El fundamento de la fe

El fundamento de la fe

por el élder Gene R. Cook
Viviendo por el poder de la fe


Mientras me hallaba en Venezuela, hace unos años, un grupo de santos de los últimos días, junto con muchos no-miembros, hablaban sobre una profecía dicha por una mujer en Europa. Ella había profetizado  que Caracas, que en ese tiempo era una ciudad de más de tres millones de habitantes, sería destruida al día siguiente. Mucha gente lo creyó, y miles salieron de Caracas el día que yo llegué. Al día siguiente no hubo ninguna destrucción, y entre los miembros de la Iglesia escuché cosas tales como: “Yo sabía que no pasaría nada, por eso no abandonamos la ciudad”. Quedándose en Caracas, habían ejercido la fe en que esa mujer estaba equivocada. Pero lo que me preocupaba era su razonamiento: “Sabíamos que el Señor no haría nada como eso en Caracas, porque tenemos una estaca aquí”. Una persona dijo: “Sé que si la ciudad fuera a ser destruida verdaderamente, el Señor se lo habría revelado al Élder Cook, o a los presidentes de estaca o de misión, para que los santos pudieran evacuar la ciudad”. Otro dijo: “Si el Señor no se lo hubiera revelado a uno de los líderes locales, se lo hubiera revelado al Presidenta Kimball”. Ahí tenemos un argumento muy débil, porque cualquiera que haya leído las Escrituras, sabe que el Señor permite que el mal venga sobre los buenos así como sobre los malvados. Hemos de tener cuidado de no interpretar la mente del Señor.

En Colombia teníamos problemas tremendos para obtener visas para que los misioneros pudieran entrar al país. Una mujer dijo: “Sé que ésa no es la voluntad del Señor. Él quiere que la obra misional siga adelante, y si tuviéramos suficiente fe, no permitiríamos que el Gobierno negara las visas. Si tuviéramos suficiente fe, podríamos resolver este problema”. Eso sí que suena razonable, ¿verdad? Pero también es posible que no fuera cierto.

Una de las mayores bendiciones que ha tenido México, fue cuando su Gobierno no quiso permitir que entraran misioneros norteamericanos por un tiempo. Los jóvenes mexicanos comenzaron a cumplir misiones en su propio país, pues no había alternativa. Y mientras los misioneros norteamericanos llamados a servir en México, esperaban sin poder entrar, se inició la capacitación de idiomas. Fue entonces que nació la idea de un centro de capacitación de idiomas, que poco después se hizo realidad. Luego se llamó Centro de Capacitación Misional. El Señor tiene sus propios propósitos. Él Hace las cosas a su manera. Puede realizar milagros a partir de un incidente aparentemente sin importancia, o de la adversidad.

Los Discursos sobre la Fe hacen la observación de que la verdadera fe en el Señor se basa en tres elementos:

Señalemos aquí que hay tres cosas necesarias para que cualquier ser racional e inteligente pueda ejercer fe en Dios para vida y salvación.

Primero, la idea de que El existe verdaderamente.
Segundo, una idea CORRECTA de su carácter, perfección y atributos.
Tercero, un conocimiento verdadero de que la dirección que lleva su vida está de acuerdo con la voluntad de Dios (Discursos sobre la Fe 3:2-5).

Si nuestra fe se basa en estos elementos, entonces podemos ejercer una fe verdadera en el Señor para vida y salvación.

1. La idea de que Dios existe verdaderamente

 El hombre natural, al pensar en el primer elemento de la fe, dirá enseguida: “Pasemos al siguiente principio, porque yo ya sé que Dios existe”. Pero el hombre espiritual entiende que sabe muy poco, aun de cosas tan fundamentales. Es de muchas maneras y en diversos grados que sabemos que Dios existe, pero aquí se nos está enseñando algo que no es común.

Las creaciones de Dios testifican de El

 El llegar a saber que Dios existe, tiene su base en dos principios o ideas principales: el primero, que las creaciones de Dios testifican que El existe. El Señor dijo:

La Tierra rueda sobre sus alas, y el sol da su luz de día, y la luna da su luz de noche, y las estrellas también dan su luz, a medida que ruedan sobre sus alas en su gloria, en medio del poder de Dios.

¿A qué compararé estos reinos para que comprendáis?

He aquí, todos éstos son reinos, y el hombre que ha visto a cualquiera o al menor de ellos, ha visto a Dios obrando en su majestad y poder (D. y C. 88:45-47).

El Señor nos ha bendecido con suficiente entendimiento para reconocer que sus creaciones testifican que Él vive, de modo que todos puedan tener fe y creer en su nombre. Los hombres y mujeres en todo el mundo creen en alguna clase de Ser Supremo que ha creado los cielos y la Tierra. Ignoran qué o Quién es, pero cuando menos creen en El. Eso para mí es un gran testimonio de que el Señor preparó todo para que, tan sólo por sus creaciones, pudiéramos tener fe en que El existe.

El Señor le dijo a Adán:

Se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de mí; tanto las que son temporales, como las que son espirituales; cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la Tierra, cosas que están en la Tierra y cosas que están debajo de la Tierra, tanto arriba como abajo; todas las cosas testifican de mi (Moisés 6:63).

Y Alma le dijo a Korihor:

Todas las cosas Indican que hay un Dios, sí, aun la Tierra y todo cuanto hay sobre ella, sí, y su rotación, sí, y también todos los planetas que se mueven en su orden regular testifican que hay un Creador Supremo (Alma 30:44).

Alma testificó que el Señor organizó los elementos de tal manera que todas las cosas dan testimonio de Dios a sus hijos.

Otros también testifican de Dios

En segundo lugar, el Señor usa el testimonio de otros para que el género humano pueda creer en El. Cuando José Smith salió de la Arboleda Sagrada, ese día hubo un hombre sobre la Tierra que había visto por sí mismo que Dios vive verdaderamente. La fe lo había motivado a ir a la arboleda para orar, pero cuando salió de ahí, tenía un conocimiento perfecto de que Dios vive. Esa experiencia le dio el poder para decir:

Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me censuraban, y decían falsamente toda ciase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios? ¿O por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y comprendía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación (José Smith— Historia, versículo 25).

El testimonio de José Smith se ha convertido en el cimiento de la fe de millones de personas en todo el mundo. Él dice, en los Discursos sobre la Fe:

Hemos delineado claramente cómo es, y cómo ha sido, que Dios vino a ser objeto de fe en los seres racionales; y también en qué fundamento se basó el testimonio de los antiguos al grado de moverlos a inquirir diligentemente, y buscar y obtener un conocimiento de la gloria de Dios; y hemos visto que fue solamente ese testimonio humano lo que originalmente motivó en sus mentes la búsqueda. Nos damos cuenta de que fue la creencia que tuvieron en el testimonio de sus padres, ese testimonio habiendo motivado sus mentes para inquirir un conocimiento de Dios. La búsqueda frecuentemente terminó, en verdad, cuando estuvo bien dirigida siempre terminó, en los más gloriosos descubrimientos y en eterna certidumbre (Discursos sobre la Fe 2:56).

Después de la Primera Visión, los hombres comenzaron a creer en las palabras del profeta José Smith, y una vez más empezó a esparcirse la fe sobre la Tierra. El Señor inició ese proceso exactamente de la misma manera con Adán. Leemos en Moisés 5:58, 59:

Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo.
Y así se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante una santa ordenanza; y se predicó el evangelio, y se proclamó un decreto da que debería estar en el mundo hasta su fin; y así fue. Amén.
Adán vio a Dios. Caminó y habló con Él, y oyó su voz. Y de Adán y Eva llegó a otros el testimonio de Dios:
Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas (Moisés 5:12).

Mormón declaró:
Ahora llegamos a esa fe de la cual dije que hablaría; y os indicaré la manera en que podéis recoger toda cosa buena
Porque he aquí, sabiendo Dios todas las cosas, dado que existe de eternidad en eternidad, he aquí, Él envió ángeles para ministrar a los hijos de los hombres, para manifestar concerniente a la venida de Cristo; y que en Cristo habría de venir toda cosa buena (Moroni 7:21, 22).

En otras palabras, el Señor envió ángeles para testificar de Él, para que los hombres pudieran ver con sus ojos y ser testigos de que Dios vive realmente.

Y Dios también declaró a los profetas, por su propia boca, que Cristo vendría.
Y he aquí, de diversos modos manifestó cosas que eran buenas a los hijos de los hombres; y todas las cosas que son buenas vienen de Cristo; de lo contrario, los hombres se hallaban caídos, y ninguna cosa buena podía llegar a ellos.
De modo que por el ministerio de ángeles, y por toda palabra que salía de la boca de Dios, empezaron los hombres a ejercitar la fe en Cristo; y así, por medio de la fe, recogieron toda cosa buena; y así fue hasta la venida de Cristo.
Y después que vino, los hombres también fueron salvos por la fe en su nombre; y por la fe llegaron a ser hijos de Dios. Y tan cierto es que Cristo vive como que habló estas palabras a nuestros padres, diciendo: Cuanta cosa le pidáis al Padre en mi nombre, que sea buena, creyendo con fe que recibiréis, he aquí os será concedida (Moroni 7:23-26)

Más adelante, Mormón declara:

…Ni han cesado los ángeles de ministrar a los hijos de los hombres.
Porque he aquí, se sujetan a Él para ejercer su ministerio de acuerdo con la palabra de su mandamiento, manifestándose a los que tienen una fe fuerte y un espíritu firme en toda forma de santidad.
Y el oficio de su ministerio es llamar a los hombres al arrepentimiento; y cumplir y llevar a efecto la obra de los convenios que el Padre ha hecho a los hijos de los hombres; y preparar la vía entre los hijos de los hombres, declarando la palabra de Cristo a los vasos escogidos del Señor, para que den testimonio de Él.
Y obrando de este modo, Dios el Señor prepara la senda para que el resto de tos hombres puedan tener fe en Cristo, a fin de que el Espíritu Santo pueda tener cabida en sus corazones, según su poder, y de este modo el Padre lleva a efecto los convenios que ha hecho a los hijos de los hombres.
Y Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquiera cosa que me sea menester (Moroni 729-33).

Nuestra fe tiene la oportunidad de aumentar cuando escuchamos el testimonio de alguien más. Nuestra fe en que Dios vive empieza a crecer y desarrollarse. Pensemos en las palabras de Pablo: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios: (Romanos 10:17). Algunas personas dicen: “¿Necesitamos en realidad asistir a las reuniones de la Iglesia? ¿Necesitamos ir a escuchar las predicaciones de los siervos del Señor?” Yo respondería: “SI quieren aumentar su fe, sí necesitan ir”.

Pensemos un rato en esta pregunta: “¿Quién es Dios?”, o “¿qué representa Dios para mí?” Ahora mismo tomemos unos minutos y reflexionemos en eso antes de seguir leyendo. Ante esa pregunta, el hombre natural que hay en nosotros tiende a nombrar las cosas mayormente físicas. A tales preguntas nosotros contestaríamos: “Dios es un hombre perfeccionado. Resucitó como lo hizo Jesús. Es un Ser glorificado. Es un Ser aparte del Espíritu Santo, pues éste último es únicamente un espíritu”. Puede ser que mencionáramos esas cosas. Pero ésas sólo son cosas acerca de Dios. Más si nos ponemos a reflexionar más profundamente, podríamos pensar algo como: “Recuerdo una experiencia de cuando yo era más joven, que me enseñó que Dios nos ama a todos y no hace acepción de personas. Y sé que me ama, porque ha contestado mis oraciones”. Al pensar en cosas como ésas, llegaríamos a un mejor entendimiento sobre quién es Dios, y cuánto sabemos o no sobre El. Una cosa es que digamos que sabemos que Jesús es el Cristo, y otra muy diferente es que lo conozcamos.

2. Una idea correcta del carácter, perfecciones y atributos de Dios

El segundo elemento de la fe consiste en tener una idea correcta sobre las características, perfecciones y atributos de Dios.

En ocasiones algunas personas han venido a mí para confesar alguna transgresión, y han dicho algo así: “Sé que el Señor no podrá perdonarme”. Cuando esas personas me dicen lo que el Señor hará o no hará, me he dado cuenta de que todavía no conocen a su Padre Celestial. Y sé que también yo sé muy poco sobre mi Padre Celestial. Al pensar en eso, me he preguntado: “¿Cómo puedo aprender más?” Sobre eso quiero compartir algunas sugerencias:

Conozca a Dios por medio de la oración

La oración es una de las mejores maneras de conocer al Señor; pero no sólo el decir las oraciones, sino el orar verdaderamente, conversando con el Señor. Si una persona hace esto, puede llegar a conocer al Señor, pues el Señor le revelará conocimiento en cuanto a sus vías. Jacob dijo:

¡He aquí Grandes y maravillosas son las obras del Señor! ¡Cuán inescrutables son las profundidades de sus misterios; y es imposible que el hombre pueda descubrir todos sus caminos! Y nadie hay que conozca sus sendas a menos que le sean reveladas; por tanto, no despreciéis, hermanos, las revelaciones de Dios (Jacob 4:8).

Esa es la única manera en que podemos ganar ese conocimiento: por revelación de Él.

Conozca a Dios por medio de las Escrituras

Quisiera sugerir otra manera de conocer mejor al Señor: una búsqueda intensa, continua y fervorosa por conocerlo a través de las Escrituras. En ellas, el Señor ha revelado mucho de lo que necesitamos saber sobre sus características, perfecciones y atributos.

El Señor le dijo a Martín Harris, por medio del profeta José Smith: “Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (D. y C. 19:23). Samuel el Lamanita advirtió que muchos de los lamanitas eran “conducidos a creer las Santas Escrituras… que los llevan a la fe en el Señor” (Helamán 15:7). Estudiar las Escrituras es un poderoso medio para conocer al Señor y desarrollar la fe en El.

Conozca a Dios por medio de una observación profunda

Me gustaría añadir que otra manera de conocer a Dios es observar detenidamente lo que sucede a nuestro alrededor, buscando y procurando alguna revelación. Brigham Young dijo una vez que las revelaciones vienen de muchas fuentes; el Señor, los siervos del Señor, otros hombres, las creaciones del Señor, y muchas otras cosas. Las revelaciones no se limitan a una sola persona. Cierto es que las revelaciones del Señor sobre la dirección de la Iglesia están limitadas a los líderes de la misma, pero las demás revelaciones están disponibles para todos. Parte del mejor conocimiento con que el Señor me ha bendecido, ha venido por observar detenidamente a otros, viendo cómo actúan y reaccionan. Eso a veces me enseña lo que es el Señor, y otras, lo que no es. En toda persona y en todas las cosas hay una chispa de divinidad, la luz de Cristo, y si observamos atentamente las creaciones de Dios, aprenderemos más sobre El.

Características de Dios

Los Discursos sobre la Fe nos enseñan lo siguiente en cuanto a Dios:

Notaremos aquí que Dios es el único gobernador supremo y Ser independiente en quien reside toda plenitud y perfección; que Él es Omnipotente, Omnipresente y Omnisciente; sin principio de días o fin de vida; y que en El existe todo buen don y todo buen principio; y que Él es el Padre de toda luz; en El reside independientemente el principio de la fe, y Él es el objeto en al que se centra la fe de todos los demás seres racionales y responsables, para obtener vida y salvación (Discursos sobre la Fe 2:2).

A partir de las Escrituras, los Discursos enseñan lo siguiente sobre el carácter de Dios:

Primero, que Él fue Dios antes que el mundo fuera creado, y es el mismo Dios después de la creación.
Segundo, que Él es misericordioso y lleno de gracia, tardo para la ira, grande en bondad, y que ha sido así desde la eternidad y lo será hasta la eternidad.
Tercero, que El no cambia, ni hay en El variación, sino que es el mismo de eternidad en eternidad, siendo el mismo ayer, hoy y para siempre, cuyo curso es un giro eterno, sin variación.
Cuarto, que Él es Dios de verdad y no puede mentir.
Quinto, que no hace acepción de personas, sino que de cada nación, el que teme a Dios y obra rectitud es aceptado por El.
Sexto, que Él es amor (Discursos sobre la Fe 3:13-18).

Atributos y perfecciones de Dios

 Los Discursos sobre la Fe también hablan de seis atributos específicos de Dios, y todos están relacionados entre sí:

Primero, CONOCIMIENTO…
Segundo, FE O PODER…

Algunas personas piensan que el Señor no obra por fe, puesto que Él tiene todo conocimiento. En cierto sentido eso es verdad. No obstante, aquí José Smith está hablando de la fe como poder. Si Dios dejara de tener fe, dejaría de tener poder. La fe, o poder, es un atributo eterno de Dios.

Tercero, JUSTICIA…
Cuarto, JUICIO…
Quinto, MISERICORDIA…
Sexto, VERDAD… (Discursos sobre la Fe 4:4-10).

Podríamos relacionar estos seis atributos con las características de Dios mencionadas anteriormente, recordando que las perfecciones de Dios son el refinamiento de sus atributos y características, y que nosotros podemos refinar esas características en nosotros mismos para poder llegar a ser como El.

Siempre he atesorado estas palabras de Juan:

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.
Y todo aquél que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así
como Él es puro (1 Juan 3:1-3).

Eso no solamente nos enseña que veremos a Dios como Él es y sabremos que físicamente fuimos creados a su imagen (cuando era más joven, yo pensaba que eso era todo lo que significaba), sino también enseña que si seguimos perfeccionándonos y santificándonos, podemos llegar a ser espiritualmente como Él es.

Jesús dijo: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Para mí, eso es tanto como decir que nuestra vida eterna depende de que lleguemos a conocer a Dios y saber cómo es El en realidad.

3. Un conocimiento de que la dirección que lleva nuestra vida está de acuerdo con la voluntad de Dios

Un ejemplo magnífico del tercer elemento de la fe que se menciona en los Discursos, se encuentra en la historia de Nefi, pues Nefi sabía que el curso de su vida estaba en armonía con la voluntad de Dios. Analicemos su historia para ver si podemos determinar, al menos en parte, cómo sabe una persona si su vida lleva o no el rumbo que el Señor   desea.

Y aconteció que después de hablar con el Señor, yo, Nefi, volví a la tienda
de mi padre (1 Nefi 3:1).

Nefi había estado orando. Ese es un buen comienzo para poder conocer la voluntad del Señor. Después fue a hablar con Lehi, su padre.

Y sucedió que me habló, diciendo: He aquí, he tenido un sueño, en el que
el Señor me ha mandado que tú y tus hermanos volváis a Jerusalén.

Pues he aquí, Labán tiene los anales de los judíos, así como una genealogía de tus antepasados; y están grabados sobre planchas de bronce (versículos 2, 3).

Hasta este punto vemos únicamente a dos hombres, padre e hijo, sin ángeles, manifestaciones o evidencias físicas aparte de que el padre le dice a su hijo: “He soñado que tú y tus hermanos deben volver a Jerusalén”. En ese momento Nefi tuvo que decidir si seguir las inclinaciones del hombre natural, o las del hombre espiritual, es decir, si dudar o creer.

Por lo que el Señor me ha mandado que tú y tus hermanos debéis ir a la casa de Labán, y procurar los anales y traerlos aquí al desierto.

Y he aquí, tus hermanos murmuran, diciendo que lo que yo les he
requerido es cosa difícil; pero no soy yo quien se lo requiere, sino que es un mandato del Señor (versículos 4, 5).

Ahora pensemos en nuestra condición espiritual. ¿Qué habríamos hecho nosotros? Laman y Lemuel murmuraron, diciendo quizá cosas tales como: “Papá siempre ha sido un visionario. Siempre sueña cosas. Este sueño puede deberse a que cenó tarde anoche”. Imaginemos las cosas que pueden haber dicho, murmurando de su padre. De hecho, se negaron a creer la voluntad revelada del Señor.

A continuación, consideremos a Nefi. Él estaba en la misma situación y oyó las mismas palabras de su padre pero, ¿cuál fue su actitud?

Por lo tanto, ve tú, hijo mío, y el Señor te favorecerá porque no has murmurado (versículo 6).

Nefi oyó lo mismo que sus hermanos, pero creyó y no habló mal de su padre.

Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que El nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado (versículo 7).

¿Podemos ver cómo fue que Nefi puso el asunto en la perspectiva correcta? No era Lehi quien le estaba pidiendo que fuera a Jerusalén; era el Señor, por medio de Lehi. Había una gran diferencia, y Nefi la reconoció.

Y aconteció que mi padre quedó altamente complacido al oír estas palabras, porque comprendió que el Señor me había bendecido (versículo 8).

La relación entre ellos era armoniosa, y Lehi supo que el Señor había bendecido a su hijo. Nefi comprendió espiritualmente la verdad de las palabras de su padre. Conocía la voluntad del Señor; lo que le restaba era ir y hacerla.

Y yo, Nefi, y mis hermanos emprendimos la marcha por el desierto, con nuestras tiendas, para ir a la tierra de Jerusalén (versículo 9).

Es fácil saltarse un versículo como ése. Pero ¿podemos imaginarnos es esa posición? El viaje a Jerusalén era largo, y sospecho que había muchos problemas en el camino. No creo que el Señor le dijera a Nefi dónde plantar su tienda por la noche. Dudo que un ángel lo hiciera por él. Nefi mismo lo hacía. Posiblemente careció de agua en ocasiones, o batalló para conseguir comida. Ignoramos los detalles sobre ese breve versículo, pero el viaje no debe haber sido fácil, y el Señor no hizo todo el trabajo. Nefi mismo lo hizo. Y sucede lo mismo con nosotros.

Y aconteció que al llegar a Jerusalén, yo y mis hermanos deliberamos unos con otros (versículo 10).

Siempre me ha parecido interesante el hecho de que se pusieron a deliberar, preguntándose tal vez: “¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a obtener las planchas?” Por lo que se les había dicho hasta ese momento, parecía que sería una tarea fácil. La tendencia del hombre natural podría haber sido pensar: “Si el Señor prepara la vía, probablemente Labán tuvo el mismo sueño que nuestro padre. Ya ha de tener las planchas en un saco, listas para que las recojamos. Todo lo que tenemos que hacer es tocar a su puerta y pedírselas”. Nefi y sus hermanos podían haber tenido toda la razón en creer eso, ¿no es así?

Es posible que hayan llegado a considerar varias opciones. Quizá se les ocurrió algo como: “Yo podría trabajar para Labán varios meses, para ganar la mano de su hija, y entonces nos permitirá tomar las planchas”. Esa es una posibilidad, ¿verdad? Ese pequeño versículo que dice que se pusieron a deliberar me indica que carecían de un plan fácil, detallado, para obtener las planchas de Labán. Todo lo que tenían es lo que nosotros tenemos ahora en nuestra vida, o sea, la palabra del Señor a través de su siervo. El Señor les dijo que obtuvieran las planchas. No les dijo específicamente cómo obtenerlas. Así que se pusieron a deliberar.

Y echamos suertes para ver cuál de nosotros iría a la casa de Labán. Y sucedió que la suerte cayó sobre Laman, y fue y entró en la casa de Labán, y habló con él mientras estaba sentado en su casa (versículo 11).

Una vez más, sospecho que Laman, como cualquier otro que siguiera las inclinaciones del hombre natural, tal vez pensaba que sería fácil pedirle las planchas a Labán, y que él se las daría.

Y le pidió a Labán los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce que contenían la genealogía de mi padre.
Y he aquí, aconteció que Labán se llenó de ira y lo echó de su presencia; y no quiso que él tuviera los anales. Por tanto, le dijo: He aquí, tú eres un ladrón, y te voy a matar.
Pero Lamán huyó de su presencia, y nos contó lo que Labán había hecho (versículos 12-14).

Sospecho que sus hermanos se sorprendieron un poco. Habían hecho exactamente lo que se les había dicho, pero en lugar de tener éxito, por poco pierden la vida. Es interesante notar que Nefi dice:

Y empezamos a afligimos en extremo…

Me imagino que estaban algo desanimados, igual que todos nosotros cuando nos fijamos una meta y no logramos alcanzarla.

… y mis hermanos estaban a punto de volver a mi padre en el desierto (versículo 14).

Al llegar la adversidad, redoble su fe en el Señor

Lamán y Lemuel no eran perseverantes. Al enfrentar el primer contratiempo querían darse por vencidos. Posiblemente siguieron murmurando de Nefi tanto como lo habían hecho de su padre.

Pensemos detenidamente sobre lo que le pasó a Nefi y sus hermanos, pues tiene que ver con nosotros. Sufrieron un serio revés. Lo habían intentado, con fe, de la mejor manera que sabían. ¿Hubieran ido jamás a la casa de Labán si no hubieran tenido fe en que podrían obtener las planchas? No. Creyeron que lo lograrían, o de los contrario no habrían ido. Pero su intento fracasó. Ahora pasaban por tribulación, algo que casi todos nosotros enfrentamos todos los días. Tenían que tomar una decisión. ¿Seguirían adelante, creyendo en las palabras del Señor con una fe mayor que la que tenían previamente, o se darían por vencidos? Lamán y Lemuel querían volver a la tienda de su padre. Pero escuchemos a Nefi, lleno de gran fe.

Pero he aquí, yo les dije: Vive el Señor, que como nosotros vivimos no volveremos a nuestro padre hasta que hayamos cumplido lo que el Señor nos ha mandado (versículo 15).

Eso era algo serio. En esencia, Nefi estaba usando una antigua y solemne expresión hebrea, que expresa certidumbre, aseverando que Dios vive, y que tan ciertamente como Él vive y ellos vivían, no regresarían hasta haber logrado aquello que se les había mandado. En ese momento en particular, ¿tenía Nefi el conocimiento de que la tarea iba a ser fácil, o sabía lo que tenía qué hacer? No lo creo; todavía estaba obrando por fe. ¿Sabía él cómo iba a obtener las planchas? No, pero creía que lo haría. Creía con tanta fuerza, que es seguro que entendía el gran principio entretejido en toda esa experiencia: cuando vienen las tribulaciones y los problemas, no podemos dejar que nuestra fe se debilite, sino debemos fortalecer nuestra fe en el Señor. Son situaciones como ésa a las que José Smith se estaba refiriendo al decir que cuando el Señor ve que estamos dispuestos a servirle a toda costa, a cualquier precio, o bajo cualquier circunstancia, entonces, y no antes, podremos tener la fe suficiente para alcanzar la vida eterna. Nefi estaba atravesando por ese proceso.

Nefi continúa:

Por tanto, seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor. Vayamos, pues, a la tierra de la herencia de nuestro padre, pues he aquí, él dejó oro y plata y toda clase de riquezas; y ha hecho todo esto a causa de los mandatos del Señor (versículo 16).

En los versículos 17 al 20 vemos a Nefi razonando con sus hermanos y enfatizando la importancia de su misión y de las planchas. Luego dice:

Y aconteció que, hablando de este modo, persuadí a mis hermanos a que fueran fieles en guardar los mandamientos de Dios (versículo 21).

Nefi los convenció de regresar e intentar obtener las planchas otra vez. Se le ocurrió la idea de comprarle las planchas a Labán, y pudo haberles dicho a sus hermanos algo así: “Si le ofrecemos a Labán todas nuestras riquezas, seguramente nos dará las planchas”. Imagino que Nefi les dio a sus hermanos un discurso que los persuadió de que esta vez tendrían éxito. ¿Estaba Nefi ejerciendo la fe en su plan? Ciertamente, pues de otra manera no lo hubiera seguido. Sin embargo, aunque su fe en ese método específico fracasaría, su fe en la voluntad del Señor (que obtuvieran las planchas) triunfaría finalmente.

Y sucedió que fuimos a la tierra de nuestra herencia y recogimos nuestro oro, nuestra plata y todos nuestros objetos preciosos.
Y después de haber recogido estas cosas, volvimos a la casa de Labán.
Y acaeció que entramos donde estaba Labán, y le pedimos que nos diera los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce, a cambio de las cuales le entregaríamos nuestro oro, y nuestra plata, y todas nuestras cosas preciosas (versículos 22-24).

¿Se impresionó Labán? Parece haberse impresionado con el oro, pero no con tener que entregar las planchas.

Y aconteció que cuando Labán vio nuestros bienes, y que eran grandes en extremo, él los codició; por lo que nos echó fuera y mandó a sus siervos que nos mataran, a fin de apoderarse de nuestras riquezas.

Sucedió, pues, que huimos delante de los siervos de Labán, y nos vimos obligados a abandonar nuestros bienes, que cayeron en manos de Labán.

Y huimos al desierto sin que nos alcanzaran los siervos de Labán, y nos escondimos en la hendidura de un peñasco (versículos 25-27).

Habían fallado por segunda vez en lograr su objetivo. Me pregunto cuán fuerte sería nuestra fe si pasáramos por la misma situación. Dos veces habían sido obedientes he ido a la casa de Labán para conseguir las planchas. Lo habían perdido casi todo, y ahora estaban escondidos para salvar sus vidas. Más Nefi, sabiendo que la voluntad del Señor era que tuvieran éxito, seguía creyendo.

Conozca el horario del Señor

Y aconteció que Laman se irritó conmigo y también con mi padre; y lo mismo hizo Lemuel, porque se dejó llevar por las palabras de Laman [nótese que uno puede seguir constantemente lo que es malo, tanto como lo que es bueno]. Por tanto, Laman y Lemuel nos hablaron muchas palabras ásperas a nosotros, sus hermanos menores, y hasta nos golpearon con una vara.

Y sucedió que mientras nos golpeaban con la vara, he aquí, vino un ángel del Señor y se puso ante ellos, y les habló, diciendo: ¿Por qué golpeáis a vuestro hermano menor con una vara? ¿No sabéis que el Señor lo ha escogido para que sea un dirigente sobre vosotros, y esto a causa de vuestras iniquidades? He aquí, volveréis a Jerusalén y el Señor entregará a Labán en vuestras manos (versículos 28, 29).

Hay aquí dos puntos importantes que debemos recordar. Primero, tras dos intentos fallidos, Nefi permanecía fuerte en la fe. A pesar de que Laman y Lemuel lo estaban golpeando, él creía. Podríamos preguntar: ¿Seguimos nosotros creyendo cuando la vida nos golpea? ¿Le decimos al Señor: “Padre, no sé cómo voy a lograrlo, pero con tu ayuda voy a cumplir tu voluntad”. ¿O seguimos acaso el ejemplo de Laman y Lemuel, que dudaron, murmuraron, temieron y se dieron por vencidos?

El segundo punto es que Nefi, después de dos grandes fracasos, recibió la recompensa de su fe. ¡Del cielo vino un ángel para defenderlo de sus hermanos! A esas alturas Nefi debe haber necesitado algo de apoyo, y me imagino que eso le ayudó. Pero, ¿qué supo en ese momento que antes no sabía? El ángel dijo: “He aquí, volveréis a Jerusalén y el Señor entregará a Labán en vuestras manos” (versículo 29). Nefi supo entonces el horario del Señor, cosa que es muy importante saber. Hay muchas cosas que son la voluntad del Señor, pero sus horarios son desconocidos para el hombre. Hay que tener eso presente cuando intentamos cumplir la voluntad del Señor.

Y luego que nos hubo hablado, el ángel se fue.
Y después que el ángel hubo partido, Lamán y Lemuel empezaron otra vez a murmurar (versículos 30, 31).

Aquí podemos ver el impacto que puede tener un ángel en la fe de un incrédulo: prácticamente ninguno. Lamán y Lemuel eran “hombres naturales”, y luego que el ángel se fue, hicieron una pregunta “de hombre natural”. Cierto es que el Señor nos permite hacer esa pregunta, pero debemos hacerla con una actitud de fe. Lamán y Lemuel preguntaron con dudas “¿cómo?”: “¿Cómo es posible que el Señor entregue a Labán en nuestras manos?” (versículo 31). Nefi no sabía la respuesta. Todo lo que sabía era que tenían que ir y hacerlo, y el Señor proveería. Por el contrario, lo único en que Lamán y Lemuel podían pensar era la dificultad de la tarea.

Lo que ellos esperaban era un plan detallado para hacer la voluntad del Señor, quizás algo así: 1. Llegar a Jerusalén a las 4:00 p.m. 2. No entrar por la puerta, sino trepar por la muralla en la parte trasera de la ciudad. 3. Tomar la calle Fulana. 4. Caminar cuatro cuadras y luego doblar a la derecha, etc. Puede parecer ridículo tal vez, pero en esencia eso es lo que estaban esperando para poder creer. Con evidencias como ésa casi cualquiera podría creer, pero el Señor no opera de esa manera. El Señor revela su voluntad en general para permitirnos tener fe en El y ver si estamos dispuestos a probar esa fe a través de nuestras propias acciones, a pesar de que no sepamos específicamente cómo hacer su voluntad. Él nos revela la luz, y espera que caminemos en terreno desconocido, y sólo entonces revelará más luz y verdad.

Eso me recuerda unas grandes palabras en el libro de Abraham. A Abraham se le mostraron las inteligencias que fueron organizadas antes que el mundo fuese, y se le dijo que él era una de ellas. Entonces se le enseñó uno de los grandes propósitos de esta vida:

Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con El: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto tos probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare (Abraham 3; 24, 25).

El Señor nos da sus mandamientos a través de las Escrituras, los profetas y los susurros del Espíritu Santa, pero El espera que nosotros encontremos, por medio de nuestra fe, las maneras específicas de guardar sus mandamientos. ¿Cómo podríamos llegar a ser como El sí tomara todas las decisiones por nosotros, si nos llevara de la mano todo el tiempo?

En  general, no se conocen  los detalles específicos sobre cómo cumplir la voluntad del Señor

Volvamos a Nefi, que se hallaba en medio de la prueba de su fe. Lamán y Lemuel seguían murmurando (1 Nefi 3):

¿Cómo es posible que el Señor entregue a Labán en nuestras manos? He aquí, es un hombre poderoso, y puede mandar a cincuenta, sí, y aun puede matar a cincuenta; luego, ¿por qué no a nosotros? (versículo 31).

Lamán y Lemuel se dejaban impresionar por el poder del mundo. Imagino que cuando huyeron la segunda vez, vieron las espadas y percibieron que apenas si habían escapado con vida. Tratemos de imaginar esa situación tal como la veían Lamán y Lemuel. Habían visto un ángel, y hacían el contraste entre él y cincuenta hombres armados de espadas. En la mente de un hombre natural, la comparación podría ser más o menos así: “Vi un ángel, es cierto. De eso estoy seguro. Pero más seguro estoy de haber visto cincuenta hombres armados”. Nefi también hizo la comparación, más cuando enfrentó los argumentos de sus hermanos, les contestó lleno de fe:

Volvamos a Jerusalén, y seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor…

Observemos que casi siempre que hablaba, Nefi mencionaba los mandamientos del Señor. No decía: “Hagamos lo que nos dijo nuestro padre que hiciéramos”, sino: “Vayamos y hagamos lo que el Señor dijo”. Estoy seguro que al Señor le complace cuando damos nuestro testimonio de que Él vive. Pero lo verdaderamente importante es nuestro amor por el Señor y el que hagamos su voluntad y guardemos sus mandamientos. Escuchemos a Nefi, y conoceremos la fuerza de su fe en el Señor:

… pues he aquí, Él es más poderoso que toda la Tierra. ¿Por qué, pues, no ha de ser más poderoso que Labán con sus cincuenta, o aun con sus decenas de millares? (1 Nefi 4:1).

Me gustaría añadir que si mantenemos esa misma actitud en medio de las tribulaciones, al final veremos recompensada nuestra fe.

Vamos pues, y seamos fuertes como Moisés; porque él de cierto habló a las aguas del mar Rojo y se apartaron a uno y otro lado, y nuestros padres salieron de su cautividad por sobre tierra seca, y los ejércitos de Faraón los persiguieron y se ahogaron en las aguas del mar Rojo.

He aquí, a vosotros os consta la certeza de esto, y también sabéis que un ángel os ha hablado; ¿cómo, pues, podéis dudar? Vayamos allá; el Señor puede librarnos como a nuestros padres, y destruir a Labán como a los egipcios.

Nefi les enseñó a sus hermanos que el Señor actuaría con ellos como lo hizo con Moisés. El Señor puede actuar con nosotros de Igual manera hoy día.

El Señor da libertad de acción al razonamiento humano

Nefi continúa:

Y cuando hube hablado estas palabras, todavía estaban irritados, y continuaron murmurando; sin embargo, me siguieron hasta que llegamos a los muros de Jerusalén.
Y era ya de noche; e hice que se ocultaran fuera del muro (versículos 4, 5).

Si con anticipación Nefi hubiera sabido exactamente lo que iba a suceder, si hubiera sabido que serían protegidos y que todo iba a salir bien, ¿hubiera dejado a sus hermanos escondidos fuera del muro? Lo dudo. Pero lo hizo, pues ignoraba lo que iba a pasar, y por eso tomó esa precaución extra. El Señor le estaba permitiendo que ejerciera su juicio personal, lo cual lo ayudaría a crecer.

Y cuando se hubieron escondido, yo, Nefi, entré furtivamente en la ciudad y me dirigí a la casa de Labán (versículo 5).

En el siguiente versículo encontramos el desenlace de todo lo que hemos estado hablando:

E iba guiado por al Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hac8r. No obstante, seguí adelante (versículos 6, 7).

Nefi seguía adelante, decidido a cumplir la voluntad del Señor, a pesar de no saber exactamente cómo cumplirla. Fue después de eso que el Señor empezó a revelarle casi exactamente lo que tenía que hacerse. Y finalmente pudo obtener las planchas. No obstante, eso no sucedió sino hasta después de la prueba de su fe. Sólo hasta después que el Señor supo que Nefi le serviría a toda costa, le reveló específicamente su voluntad. Fue entonces que bendijo a Nefi con su Espíritu, para que lo instruyera.

Nosotros nos hallamos” en la misma posición que Nefi. Al ir adelante con fe, el Señor nos revelará su voluntad para que sepamos qué debemos hacer. Me he conmovido grandemente al ver cuánta revelación ha derramado el Señor sobre los miembros de su Iglesia sobre cómo hacer su obra y resolver los problemas, así como la derramó sobre Nefi. Cuando le digamos sinceramente al Señor: “Padre, creo en tu voluntad, y quiero cumplirla; haré todo lo que sea necesario para hacerla”, y luego respetemos nuestra promesa, el Señor nos revelará cómo cumplirla. Entonces sabremos que la dirección que lleva nuestra vida  va de acuerdo con la voluntad de Él, y podremos ejercer la fe en El, no únicamente para guardar sus mandamientos, sino para alcanzar la vida y salvación.

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