Estad alerta

“Estad alerta”

harold b. leepor el presidente Harold B. Lee

Discurso pronunciado en la Conferencia General de Área en Múnich, Alemania, que se llevó a cabo entre el 24 y el 26 de agosto de 1973

“Los poseedores del sacerdocio son en verdad los vigilantes de las torres de Sión. Vosotros habéis sido puestos para presidir las ramas de la Iglesia y estar alerta ante los peligros que acosan al mundo, tanto visibles como invisibles.”

Mis amados hermanos del Sacerdocio: os saludo en esta maravillosa e impresionante reunión, donde tenemos representada la fortaleza de la Iglesia en las naciones europeas; pues en verdad, el sacerdocio es el centro y corazón de toda la Iglesia, sobre el cual están fundamentados los principios del evangelio.

Los poderes de obscuridad

Esta noche, me gustaría hacer girar el tema de mi discurso en torno a una cita del profeta Isaías, en la que relata una visión que tuvo. A continuación citaré extractos de esa visión: “Porque el Señor me dijo así: Ve, pon centinela que haga saber lo que vea. Y vio… y miró más atentamente,. . . sobre la atalaya estoy yo continuamente de día, y las noches enteras (que quiere decir todas las noches)… os he dicho lo que oí de Jehová de los ejércitos, Dios de Israel. . . Me dan voces . . . Guarda, ¿qué de la noche?. . . El guarda respondió: La mañana viene, y después la noche; preguntad si queréis, preguntad;” (Isaías 21:6-8, 10-11). Esta visión nos hace imaginar un vigilante en una torre, instalado allí por el Señor a fin de que se mantenga alerta por si se aproxima algún posible enemigo. Como el guardia informaba hora tras hora lo que veía, podemos notar en esta visión que el Señor le preguntaba: “¿qué de la noche?”; y que él le respondía: “La mañana viene, y después la noche; preguntad si queréis, preguntad.”

Esta visión de Isaías recuerda las descriptivas palabras del apóstol Pablo cuando escribió a los efesios: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:12, 13).

La armadura de Dios

En seguida, este grandioso Profeta misionero y valiente defensor de la fe, señala las partes principales que el guerrero protege con la armadura, por ser las más vulnerables a los ataques inesperados de estos enemigos, que vienen en la obscuridad, y no a la luz del día. Se indican cuatro partes: los lomos, que han de “ceñirse con la verdad.” (Los lomos, por supuesto, son la parte del cuerpo humano entre el hueso de la cadera y las costillas falsas; pero en lenguaje bíblico, al referirse a los lomos se denota la ubicación de los órganos de la procreación, donde se engendra la vida humana). El corazón, que debe protegerse con “la coraza de justicia”, y que también en término bíblico se considera como el centro de lo espiritual, la conciencia o conducta del hombre. Recordaréis que el Maestro dijo: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). La otra parte que ha de ceñirse con la armadura son los pies, que “han de calzarse con el apresto del evangelio de la paz”, simbolizando el camino por la vida. Y finalmente, el guerrero ha de tomar “el yelmo de la salvación,” lo que se refiere naturalmente al intelecto. (Véase Efesios 6:14-17).

Por lo tanto, las cuatro partes más vulnerables a los ataques de las fuerzas de Satanás, el amo de las tinieblas, son: la virtud o castidad del individuo, que debe protegerse mediante las enseñanzas de las verdades del evangelio de Jesucristo. Nuestra conducta debe ser como una coraza sobre el corazón, ha de protegerse mediante la rectitud a fin de que nuestra vida pueda mantenerse limpia y pura. Nuestros pies han de prepararse con el evangelio de paz, con el mandato de mantener la vista siempre fija en esa meta que es la vida eterna, o sea, vida en el lugar donde moran Dios y Cristo. El yelmo de la salvación ha de guiar el intelecto, siendo la cabeza el centro guía de nuestra voluntad, lo que dirige nuestra vida, “porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él” (refiriéndose al hombre. (Proverbios 23:7). Ningún hombre, dijo el Maestro, comete asesinato sin enfurecerse primero. Nadie comete adulterio sin antes haber dado cabida a pensamientos inicuos e inmorales; del mismo modo, ninguno roba sin primero codiciar. Y de este modo, el acto perverso se concibe en la mente antes de llevarse a cabo.

Las enseñanzas del evangelio como medios de defensa

Ahora bien, no dejar a un soldado sólo con armadura y sin armas para defenderse del enemigo, constituye otra parte de esta magnífica lección del apóstol Pablo. Las armas con que luchamos contra estas insidiosas e invisibles fuerzas del mal son, el escudo de la fe en Dios, fe en el evangelio restaurado y fe en la dirección de los apóstoles y los profetas vivientes sobre los cuales está fundamentada la Iglesia, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo. El soldado debe empuñar además la espada del Espíritu de Dios, y adoptar como guía las enseñanzas del evangelio de Jesucristo.

Los poseedores del sacerdocio son vigilantes

Los poseedores del sacerdocio son en verdad los vigilantes de las torres de Sión. Vosotros habéis sido puestos para presidir las ramas de la Iglesia y estar alerta ante los peligros que acosan al mundo, tanto visibles como invisibles. Vosotros sois algunos poseedores del sacerdocio colocados como pastores de congregaciones de miembros de la Iglesia en todas partes, y vuestras responsabilidades son partes, y vuestras responsabilidades son muchas. Debéis integrar afectuosamente a los nuevos miembros a medida que éstos vayan uniéndose a la Iglesia; debéis buscar a aquellos que procuran sinceramente encontrar la verdad y ponerlos en contacto con los misioneros; debéis estar continuamente atentos a las necesidades de los huérfanos y las viudas. Haced esto en especial, y guardaos sin mancha del mundo, pues como lo dijo el apóstol Santiago; esto es: “religión pura y sin mácula” (Santiago 1:27). Estáis para ver que no cunda la iniquidad y que se estimule a todos los miembros de la Iglesia a que sean activos; estáis para enseñar principios correctos a fin de que los miembros, líderes y maestros sepan dirigirse a sí mismos para poder dirigir a los demás.

A vosotros, autoridades presidentes, se os ha encargado la responsabilidad de la congregación, en la rama, el distrito, el barrio o la estaca que presidís. Debéis enseñar cuidadosa y constantemente a los padres la responsabilidad de que cuiden de su familia y den de sí, según el llamamiento que tengan a los cargos de la Iglesia, y que sean defensores de la fe. Esta es la época a la cual un famoso escritor se refirió diciendo: “Dios, danos hombres como los que esta época exige, hombres de íntegro criterio, de gran corazón, de fe verdadera y de manos dispuestas.”

Sí, ese es el tipo de directores que necesitamos en la Iglesia para que la obra sea protegida y pueda seguir adelante.

Puede que no lleguemos a ser iguales a nuestros predecesores en realizaciones, pero hay algo en lo cual tanto vosotros como yo podemos igualarnos a ellos: todos podemos ser tan buenos y tan fíeles como ellos lo fueron.

En todas partes hay personas que viven entre nosotros y que necesitan lo que tenemos para ofrecerles; tenemos el mensaje del evangelio que ha sido confiado a esta Iglesia, como dijo el Maestro: “Id a todo el mundo y predicad el evangelio a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo.” (Véase D. y C. 133:37.) Ciertamente, se están convirtiendo muchas personas, tanto en las estacas como en las misiones de la Iglesia, mas siempre debemos tener en cuenta que nuestro objetivo no es llenar registros del número de bautismos realizados, sino saber a cuántos hemos traído a la Iglesia que son miembros fieles y activos.

Las almas de los miembros inactivos de la Iglesia, así como las de los que no son miembros y viven entre nosotros, son preciosas aquí y dondequiera que vayamos.

Guardaos de la falsa doctrina

Vosotros los del sacerdocio debéis ser los vigilantes atentos para combatir la falsa doctrina. Parece que en todas las dispensaciones el Señor ha considerado esencial dar pautas según las cuales pueda distinguirse la verdad del error. Así fue en los días de los profetas del Libro de Mormón; Moroni expone claramente cómo podemos juzgar entre lo que es verdadero y lo que es falso. Oigamos sus palabras: “Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal; por tanto, os estoy enseñando la manera de juzgar; porque todo lo que invita a hacer lo bueno y persuade a creer en Cristo, es enviado por el poder y el don de Cristo; y así podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es de Dios. Pero lo que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo y no servir a Dios, entonces podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo es como obra el diablo, porque él no persuade a los hombres a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles, ni los que se sujetan a él” (Moroni 7:16, 17).

Así como en los días de Moroni, fue en el comienzo de esta dispensación. Algunos de los misioneros no comprendían las manifestaciones de los diferentes espíritus que dominan en la tierra, y por esto el Señor dio una revelación como respuesta sobre este asunto.

Los llamados fenómenos espirituales no eran algo raro entre los miembros; algunos hasta alegaban recibir visiones y revelaciones. En este gran compendio de revelaciones que conocemos como Doctrinas y Convenios, en los versículos veintitrés y veinticuatro de la Sección 50 (debe leerse toda la sección a fin de captar el mensaje cabalmente), dice: “Lo que no edifica, no es de Dios, y es tinieblas. Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz, y persevera en Dios, recibe más luz; y esa luz brilla más y más hasta el día perfecto.”

En otra revelación el Señor dijo lo siguiente para que nos sirviese de guía, y esto se aplica particularmente a las autoridades que presiden la Iglesia: “Y esto les será por norma; hablarán conforme los inspire el Espíritu Santo. Y lo que hablaren cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para la salvación” (D. y C. 68:3, 4).

El presidente Tanner ya hizo referencia a la revelación recibida el día que se organizó la Iglesia, en la cual el Señor aconsejaba a los miembros que diesen oído a todas las cosas que fuesen reveladas mediante el Presidente de la Iglesia, y prometió: “si hacéis estas cosas, no prevalecerán contra vosotros las puertas del infierno; sí, y el Señor Dios dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros y hará sacudir los cielos para vuestro beneficio y para la gloria de su nombre” (D. y C. 21:6).

Poned atención a las autoridades de la Iglesia

Por lo tanto, mis amados hermanos del sacerdocio que ocupáis puestos de responsabilidad, os instamos con todas nuestras energías a que mantengáis vuestros ojos sobre aquellos a quienes el Señor llama a los puestos directivos de la Iglesia. Cuando Él tenga algo que decir a su gente, lo hará mediante los conductos autorizados. Ese mensaje vendrá a través de las Autoridades Generales a los presidentes de las estacas y las misiones, de ellos a los barrios y las ramas, y así, a toda la Iglesia de una manera ordenada de modo que los miembros puedan saber con certeza absoluta que no son engañados.

Os doy mi sagrado testimonio de que yo sé que la mano del Señor descansa sobre las Autoridades de la Iglesia en la actualidad. Al reunimos las Autoridades Generales en una de las habitaciones del Templo, donde oramos juntos y procuramos acercarnos al Señor, no ha pasado una semana sin que hayamos experimentado en nuestras sagradas reuniones, que somos guiados de tal manera que llegamos a ser todos de un pensar y un sentir. Unidos de este modo podemos hablar inspirados por el Espíritu Santo, como el Señor lo ha dicho, y dar la seguridad de que las decisiones que tomamos de esta manera son en verdad inspiradas por el Señor.

No obstante, quisiera deciros que no entendáis erróneamente que todo lo que diga una de las Autoridades Generales debe considerarse como la voluntad y la intención del Señor. Reparemos cuidadosamente en sus palabras: “cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo” (cursiva agregada) será escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, etc., y el poder de Dios para la salvación.

Discernid la verdad mediante los libros canónicos

Si cualquier individuo, no importa la posición que tenga en la Iglesia, llegase a insinuar una doctrina que no pueda comprobarse en los libros canónicos de la Iglesia, o sea la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y La Perla de Gran Precio, podréis saber que su declaración es puramente opinión personal. El único individuo autorizado para poner de manifiesto cualquier nueva doctrina es el Presidente de la Iglesia, quien, en ese caso, la declararía como revelación de Dios, y sería así aceptada por el Consejo de los Doce y sostenida por el cuerpo de la Iglesia. Y si cualquier hombre declarase alguna doctrina que contradiga lo que se encuentra en los libros canónicos de la Iglesia, podréis saber del mismo modo que es falsa, y no estaréis obligados a aceptarla.

Siendo esto cierto, bien podríais preguntaros: “¿Cómo podrá la Iglesia saber, cuando estas arriesgadas declaraciones satisfacen los requisitos, y si han sido inspiradas por el Espíritu Santo?”

El Espíritu Santo lo atestigua

Respondiendo a esta pregunta el extinto presidente J. Reuben Clark, Jr., declaró lo siguiente: “La Iglesia llegará a saber mediante el testimonio individual y colectivo del Espíritu Santo, si las Autoridades al expresar sus opiniones han sido inspiradas por El; y en el debido tiempo ese conocimiento se pondrá de manifiesto.” (“When Are the Writing or Sermons of Church Leaders Scripture”—Cuándo son Escritura los sermones de las Autoridades de la Iglesia—, discurso pronunciado ante el personal de Seminarios e Institutos de la Universidad Brigham Young, el 7 de julio de 1954, pág. 13).

Las siguientes palabras respecto al mismo tema, se atribuyen al presidente Brigham Young: “Si concentraseis vuestra fe en el debido propósito y fuese ésta firme, si vuestra vida fuese pura y santa, cumpliendo cada uno de los deberes de su llamamiento de acuerdo con el Sacerdocio y el cargo que se os hubiese otorgado, estaríais llenos del Espíritu Santo, y tan imposible sería que os engañaran conduciéndoos a la destrucción, como que el agua permaneciese fresca bajo el más ardiente calor” (Journal of Discourses 7:277).

Así comprenderíais, como lo ha dicho el Señor, cómo protegeros de cualquier individuo que hiciera declaraciones falsas.

Hermanos, en vuestras manos se ha depositado un sagrado cargo, no sólo la autoridad para actuar en el nombre del Señor, sino el deber de prepararos para ser limpios y puros a fin de que el poder del Dios Todopoderoso pueda manifestarse a través de vosotros cuando oficiéis en las sagradas ordenanzas del sacerdocio.

No llevéis jamás vuestro sacerdocio a lugares donde os sentiríais avergonzados de que el Presidente de la Iglesia os viera.

El testimonio

Ahora bien, mis estimados hermanos, como aquél a quien habéis sostenido en el alto cargo de Presidente del Sumo Sacerdocio de la Iglesia, os declaro nuevamente con suprema seriedad y sinceridad, que yo sé que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es verdaderamente el reino de Dios sobre la tierra. El Sacerdocio de Dios está aquí y ha sido conferido por mensajeros enviados para restaurar esa autoridad, a fin de que las ordenanzas de salvación pudiesen administrarse a todos los fieles de la tierra. El Sacerdocio de Dios tiene las llaves de la salvación y tenemos la responsabilidad de cumplir con nuestra obligación para con el Señor llevando el mensaje del evangelio a todos nuestros semejantes en todas las maneras posibles. Al hacerlo, podremos apresurar el momento en que las profecías de los tiempos antiguos lleguen a cumplirse, el momento en que la verdad cubrirá la tierra como cubren los mares las grandes profundidades. Por tanto, os doy mi testimonio en cuanto a estas cosas y dejo mi bendición con vosotros, mis fieles hermanos del sacerdocio, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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