Dios entre nosotros

Dios entre nosotros

Por el élder Dieter F. Uchtdorf
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Conferencia General Abril 2021

Dios está entre nosotros, participa personalmente en nuestra vida y de forma activa guía a Sus hijos.

A lo largo de las épocas, Dios ha hablado a través de Sus siervos, los profetas1. Esta mañana, hemos tenido el privilegio de escuchar al profeta de Dios dirigirse a todo el mundo. Lo amamos, presidente Nelson, e insto a todos, en todas partes, a que estudien y presten oído a sus palabras.

Antes de que yo cumpliera doce años, nuestra familia se había visto obligada a huir de nuestro hogar y empezar de nuevo en medio del caos, el miedo y la incertidumbre causados por la guerra y la división política. Fue una época angustiosa para mí, pero debió ser aterradora para mis queridos padres.

Mi madre y mi padre compartieron poco sobre esa carga con nosotros, sus cuatro hijos. Ellos resistieron la tensión y el sufrimiento lo mejor que pudieron. El miedo debió de ser opresivo, absorbiendo sus horas y desalentando su esperanza.

Esa época de desolación tras la Segunda Guerra Mundial dejó su huella en el mundo y dejó su huella en mí.

En ese entonces, en mis momentos más solitarios, a menudo me pregunté: “¿Queda alguna esperanza en el mundo?”.

Ángeles entre nosotros

Mientras reflexionaba sobre esta pregunta, pensé en nuestros jóvenes misioneros estadounidenses que sirvieron entre nosotros durante esos años. Habían dejado la seguridad de sus hogares a medio mundo de distancia y viajado a Alemania, la tierra de sus enemigos recientes, para ofrecer esperanza divina a nuestro pueblo. No vinieron a culpar, a reprender ni a avergonzar. Dieron voluntariamente de su corta vida sin pensar en la ganancia terrenal, queriendo solo ayudar a otras personas a encontrar el gozo y la paz que ellos habían experimentado.

Para mí, esos hombres y mujeres jóvenes eran perfectos. Estoy seguro de que tenían defectos, pero no para mí. Siempre los consideraré seres grandiosos: ángeles de luz y gloria, ministros de compasión, bondad y verdad.

Mientras el mundo se ahogaba en el cinismo, la amargura, el odio y el miedo, el ejemplo y las enseñanzas de esos jóvenes me llenaron de esperanza. El mensaje del Evangelio que ofrecían trascendía la política, la historia, los rencores, los agravios y los fines personales, y dio respuestas divinas a preguntas importantes que teníamos durante esos tiempos difíciles.

El mensaje era que Dios vive y se preocupa por nosotros, incluso en esas horas de agitación, confusión y caos; que Él en verdad se apareció en nuestra época para restaurar la verdad y la luz, Su evangelio y Su Iglesia; que Él habla a los profetas de nuevo; que Dios está entre nosotros y que participa personalmente en nuestra vida y de forma activa guía a Sus hijos.

Es sorprendente lo que podemos aprender cuando miramos un poco más de cerca el plan de salvación y exaltación de nuestro Padre Celestial, el plan de felicidad, para Sus hijos. Cuando nos sentimos insignificantes, desechados y olvidados, aprendemos que podemos estar seguros de que Dios no nos ha olvidado; de hecho, Él ofrece a todos Sus hijos algo inimaginable: llegar a ser “herederos de Dios, y coherederos con Cristo”2.

¿Qué significa esto?

Que viviremos para siempre, recibiremos una plenitud de gozo3 y tendremos el potencial de “hereda[r] tronos, reinos, principados, potestades”4.

Siento mucha humildad al saber que ese futuro magnífico y excelso es posible, no por quiénes somos, sino por quién es Dios.

Sabiendo esto, ¿cómo podríamos murmurar o seguir estando amargados? ¿Cómo podríamos mantener la vista en el suelo cuando el Rey de reyes nos invita a emprender el vuelo hacia un futuro inimaginable de felicidad divina?5

La salvación entre nosotros

Gracias al amor perfecto que Dios tiene por nosotros y al sacrificio eterno de Jesucristo, nuestros pecados —tanto los grandes como los pequeños— pueden ser borrados y no recordarse más6. Podemos presentarnos ante Él puros, dignos y santificados.

Mi corazón rebosa de gratitud por mi Padre Celestial. Me doy cuenta de que Él no ha condenado a Sus hijos a ir tropezando por la vida terrenal sin la esperanza de un futuro brillante y eterno. Él ha proporcionado instrucciones que revelan el camino de vuelta a Él. Y en el centro de todo está Su Hijo Amado, Jesucristo7, y Su sacrificio por nosotros.

La expiación infinita del Salvador cambia por completo la forma en que podríamos ver nuestras transgresiones e imperfecciones. En lugar de insistir en ellas y sentirnos irredimibles o sin esperanzas, podemos aprender de ellas y sentirnos esperanzados8. El don purificador del arrepentimiento nos permite dejar atrás nuestros pecados y emerger como una nueva criatura9.

Gracias a Jesucristo, nuestros fracasos no tienen por qué definirnos; pueden refinarnos.

Al igual que un músico que ensaya escalas, podemos ver nuestros errores, defectos y pecados como oportunidades para obtener un mayor conocimiento de nosotros mismos, un amor más profundo y honesto por los demás, y un refinamiento a través del arrepentimiento.

Si nos arrepentimos, los errores no nos descalifican; ellos forman parte de nuestro progreso.

Todos somos niños en comparación con los seres de gloria y grandeza que estamos destinados a llegar a ser. Ningún ser mortal pasa de gatear a caminar y a correr sin tropiezos, golpes y magulladuras frecuentes; así es como aprendemos.

Si seguimos practicando diligentemente, esforzándonos siempre por guardar los mandamientos de Dios y comprometiendo nuestros esfuerzos en arrepentirnos, perseverar y poner en práctica lo que aprendemos, línea por línea, recogeremos luz en nuestra alma10. Y aunque tal vez ahora no comprendamos del todo nuestro potencial, “sabemos que cuando [el Salvador] aparezca” veremos Su semblante en nosotros y “le veremos tal como él es”11.

¡Qué gloriosa promesa!

Sí, el mundo está en agitación; y sí, tenemos debilidades. Pero no tenemos que inclinar la cabeza desesperados, porque podemos confiar en Dios, podemos confiar en Su Hijo, Jesucristo, y podemos aceptar el don del Espíritu para que nos guíe en este camino hacia un vida llena de gozo y felicidad divina12.

Jesús entre nosotros

A menudo me he preguntado: ¿Qué enseñaría y haría Jesús si estuviera hoy entre nosotros?

Después de la Resurrección, Jesucristo cumplió Su promesa de visitar a Sus “otras ovejas”13.

El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo habla de tal aparición a los pueblos del continente americano. Tenemos ese preciado registro como testimonio tangible de la obra del Salvador.

El pueblo del Libro de Mormón vivía al otro lado del globo; su historia, cultura y clima político eran muy diferentes de los del pueblo al que Jesús enseñó durante Su ministerio terrenal. Sin embargo, Él les enseñó muchas de las mismas cosas que enseñó en la Tierra Santa.

¿Y por qué haría eso?

El Salvador siempre enseña verdades eternas, las cuales se aplican a personas de cualquier edad y en cualquier circunstancia.

Su mensaje era y es un mensaje de esperanza y de pertenencia: un testimonio de que Dios, nuestro Padre Celestial, no ha abandonado a Sus hijos.

¡De que Dios está entre nosotros!

Hace doscientos años, el Salvador volvió de nuevo a la tierra. Junto con Dios el Padre se le apareció a José Smith, cuando él tenía catorce años, y marcó el comienzo de la restauración del evangelio y de la Iglesia de Jesucristo. A partir de ese día, los cielos se abrieron y los mensajeros celestiales descendieron de las moradas de gloria inmortal. La luz y el conocimiento se derramaron desde el trono celestial.

El Señor Jesucristo habló una vez más al mundo.

¿Qué dijo?

Para bendición nuestra, muchas de Sus palabras están registradas en Doctrina y Convenios, disponibles para cualquier persona del mundo que desee leerlas y estudiarlas. ¡Cuán valiosas son esas palabras para nosotros hoy en día!

Y no debería sorprendernos ver que el Salvador vuelve a enseñar el mensaje central de Su evangelio: “… amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás”14. Él nos inspira a buscar a Dios15 y a vivir según las enseñanzas que ha revelado a Sus siervos, los profetas16.

Nos enseña a amarnos los unos a los otros17 y a “llen[arnos] de caridad para con los hombres”18.

Nos invita a ser Sus manos, a andar haciendo bienes19. “… [N]o amemos de palabra […], sino de hecho y en verdad”20.

Nos desafía a prestar atención a Su gran comisión: a amar, compartir, invitar a todos a Su evangelio y a Su Iglesia21.

Él nos manda construir santos templos y entrar y servir en ellos22.

Nos enseña a convertirnos en Sus discípulos, que nuestros corazones no deben luchar por el poder personal, la riqueza, la aprobación o la posición. Nos enseña a “desecha[r] las cosas de este mundo y busca[r] las de uno mejor” 23.

Él nos insta a buscar el gozo, la iluminación, la paz, la verdad, la felicidad24 y la promesa de la inmortalidad y la vida eterna25.

Demos con esto un paso adelante. Supongamos que Jesús viniera hoy al barrio, rama u hogar de ustedes. ¿Cómo sería eso?

Él vería directamente en su corazón y las apariencias externas perderían su importancia. Él los conocería tal como son. Él conocería los deseos de su corazón.

A los mansos y humildes levantaría.

A los enfermos curaría.

A los que dudan les infundiría fe y valor para creer.

Nos enseñaría a abrir nuestro corazón a Dios y a tender una mano a los demás.

Él reconocería y honraría la honestidad, la humildad, la integridad, la fidelidad, la compasión y la caridad.

Bastaría solo con mirarlo a los ojos y nunca seríamos los mismos. Seríamos cambiados para siempre, transformados por la profunda comprensión de que, efectivamente, Dios está entre nosotros.

¿Qué haremos?

Miro hacia atrás con bondad al joven que fui durante mis años de adolescencia. Si pudiera volver atrás en el tiempo, lo consolaría y le diría que permaneciera en el camino correcto y que siguiera buscando. Y le pediría que invitara a Jesucristo a su vida, ¡porque Dios está entre nosotros!

A ustedes, mis queridos hermanos y hermanas, mis queridos amigos, y a todos lo que buscan respuestas, la verdad y la felicidad, les ofrezco el mismo consejo: Sigan buscando con fe y paciencia27.

Pedid, y recibiréis. Llamad, y se os abrirá28. Confíen en el Señor29.

En nuestra vida diaria, es nuestra tarea primordial y nuestra oportunidad bendita encontrar a Dios.

A medida que dejemos de lado el orgullo y nos acerquemos a Su trono con un corazón quebrantado y un espíritu contrito30, Él se allegará a nosotros31.

Conforme procuremos seguir a Jesucristo y caminar en la senda del discipulado, línea por línea, llegará el día en que experimentaremos ese don inimaginable de recibir una plenitud de gozo.

Mis queridos amigos, su Padre Celestial los ama con un amor perfecto. Él ha demostrado Su amor de infinitas maneras, pero sobre todo dando a Su Hijo Unigénito como sacrificio y como don a Sus hijos para hacer realidad el regreso a nuestros padres celestiales.

Doy mi testimonio de que nuestro Padre Celestial vive, que Jesucristo dirige Su Iglesia, que el presidente Russell M. Nelson es Su profeta.

Les extiendo mi amor y mi bendición en esta gozosa época de Pascua de Resurrección. Abran su corazón a nuestro Salvador y Redentor, independientemente de sus circunstancias, pruebas, sufrimientos o errores; ustedes pueden saber que Él vive, que los ama y que, gracias a Él, nunca estarán solos.

Dios está entre nosotros.

De ello doy testimonio en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


  1. Véase Amós 3:7.
  2. Romanos 8:17; véase también Doctrina y Convenios 84:38.
  3. Véase 3 Nefi 28:10.
  4. Doctrina y Convenios 132:19.
  5. Véanse Alma 28:12Mormón 7:7.
  6. Las palabras de Doctrina y Convenios 58:42son algunas de las más inspiradoras y alentadoras de las Escrituras: “… quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más”. ¡Qué gozo me da saber que, si continúo arrepintiéndome, en ese futuro día en que caeré de rodillas ante mi Salvador y Redentor, Él me levantará y me abrazará! Mis pecados no solo serán perdonados, sino que ni siquiera serán recordados.
  7. Véanse Lucas 9:35José Smith—Historia 1:17.
  8. Véase Alma 36:17–20.
  9. Véase 2 Corintios 5:17.
  10. Véase Doctrina y Convenios 50:24.
  11. 1 Juan 3:2.
  12. Véase Mormón 7:7.
  13. Juan 10:16.
  14. Doctrina y Convenios 59:5.
  15. Véase Doctrina y Convenios 88:62–63.
  16. Véanse Doctrina y Convenios 14:741:5.
  17. Véanse Doctrina y Convenios 12:859:6.
  18. Doctrina y Convenios 121:45. El proceso de cuidar a los demás brinda tanto al rico como al pobre una forma de refinar su carácter y conduce a ambos hacia la exaltación (véase Doctrina y Convenios 104:15–18).
  19. Véase Doctrina y Convenios 81:5.
  20. 1 Juan 3:18.
  21. ¿Qué faculta a alguien para predicar el Evangelio? El Salvador responde: “… quien meta su hoz y coseche es llamado por Dios” (Doctrina y Convenios 11:4). En última instancia, son nuestros deseos los que nos facultan para la obra de proclamar la palabra de Dios (véase Doctrina y Convenios 4:3).
  22. Véase Doctrina y Convenios 124:39.
  23. Doctrina y Convenios 25:10.
  24. Véase Mosíah 16:11.
  25. Véase Doctrina y Convenios 82:9.
  26. Esta fue la pregunta que la multitud le hizo a Jesús a orillas del mar de Galilea. Es una pregunta inicial para nosotros al contemplar la posibilidad de convertirnos en discípulos de Jesucristo (véase Juan 6:28).
  27. Véase Alma 41:4–5, 10–11.
  28. Véase Doctrina y Convenios 88:63.
  29. Véase Proverbios 3:5.
  30. Véanse 3 Nefi 9:20Doctrina y Convenios 20:37.
  31. Véase Doctrina y Convenios 88:63.
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Una respuesta a Dios entre nosotros

  1. Muchas gracias por el trabajo que hacen publicando estas palabras de alivio, en estos tiempos tan difíciles. Hoy este discurso iluminó mi vida.

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