Obligación fundamental: El Sacerdocio

Conferencia General Octubre 1973

Obligación fundamental:
El Sacerdocio

Robert L. Simpsonpor el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce

Esta reunión es posiblemente la congregación de miembros del sacerdocio más grande en la historia del mundo. Felicitamos a cada uno de vosotros por encontraros aquí, donde el Señor quiere que estéis. Vuestra presencia indica fe y el deseo de ser una parte vital en el reino de Dios.

Nuestro mensaje al mundo es que Él vive, que se han abierto los cielos, que la autoridad del sacerdocio ha sido restaurada y que un Profeta viviente se encuentra a la cabeza del mismo.

Consideramos como escritura ese capítulo de la Perla de Gran Precio que registra los preciosos pensamientos y palabras del profeta José Smith, al relatar los asombrosos acontecimientos que ocurrieron en la primavera de 1820. Él dijo que lo hizo para “presentar a los que buscan la verdad los hechos tal como han sucedido. . .” (José Smith 2:1) Más adelante él declara:

Presentaré con verdad y justicia los varios sucesos. . (José Smith 2:2)

Recordaréis que, después de relatar algunas de las historias familiares y comentar sobre el desasosiego religioso en la comunidad, el Profeta nos describe la impresión que recibió al leer en Santiago, capítulo 1, versículo 5: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Luego el Profeta continúa:

“Nunca un pasaje de las Escrituras llegó al corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión al mío. Parecía introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. .

“… Al fin tomé la determinación de ‘pedir a Dios’, habiendo concluido que si El daba sabiduría a quienes carecían de ella, y la impartía abundantemente y sin zaherir, yo podría aventurarme.

“Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de acudir a Dios me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue en la mañana de un día hermoso y despejado, en los primeros días de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad no había procurado orar vocalmente sino hasta ahora.” (José Smith 2:12-14)

¿Es esto propio de un jovencito, de catorce años?

“Después de haberme retirado al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios los deseos de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que completamente me dominó, y fue tan asombrosa su influencia que se me trabó la lengua de modo que no pude hablar. Una espesa niebla se formó alrededor de mí, y por un tiempo me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina.

Más esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara del poder de este enemigo que me había prendido; y en el momento preciso en que estaba para hundirme en la desesperación y entregarme a la destrucción —no a una ruina imaginaria, sino al poder de un ser efectivo del mundo invisible que tenía tan asombrosa fuerza cual jamás había sentido yo en ningún ser—precisamente en este momento de tan grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

No bien se hubo aparecido, cuando me sentí libre del enemigo que me tenía sujeto. Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith 2:15-17)

Ahora hermanos, hemos estado refiriéndonos al más significativo acontecimiento en el mundo desde la resurrección del Señor y Salvador Jesucristo, ya que esta primera visión es la base de nuestra Iglesia. Tengo la convicción personal de que cada miembro debe cumplir con su obligación en relación directa a su fe y testimonio. ¿Cómo interpretáis este relato? Ningún hombre que haya escuchado el testimonio de José Smith puede, a conciencia, permanecer indiferente.

José Smith fue un muchacho corriente con un nombre común, pero llegó a ser un Profeta extraordinario. Por nueve años consecutivos, después de la primera visión, José se preparó para ser digno de recibir el sacerdocio. Como recordaréis, fue Juan el Bautista el que se apareció a la orilla del río Susquehanna en contestación a una ferviente oración ofrecida por José Smith y Oliverio Cowdery. ¡Cuán sencillas fueron las palabras pronunciadas en esa ocasión:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves de la ministración de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos dé Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justicia.”

“Declaró que este Sacerdocio Aarónico no tenía el poder de imponer las manos para comunicar el don del Espíritu Santo, sino que se nos conferiría más tarde; y nos mandó que fuéramos a bautizarnos, instruyéndonos que bautizara yo a Oliverio Cowdery, y que después me bautizara él a mí.

“Por consiguiente, fuimos y nos bautizamos. Yo lo bauticé primero, y luego me bautizó él a mí—después de lo cual puse mis manos sobre su cabeza y le conferí el Sacerdocio de Aarón, y luego él puso sus manos sobre mí y me confirió el mismo sacerdocio—puesto que así se nos había mandado.” (José Smith 2:69-71)

Unas semanas más tarde, Pedro, Santiago y Juan aparecieron a estos mismos hombres para conferirles el Sacerdocio de Melquisedec y el apostolado. Esta misma autoridad permanece todavía en una cadena inquebrantable. ¡Qué seguridad saber que la Casa de Dios es una casa de orden y que los mismos líderes de hace 2.000 años, tuvieron el privilegio de restaurar la autoridad verdadera del sacerdocio sobre la tierra! La secuencia lógica de los acontecimientos y los personajes que vinieron, ayudaron a confirmar la divina naturaleza de todo lo que sucedió en aquella ocasión.

Al año siguiente, en 1830, fue organizada la Iglesia. Por fin la verdad fue establecida y se aseguró una continua revelación.

Aproximadamente seis años más tarde, en el Templo de Kirtland, un domingo por la tarde, el Señor mismo se apareció a José y a Oliverio en una gloriosa visión. Ese mismo día también se aparecieron Moisés, Elías y Elías el Profeta, restaurando cada uno de ellos una función importante del evangelio. Escuchad otra vez la gloriosa descripción de la aparición del Salvador como fue relatada por el profeta José Smith:

“El velo desapareció de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos.

“Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar.

“Sus ojos eran como una llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol, y su voz era como el sonido de muchas aguas, aun la voz de Jehová. . .” (D. y C. 110:1-3)

Luego el Salvador agregó un mensaje que deberíamos tener siempre presente y que se encuentra en la sección 110:4-10 de Doctrinas y Convenios.

Todos los que estamos presentes en esta reunión hemos aceptado la responsabilidad del sacerdocio; el pacto ha sido hecho, y no hay excusa para fracasar “. . . porque el Señor nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que Ies ha mandado.” (1 Nefi 3:7) Con una promesa como ésta, no hay razón para fallar.

Ahora hermanos, después de recordar las divinas apariciones de Dios el Padre, Jesucristo su Hijo, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan, y otros profetas antiguos, ¿no os sentís maravillados de todo esto?

Si yo volviera a ser diácono, el repartir la santa cena sería para mí el deber más importante de la semana. Mi conducta y apariencia estarían en perfecta armonía con la dignidad y el honor de la posición que el Salvador me habría confiado.

La recolección de ofrendas de ayuno tomaría un significado nuevo y único, y trataría de recordar al acercarme a cada casa que yo era el representante personal del obispo; que la gente pobre y necesitada sería bendecida más abundantemente gracias a mis esfuerzos, participando en lo que Santiago describió como “religión pura y sin mácula” (Santiago 1’:27).

Si yo pudiera ser nuevamente un joven maestro o presbítero, me esforzaría por ser en verdad un elemento de provecho para- mi compañero en la orientación familiar. Trataría con todas mis fuerzas de cimentar amistad con las personas que visitara. Trataría de edificar a la gente como lo hizo el Salvador. Consideraría mi responsabilidad al bendecir la Santa Cena como una experiencia rica y espiritual; participar en una ordenanza sagrada sin sentir el más alto grado de respeto y reverencia, sería para mí una traición al verdadero Espíritu de Cristo.

Si fuera un futuro élder, me dedicaría a servir a la Iglesia, y al mismo tiempo, me propondría mejorar mi conocimiento del evangelio y me fijaría metas diarias, tales como el llegar a tener una familia unida a mí por la eternidad.

Si fuera un joven mayor de 25 años y aún soltero, buscaría por compañera a una joven que tuviera el deseo de progresar en el evangelio. (Entre nosotros, creo que existe sólo una joven perfecta en cada siglo y yo ya la he encontrado: es mi esposa.)

Si fuera un padre, practicaría la bondad, la paciencia y el amor sincero, y conduciría mi vida de tal manera que me hiciera ganar la vida eterna.

Si fuera un activo poseedor del Sacerdocio de Melquisedec, miembro del alto consejo, miembro de la presidencia de estaca, miembro del obispado y especialmente si tuviera hijos en casa, sabiendo todo lo que sé respecto a la eternidad, recordaría por sobre todo el sabio consejo del pasado: que si uno pasa todos los días de su vida salvando al mundo entero, pero pierde a su propia familia, será contado como un “servidor inútil.”

Hermanos os dejo estas cuatro declaraciones para que meditéis: Primera, las palabras de Dios el Padre Eterno: “¡Este es mi Hijo amado, escúchalo!”, no fueron dichas hace 2.000 años, sino ahora.

Segunda: las palabras memorables de Juan el Bautista declaradas con autoridad: “Sobre vosotros mis consiervos, en el nombre del Mesías, os confiero el Sacerdocio de Aarón. . .” (D. y C. 13), fueron pronunciadas en nuestros días.

Tercera: la declaración del Salvador refiriéndose a: “Pedro, Santiago y Juan, los que os he mandado, por quienes os he ordenado y confirmado. . .” (D. y C. 27:12) han sido expresadas en los tiempos modernos.

Y cuarta: tal como fue registrado por el profeta José Smith en el Templo de Kirtland: “Vimos al Señor sobre el barandal del púlpito, delante nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar.” (D. y C. 110:2)

Verdaderamente hermanos poseedores del sacerdocio, estas declaraciones no son vanas palabras de los hombres. Vivimos en un tiempo extraordinario. El Señor ha hablado en nuestro tiempo y tanto vosotros como yo hemos recibido el mensaje. Nuestra obligación fundamental es hacia el Sacerdocio de Dios el cual no puede considerarse como si fuera un club o una organización fraternal.

Testifico con toda la solemnidad de mi corazón y alma, que tenemos un compromiso de cuyo cumplimiento dependen los demás. El presidente Lee aclaró esta mañana, en su magistral discurso en la reunión del Plan de Bienestar que “todas las cosas son posibles para el Señor.” Al unirnos en nuestra fe y determinación, se cumplirá su obra. Que la responsabilidad que tenemos frente a todo esto, esté constantemente presente en nosotros. Que el deseo de progreso sea el que nos impulse a seguir adelante, con humildad y con una clara conciencia de lo que es nuestro deber, oro en el nombre de Jesucristo, el Maestro. Amén.

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