Conservar a nuestros hijos Cerca del corazón

Conservar a nuestros hijos Cerca del corazón

Jeffrey R. Holland

Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Revista Liahona Junio 2021

No debemos alejarnos de nuestros hijos. Debemos seguir esfor­zándonos y dar amor, orar y escuchar.

Nota del editor: Al leer la sección 68 de Doctrina y Convenios este mes, tenga en cuenta el consejo del Señor a los padres en los versículos 25 al 28. Para ayudarnos a recordar la enorme responsabilidad que descansa sobre los padres, nos gustaría publicar de nuevo esta memorable experiencia que el élder Holland, en ese enton­ces rector de la Universidad Brigham Young, compartió en la sesión del sacerdocio de la Conferencia General de abril de 1983 [véase Liahona, julio de 1983, págs. 56-59]. Lo acompañó su hijo adolescente, Matt.

Conservar a nuestros hijos Cerca del corazón

Todo va demostrando de un modo cada vez más patente que debemos enseñar personalmente el Evangelio a nuestros hijos y vivir esas ense­ñanzas en el hogar o correr el riesgo de descubrir demasiado tarde que el maestro de la Primaria o el asesor del sacerdocio o el instructor de seminario no pudieron hacer por nuestros hijos lo que nosotros no quisimos hacer por ellos.

Quisiera infundirles un poco de aliento con respecto a tan grande responsabi­lidad. Lo que más estimo del lazo que me une a mi hijo Matt es que él es, junto con su madre, hermana y hermano, mi mejor y más querido amigo. Prefiero estar aquí, en esta reunión del sacerdocio, con mi hijo, antes que con cualquier otra persona de este mundo. Me encanta su compañía; conversamos mucho; reímos mucho; oro por él; he llorado con él y estoy infinitamente orgulloso de él […].

Mis hijos eran pequeños cuando yo cursaba estudios de postgrado en una universidad de Nueva Inglaterra. Mi esposa era la presidenta de la Sociedad de Socorro en el barrio y yo servía en la presidencia de la estaca. Yo estudiaba a tiempo completo y enseñaba a medio tiempo. Teníamos dos hijos pequeños en ese entonces, poco dinero y muchas exigencias; una vida como la de ustedes.

Una noche llegué a casa tras largas horas de clases, sintiendo el proverbial peso del mundo sobre mis hombros. Todo parecía ser exigente, desalentador y sombrío, y dudaba de si volvería a brillar el sol. Cuando entré en nuestro pequeño aparta­mento de estudiantes, reinaba allí un silencio nada habitual.

“¿Qué pasa?”, pregunté.

“Matthew quiere decirte algo”, me dijo mi esposa.

“Matt, ¿qué quieres decirme?”. Él jugaba en silencio con sus juguetes en un rincón del cuarto, como si no oyera. “Matt”, dije en voz más alta, “¿tienes algo que decirme?”.

Dejó de jugar, pero no levantó la vista de inmediato. Luego, volvió hacia mí sus enor­mes ojos castaños anegados de lágrimas y con el dolor que solo un niño de cinco años tiene, me dijo: “No obedecí a mamá y le contesté mal”. Dicho eso, rompió a llorar y todo su cuerpecito se estremeció de pesar.

Un pequeño había confesado pesaroso una falta infantil, la experiencia le servía y una amorosa reconciliación pudo haberse puesto magníficamente en marcha.

Todo hubiera salido perfecto de no haber sido por mí. Si pueden imaginar acto tan necio, me enfurecí, y no con el chico, sino por 101 cosas más; pero él no sabía eso, y a mí me hacía falta la disciplina para admitirlo. Él recibió la descarga de todo.

Le dije lo desilusionado que estaba y cuán­to más esperaba de él […] Luego hice lo que nunca había hecho: le ordené que se fuera derecho a la cama y le dije que no le acompañaría a decir su oración ni le contaría ningún cuento. Ahogando los sollozos, se fue obedientemente junto a su cama, donde se arrodilló —solo— a orar. Luego empapó su almohadita con las lágrimas que su padre debió haber­le enjugado.

Si el silencio que encontré al llegar a casa era pesado, hay que imaginar lo que fue después. Mi esposa [Pat] no dijo palabra. No tuvo que decir nada. ¡Mi malestar era atroz!

Después, al arrodillarnos junto a nuestra cama, mi súplica de bendi­ciones para mi familia resonó en mis oídos de un modo horrendo. Quise ponerme de pie al instante e ir a pedir perdón a Matt, pero el niño dormía ya plácidamente.

Mi tranquilidad no volvió tan pronto, pero por fin me dormí y comencé a soñar, cosa rara en mí. Soñé que Matt y yo preparábamos dos vehículos para una mudanza. Ni su madre ni su hermanita estaban presentes. Cuando terminamos, me volví hacia él y le dije: “Y bien, Matt, tú conduces un auto y yo el otro”.

El pequeño, muy obedientemente, trepó al asiento y trató de tomar el enorme volante. Yo me subí al otro auto y puse en marcha el motor. Al partir, eché una mirada a mi hijo para ver cómo le iba. Se esforzaba con todas sus fuerzas; trataba de alcanzar los pedales, pero no podía. También movía perillas y pul­saba botones para poner el auto en marcha. Apenas se lo veía sobre el tablero de instru­mentos, pero desde allí me miraba otra vez con sus bellos y enormes ojos castaños llenos de lágrimas. Mientras me alejaba, me gritó: “Papá, no me dejes. Yo no sé hacer esto; soy muy pequeño”. Y yo me alejé.

Poco después, al conducir por el camino, en mi sueño, comprendí en un momento fugaz y espantoso lo que había hecho. Detu­ve bruscamente el auto, salí de él de un salto y comencé a correr al límite de mis fuerzas. Dejé abandonados el auto, las llaves, todo, y corrí. El pavimento caliente me quemaba los pies y las lágrimas me nublaban la vista mien­tras procuraba divisar al niño en la distancia. Seguí corriendo, orando, suplicando ser per­donado y hallar al niño sano y salvo.

Al dar la vuelta a una curva, a punto de desplomarme al suelo agotado física y emo­cionalmente, vi el auto que había dicho a Matt que condujera a un costado del camino, y que el niño estaba riendo y jugando cerca de allí con un hombre mayor. Matt, al verme, me dijo: “¡Hola, papá. Ven aquí. Nos estamos divirtiendo!”. Evidentemente ya me había perdonado y olvidado mi terrible transgresión contra él.

Pero sentí temor de la mirada intensa del hombre, que seguía todos mis movimientos.

Intenté decirle “Gracias”, pero sus ojos denotaban intenso pesar y desilusión. Dije entre dientes una torpe excusa y él me dijo senci­llamente: “No debió haberle dejado solo para hacer algo tan difícil. Eso es algo que a usted no se le hubiera pedido”.

Con eso terminó el sueño y me senté en la cama como impulsa­do por un resorte. Mi almohada estaba ahora empapada de sudor y lágrimas. Salté de la cama y corrí hasta (la camita) el catrecito de metal donde dormía mi hijo. Allí, de rodillas, llorando, le acuné en mis brazos y le hablé mientras seguía dormido. Le dije que todo papá comete errores, pero sin intención. Le dije que él no tenía la culpa de que su padre hubiera pasado un mal día. Le dije que cuando los hijos tienen cinco o quince años, a veces los papás lo olvidan y piensan que tienen cincuenta. Le dije que quería que él fuese niño pequeño por largo, largo tiempo, porque dentro de poco crecería y se haría hombre y no estaría jugando en el suelo con sus juguetes cuando yo llegara a casa. Le dije que lo amaba a él y a su madre y a su hermanita más que a nada en el mundo y que culaq- quier problema que tuviéramos en la vida lo encararíamos juntos.

Le dije que nunca más me abstendría de darle mi afecto y mi per­dón, y rogué que él nunca dejara de dármelos a mí. Le dije que me honraba el ser su padre y que procuraría con toda el alma ser digno de tan grande responsabilidad.

Y bien, no he demostrado ser el padre perfecto que prometí ser aquella noche, y mil noches antes y después. Pero aún anhelo serlo, y creo en el sabio consejo del presidente Joseph F. Smith: “… Si conservan a los [hijos] cerca de su corazón, al alcance de sus bra­zos, si les hacen sentir que los aman […], y si los mantienen cerca de ustedes, no se apartarán muy lejos”1.

… No debemos alejarnos de nuestros hijos. Debemos seguir esforzándonos y dar amor, orar y escuchar. Debemos conservarlos “al alcance de [nuestros] brazos”. ■

NOTA

  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, 2000, pág. 271.
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