Llegar a ser una persona del convenioentre el pueblo del convenio

Llegar a ser una persona del convenio
entre el pueblo del convenio

Neil L. Andersen

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Somos transformados cuando aceptamos y guardamos los convenios que Dios ofrece a cada uno de Sus hijos.

Conocí a Regis Carlus en 1995 en Francia. Él no era miembro de la Iglesia. Su hija Charlotte se iba a sellar en el Templo de Berna, Suiza, el día siguiente y él me había escrito para preguntarme si podía pasar a mi oficina para hablar conmigo. Había escuchado que yo preguntaba por él a menudo y estaba perplejo en cuanto al motivo.

Yo conocía y admiraba a sus dos hijos adultos, Charlotte y Morgan, quienes se habían bautizado hacía unos años en 1991, mientras yo servía como presidente de la Misión Francia Burdeos. Después de que conocimos a Charlotte y a Morgan, a mi esposa Kathy y a mí nos maravilló ver que eran personas tan buenas.

Hacía poco, Morgan me había escrito en cuanto a su bautismo y el hacer convenios, y me dijo: “Antes [de que encontrara el Evangelio] era un ateo de dieciocho años que anhelaba la verdadera felicidad, pero no sabía dónde encontrarla. El Espíritu Santo me tocó el corazón de una manera tan fuerte que no quise decepcionar a mi Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo. Es por eso que he guardado mis convenios bautismales y del templo, y me he esforzado por ser alguien que honra esos convenios”1.

Charlotte tomó la decisión de vivir una vida que estuviera en armonía con las leyes de Dios, incluso antes de unirse a la Iglesia. Muchos años después, su hija Amélie me contó que cuando Charlotte era adolescente “se sentía diferente a sus amigas. Ellas tomaban alcohol, fumaban y no guardaban la ley de castidad, pero Charlotte no sentía el deseo de hacer ninguna de esas cosas”.

A pesar de las circunstancias, cuando se les presentó la oportunidad, Morgan y Charlotte decidieron hacer convenios con el Señor y han sido transformados gracias a ello.

Después de su bautismo, Charlotte se fue a Estados Unidos a estudiar una maestría en idiomas y literatura, y recibió la investidura en el templo. Morgan sirvió en una misión en Inglaterra.

Me maravillaba el hecho de que esos dos jóvenes de edad universitaria estuvieran tan dispuestos a seguir al Salvador. Y tenía la esperanza de escuchar que sus padres habían seguido su ejemplo.

Después de ser llamado como Autoridad General y de ser asignado a servir en la Presidencia del Área Europa y Mediterráneo, recibí la petición del Sr. Carlus para reunirnos y tenía la esperanza de que él seguiría a sus hijos en el Evangelio restaurado.

La promesa del Señor de recoger a Su pueblo

Mientras esperaba reunirme con el Sr. Carlus, pensé en la promesa del Señor: “… reuniré [a Israel] de las cuatro partes de la tierra” (3 Nefi 16:5) en los últimos días. Él establecería un pueblo del convenio que “llegar[ía] al conocimiento de la plenitud de mi evangelio” (3 Nefi 16:12). En nuestra dispensación, Él dijo: “Sion florecerá […]; y será por estandarte al pueblo, y vendrán a ella de toda nación debajo de los cielos” (Doctrina y Convenios 64:41–42).

Si bien la voz del Señor se dirige a todo pueblo (véase Doctrina y Convenios 1:4), Él dijo que en los últimos días los de Su pueblo del convenio serían “pocos” con respecto a toda la población del mundo, pero “que la iglesia del Cordero, que eran los santos de Dios, se extend[ería] […] sobre [toda] la faz de la tierra” (1 Nefi 14:12). Esos santos, unidos por medio de convenios a Dios (véase Doctrina y Convenios 82:11), estarían en lugares santos y no serían movidos (véase Doctrina y Convenios 45:32) a fin de prepararse para la segunda venida del Salvador (véase Doctrina y Convenios 45:43–44).

Nefi describe al pueblo del convenio de los últimos días: “[Y]o, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14).

Lamentablemente, también habrá aquellos “que no o[irán] la voz del Señor, ni la voz de sus siervos” (Doctrina y Convenios 1:14).

Una invitación rechazada

Cuando el padre de Charlotte era estudiante universitario en la década de 1960, los misioneros le habían enseñado el Evangelio. Él se sintió atraído hacia la Iglesia restaurada y sintió el poder del Libro de Mormón. No obstante, decidió que el unirse a una iglesia pequeña con sede en Estados Unidos no le ayudaría en su carrera profesional.

Ahora, después de saludar al Sr. Carlus e intercambiar comentarios amables con él en ese día de 1995, me preguntó por qué había mostrado tanto interés por él.

Después de orar con él, le dije que esos pocos minutos con él podrían ser la única ocasión en esta vida en que yo lo vería. Lo felicité por sus excepcionales hijos y le dije que lo respetaba enormemente por haber criado a dos hijos rectos.

Enseguida le hablé de los propósitos del Salvador al restaurar Su evangelio sobre la tierra, de la función del sacerdocio, de la importancia de la familia, del poder sellador y del recogimiento del pueblo del convenio en todo el mundo.

Le dije que sentía que cuando los misioneros le enseñaron siendo estudiante universitario, su destino justo era unirse al pueblo del convenio de la Iglesia. Le pedí que no se ofendiera si leíamos dos versículos que me parecía que eran pertinentes a él.

Leímos juntos en Alma sobre aquellos que son “llamados y preparados desde la fundación del mundo […], por causa de su fe excepcional y buenas obras, habiéndoseles concedido primeramente escoger el bien o el mal; por lo que, habiendo escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con un santo llamamiento […], mientras que otros rechazaban el Espíritu de Dios a causa de la dureza de sus corazones y la ceguedad de su mente, cuando de no haber sido por esto, hubieran podido tener tan grande privilegio como sus hermanos” (Alma 13:3–4).

Le dije cortésmente al Sr. Carlus que yo creía que él había sido preparado para estar con nosotros, y que en la ocasión en que había rechazado la invitación debido a los encantos del mundo, el Señor lo había seguido bendiciendo con dos espíritus escogidos que eran sus hijos. Ellos habían aceptado la senda de los convenios que estaba destinada a su familia. Después lo invité a aceptar la invitación que se le había extendido treinta años atrás.

Regis Carlus no se unió a la Iglesia en esta vida, pero sus hijos han escogido la senda de los convenios y han permanecido en ella.

Un testimonio fuerte, una fe vibrante

De arriba hacia abajo: Laurent y Charlotte con sus dos primeras hijas, Amélie y Valentine; en una caminata en Utah; con su familia en Rexburg, Idaho, en diciembre de 2008. Página opuesta: La familia Passe con el padre de Charlotte, Regis Carlus.

La siguiente vez que mi esposa y yo vimos a Charlotte y a su esposo Laurent fue a fines de 1998 en Salt Lake City, Utah, donde Charlotte había regresado a estudiar un doctorado en Literatura comparada en la Universidad de Utah.

Charlotte y Laurent estaban en la senda de los convenios, pero nos enteramos de que su situación económica era apretada. Ellos tenían que rellenar grietas en su apartamento para impedir que entrara el frío. A sus tres hijos los vestían con ropa abrigadora debido a que no les alcanzaba para la calefacción en su apartamento. Su hija Valentine había nacido en casa, ya que no podían darse el lujo de tener seguro ni de ir a un hospital.

Los retos económicos siguieron después de que volvieron a Francia. A Charlotte y a Laurent se les dificultaba encontrar empleo adecuado. En una ocasión, Charlotte le preguntó a uno de sus amigos qué debían hacer si no tenían dinero suficiente para dar de comer a sus hijos y pagar el diezmo. Ese amigo les aconsejó: “Paguen primero el diezmo, y si necesitan alimentos, vayan a ver a su obispo”.

También afrontaban otros retos. La madre de Charlotte se había opuesto al bautismo de esta, a su matrimonio y a sus decisiones espirituales después de que se unió a la Iglesia. Esa oposición continuó, pero Charlotte confiaba en el Señor, nutría su testimonio y guardaba sus convenios.

En 2008, ella recibió una invitación para una entrevista de trabajo en la Universidad Brigham Young–Idaho. En el Templo de Rexburg, Idaho, sintió la impresión del Señor de que llevara a su familia a Estados Unidos.

La decisión de irse de Francia fue sumamente difícil. También lo fue llegar a una nueva cultura en Rexburg. Si bien la mayoría de las personas le dieron la bienvenida y ayudaron a la familia Passe, en ocasiones Charlotte sentía que algunas no entendían por qué ella trabajaba en la universidad en lugar de quedarse en casa con sus hijos.

Cuando su hija Amélie comenzó a dudar en cuanto a asistir a la Iglesia, Charlotte le dijo: “Amélie, yo voy a la Iglesia a tomar la Santa Cena y a recordar mis convenios. Aquellos [que no entienden nuestra situación] no afectan a mi testimonio”.

Charlotte enseñó a sus hijos la importante diferencia entre la Iglesia (con I mayúscula) y la iglesia (con i minúscula). Ella dijo: “La Iglesia es la institución del Señor con Sus profetas y apóstoles que nunca nos fallará. La iglesia somos los miembros y ninguno de nosotros es perfecto”.

Su familia bien pudo haber optado por dejar de asistir debido a esos desafíos, pero Charlotte sabía que formar parte del pueblo del convenio significa ser una persona del convenio: alguien que es fiel a los convenios que ha hecho con el Señor.

Seguir adelante por la senda de los convenios

Conforme se esforzaba por ser mamá de tiempo completo, Charlotte ayudaba a sus hijos con sus deberes escolares y les enseñaba en casa, mientras Laurent aumentaba sus conocimientos del inglés. En una entrada de su diario, ella escribió lo siguiente: “El trabajo es demasiado y es una carga muy pesada atender la casa y a la familia al mismo tiempo”.

No obstante, seguía adelante y escribía lo que el Espíritu le había dicho en sus oraciones: “Debes seguir trabajando. Las cosas no van a cambiar de inmediato. Aprovecha al máximo el buen ingreso que percibes a fin de prepararte y preparar tu hogar […] para lo que se avecina”.

En 2016, Charlotte se enteró de que tenía cáncer de mama. Con tratamiento, la enfermedad entró en remisión, pero volvió en 2019. Ella siguió sirviendo y fortaleciendo a los demás hasta que falleció en abril de 2021, a los cincuenta años.

Charlotte se había unido al pueblo del convenio a la edad de veinte años en Montpellier, Francia. Si bien era presta para decir que estaba lejos de ser perfecta, atesoraba sus convenios y se mantuvo en la senda de los convenios durante los treinta años restantes de su vida.

En medio de su lucha con el cáncer, escribió lo siguiente en su diario: “Siento una enorme gratitud, un gran agradecimiento por el Espíritu Santo y la capacidad […] de recibir revelación personal. No sé qué sería de mi vida sin ella. Me sentiría perdida”.

Al leer sus palabras, pensé en el consejo que el presidente Russell M. Nelson nos dio a todos sobre la senda de los convenios: “… en los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo”2.

Connie Ruesch Cosman era misionera en Francia cuando Charlotte entró en la senda de los convenios. Ellas siguieron siendo amigas y Connie viajó desde Arizona para ayudar con el cuidado de Charlotte durante sus últimas dos semanas de vida terrenal. La hermana Cosman escribió: “Charlotte nunca dudó y siempre hacía lo que el Señor le pedía. Buscaba sus propias respuestas y las recibía. Ella sigue siendo un enorme ejemplo para mí y otras personas”.

Al día siguiente del fallecimiento de Charlotte, su hermano Morgan me escribió lo siguiente: “La extraño terriblemente; llevábamos una relación muy cercana”. Después me contó una experiencia espiritual que tuvo la primera noche después de que ella falleció.

“[Sé] que ella se encuentra más feliz que nunca”, dijo, agregando que esa experiencia espiritual “fue una fuerte confirmación de lo que yo ya sabía, y eso sanó mi destrozado corazón”.

Los hijos del convenio

Cuando decidimos aceptar de forma plena los convenios que Dios nos ofrece a lo largo de la senda de los convenios, nuestra vida se transforma. Alma se refirió a esto como “nac[er] espiritualmente de Dios” (Alma 5:14). El Salvador llamó a esa transformación “nac[er] de nuevo” (Juan 3:3) y dijo que llegamos a ser “los hijos del convenio” (3 Nefi 20:26). Es el mismo convenio que Él hizo con el padre Abraham: “Y estableceré mi convenio entre yo y tú y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por convenio eterno, para ser tu Dios y el de tu descendencia después de ti” (Génesis 17:7).

Como hijos del convenio, vemos nuestra vida a través de la perspectiva del plan de nuestro Padre Celestial. Nos esforzamos por ser obedientes y aumentamos nuestra fe en Jesucristo. Oramos constantemente. Conocemos nuestras debilidades, pero tenemos esperanza. Procuramos dejar que Dios prevalezca a medida que afrontamos retos, nos arrepentimos de forma continua y nunca abandonamos nuestros empeños por llegar a ser más semejantes al Salvador.

En calidad de siervo del Señor, hago la promesa de que Su gracia y bondad nos redimirán si mantenemos la fe en Él y hacemos nuestro mejor esfuerzo por guardar nuestros convenios con Él.

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