Enseñar a la manera del Salvador

Enseñar a la manera del Salvador

Por Jan E. Newman
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical
Conferencia General Abril 2021

La responsabilidad de seguir el ejemplo del Maestro y de enseñar como Él recae exclusivamente en cada uno de nosotros.

Maestros excepcionales

Hace unos meses, un excompañero de clase de mi ciudad natal, Overton, Nevada, sugirió que le hiciéramos juntos un regalo navideño a nuestra amada maestra de jardín de infantes, que acababa de cumplir 98 años. Ella nos enseñó a ser bondadosos, la importancia de una buena siesta, la alegría de tomar leche con galletas de miel, y a amarnos unos a otros. Gracias, hermana Davis, por ser una maestra tan maravillosa.

Tuve otro maestro excepcional cuando asistía al Colegio Universitario Ricks, hace muchos años. Me estaba preparando para servir en una misión y pensé que sería útil asistir al curso de preparación misional. pero lo que experimenté me cambió la vida.

Desde el primer día de clase, me di cuenta de que estaba en presencia de un maestro magistral; el maestro era el hermano F. Melvin Hammond. Sabía que el hermano Hammond amaba al Señor y que me amaba a mí; podía verlo en su rostro y oírlo en su voz. Cuando enseñaba, el Espíritu me iluminaba la mente. Enseñaba la doctrina, pero también me invitaba a aprenderla por mi cuenta, lo cual me ayudó a ver claramente mi responsabilidad de aprender la doctrina del Señor por mí mismo. Aquella experiencia me cambió para siempre. Gracias, hermano Hammond, por enseñar a la manera del Salvador.

Hermanos y hermanas, todos merecen tener esa clase de experiencia de aprendizaje, tanto en el hogar como en la Iglesia.

En la introducción de Ven, sígueme se brinda la perspectiva de lo que se puede lograr al enseñar a la manera de Cristo. Leemos: “El propósito de toda enseñanza y aprendizaje en el Evangelio es profundizar nuestra conversión a Jesucristo y ayudarnos a llegar a ser más como Él […]. [E]l tipo de aprendizaje del Evangelio que fortalece nuestra fe y conduce al milagro de la conversión no ocurre en forma inmediata, sino que se extiende más allá del salón de clases hasta el corazón y el hogar de las personas”1.

En las Escrituras se declara que el ministerio del Salvador en la antigua América fue tan impactante y se extendió de tal manera que “se convirtió al Señor toda la gente sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contenciones ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros”2.

¿Cómo puede nuestra enseñanza surtir un efecto similar en quienes amamos? ¿Cómo podemos enseñar más como el Salvador y ayudar a otros a convertirse más plenamente? Permítanme ofrecerles algunas sugerencias.

Emular al Salvador

Ante todo, asuman la responsabilidad de aprender todo lo que puedan sobre el propio Maestro de maestros. ¿Cómo mostraba Él Su amor por los demás? ¿Qué sentían las personas cuando Él enseñaba? ¿Qué enseñaba? ¿Qué esperaba de aquellos a los que enseñaba? Tras meditar en preguntas como esas, evalúen su manera de enseñar y adecúenla para que sea más como la de Él.

La Iglesia proporciona muchos materiales para la enseñanza en la aplicación Biblioteca del Evangelio y en LaIglesiadeJesucristo.org. Uno de esos materiales se llama Enseñar a la manera del Salvador. Los invito a leerlo y estudiar cada una de sus palabras. Esos principios les ayudarán conforme se esfuercen por ser más semejantes a Cristo al enseñar.

Desatar el poder de la familia

Mi siguiente sugerencia puede ilustrarse mediante una experiencia que tuve hace unos meses, cuando pasé a visitar a un querido amigo. Alcancé oír a su esposa dentro de la casa hablando con alguien, así que me disculpé de inmediato para que mi amigo pudiera volver con su familia.

Más o menos una hora más tarde, recibí este mensaje de texto de su dulce esposa: “Hermano Newman, gracias por pasar a vernos. Deberíamos haberlo invitado a entrar, no obstante, quiero compartir con usted lo que estábamos haciendo. Desde que comenzó la pandemia, todos los domingos analizamos Ven, sígueme con nuestros hijos adultos a través de Zoom. Aquello ha obrado milagros, literalmente. Creo que es la primera vez que nuestra hija ha leído el Libro de Mormón por su cuenta. Hoy era la última lección sobre el Libro de Mormón y estábamos terminando cuando pasó usted a vernos […]. Creí que le interesaría oír cómo Ven, sígueme, Zoom y la pandemia han brindado la oportunidad en el momento justo de cambiar un corazón. Aquello me hace pensar en cuántos pequeños milagros habrán ocurrido durante estos tiempos inusuales”.

A mi parecer, esto es el cumplimiento de la promesa que el presidente Russell M. Nelson hizo en octubre de 2018. Él dijo que el aprendizaje del Evangelio centrado en el hogar y apoyado por la Iglesia “tiene el potencial de desatar el poder de las familias al seguir cada una de ellas dicho curso, de manera consciente y cuidadosa, para transformar su hogar en un santuario de fe. Prometo que a medida que trabajen con diligencia para remodelar su hogar, centrándolo en el aprendizaje del Evangelio, con el tiempo sus días de reposo serán verdaderamente una delicia. Sus hijos estarán entusiasmados por aprender y vivir las enseñanzas del Salvador […]. Los cambios en su familia serán notables y duraderos”3. ¡Qué hermosa promesa!

Para que sea algo que en verdad nos cambie la vida, la conversión a Jesucristo debe implicar nuestra alma entera y estar presente en cada aspecto de nuestra vida; por esa razón, debe centrarse en el núcleo de nuestra vida: nuestra familia y el hogar.

Recuerden que la conversión es personal

Mi última sugerencia es que recuerden que la conversión debe provenir del interior; Como se ilustra en la parábola de las diez vírgenes, no podemos dar a otra persona el aceite de nuestra conversión, por mucho que lo deseemos. Como enseñó el élder David A. Bednar: “Este valioso aceite se adquiere una gota a la vez […], con paciencia y perseverancia. No hay atajos; no es posible la preparación a último momento”4.

Ven, sígueme se basa en esa verdad. Yo lo comparo con el ángel que ayudó a Nefi a aprender sobre Jesucristo, diciendo: “¡Mira!”5. Como ese ángel, Ven, sígueme nos invita a mirar y a buscar en las Escrituras y en las palabras de los profetas modernos para hallar al Salvador y escucharlo. Tal como Nefi, seremos orientados personalmente por el Espíritu mientras leamos y meditemos la palabra de Dios. Ven, sígueme es el trampolín que nos ayuda a cada uno a zambullirnos profundamente en el agua viva de la doctrina de Cristo.

La responsabilidad de los padres se parece a ello de muchas maneras. Los hijos heredan muchas cosas de sus padres, pero el testimonio no es una de ellas. Así como no podemos forzar el crecimiento de una semilla, tampoco podemos dar el testimonio a nuestros hijos. Sin embargo, podemos proporcionar un entorno que lo nutra, con buena tierra, libre de espinos que “ahoguen] la palabra”. Podemos esforzarnos por crear las condiciones ideales para que nuestros hijos —y otros seres amados— puedan hallar lugar para la semilla, “o[ír] y ent[ender] la palabra”6 y descubrir por sí mismos “que la semilla es buena”7.

Hace varios años, mi hijo Jack y yo tuvimos la oportunidad de jugar en la cancha Old Course de St. Andrews, Escocia, donde comenzó el deporte del golf. ¡Fue algo increíble! Al regresar a casa, intenté transmitir a los demás la magnitud de la experiencia, pero no pude. Las fotos, los videos y mis esmeradas descripciones fueron totalmente insuficientes. Al final, comprendí que la única manera de que alguien conozca la imponencia de la cancha de St. Andrews es experimentarla, contemplar las vastas calles, respirar aquel aire, sentir el viento en el rostro y dar unos cuantos golpes fallidos hacia los hondos agujeros de arena y los espesos arbustos de tojo, lo cual hicimos con gran eficacia.

Lo mismo ocurre con la palabra de Dios; podemos enseñar la palabra, predicar de ella, explicarla; podemos hablar de ella, describirla, podemos dar testimonio de ella; sin embargo, hasta que la persona no sienta que la sagrada palabra de Dios destila sobre su alma como rocío del cielo por medio del poder del Espíritu8, será como mirar una postal o las fotos de las vacaciones de otra persona. Hay que ir allí en persona; La conversión es un viaje personal, un viaje de recogimiento.

Todos los que enseñen en el hogar y en la Iglesia pueden ofrecer a los demás la oportunidad de tener sus propias experiencias espirituales. Mediante esas experiencias, llegarán a “conocer la verdad de todas las cosas” por sí mismos9. El presidente Nelson enseñó: “Si tienes preguntas sinceras sobre el Evangelio o la Iglesia, si eliges dejar que Dios prevalezca, serás guiado(a) para encontrar y comprender las verdades absolutas y eternas que guiarán tu vida y te ayudarán a mantenerte firme en la senda de los convenios”10.

Mejorar considerablemente la enseñanza

Invito a los líderes y maestros de cada organización de la Iglesia a deliberar en consejo con los padres y los jóvenes para mejorar considerablemente la enseñanza en todos los niveles: en las estacas, en los barrios y en el hogar. Eso se logra al enseñar la doctrina y fomentar conversaciones llenas del Espíritu sobre las verdades que el Espíritu Santo nos ha enseñado durante los apacibles momentos de nuestro estudio personal.

Mis amados amigos en Cristo, la responsabilidad de seguir el ejemplo del Maestro y de enseñar como Él recae exclusivamente en cada uno de nosotros. ¡Su manera es la manera verdadera! Conforme le sigamos, “cuando él aparezca, se[remos] semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro”11. En el nombre de Aquel que ha resucitado, el Maestro de maestros, Jesucristo. Amén.


  1. Ven, sígueme—Para uso individual y familiar: Doctrina y Convenios 2021, pág. VI.
  2. 4 Nefi 1:2.
  3. Russell M. Nelson, “Cómo ser Santos de los Últimos Días ejemplares”, Liahona, noviembre de 2018, págs. 113–114.
  4. David A. Bednar, “Convertidos al Señor”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 109.
  5. Véase 1 Nefi 11:8–36.
  6. Mateo 13:18-23.
  7. Alma 32:30.
  8. Véase Doctrina y Convenios 121:45.
  9. Moroni 10:5.
  10. Russell M. Nelson, “Que Dios prevalezca”, Liahona, noviembre de 2020, pág. 94.
  11. Moroni 7:48.
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