Leer la palabra del Señor es oír su voz

Conferencia General Abril 1973

“Leer la palabra del Señor es oír su voz”

Las bendiciones del Salvador alcanzan a todos los hombres
de todas las épocas.

S. Dilworth Youngpor el presidente S. Dilworth Young
del Primer Consejo de los Setenta

Desde lo más profundo de mi alma sé que Jesucristo ha establecido la Iglesia en estos últimos días para que yo pueda participar de las bendiciones de su reino sobre la tierra, a fin de que pueda heredar el gozo eterno de morar en su presencia cuando haya terminado mi obra aquí, si soy fiel. Mas no fue su intención que esto fuera privilegio mío solamente; en su infinito amor alcanza a todos los miembros de mi familia, a todos mis parientes, a todos vosotros y todos vuestros parientes, y a toda la gente de la tierra.

Sé que no me es posible conocerlo a menos que Él se me manifieste. Esa es la gran esperanza. . . penetrar el velo y verlo y conocerlo como Él es. No obstante, sé algunas cosas, porque Él ha hablado de sí mismo a hombres santos, que son los profetas, mandándoles llevar un registro de lo que vieron y oyeron. Sé que al leer acerca de El en las escrituras puedo oír su voz mediante el poder del Espíritu Santo; sí leer su palabra es oír su voz.

Dirigiéndose a sus futuros apóstoles modernos a través del profeta José Smith, el Señor dijo: “Estas palabras no son de hombres, ni de hombre, sino mías;. . . Porque es mi voz que os las habla; porque os son dadas por mi Espíritu, y las podéis leer los unos a los otros por mi poder;. . . (nótese que dijo las  podéis leer). Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz, y que conocéis mis palabras” (D. y C. 18:34-36).

Comienzo enterándome que todas las cosas fueron hechas por El, y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. (Véase Juan 1:3.) Está claro que este grandioso ser, este Verbo (Juan 1:1), como lo expresó Juan, fue hecho carne y habitó entre nosotros (véase Juan 1:14) y fue identificado como el Unigénito en la carne, el Señor Jesucristo.

Aprendo también que todos los hijos de Dios fueron organizados como espíritus para venir después a la tierra a ser probados y ver si obedecerían los principios de salvación y exaltación como fueron propuestos por este Hijo. El Declaró: “Descenderemos,… y haremos una tierra en donde éstos puedan morar; y así los probaremos para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:24-25). Entonces, en el debido tiempo, El mismo vino a la tierra, la luz y la vida de los hombres. (Véase Juan 1:4.)

Creyendo esto con todo mi corazón, leo de la vida terrenal de este gran ser, el Mesías; llego a saber entonces que cuando nació apareció una multitud de huestes celestiales que cantaron himnos de gozo y alabanza ante una audiencia de pastores. Del oriente vinieron unos magos, sin ninguna explicación del porqué habían emprendido el viaje, y llegando hasta donde estaba el niño, con su madre María y José, le ofrecieron valiosos presentes: oro, incienso y mirra. No me cabe la menor duda de que fueron inspirados para buscar al Señor y de que se sintieron impulsados a dejarle valiosos presentes que podían usarse para sostener a su familia.

Me siento vivamente emocionado cuando leo de la escena en el río Jordán. Llegó el Hijo de Dios, inadvertido y desconocido hasta Juan el Bautista, quien, no obstante, reconociéndolo mediante el Espíritu Santo, no pudo evitar exclamar: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). ¿Qué sentimientos creéis que pudo haber experimentado Juan cuando después del bautismo del Señor escuchó una voz de los cielos que decía en sagrada confirmación: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”? (Mateo 3:17.)

Más adelante, a medida que sigo su vida, siento la extraordinaria importancia de la ocasión en que subió al monte alto con tres pescadores, que aún no sabían a ciencia cierta lo que significaba ser apóstol, para que fuesen testigos especiales. Allí, cuando su gloria se manifestó ante ellos y sus ojos fueron abiertos ante la presencia de Moisés y Elías, escucharon, como Juan, el mismo solemne testimonio, sólo que esta vez provino de una nube de luz que los cubrió. Dentro del alma me parece oír las solemnes palabras que salieron de la nube diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:5).

Muchos son los acontecimientos de la vida del Señor, que al leerlos, me hacen experimentar un intenso regocijo, al paso que hay otros que me producen angustia por la tragedia de su sufrimiento y de su sacrificio.

Muchos de nosotros sabemos por experiencia lo que significa sufrir físicamente; por otra parte, sufrimos mental y emocionalmente por nuestros amigos y nuestros seres queridos cuando éstos sufren pesares y aflicciones. No me es posible llegar a comprender cabalmente el sufrimiento por el cual pasó en Getsemaní, este admirable primogénito Hijo de Dios, por los pecados del mundo. Él nos dio el libre albedrío y entonces, sabiendo que todos pecaríamos en mayor o menor grado, tomó sobre sí la responsabilidad de pagar el precio de la expiación de nuestros pecados, estipulando que nos arrepintiésemos y siguiéramos sus enseñanzas. Encuentro paz al hacer lo que Él nos dijo que hiciésemos. Cuando declaró: “La paz os dejo, mi paz os doy;. . .” (Juan 14:27), lo hizo formalmente; espero llegar algún día a comprender esto mejor; sé de la paz que puedo llegar a tener si guardo su ley y cumplo con sus mandamientos.

Al leer que fue colgado en una cruz, me miro las manos y los pies y trato de imaginar el dolor que produciría tal tortura; cómo sería estar allí colgado con el calor del día, el peso de su propio cuerpo sobre aquellos clavos, desgarrándole la carne, cada músculo y cada nervio, tensos en agonía constante, sin interrupción, sin escape, hasta que habiendo dicho: “Consumado es” (Juan 19:30), entregó el espíritu. Me doy cuenta de que El padeció todo esto por mí y por vosotros, e inclino la cabeza pues me es difícil retener las lágrimas. Aun ahora, 1900 años después, es tan conmovedor como si hubiese ocurrido ayer.

Continúo Leyendo y descubro que todos los evangelios terminan con una nota triunfante. ¡Ha resucitado! Él es el Rey de reyes. Él es el llamado “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Al pensar en estos títulos que le fueron dados en profecía me maravillo a medida que el significado de cada uno de ellos me llega al corazón.

¿Qué pensaron los 11 apóstoles cuando la nube lo recibió ocultándolo de su vista? Puedo imaginármelos atravesando un arroyo para seguir después por estrechas callejuelas hasta llegar al común lugar de reunión, cada uno sumido en sus propios temores y en sus propias esperanzas según su entendimiento. Entonces leo con gratitud del gran acontecimiento ocurrido el día de Pentecostés, cuando se cumplió la promesa del Señor y descendió sobre ellos el Espíritu Santo en milagrosa abundancia.

Me confundo al pensar en el largo período en que no hubo luz espiritual; casi 1700 años de obscuridad espiritual. Y entonces, leo en un libro de escritura, recientemente descubierto, con un nombre extraño—El Libro de Mormón—que el Señor vino a un pueblo del continente americano, un pueblo que descendía de la Casa de Israel. Leo que descendió de los cielos y se puso en medio de la gran multitud de nefitas que se hallaban reunidos en los alrededores del templo, y de la voz de los cielos que los penetró hasta el alma.

Mi corazón canta en confirmación al hacer eco una vez más dentro de mi alma las palabras de presentación y aceptación que se escucharon dos veces durante su ministerio en Palestina y que esta vez fueron repetidas y aumentadas: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7). Una vez más la voz del Padre que salía de la nube daba su aprobación sobre su divino Hijo. Yo sé que el relato es verdadero.

Después de haber leído cómo vivió este personaje admirable’ como el primogénito de su Padre en el espíritu, no me sorprendo, aunque me siento profundamente conmovido, al enterarme de que El, como espíritu pre terrenal, visitó al hermano de Jared (véase Éter 3:6-13), y puedo imaginarme el temor que experimentó este hombre al ver el dedo del Señor y darse cuenta de que era como el dedo de un hombre. Esto sorprendió a este profeta, pero yo no me sorprendo, pues he aprendido que el Señor fue el primogénito Hijo de Dios, cuyo nombre es Varón de Santidad. (Véase Moisés 6:57.) Por esto, no me siento sorprendido al leer de cuando el Señor se identificó ante este gran profeta, más sí, me siento maravillado. Mientras más estudio y leo las escrituras, sé con más certeza que esto es verdadero.

Finalmente, leo de una gran visión que se verificó en esta dispensación, en estos tiempos modernos. Hasta donde llega mi conocimiento, por primera vez, el personaje que habló en testimonio en el bautismo de Cristo, después en el monte alto y después a los nefitas (diciendo: “Este es mi Hijo Amado”) no habló desde una nube como en aquellas otras ocasiones, sino que esta vez se presentó en majestuosa y sagrada luz junto con su Hijo y declaró a José Smith: “¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith 2:17). A medida que leo, sé junto con José Smith, que hay un Dios y que es en verdad mi Padre. Él es el gran Elohim, el Padre de todos nosotros; y allí, con El, estaba su Hijo Jesucristo, identificado una vez más por su Padre.

No es coincidencia que el Padre usara la misma presentación, pues si el joven José Smith había de dar testimonio de la verdad, debía conocer la verdad; ésta le fue revelada a él en aquella arboleda hace 153 años. Mediante el espíritu de la verdad yo sé que la visión es verdadera.

Durante 1700 años los hombres habían reclamado el derecho de representar a Cristo, pero ninguno había testificado de Él, ninguno había escuchado una voz que se lo manifestara. En 1700 años ningún hombre había imaginado siquiera, ni se había atrevido a imitar esta gran declaración de verdad para justificar sus propias pretensiones. Esta vez fue diferente; en un’ momento, en una mañana de primavera de 1820, la verdad eterna fue revelada una vez más y de tal manera y con tal poder que nadie que tenga el Espíritu Santo en su corazón puede dudar de que los cielos fueron abiertos y que Dios nuestro Padre y Su Hijo aparecieron juntos… el Padre proclamando al Hijo con casi exactamente las mismas palabras con que lo hizo tres veces hace aproximadamente 2000 años.

El muchacho era demasiado joven para perpetrar un fraude; las sagradas palabras provienen de los labios del Padre Eterno. Este es mi testimonio y nuestro testimonio ante el mundo. Aquí, hemos proclamado hoy a su Amado Hijo, y aquí, hoy, lo adoramos y le damos alabanza y honor y gloria.

Miramos hacia el porvenir esperando su regreso para reinar por mil años. Adorémoslo en espíritu y en verdad. Apoyemos lealmente a su profeta y portavoz, como asimismo a aquellos que le ayudan. El presidente Harold B. Lee es ese profeta; él tiene las mismas llaves que le fueron dadas a José Smith por mensajeros celestiales en 1829; y su palabra, inspirada por el Espíritu Santo, es la revelación moderna de nuestros días. Este es mi testimonio ante vosotros y ante el mundo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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