El Propósito de la Vida

El Propósito de la Vida

Albert Ernest BowenPor el Élder Albert E. Bowen
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Discurso pronunciado el domingo, 4 de febrero de 1951, en la Sesión de la Mañana de la Conferencia Regional, Capilla de Ermita, México, D. F


Es una vista grandiosa ver esta grande congregación. No había esperado ver tantas personas en un solo lugar. He venido de una larga distancia para verlos a ustedes y me siento completamente recompensado por las dificultades en venir por ver esta grande reunión de Santos de los Últimos Días.

El sábado pasado me senté en un edificio frío, en un servicio largo, y me resfrié y desde entonces no me he sentido muy bien de salud. Por eso he estado sentado aquí con mi abrigo puesto esta mañana —porque no quería hacer otra- vez el mismo error. Está bien si hacemos un error una vez, pero nunca debemos hacer el mismo error dos veces.

Les traigo saludos no solamente por mi parte, sino también por parte de la Presidencia de la Iglesia y las otras Autoridades Generales que viven en la Ciudad de Lago Salado. Ellos esperarán oír mi reporte, cuando regrese, de las condiciones que encuentro aquí. Ellos estarán ansiosos de saber romo están y romo se sienten por ser miembros de la Iglesia, si están contentos por ser miembros o si están desilusionados en las cosas que han emprendido. Hasta donde he podido observar hasta ahorita, mientras he viajado por la misión, podré regresar a casa con un buen reporte de la Iglesia aquí. He encontrado en todas partes evidencia de diligencia y de sinceridad y devoción a la obra.

La única cosa de importancia en el mundo es la gente. Después que el Señor hubiese creado el mundo, no sentía que su obra era completa hasta que hubiese formado al hombre. En verdad, todo lo que había creado antes era solamente preparatorio para el advenimiento del hombre. Este mundo fue creado especialmente como un hogar para el hombre. Cuando el Señor hubiese creado al hombre y le hubiese puesto sobre la tierra, uno de los primeros mandamientos que le dio era que el hombre debería sojuzgar la tierra y tener dominio sobre ella. Se le mandó establecer su dominio sobre ella y eso ha sido la obra del hombre désele ese tiempo hasta ahora —el vivir en este mundo material y aprender como dominarlo, para establecer su dominio sobre las fuerzas físicas del mundo, para aprender cómo vivir en el múñelo material y prepararse, después de dominarlo, para vivir en un mundo espiritual. Todo su trabajo, mientras está en esta vida, tiene el propósito de prepararle para la vida venidera.

El hombre ha progresado mucho en cuanto a dominar el mundo físico. En el principio el hombre tenía cosas muy humildes con que trabajar. No sabía cómo usar todo lo que el Señor había creado. No sabía cómo hacer a la tierra producir para su sustento y no sabía cómo usar todas las fuerzas que había en este universo. Mientras ha crecido en conocimiento y experiencia, su visión del mundo se ha ensanchado. Ha llegado a apreciar más plenamente lo que el Señor ha creado y ha aprendido a utilizar las cosas que el Señor ha proveído.

Así que, en este día glorioso en que vivimos, hemos aprendido a hacer nuestro trabajo con mecanismos. Lo que los hombres antes hacían con sus manos, ahora se puede hacer por medio del uso de mecanismos y las fuerzas de este universo. Volamos por el aire. No hace mucho tiempo que se nos creería algo raros por sugerir tal posibilidad, pero ahora podemos hacer eso porque hemos aprendido como dominar algunas de las fuerzas de la naturaleza. Estas fuerzas siempre han estado aquí. Han estado aquí desde el principio, pero el hombre no había aprendido como usarlas. No había aprendido los principios por los cuales podría construir un mecanismo que volaría en el aire. No había aprendido a dominar la fuerza que lo impelería. El petróleo siempre ha estado en la tierra, pero el hombre tardó mucho tiempo en encontrarlo y en aprender cómo sacarlo de la tierra. Tardó un período de tiempo más largo en aprender cómo refinarlo y hacer gasolina de él. Entonces, tardó un tiempo aún más largo para aprender cómo hacer una máquina que causaría la explosión de la gasolina y así convertirla en una fuerza propulsora. Ahora que ha aprendido todas estas cosas puede impelerse por el are con facilidad.

No sabía cómo usar la electricidad. No sabía lo que era. Veía a los rayos relampaguear desde las nubes pero no sabía que representaba una fuerza que podría dominar y utilizar para hacer su trabajo. Ahora, después de haber dominado ésos procese?, puede utilizar esta fuerza eléctrica para hacer su trabajo diario. Hace funcionar los barcos y motores y empujar a trenes largos que llevan cargas pesadas de flete. La esposa que trabaja en el hogar puede usar la misma fuerza eléctrica para hacer algunas de las tareas en el hogar —los limpiadores de vacío que limpian el piso, las lavadoras que lavan la ropa— y tóelos éstos son el resultado de la obediencia del hombre a las leyes que Dios le ha dado. Son una parte de la misión que le fue dada cuando se le dijo que sojuzgara la tierra y que tuviera dominio sobre ella. Es parte del proceso de ganar experiencia en la vida y ele preparar al hombre para hacer cosas mayores en el más allá.

Pero, hay una cosa en que el hombre no ha progresado mucho. Comete la misma clase de errores que antes cometía, moral y espiritualmente. No ha logrado el mismo dominio sobre sus apetitos y pasiones. Todavía comete la misma clase de errores que cometía al principio del tiempo. Esa es la grande lección del futuro que debemos aprender nosotros —aprender cómo dominar nuestras voluntades y deseos y dominar nuestros apetitos y nuestras pasiones, sacar de nuestras mentes los deseos malos y cultivar en su lugar las virtudes que Dios ha ordenado. Esa es la gran obra que esta Iglesia está emprendiendo. No desprecia la conquista del Universo. Lo recomienda, y recomienda todo lo que es posible para el hombre aprender —todo lo que se relaciona con el mundo en que vive y las grandes fuerzas que lo gobiernan y a aprender a establecer su dominio sobre ellas. A la vez, es importante que aprenda a dominarse a sí mismo y eso es la misión final del hombre.

Es una cosa extraña que’ después ‘de dos mil años de oír lo que Cristo enseñó, el hombre todavía comete la misma clase de pecados que cometía hace casi dos mil años. Cuando Jesús envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio, les dijo que enseñaran a la gente a guardar todas las cosas que él les había mandado. Una de las primeras cosas que les mandó enseñar era que habían de arrepentirse y ser bautizados y recibirían la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo. Pero, después que hubiesen hecho eso, todavía les quedaba mucho trabajo que hacer. Al hacer esto apenas habían principiado y habían de seguir adelante desde ese punto mejorándose día por día.

Cuando los apóstoles salieron y predicaron el evangelio al pueblo, les organizaron en grupos o ramas —cuerpos de la Iglesia que Be reunían y adoraban como ustedes están reunidos aquí ahora. Les exhortaron a que se apartaran de las cosas malas a las cuales se habían acostumbrado.

Les dijeron que estaba bien cuando no saben que están en error, pero ahora que han recibido el Evangelio y han sido enseñados el camino mejor, se espera que desechen estas cosas que son incompatibles con las cosas del Señor. Los apóstoles cuidaron las congregaciones que habían organizado. Les escribían cartas recomendándoles el curso de vida que deberían seguir. Así que, Pablo escribió muchas cartas a las iglesias que había organizado, así también Pedro y los otros apóstoles. A los corintios Pablo escribió esto: “¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios”. (1 Cor. 6:9-10.)

Así que, exhortó a aquéllos a quienes escribió sus epístolas que si esperaban recibir salvación en el Reino de Dios, tendrían que apartarse de estas prácticas que antes habían tenido. Ustedes se acuerdan que cuando uno fue a Jesús y le preguntó qué tendría que hacer, y Jesús le había enseñado acerca del bautismo y le dijo que tendría que nacer otra vez, Nicodemo quería saber cómo un hombre podría nacer otra vez. Se le explicó que nacía otra vez cuando se apartaba de las cosas malas que se había acostumbrado hacer. El proceso principiaba por su bautismo y el lavamiento de sus pecados. Eso era solamente el principio —desde allí en adelante, tendría que continuar a apartarse de lo malo. Tendría que vivir una vida nueva. No podría ser la misma clase de hombre que era antes.

Nos sorprende grandemente cuando leemos las exhortaciones dadas por Pablo y vemos que son las mismas exhortaciones que tienen que ser dadas en este día. No sorprende que después de casi dos mil años de enseñanza, los hombres aún están cometiendo la misma clase de maldades que habían estado cometiendo antes, lo que muestra cuan lento ha sido su progreso y muestra la obra tan grande que le falta hacer antes de que esté preparado para morar en el Reino de Dios. El Señor ha dicho que ninguna cosa impura puede morar en su presencia. El no tolerará pensamientos o hechos malos o deseos malos.

A fin de estar preparados para morar en su presencia, tenemos que despojarnos de estas cosas. El establecimiento de su reino no puede venir hasta que los hombres se hayan preparado para vivir en ese reino por medio de obedecer los principales y vivir la clase de vida que él les enseñó a vivir.

De manera que, si quieren que venga el Reino de Dios, tienen que prepararse para recibirlo y vivir en él. El Señor dijo, cuando vivía en Jerusalén, que Jerusalén ya podría haber sido redimido si el pueblo le hubiera recibido. Pero, porque no le recibieron ni obedecieron sus enseñanzas tendrían que sufrir persecución; tuvieron que sufrir los años de la vida para que crecieran en los caminos de la justicia. Esa es la misma ley que se ha de observar ahora. El Señor está ansioso por la salvación de su pueblo. Él quiere que su reino venga. Quiere salvar y redimir a su pueblo. Les ha enseñado la manera en que deben vivir a fin de obtener esta salvación. También les ha enseñado que no pueden salvarse en sus pecados y que no pueden venir a morar en su presencia hasta que se hayan purificado y limpiado de todo mal. Esa es la obra que los hombres tienen que hacer para sí mismos. Ese es el propósito de esta Iglesia —para enseñar a la gente cómo vivir. De nada nos aprovecha profesar ser miembros de la Iglesia a menos que vivamos de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. No es la clase de profesión que hacemos lo que vale sino que es lo que en verdad hacemos en nuestras propias vidas, y eso es un proceso diario. No se logra por hacer alguna cosa espectacular. No podemos hacer una cosa grandiosa y espectacular y estar seguros de nuestra salvación; pero tenemos que cumplir cada día con las tareas sencillas que vienen a nosotros y cumplir con ellas reciamente. Tenemos que sacar de nuestros corazones los deseos de hacer el mal. Tenemos que cultivar en su lugar el deseo de hacer lo justo, y cuando hemos vencido el deseo de hacer vina cosa mala, entonces, hemos vencido esa cosa y somos superior a ello. En cuanto a lo que concierne a esa cosa particular, somos salvos. Si un hombre tiene un apetito malo, si es borracho y vence ese deseo de la bebida, y se eleva arriba de ello de tal manera que ya no es vina tentación para él y se ha limpiado para no tener ese apetito, entonces se ha salvado en cuanto a lo que concierne a ese apetito malo. Entonces, puede seguir con alguna otra falta que tenga y corregirla.

Así que, día por día, vence algún mal, y, día por día, introduce en su modeló de vida alguna virtud que el Señor ha recomendado al hombre cultivar a fin de perfeccionarse. Entonces, en el fin, cuando todo ha sido juntado, tenemos el modelo de la vida. De manera que, el modelo de nuestras vidas, finalmente, es lo que hemos tejido día por día con nuestras acciones diarias. No consiste en cosas espectaculares o grandiosas, pero consiste en hacer lo justo en las cosas pequeñas que ocurren todos los días —por ser bondadosos con nuestras esposas e hijos, por ser honrados al tratar con nuestros vecinos y amigos, en no tomar lo que pertenece a otro, en aprender a no profanar el nombre de la Deidad, sino tener reverencia para el Señor, en honrar a nuestros padres y a nuestras madres, en ser obedientes los hijos a sus padres, en ser bondadosos los padres a sus hijos, en enseñarles cómo deben vivir, en despojarnos del odio haca nuestros vecinos, amigos, o enemigos, y en no tener envidia ni codicia. Uno de los grandes mandamientos que el Señor dio fue éste: “No codiciarás”. No codiciarás cosa alguna de tu prójimo. Tenemos que extirpar la codicia y la avaricia de nuestras naturalezas. Esa es la causa porque tenemos guerra en el mundo ahora, porque alguien codicia lo que otro tiene. Si la humanidad obedeciera ese mandamiento, entonces tendríamos paz en el mundo y estaríamos libres de guerras y contiendas. Estaríamos libres de disputas entre vecinos así como de guerras entre naciones. La única razón porque dos naciones tienen guerra es porque una tiene algo que la otra quiere y la que lo tiene no quiere perderlo y la otra dice: “Soy más grande que usted y tengo un ejército más grande y se lo voy a quitar”, y tenemos guerra. Todas las guerras en la historia que yo conozco principian por los deseos de alguien de quitar de otro lo que tiene. Vienen porque quebramos ese mandamiento de no codiciar. Si solamente guardásemos estos mandamientos pequeños, pronto nos perfeccionaríamos y estaríamos preparados para la vela eterna.

Así es con todos los demás mandamientos. La única promesa que tenemos de la salvación está bajo la condición de que guardemos los mandamientos. Eso es lo que Jesús enseñó al joven rico que vino y le preguntó qué debía hacer para ser salvo. Después de una conversación larga entre los dos, el resumen de todo se encuentra en esa respuesta sencilla, “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Los mandamientos no son difíciles de entender. No tienen que ser educados para poder comprenderlos. La mente más sencilla puede entenderlos tan bien como cualquier otra mente y por tanto el medio por el cual ganamos la salvación es disponible a todos por igual. No depende de alguna especificación, calificación, o logro mental, pero depende de la humildad, en estar nosotros dispuestos a ponernos en las manos del Señor y hacer las cosas que él nos ha mandado hacer.

El Señor nos da mandamientos sólo para nuestro propio beneficio. No nos manda no hacer alguna cosa porque quiere privarnos de algún placer, sino porque sabe que si hacemos esas cosas, nos retrasaremos a nosotros mismos y retardaremos nuestro progreso y estorbaremos nuestro logro de la justicia que estamos procurando alcanzar. Por otro lado, cuando él nos manda hacer ciertas cosas, no es con el propósito de imponer cargas pesadas sobre nosotros, sino porque él sabe que por cumplirlas progresaremos y estaremos preparados para morar con él. El gran objetivo de nuestras vidas es para prepararnos para morar con Dios en su Reino Celestial. Ese es el propósito y objeto completo de la vida. Cuando hemos aprendido esa lección y cumplido con ese requisito, estaremos preparados para morar con él. No podemos morar con él en su presencia bajo ninguna otra condición. No será suficiente para nosotros decir que hemos entrado en la Iglesia, que hemos sido bautizados, que hemos cumplido con algunas de las ordenanzas. Tendremos que haber vivido de tal manera que nos habremos limpiado y purificado para poder morar en la presencia de los justos. Una persona mala no puede encontrar gozo por vivir entre personas justas. Ni pueden los justos estar felices viviendo entre los injustos. Los hombres pueden estar felices sólo en la compañía de aquéllos que viven como ellos viven. Por lo tanto, si deseamos el compañerismo de Dios, el Eterno Padre, si esperamos morar con él y su Hijo, es porque tratamos de vivir como ellos, de tener los mismos deseos que tienen ellos y apartarnos de las cosas que ellos aborrecen y purificarnos y limpiarnos de pensamientos y deseos malos.

Así que, nuestro trabajo como miembros de esta Iglesia, es, día por día, quitar de nuestros hábitos y pensamientos aquellas cosas que sabemos que están contrarias a los mandamientos de Dios. Tenemos que sobrevenirlas. Tenemos que elevarnos de ellas. Tenemos que vencerlas.

Tenemos que dominarnos a nosotros mismos, y tenemos que aborrecer lo malo, porque es malo y no porque alguien nos ha mandado hacerlo. Cuando hayamos logrado eso, entonces nos habremos preparado para la vida eterna en la presencia de nuestro Padre Celestial. Ningún miembro de esta Iglesia puede estar satisfecho con algo menos que eso. Nos hemos propuesto a ganar la vida eterna en el Reino Celestial. No podemos estar felices en un grado menor, ni con algún logro menor. No podemos alcanzar nuestra meta ni estar satisfechos por llegar a medio camino y entonces pararnos, pero tenemos que caminar la distancia completa. Y logramos eso por nuestros propios esfuerzos y nuestras propias luchas. Cada hombre tiene que labrar su propia salvación. Nadie puede hacerlo para él. Sus padres no lo pueden hacer para usted, ni pueden sus madres, ni puede un sacerdote o alguna otra persona. El único que le puede salvar es usted mismo, y nadie puede evitar que se salve sino usted mismo.

Está en las manos de cada individuo labrar su salvación y no hay nadie que le puede impedir excepto su propia comisión de pecados. Cuando usted va a la escuela, tiene que aprender sus lecciones por sus propios esfuerzos. Su maestro no puede aprender sus lecciones para usted. Sus padres en casa no pueden aprender sus lecciones para usted. Usted es el único que las puede aprender. Y es lo mismo con las lecciones de la vida. Estamos en el mundo para aprender las lecciones de la vida, y las lecciones de la vida consisten en aprender a hacer la voluntad de Dios. La única persona que puede aprender estas lecciones para nosotros, somos nosotros mismos. Cuando hemos aprendido esas lecciones, son nuestras posesiones eternas. Nadie puede quitárnoslas. Un ladrón no las puede robar. Cuando su cuerpo es puesto en el sepulcro, no son sepultados con su cuerpo. Cuando sale del sepulcro en el otro mundo, tendrá posesión completa de todas estas virtudes y cualidades que hayan formado en sus caracteres. Son sus únicas posesiones verdaderas. Son suyos para siempre. Nadie se las puede robar, y sobre ellas depende la condición y la posición que ocupen en el mundo venidero.

Así que, el propósito entero de nuestra existencia y el propósito entero de las enseñanzas de la Iglesia, y la voluntad y el deseo entero del Señor concerniente a sus hijos es que formen estas cualidades buenas de honor, virtud, y rectitud en sus caracteres y que se despojen de todos los deseos malos y que se preparen para morar con él en su presencia.

Mi oración para ustedes es que cada uno haga una resolución firme de que no cometerá los males que le enfrentan diariamente; que no hará el mismo error que hizo hoy mañana; y cuando haya cometido un mal, se arrepentirá de ello y no lo volverá a hacer.

Así, día por día, lentamente por todo el curso de su vida, formará en sí las cualidades de honor y virtud que le harán un ser perfeccionado.

Pido esto para ustedes en el nombre de Jesucristo, Amén.


Albert Ernest Bowen (31 de octubre de 1875 – 15 de julio de 1953) fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Nacido en Henderson Creek, Territorio de Idaho , de David Bowen y Annie Shackleton, Bowen sirvió como misionero de la Iglesia en Suiza y Alemania desde 1902 hasta 1904.
Bowen recibió un título de JD de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago . Fue abogado en Logan, Utah , y fiscal del condado de Cache, Utah . Posteriormente trabajó en Salt Lake City .
En 1902, Bowen se casó con Aletha Reeder; tuvieron dos hijos. Murió en 1906 y en 1916 Bowen se casó con Emma Lucy Gates . Estuvo casado con Gates hasta su muerte en 1951.
Bowen sirvió en la Junta General de la Unión de Escuelas Dominicales de Deseret y como presidente de la Unión de Escuelas Dominicales de la Estaca Caché , con sede en Logan, Utah. En 1935, Bowen se convirtió en el Superintendente de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de Hombres Jóvenes de la Iglesia SUD (YMMIA), sucediendo a George Albert Smith . En 1937, Bowen fue elegido por el presidente de la iglesia, Heber J. Grant, para ocupar un lugar en el Quórum de los Doce Apóstoles que quedó vacante tras la muerte de Alonzo A. Hinckley . Al mismo tiempo, Bowen fue sucedido en el YMMIA por George Q. Morris .
Bowen murió de arteriosclerosis en Salt Lake City a la edad de 77 años. Fue reemplazado en el Quórum de los Doce por Richard L. Evans . Bowen fue enterrado en el cementerio de Salt Lake City .

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