Nuestro Salvador personal

Nuestro Salvador personal

Por el élder Michael John U. Teh
De los Setenta
Conferencia General Abril 2021

Debido a Su sacrificio expiatorio, el Salvador tiene poder para limpiar, sanar y fortalecernos uno por uno.

Agradezco estar con ustedes en esta maravillosa mañana de Pascua. Al pensar en la Pascua de Resurrección, me gusta repetir en la mente las palabras que dijeron los ángeles a quienes se encontraban en el sepulcro del huerto: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado”1. Testifico que Jesús de Nazaret resucitó, y que vive.

¿Qué pensáis del Cristo?

Hace treinta y cuatro años, mi compañero de misión y yo conocimos y enseñamos a un hombre de gran intelecto, que era un escritor que colaboraba en el periódico local de la ciudad de Davao, Filipinas. Disfrutamos enseñarle, ya que tenía muchas preguntas y era muy respetuoso de nuestras creencias. La pregunta más sobresaliente que nos hizo fue: “¿Qué pensáis del Cristo?”2. Por supuesto, compartimos con emoción nuestros sentimientos y testificamos de Jesucristo. Más adelante, publicó un artículo del mismo tema que contenía palabras y frases maravillosas en cuanto al Salvador. Recuerdo que estaba impresionado, pero no necesariamente me sentía elevado. Tenía buena información, pero se sentía vacío y carecía de poder espiritual.

Llegar a conocerlo cada vez más

“¿Qué pensáis del Cristo?”. Estoy descubriendo que la profundidad con la que yo conozca al Salvador influye de manera significativa en mi capacidad para escucharlo, así como en la manera en la que respondo. Hace algunos años, el élder David A. Bednar hizo las siguientes preguntas como parte de su discurso: “¿Sabemos solamente acerca del Salvador o estamos llegando a conocerlo cada vez más? ¿Cómo llegamos a conocer al Señor?”3.

Al estudiar y meditar, llegué al entendimiento claro de que lo que sabía en cuanto al Salvador sobrepasaba en gran medida a cuánto lo conocía en realidad. Entonces decidí esforzarme más por conocerlo. Estoy muy agradecido por las Escrituras y los testimonios de hombres y mujeres fieles que son discípulos de Jesucristo. Mi propia travesía me ha llevado en los últimos años a muchos caminos de estudio y descubrimiento. Ruego que el Espíritu Santo les transmita hoy un mensaje mucho mayor al de las palabras insuficientes que he escrito.

Primero, debemos reconocer que conocer al Salvador es el esfuerzo más importante de nuestra vida y que debe tener prioridad sobre cualquier otra cosa.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”4.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”5.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”6.

Segundo, al llegar a conocer cada vez más al Salvador, los pasajes de las Escrituras y las palabras de los profetas se vuelven tan profundamente significativos para nosotros que se convierten en nuestras propias palabras. No se trata de copiar las palabras, los sentimientos y las experiencias de los demás, sino de llegar a saber por nosotros mismos, en nuestra propia y única manera, al experimentar con la palabra7 y recibir un testimonio del Espíritu Santo. Como el profeta Alma declaró:

“¿No suponéis que sé de estas cosas yo mismo? He aquí, os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. Y, ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?

“He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado por su Santo Espíritu; y este es el espíritu de revelación que está en mí”8.

Tercero, llegar a comprender cada vez más que la expiación de Jesucristo se aplica a nosotros de manera personal e individual nos ayudará a conocerlo. Con frecuencia, nos es más sencillo pensar y hablar de la expiación de Cristo en términos generales que reconocer su relevancia personal en nuestra vida. La expiación de Jesucristo es infinita y eterna, lo abarca todo en su amplitud y profundidad, pero es totalmente personal e individual en sus efectos. Debido a Su sacrificio expiatorio, el Salvador tiene poder para limpiar, sanar y fortalecernos uno por uno.

El único deseo del Salvador, Su único propósito desde el principio, era hacer la voluntad del Padre. La voluntad del Padre era que Él ayudara a “[l]levar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”9 al llegar a ser nuestro “abogado […] para con el Padre”10. Por tanto, “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser el autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”11.

“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases […].

“Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte […] y sus debilidades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia […], a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos.

“… el Hijo de Dios padece según la carne, a fin de tomar sobre sí los pecados de su pueblo, para borrar sus transgresiones según el poder de su liberación”12.

Me gustaría compartir una experiencia sencilla que muestra la lucha que en ocasiones tenemos para aceptar la naturaleza personal de la expiación del Señor.

Hace algunos años, por invitación de mi líder directo, leí el Libro de Mormón de principio a fin y marqué los versículos que hacían referencia a la expiación del Señor. Mi líder también me invitó a preparar un resumen de una página de lo que había aprendido. Pensé: “¿Una página? ¡Por supuesto!, eso es fácil”. Sin embargo, para mi sorpresa, la tarea fue sumamente difícil y fallé.

Desde entonces me he dado cuenta de que fallé porque no comprendía e hice suposiciones incorrectas. Primero, yo esperaba que el resumen fuera inspirador para todos. El resumen era solamente para mí, para nadie más. Se suponía que captaría mis sentimientos y emociones respecto al Salvador y lo que Él ha hecho por mí, para que cada vez que yo lo leyera, me recordara experiencias espirituales maravillosas, conmovedoras y personales.

Segundo, yo esperaba que el resumen fuera espléndido y elaborado, y que tuviera frases y palabras grandiosas. Nunca tuvo que ver con palabras grandiosas. Se suponía que debía ser una declaración de convicción clara y simple. “Porque mi alma se deleita en la claridad; porque así es como el Señor Dios obra entre los hijos de los hombres. Porque el Señor Dios ilumina el entendimiento”13.

Tercero, yo esperaba que fuera perfecto; que fuera un resumen que no se pudiera superar, un resumen definitivo al que no se pueda ni se deba agregar más, en vez de una obra en curso a la que se le puede agregar una palabra aquí o una frase allá a medida que aumenta mi comprensión de la expiación de Jesucristo.

Testimonio e invitación

Cuando era joven, aprendí mucho al conversar con mi obispo. En esa tierna edad, aprendí a amar estas palabras de un himno predilecto:

Asombro me da el amor que me da Jesús.
Confuso estoy por Su gracia y por Su luz,
y tiemblo al ver que por mí Él Su vida dio;
por mí, tan indigno, Su sangre Él derramó.

Cuán asombroso es que por amarme así
muriera Él por mí.
Cuán asombroso es lo que dio por mí14.

El profeta Moroni nos invitó: “Y ahora quisiera exhortaros a buscar a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles”15.

El presidente Russell M. Nelson prometió que “[s]i aprende[mos] todo lo que p[odamos] acerca de Jesucristo […], nuestra capacidad de alejar[nos] del pecado aumentará; [nuestro] deseo de guardar los mandamientos se intensificará”16.

En este domingo de Pascua de Resurrección, así como el Salvador salió de Su tumba de piedra, es mi ruego que despertemos de nuestro letargo espiritual y nos elevemos por encima de las nubes de duda, de las garras del temor, de la embriaguez del orgullo y del adormecimiento de la autocomplacencia. Jesucristo y el Padre Celestial viven. Testifico de Su amor perfecto por nosotros. En el nombre de Jesucristo. Amén.


  1. Lucas 24:5–6.
  2. Mateo 22:42.
  3. David A. Bednar, “Si me conocierais”, Liahona, noviembre de 2016, pág. 103.
  4. Juan 17:3.
  5. Juan 14:6.
  6. Juan 8:12.
  7. Véase Alma 32:27.
  8. Alma 5:45–46.
  9. Moisés 1:39.
  10. 1 Juan 2:1.
  11. Hebreos 5:8–9.
  12. Alma 7:11–13.
  13. 2 Nefi 31:3.
  14. “Asombro me da”, Himnos, nro. 118.
  15. Éter 12:41.
  16. Russell M. Nelson, “Los profetas, el liderazgo y la ley divina”, (devocional mundial para jóvenes adultos, 8 de enero de 2017), broadcasts.ChurchofJesusChrist.org.
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