Respuestas correctas

Respuestas correctas

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”—Juan 5:39
“Si aceptaran y vivieran las enseñanzas del evangelio de Jesucristo, tendrían derecho a recibir luz y conocimiento mediante el Espíritu Santo y el Espíritu de Dios, gracias a los cuales el hombre puede conocer la verdad de todas las cosas.”

Actualmente los jóvenes y muchos adultos se hacen preguntas, cuya respuesta buscan con ahínco a fin de encontrar la paz, el éxito y la felicidad que todo individuo anhela. A través de las épocas la humanidad se ha enfrentado a interrogantes como: “¿De dónde vengo?” “¿Por qué estoy aquí?” “¿Adónde voy?”

Estas parecen multiplicarse cuando el individuo integra grupos o ingresa a la universidad, donde surgen constantemente nuevas preguntas, al paso que las dudas van en aumento. Entonces acude a aquellos que se han especializado para enseñar y responder a las necesidades de sus alumnos; más parecería que muchos profesores se esfuerzan sólo por encontrar respuestas en los asuntos científicos, dedicando todo su tiempo al aspecto material de la vida e ignorando el espiritual, sin aceptar nada que no pueda probarse mediante métodos científicos o que no pueda verse, palparse o demostrarse mediante la experimentación.

A menudo estos seudointelectuales tienden a ignorar o ridiculizar cualquier cosa de naturaleza espiritual o religiosa; es como si considerasen que rebajarían su dignidad al intentar buscar respuesta a las preguntas pertinentes a la relación del hombre con Dios, al propósito de su misión en la tierra, a la felicidad y a la forma de prepararse para volver a la presencia de Dios y gozar de la vida eterna. Es triste que gran número de los intelectuales a los que nuestros jóvenes acuden y a los que escuchan, no han recibido enseñanza, o no se han molestado nunca en aprender la verdad completa y encontrar las respuestas correctas a las preguntas de la vida. Por su falta de interés en las cosas espirituales brindan falsa información, ridiculizando muchas veces a aquellos que tienen espiritualidad y creen en Dios; alegan que el individuo ha de mantener un amplio criterio y conocer toda verdad, y, sin embargo, ellos estrechan el suyo cuando se trata el tema de la religión.

También quisiera hacer hincapié en el hecho de que el científico que se ha especializado en un campo de la ciencia, no siempre es una autoridad en otro campo. Cuán ridículo resulta que la persona especializada en las cosas de este mundo se considere una autoridad en religión o estime que su falta de conocimiento religioso y de comprensión del evangelio lo justifican para afirmar que éste no es verdadero y ridiculizar a los que creen.

Cuando a Jesús le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”, El llamó a un niño y poniéndolo en medio de ellos, dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.

Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.

Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:1-6).

No permitamos que ninguno de nosotros sea culpable de ofender y destruir la fe de ninguno de los hijos de Dios.

Si los maestros lo supiesen, encontrarían aclaración en las escrituras sobre cualquier tema que estuviesen enseñando. Si aceptaran y vivieran las enseñanzas del evangelio de Jesucristo, tendrían derecho a recibir luz y conocimiento mediante el Espíritu Santo y el Espíritu de Dios, gracias a los cuales el hombre puede conocer la verdad de todas las cosas; su conocimiento se acrecentaría y su habilidad para impartir instrucción aumentaría inmensamente, a medida que los dones del Espíritu fuesen obrando sobre ellos. Estos dones se hallan enumerados en las escrituras.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días siempre ha enseñado que la gloria de Dios es la inteligencia (D. y C. 93:36), y que el hombre puede salvarse de acuerdo al conocimiento que obtenga. También insta a sus miembros a “buscar. . . primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33), con la seguridad de que todas las cosas para su bien les serán añadidas.

Las escrituras nos dicen: “Fíate en Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).

El Salvador nos ha asegurado que si pedimos, se nos dará; que si buscamos, hallaremos; que si llamamos se nos abrirá (Mateo 7:7). Esta es una cordial invitación a todo individuo que lo invoque en oración. Para encontrar respuestas en el campo de la ciencia, acudid a la mejor autoridad en la materia que os interese; pero cuando busquéis respuesta a preguntas tan vitales como: “¿Quién soy yo, y por qué estoy aquí?”, acudid a una autoridad en religión y estudiad la palabra del Señor que se encuentra en las escrituras. Invocad a Dios mediante la oración, y escuchad la voz del Profeta.

Como lo explicó el presidente Lee: “Dentro del evangelio revelado de Jesucristo y de las enseñanzas de nuestros directores de la Iglesia, puede encontrarse respuesta a toda pregunta y solución a todo problema, esenciales para el bienestar social, temporal y espiritual de los seres humanos que son todos hijos de Dios, nuestro Padre Eterno.”

La necesidad más apremiante del mundo hoy en día es la fe en Dios y en su Hijo Jesucristo, que es la más fundamental de todas las fuerzas de motivación. Se ha relatado el caso de un conocido doctor que habiendo sufrido el fallecimiento de su madre, amonestó a sus alumnos a que conservasen la fe, diciéndoles: “Aquellos de vosotros que hayáis descartado la fe en Dios, viviréis para lamentarlo. Hay momentos como éste en que la ciencia no sirve absolutamente de nada. Os insto a que penséis seriamente en estos asuntos.

La fe brinda consuelo y solaz, y éstos no pueden obtenerse de ninguna otra manera. Muchos han descartado la religión porque les parece que no es científica; yo creo que encontraréis en el último análisis que la fe es científica.”

El hombre de ciencia que reconoce a Dios como un Dios personal y que acepta las escrituras como la palabra de Dios puede disfrutar de todos los principios científicos y la instrucción escolástica, y progresar tan rápidamente y llegar tan lejos como cualquier otro científico; al mismo tiempo, puede gozar de otro aspecto más importante de la vida que contribuye inmensamente a su paz mental, y con todo esto, su progreso, éxito y felicidad serán aún mayores. Habréis oído del individuo que siempre se burlaba de la idea de Dios y la oración, pero que al ser rescatado de un peligro inminente, exclamó: “¡Gracias a Dios!” Y de otro que, enfrentado a un desastre, suplicó involuntariamente: “¡Dios mío, ayúdanos!” En las trincheras de la guerra no hay ateos.

Se nos han dado las escrituras como guía, como pauta de la vida; ellas nos proporcionan un claro entendimiento de que el hombre está hecho a la imagen de Dios y que ha sido puesto en la tierra como ser mortal con un cuerpo a fin de que aprenda, se prepare, pruebe su fidelidad y sea digno de volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Si deseamos las bendiciones prometidas debemos aceptar las enseñanzas de las escrituras y vivir de acuerdo con ellas; o podemos rechazarlas y sufrir las consecuencias decretadas.

Es sumamente difícil para mí comprender por qué un hombre rechaza la palabra de Dios, el Creador del mundo, y llega a tener la temeridad de desaprobar la fe y la creencia de otros. Ciertamente nadie posee la autoridad, el conocimiento, la inteligencia y la habilidad, ni los hechos que el Creador mismo tiene. Cualquier científico reconoce que la ciencia no da respuesta a todas las preguntas y que debe de haber habido alguna inteligencia organizadora; por otra parte, los científicos están reconciliando cada vez más la ciencia con la religión. ¿Por qué no aceptar entonces las escrituras apoyándose sólo en la fe y en la evidencia de su exactitud, mediante las profecías que se han cumplido y que se están cumpliendo tan plenamente?

Una ilustración gráfica de esto se encuentra en el relato del Libro de Mormón de las declaraciones y los sucesos proféticos concernientes al nacimiento del Salvador. Durante muchos años los profetas habían estado prediciendo las señales y las condiciones que anunciarían este grandioso acontecimiento, hasta que los incrédulos empezaron a decir que ya había pasado el tiempo señalado para el cumplimiento de las palabras de los profetas, llegando finalmente a fijar un día en el que aplicarían la pena de muerte a todos los que creyesen en esas tradiciones, “a menos que se verificase la señal anunciada por el profeta Samuel” (3 Nefi 1:9).

El relato dice que Nefi “imploró al Señor fervientemente,” y que aquella misma noche se dio la señal; y cuando al ponerse el sol no hubo obscuridad, como se había profetizado, los incrédulos cayeron a tierra con gran temor, sabiendo que el Hijo de Dios había de nacer pronto.

Numerosos han sido los episodios como éste que han constituido la historia secular y eclesiástica. Cuando los individuos no prestan oído a la palabra del Señor y los profetas, sobreviene el desastre a los que se burlan y no se preparan de acuerdo con las amonestaciones recibidas.

Nadie ha podido refutar jamás los testimonios que han quedado registrados de profetas, individuos y grupos que han oído y visto al Salvador mismo, muchas veces bajo circunstancias milagrosas, dando mayor evidencia de su poder y su gloria.

Daniel, uno de los profetas del Antiguo Testamento, dejó constancia escrita en un relato sumamente vivido y poderoso de su testimonio, de la realidad de Dios y del interés que Él tiene por sus hijos y sus convenios con ellos. Recordaremos que el rey Nabucodonosor tuvo un sueño que no pudo interpretar ninguno de sus magos, astrólogos y encantadores; en su enojo el rey decretó que se les aplicase la pena de muerte. Entre ellos estaba Daniel, quien pidió misericordia al Señor en ferviente oración, y Dios le reveló el sueño y la interpretación. Daniel, agradecido, exclamó:

“Sea bendito el nombre de Dios desde la eternidad hasta la eternidad, porque suyos son la sabiduría y el poder.

Y él es el que cambia los tiempos y las estaciones; quita reyes y pone reyes; da sabiduría a los sabios y conocimiento a los entendidos;
él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él.” (Daniel 2:20-22).

Tenemos las escrituras, el evangelio de Jesucristo, y las experiencias y testimonios de miles de personas fieles, de integridad y dignidad indiscutibles. Tenemos el Sacerdocio de Dios; tenemos en medio de nosotros un Profeta de Dios al cual el Señor habla hoy en día. “Y lo que hablaren cuando fueren inspirados por el Espíritu Santo, será escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para la salvación” (D. y C. 68:4).

Desafío a cualquiera a dar mejores respuestas o mejores soluciones a los problemas de la vida o a presentar doctrinas más profundas que las que se encuentran en las escrituras y las revelaciones de Dios mediante sus profetas. El intelecto mejor especializado del mundo y el estudiante de ciencia más perspicaz no podrán responder ni explicar jamás la relación del hombre con Dios sin aceptar las enseñanzas de Jesucristo, quien bajo la dirección del Padre, fue el Creador del mundo.

Con todas las evidencias que nos rodean, ¿cómo puede alguien dudar de la necesidad de que se enseñe la justa doctrina, de que se vuelva a la moral y los principios cristianos, de que los maestros que son inspirados por el Espíritu de Dios sepan y comprendan la verdad de lo que enseñan? Más debemos comenzar en el hogar; los padres han de leer y estudiar las escrituras y alentar a sus hijos a hacerlo buscando las respuestas correctas donde corresponde. Los jóvenes deben fortalecerse en el hogar para hacer frente a los problemas y la oposición que enfrentarán cuando salgan al mundo. La palabra del Señor es clara sobre este punto: “. . . yo os he mandado criar a vuestros hijos conforme a la luz y la verdad” (D. y C. 93:40).

Cualquiera que con un amplio criterio y espíritu de oración preste tanta atención a las enseñanzas de Jesucristo como a los estudios científicos y académicos, conservará su fe. La duda, el escepticismo y la incredulidad son medios del adversario, enemigos de la rectitud y barreras que se levantan entorpeciendo el camino hacia el progreso. No tengáis temor ni os avergoncéis de aprender sobre Dios y las enseñanzas de Jesucristo.

Más leer y conocer las escrituras no es suficiente; es importante que guardemos los mandamientos, que seamos hacedores de la palabra y no tan solamente oidores (Santiago 1:22). La gran promesa que el Señor nos ha dado debe ser incentivo suficiente para que lo reconozcamos y hagamos su voluntad:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en sus ombligos, y médula en sus huesos;
Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos;
Y correrán sin cansarse, y no desfallecerán al andar.
Y yo, el Señor, les hago una promesa, que el ángel destructor pasará de ellos como de los hijos de Israel, y no los matará. Amén” (D. y C. 89:18-21).

Ruego que esta gloriosa promesa se cumpla a medida que escudriñemos las escrituras y encontremos el camino hacia la vida eterna.

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