Confianza

Confianza

N. Eldon Tannerpor el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

La peor reprimenda que he recibido, y probablemente la mejor lección que he aprendido en mi vida, fue cuando mi padre me dijo: “Hijo, pensé que podía confiar en ti”. Mi padre era obispo y nos había dejado a mi hermano menor y a mí para hacer un trabajo especial, mientras él hacía los preparativos para un servicio fúnebre en el barrio. Creímos que la tarea le llevaría un buen rato, y cuando regresó nos encontró desperdiciando nuestro tiempo cabalgando en las terneras.

Sabía que mi padre me amaba, y yo lo amaba a él y deseaba complacerlo, de manera que cuando dijo “pensé que podía confiar en ti”, me hirió profundamente; y en ese preciso momento hice la resolución de que nunca volvería a darle motivo para repetírmelo.

Esa experiencia lo desilusionó y me hirió. Al reflexionar en ella, resolví que viviría de tal manera que nadie tendría jamás razón para reprocharme: “Pensé que podía confiar en ti”. Empecé a darme cuenta de que si mi padre estaba ofendido, ciertamente mi Padre Celestial también esperaría que yo hiciera las cosas que me comprometí a hacer cuando fui bautizado, cuando fui ordenado al sacerdocio o cuando acepté un puesto en la Iglesia.

En aquel momento tomé la resolución de vivir de tal modo de no darle a mi Padre Celestial motivo para decir: “Pensé que podía confiar en ti”. He tratado de vivir de acuerdo con esto. Naturalmente, he hecho cosas de las cuales he tenido que arrepentirme, pero mi resolución ha sido que he de vivir de manera que el Señor pueda confiar en mí.

Durante los dieciséis años en que fui maestro de escuela, traté diligentemente de ayudar a mis alumnos a comprender cuán importante era que fueran dignos de confianza respecto a guardar las promesas y los convenios que hicieron con sus compañeros y su Padre Celestial. Esto es algo que también he enseñado continuamente a mis propios hijos…

Como miembros de la Iglesia tenemos el evangelio verdadero y eterno, y aun los jovencitos tienen una oportunidad de poseer el Sacerdocio de Dios y actuar en su nombre. Sabemos que somos hijos espirituales de Dios, y por lo tanto, es de gran importancia que vivamos cada día dignos de los convenios que hacemos al entrar a las aguas del bautismo, al aceptar el sacerdocio y ser ordenados en sus oficios, y al aceptar puestos en la Iglesia y en otras organizaciones.

Recientemente alguien me preguntó cómo podemos esperar que nuestros jóvenes, o los ciudadanos en general, sean honrados y justos en sus tratos, y llenos de integridad, cuando hombres que ocupan puestos elevados resultan indignos de confianza. Mi respuesta fue y lo sigue siendo, que tales experiencias deberían dar énfasis a la gran importancia de que cada uno de nosotros lleve una vida sin tacha, a fin de que se pueda depender de nosotros para llevar a cabo las responsabilidades que nos han confiado aquellos a quienes representamos. Debemos meditar y hacernos preguntas como las siguientes:

¿Cómo reacciono ante las “mentiritas blancas”?
¿Cuáles son mis sentimientos en cuanto al honor y la integridad?
¿Cuánta tolerancia tengo hacia la omisión o falsificación de los hechos, a fin de fomentar las ventajas en los negocios?
¿Acepto el viejo adagio de que todo vale en el amor y en la guerra, así como en la política y los deportes?

Verdaderamente necesitamos detenernos a plantearnos estas interrogantes, y sacar a luz respuestas honradas.

Mientras trabajaba para el gobierno, así como en los negocios, era común que recibiera peticiones de referencias concernientes a personas que buscaban empleo en el gobierno o la industria. Una de las preguntas que más comúnmente se hacía era: “¿Lo considera una persona honrada y digna de confianza?” Siempre que no podía recomendar a una persona como digna de confianza me entristecía, pero me sentía feliz cuando podía elogiar a otras sin reserva.

Un hombre con quien estoy asociado como director en una compañía grande y quien a la vez es oficial del gobierno, me dijo en una ocasión: “Solicitamos personas que estuvieran preparadas para aceptar un cierto puesto con el gobierno. Teníamos muchos candidatos y redujimos el número a diez. Mientras considerábamos a ese grupo, notamos que uno de ellos era miembro de la Iglesia, y lo empleamos inmediatamente.”

Le pregunté: “¿Por qué lo emplearon?”

Y él me respondió: “Porque sabíamos que no andaría embriagándose en la noche; sabíamos que podíamos confiar en él, y que haría el trabajo que se le asignara.” ¡Qué cosa tan tremenda si todos nuestros jóvenes pudiesen darse cuenta de la magnitud de este hecho!

Como dije anteriormente, es muy importante ser digno de confianza. Una cosa que siempre me ha perturbado en gran manera es que, como lo indican los registros, las malversaciones son muy a menudo cometidas por empleados de confianza cuyo trabajo ha sido bueno, pero cuyos sentimientos íntimos concernientes a la integridad, aparentemente no se han dado a conocer.

Cada día debemos detenernos a preguntarnos: ¿Soy digno de confianza? ¿Soy lo suficientemente fuerte y tengo la suficiente resolución para ser una persona en quien todos puedan confiar? A nuestro alrededor tenemos innumerables ejemplos de personas que teniendo todas las oportunidades, así como posibilidades de hacer carreras buenas y prometedoras, y de hacer una buena contribución al mundo, fracasaron por no haber tomado la decisión de ser lo suficientemente fuertes como para llevar una vida sin tacha y soportar las tentaciones que se les presentaran.

Necesitamos preguntarnos cuáles son nuestros sentimientos con respecto a las condiciones del mundo actual, cuando Satanás y sus cortes están haciendo todo lo que está a su alcance para alejarnos de las antiguas y honorables normas morales, llamándole nueva moralidad, cuando en realidad no es más que inmoralidad.

Preguntaos, por ejemplo, si durante el noviazgo vuestros padres pueden confiar en vosotros, y puede cada uno de vosotros confiar en el otro para manteneros limpios y puros, respetaros mutuamente y hacer aquellas cosas que contribuirán a la virilidad y femineidad verdaderas, recordando siempre que en este punto estáis determinando la clase de padres que vuestros hijos tendrán. Ellos merecen lo mejor que podáis darles.

Preguntaos: ¿Estoy viviendo de tal manera que mis hijos puedan realmente decir: “Nací de buenos padres”? ¿He hecho la resolución de merecer la confianza del Señor para ser digno de entrar en su Santa Casa, a fin de ser sellado por el tiempo y toda la eternidad, y preparar un hogar donde su Espíritu pueda morar y donde se complazca en enviar a sus hijos espirituales? ¿Puede El confiar en mí para conducirlos y guiarlos de nuevo a su presencia?

Él nos ha mandado que amemos a nuestros semejantes, pero ¿puedo verdaderamente decir que se puede confiar en mí para ser honrado en todos mis asuntos, y que haré a otros únicamente lo que quiero que hagan conmigo? ¿Soy completamente honrado con el Señor en el pago de los diezmos y las ofrendas? Luego preguntaos: ¿Quebrantar las leyes de la tierra es peor que quebrantar las leyes de Dios?

A pesar de que creemos en “obedecer, honrar y sostener la ley,” muchos guardan las leyes de la tierra a fin de librarse del castigo que sigue a cualquier violación. El castigo de Dios ciertamente sobrevendrá por la desobediencia a sus mandamientos, pero debemos guardar sus leyes y mandamientos a causa de su amor y el sacrificio que hizo por nosotros, y por las bendiciones que Él ha prometido. Leamos y releamos el capítulo 20 de Éxodo e incorporemos estos mandamientos a nuestro diario vivir.

No debemos ser casi de confianza, sino siempre de confianza. Seamos fieles en las cosas pequeñas así como en las grandes. ¿Se nos puede confiar cualquier asignación, ya sea un discurso de 2 minutos y medio, la orientación familiar, una visita a los enfermos, o un llamamiento como misionero regular o de estaca?

Recordad: “. . . muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. ¿Y por qué no son escogidos?
“Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres. . .” (D. y C. 121:34-35), y no son dignos de confianza.

El Señor habla de los pocos escogidos, y se refiere a aquellos que son enteramente dignos de confianza. Tomemos la resolución ahora de estar entre esos pocos. Preguntémonos frecuentemente: ¿Me avergüenzo del evangelio de Jesucristo, o me disculpo por ser miembro de su Iglesia y por ser diferente? (El Señor ha dicho que seremos una gente peculiar, lo cual significa que si vivimos de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, seremos diferentes del resto del mundo.) ¿Puedo soportar la crítica y el ridículo y defender lo que sé que es correcto, aun si tengo que hacerlo solo? ¿Puede el Señor confiar en mí para defender su Iglesia y sus profetas, y para reconocer el gran sacrificio que hizo por mí y ser digno de él.

¡Levantaos y sed contados! Decid con Josué de antaño: “. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Josué 24:15). ¡Poneos del lado del Señor! Recordad las palabras de este himno:

Nuestras filas chicas jamás desmayarán,
A pesar de las huestes que contenderán;
Y del cielo, Cristo poder nos dará En defensa de la verdad.
Firmes, siempre firmes en la lid,
Todo enemigo confundid;
Lucharemos a vencer el error,
Seguiremos sólo al Señor.
Himnos de Sión, Número 68

Para poder hacerlo, debemos tener el deseo y la determinación y luego auto disciplinarnos en todas las cosas a fin de que pueda decirse de cada uno de nosotros: “Es una persona en quien se puede confiar.”

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Una respuesta a Confianza

  1. yoladel dijo:

    La obediencia á nuestros padres es de vital importancia nos permite estar más cercá del Padre celestial

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