniros a nosotros en esta excelente oportunidad para estu­diar “palabras de vida eterna” (Juan 6:68). Aprended por vosotros mismos, y enseñad a vuestra familia “la doctri­na del reino”, a fin de que “seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que per­tenecen al reino de Dios” (D. y C. 88:77-78).

Que todos leamos las Escrituras de­votamente, las estudiemos cuidadosa­mente y recibamos un testimonio de su mensaje, o sea, de que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador, y de que su evangelio es el camino para encontrar la felicidad aquí en la tierra y la vida eterna en el más allá. ■

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