Magnificad vuestros llamamientos en el Sacerdocio

Conferencia General abril de 1974

Magnificad vuestros llamamientos
en el Sacerdocio

Marion G. Romney

por el presidente Marion G. Romney
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Mis amados hermanos, he elegido como tema la escritura ”Sed limpios, vosotros los que lleváis los vasos del Señor.” (D. y C. 133:5). Igualmente apropiado sería decir: Magnificad vuestros llamamientos en el sacerdocio. Para comenzar, os-testifico que sé por el poder del Espíritu que el presidente Kimball es un Profeta llamado por el Señor para ser su vocero, y que el presidente Tanner fue llamado por revelación para ser su Primer Consejero. A ambos los apoyo con todo mi corazón.

Con respecto a vosotros, hermanos, siento como si Pedro os hubiera dirigido sus palabras, cuando dijo: “. . . vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio. . .” (1 Pedro 2:9). De entre todos los hombres de la tierra, nosotros tenemos el honor más grande.

Como hijos espirituales de Dios, asistimos al gran concilio en la preexistencia y escuchamos al Padre cuando presentó el plan del evangelio. Le oímos cuando dijo que a aquellos que guardaren su primer estado les sería añadido, y que los que guardaren su segundo estado recibirían “aumento de gloria sobre sus cabezas para siempre jamás.” (Abraham 3:26).

Sabemos que guardamos nuestro primer estado, porque estamos aquí, con el cuerpo que ha sido “añadido” a nuestro espíritu. Pero si deseamos recibir aumento de gloria para siempre jamás, hay dos cosas que debemos hacer mientras estemos en la tierra: recibir el sacerdocio y magnificar el llamamiento que tenemos como sacerdotes. El Señor dijo que no sería posible alcanzar esa gloria sin el sacerdocio: “. . . ay de todos aquellos que no acepten este sacerdocio. . .” (D. y C. 84:42).

Habiendo recibido el sacerdocio, nosotros podemos recibir esa gloria si magnificamos nuestros llamamientos. Ahora deseo que escuchéis las palabras del Señor al darnos el convenio del sacerdocio:

“Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, [no se refiere a los que lo reciban sino a los que lo magnifiquen] son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón [en la primera parte de la revelación que cito, sección 84, el Señor se refiere a los que poseen el sacerdocio como los hijos de Moisés de acuerdo al orden del sacerdocio, y a aquellos que poseen el Sacerdocio Aarónico, y también de acuerdo a su orden, como los hijos de Aarón] y la simiente de Abrahán, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios. [Y a continuación viene la promesa:]

Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor; [Notad que dice que los que reciben el sacerdocio “a mí me reciben, dice el Señor”].

Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;
Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre, por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. [Se nos promete la gloria y todo lo que el Señor tiene para siempre jamás]
Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.
Así que, todos aquellos que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre [esta promesa] que no se puede quebrantar,. . . [pero muchos lo hacen. Y esta es la consecuencia:]
Pero el que violare este convenio, [de honrar y magnificar el sacerdocio] después de haberlo recibido, y lo abandonare totalmente, no logrará el perdón. . . ni en este mundo ni el venidero. [No creo que se refiriera aquí al pecado imperdonable, sino a que, aquellos que reciben el sacerdocio y comprenden su llamamiento, pero no son capaces de magnificarlo, perderán algo que no podrán recobrar jamás].
Y ahora”, continúa el Señor, “os doy el mandamiento de estar apercibidos en cuanto a vosotros mismos, y de atender diligentemente la palabra de vida eterna.
Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios.” (D. y C. 84:33-44)

Esto me hizo recordar la declaración del Señor concerniente al “campamento de Israel. . . el 14 de enero de 1847”, en la gran revelación dada a Brigham Young.

“. . . todavía no sois puros; no podéis todavía aguantar mi gloria; más la veréis, si sois fieles en guardar todas las palabras que os he dado, desde los días de Adán hasta Abrahán, de Abrahán hasta Moisés, desde Moisés hasta Jesús y sus apóstoles, y desde Jesús y sus apóstoles hasta José Smith. . .” (y podríamos agregar, hasta el presidente Kimball) (D. y C. 136: 37).

Al meditar en la expresión “el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio”, en el cual todos hemos entrado, me sobrecogen las extraordinarias bendiciones prometidas, y me siento abrumado por los requisitos a los que están condicionadas estas bendiciones.

Me parece que hay muchas “palabras de vida eterna” que proceden de la boca del Señor a las cuales tendríamos que prestar más atención si deseamos recibir lo que se nos ha prometido. Entre ellas está el mandamiento de Éxodo 20:8: “Acuérdate del día de reposo, para santificarlo”.

En el presente, el Señor ha dado gran énfasis a la observancia del día sabático. Cuando los santos se fueron a Independence, Misuri, les dio una lista de normas que debían observar los que vivieran en Sión, y una de ellas era guardar el día de reposo:

“Y para que te conserves más limpio de las manchas del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;
Porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de todas tus obras y rendir tus devociones al Altísimo.”
“Pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.
Y en este día no harás ninguna otra cosa, sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o, en otras palabras, que tu gozo sea cabal.” (D. y C. 59:9-10,12-13)

Como vivimos en una sociedad que no guarda este mandamiento, si deseamos magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio, debemos vivir en el mundo sin ser del mundo.

No tenemos por qué hacer compras en el día sabático.

No tenemos porqué participar en actividades de recreo, ni pescar ni cazar en ese día.

Si realmente deseamos magnificar nuestros llamamientos, viviremos el día sabático de acuerdo a las instrucciones que nos da el Señor en esa sección de Doctrinas y Convenios.

Otras de las “palabras de vida eterna” a las que debemos prestar atención si deseamos recibir ese “aumento de gloria” sobre nuestra cabeza “para siempre jamás”, son las siguientes:

“Sed limpios, vosotros los que lleváis los vasos del Señor.” (Ver también D. y C. 38:42)

“Recuerda, pues oh hombre, que por todos tus hechos, serás llamado a juicio.

Por lo que, si habéis seguido lo malo en los días de vuestra prueba, seréis declarados impuros ante el tribunal de Dios; y ninguna cosa inmunda puede habitar con Dios; así que tendréis que ser desechados para siempre.” (1 Nefi 10:20-21)

“Pero he aquí, os digo que el reino de Dios no es inmundo, y que ninguna cosa impura puede entrar en él. . .” (1 Nefi 15:34)

Estas fueron palabras de Nefi, y seiscientos años después el Cristo resucitado Ies dijo a los nefitas que “nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nadie entra en su reposo, sino aquel que ha lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin. (3 Nefi 27:19)

Al comenzar esta última dispensación, el Señor les dijo a los hermanos, reunidos en conferencia: “Salid de Babilonia. Sed limpios, vosotros los que lleváis los vasos del Señor.” (D. y C. 135:5)

Estas palabras recuerdan la declaración de Pablo a los corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.” (1 Corin. 3:16-17)

Existen muchas prácticas sucias en nuestra sociedad hoy en día, contra las cuales debemos estar en guardia continuamente si deseamos vivir limpios como para magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio.

El Señor nos ha advertido con respecto a algunas en la Palabra de Sabiduría: “. . . si entre vosotros hay quien bebe vino o bebidas alcohólicas, he aquí, no es bueno ni propio en la vista de vuestro Padre. . .”

“. . . el tabaco no es para el cuerpo. . .”
“Y además, las bebidas calientes no son para el cuerpo. . .” (D. y C. 89:5, 9)

El uso de cualquier droga que forme hábito viola el espíritu de la Palabra de Sabiduría y corrompe tanto el cuerpo como el espíritu.

Los poseedores del sacerdocio que tengan el propósito de magnificar sus llamamientos, evitarán la plaga de inmundicia que cunde en nuestra liberal sociedad, en la literatura, los teatros, el cine, en centros de recreo y en muchas otras partes. Dios no permitirá que entre a su presencia un sacerdocio impuro.

Uno de los vicios más corruptivos y degradantes que dominan al mundo es la falta de castidad. Recordemos siempre que en Sinaí el Señor dijo con voz de trueno: “No cometerás adulterio.” (Éxodo 20:14) Bajo la ley mosaica, la pena por hacerlo era la muerte. Pasando por alto el hecho de que la violación de este mandamiento es tolerada impunemente en el libertinaje corrupto de la presente generación, digamos que bajo la ley divina sigue siendo, como siempre, un pecado destructor del alma. Su pena automática es la muerte espiritual. No hay adúltero que pueda estar magnificando su sacerdocio; y como el presidente Clark acostumbraba decir, el Señor no hace “imperceptible distinción. . . entre fornicación y adulterio”. (Conference Report, oct. de 1949, pág. 194) Y, quisiera agregar, tampoco la hace entre el adulterio y la perversión sexual.

Jesús estableció la norma que habríamos de seguir cuando dijo:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.
Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”
Y para dar énfasis a la enormidad del pecado, agregó: “. . . si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.” (Mat. 5: 27-29)

Ciertamente, los poseedores del sacerdocio que deseamos magnificar nuestros llamamientos para alcanzar la vida eterna y recibir “aumento de gloria. . . para siempre jamás”, debemos luchar diligentemente por guardar el mandamiento del Señor: “Sed limpios, vosotros los que lleváis los vasos del Señor.”

Que así pueda ser, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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