La paz que el Señor ha prometido

Conferencia General Octubre 1960

La paz que el Señor ha prometido

Henry D. Moyle

por Henry D. Moyle
de la Primera Presidencia

Es grande el privilegio, mis hermanos y hermanas, de hallarme con vosotros esta tarde para tener tan maravillosa oportunidad de testificar en cuanto a las verdades del evangelio. Hay un algo en el mundo que la gente busca sobre toda las demás cosas en la actualidad, y este algo es la paz. El objeto fundamental de la organización de la Iglesia es establecer la paz en la tierra.

El presidente McKay nos dijo recientemente que “paz quiere decir estar libres de los disturbios individuales, de las riñas entre la familia, de las dificultades nacionales. La paz no viene al que infringe la ley; la paz viene por obedecer la ley: el individuo disfruta de esa paz que le permite estar en paz con Dios, tener paz en el hogar y en la vecindad. El espíritu del mundo se contrapone al establecimiento de la paz. La ley de la naturaleza parece ser la sobrevivencia del más fuerte a toda costa. Sin embargo, la paz sólo puede venir al mundo por medio de la obediencia al evangelio de Jesucristo.”

Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia. Las enseñanzas que Él ha dado concernientes al arbitraje como el medio de arreglar las dificultades acabarían con las guerras si las naciones las aplicaran.

“El evangelio es un sistema completo de vida, y el verdadero plan de vida produce el gozo y la paz”—dice el presidente McKay. Un elemento fundamental de las doctrinas de la Iglesia es la declaración del profeta Lehi: “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:25)

Las enseñanzas actuales de nuestro Presidente no son el desarrollo de una filosofía que viene de la sabiduría de los hombres, la cual cambia con el tiempo y la experiencia. No son el resultado de las pruebas y errores del mejoramiento. No se descubren en los experimentos de los laboratorios, ni en los estudios de lo pasado, lo presente o lo futuro. Son verdades eternas que los profetas de Dios, antiguos y modernos, han enseñado a los hijos de los hombres. Las verdades del evangelio son inmutables; son infalibles. El Salvador del género humano, nuestro Redentor, el Hijo del Dios Viviente, el Señor de señores, el Rey de reyes que rige y reina este universo, trajo la paz a esta tierra cuando moró entre los hijos de los hombres en la carne. Es el Varón de Paz. Vino para prometer: “Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9)

A menos que haya paz en nuestro corazón, no podemos ser hijos de Dios. Esta condición es la misma que se exige en todas las promesas que nuestro Maestro declaró en el Sermón del Monte. Ciertamente no podemos esperar ver a Dios si no somos puros de corazón. Testificamos al mundo, en virtud del poder y autoridad del Santo Sacerdocio de Dios que poseemos, que las palabras de su boca, las cuales hallamos en las santas Bienaventuranzas, no fueron trivialidades o máximas, expresadas por un hombre humanitario, para halagar los oídos de los hombres: antes al contrario, son palabras de Dios habladas por su Hijo Jesucristo, en las cuales todos los hijos de los hombres pueden depositar su confianza sin ningún temor, y conformar sus vidas, sus pensamientos y sus hechos, a fin de merecer en esta vida y en la venidera todas las bendiciones prometidas a los que son fieles y valientes a sus enseñanzas: no sólo las palabras del Sermón del Monte, sino todo lo que enseñó durante su ministerio sobre esta tierra mientras vivió entre los hombres, así como todo lo que ha revelado a sus profetas hasta la época actual.

Juan declara en su evangelio: “Estas cosas os he hablado (citando las palabras del Salvador) para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: más confiad: yo he venido al mundo.” (Juan 16:33)

El apóstol Pablo dijo: “La paz de Dios gobierne en vuestros corazones.” (Colosenses 3:15)

Desgraciadamente, habrá muchos en el mundo, así entre los individuos como entre las naciones, que menospreciarán las enseñanzas de Cristo y negarán su divinidad. Ya que hay sobre la tierra dos fuerzas que ejercen su influencia en los hombres, este resultado es inevitable. Estos, por causa de su propia conducta, su propia elección, no cumplen con los requisitos necesarios para disfrutar la paz, por consiguiente, no la tendrán. La historia del mundo ha demostrado ya con bastante claridad que cuanto más nos desviemos del evangelio de Jesucristo, tanto mayor será la aflicción y tribulación en que viviremos.

¿Hay razón para que aquellos que guardan los mandamientos de Dios abriguen temor con respecto a su propia seguridad y felicidad? Es una pregunta sumamente interesante que también ha sido contestada en el ministerio reciente del presidente David O. McKay. Nos asegura que no hay motivo para afligirnos; que nunca se nos dejará en la oscuridad y no debemos tener más preocupación que seguir a los directores que Dios nos ha puesto aquí en la tierra.

Somos los hijos de la promesa mientras guardemos los mandamientos de Dios. Sin embargo, no dudo que esto exigirá un esfuerzo continuo por parte de nosotros. Estas bendiciones no vendrán a nosotros automáticamente sólo porque las pedimos; pero sí seremos justificados si observamos todo lo que Dios revela por medio de sus siervos los profetas. Hemos recibido instrucciones, a veces conceptuadas como de naturaleza temporal, tales como los diezmos, las ofrendas, el Plan de Bienestar, la Palabra de Sabiduría, castidad, obediencia a la ley del país y otras. Sea cual fuere su aspecto temporal, nos son dadas para edificarnos espiritualmente. No hay manera de distinguir con acierto entre lo temporal y lo espiritual. Todo lo que es bueno es espiritual.

De modo que bien podemos hacernos esta pregunta: ¿Podemos esperar recibir las bendiciones de paz si menospreciamos la Palabra de Sabiduría, por ejemplo? ¿Estaremos preparados para aprovechar los medios que nuestro Padre Celestial pueda disponer para nosotros, a fin de conservar nuestra paz en épocas de grandes emergencias, y a todo tiempo, si no estamos habilitados físicamente? No hay duda de que Dios exigirá que tengamos una mente y cuerpo sanos a fin de desempeñar la obra de su sacerdocio aquí y en el extranjero; por lo menos, hasta el grado en que nosotros por nuestros propios esfuerzos podamos retener esa salud y fuerza corporal y espiritual. No puede haber justificación para nosotros si nos destruimos por medio de la desobediencia, pese a lo restringido que se halle nuestra conducta en este respecto.

Me es causa de inspiración, y espero que sea lo mismo para vosotros, meditar por un momento las enseñanzas que hemos recibido por conducto de nuestros profetas inspirados en estos postreros días. Aunque los tiempos han cambiado y son otras las condiciones del mundo, no ha habido modificación en el corazón de los hombres ni en la revelación de Dios a su pueblo por medio de sus profetas. Leemos en la Santa Biblia: “Porque no hará nada el Señor Jehová, sin que revele sus secretos a sus siervos los profetas.” (Amos 3:7)

Yo sé por el testimonio del Espíritu Santo que hay en mí, que esta declaración de Amos se cumple literalmente en el ministerio del presidente David O. McKay, así como en la vida de José Smith y aquellos que han sucedido al primer Profeta en este alto y santo puesto en estos postreros días. Brigham Young dijo: “De la abundancia del corazón habla el hombre; y el hombre que os declara palabras de vida es el que os puede salvar.”

Lo que en 1844 José Smith dijo en principio se puede aplicar hoy en gran manera, aunque nuestros problemas son algo diferentes y el remedio propuesto era particularmente para la resolución del problema que en esa época amenazaba a la nación. El país no aceptó su resolución del problema, que era inspirada de Dios. De haberse aceptado, todos sabemos cuál habría sido el resultado: no habría habido derramamiento de sangre. Se habría evitado la guerra civil con sus resultados posteriores, que aún están con nosotros, así como la pérdida económica consiguiente. ¿Qué fue de aquellos que siguieron su dirección y orientación?

Aunque fue martirizado el profeta José, dos meses después de anunciarse públicamente esta manera de resolver el problema nacional, los miembros de la Iglesia fueron echados de sus hogares a un lugar de refugio en el centro de esta región montañosa. Aquí se encontraban cuando estalló la Guerra Civil.

Ciertamente Dios obra en forma extraña para efectuar sus obras maravillosas ¿Cuál de los habitantes de Nauvoo habría pensado, en aquellos días de la persecución final, cuando sus enemigos los estaban arrojando de sus casas contra su voluntad, que algún día se darían cuenta de que el Señor los había preservado en una tierra donde habría paz aun en medio de la más grande de todas las guerras civiles? ¿Quién duda de que el Señor puede hacer lo que El desee con su pueblo en la actualidad?

Tengo fe implícita en las palabras del Profeta cuando nos dice que en la actualidad no tenemos que preocuparnos más que por guardar los mandamientos de Dios, y tendremos la paz. No sabemos con seguridad cuándo, dónde o qué va a suceder. Por tanto, es imprudente e imposible conjeturar la naturaleza del alivio, protección o seguridad que se han designado para el futuro cumplimiento de los propósitos de Dios.

Pero esto sí sabemos: que Dios vive y que podemos confiar en Él, y que por motivo de nuestra obediencia podemos sentirnos libres del temor, la duda o la incertidumbre; y que podremos permanecer en esa condición mientras retengamos, mediante nuestra fidelidad, el derecho de pedirle las bendiciones que ha prometido a los fieles.

En mi concepto, es la paz algo que todos podremos disfrutar, aun en medio de guerras futuras. Podremos padecer angustias y tribulaciones; podremos sufrir la pérdida de nuestros seres amados, pero pensemos un momento y pensemos en dos cosas que han sucedido. Estoy pensando en el profeta José, aquella noche en que partió de Nauvoo con algunos de los hermanos de su mayor confianza y pasó del otro lado del río, hasta Montrose, donde surgió la pregunta si debería seguir adelante o regresar. Fue en aquellos días que el Profeta declaró sentirse libre de haber ofendido a cualquier hombre, y que sería llevado como cordero al matadero; pero ¿quién puede dudar de que en su corazón y su alma moraba la paz de Dios, que le dio la fuerza, el valor y el poder de su sacerdocio para cumplir su misión aquí sobre la tierra, como Dios lo dispusiera?

El otro gran ejemplo, por supuesto sobrepuja todos los demás en lo que concierne a conocimiento y entendimiento humanos. Me refiero a la oración intercesora del Señor y Salvador Jesucristo mientras oraba a su Padre en el Jardín de Getsemaní. No cabe duda que había paz en su corazón cuando dijo: “Empero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22:42)

Pues bien, esa paz puede venir a nuestro corazón, no importa cuáles sean nuestras circunstancias, y no importa qué método o situación el Señor se digne emplear para dar a su pueblo fiel la paz que le ha prometido. Tengo una convicción firme de que si se nos concede esa paz, y nos fuere requerido perder nuestra vida o la de nuestros seres amados, tendríamos la seguridad absoluta, como la tuvo el profeta José, de que moriríamos en el Señor; y cuando morimos en el Señor, hemos cumplido la voluntad del Maestro aquí sobre esta tierra como a Él le place y satisface, y nada más podemos hacer ninguno de nosotros.

No puede existir sobre la tierra poder más grande que el del sacerdocio, el don de Dios a nosotros, poder que nos obliga a ejercitar nuestra facultad como élderes de Israel, para llevar el conocimiento de la verdad a todas las naciones que nos permitan pasar adentro de sus fronteras; para conducir esas naciones, no necesariamente en forma física, a las Estacas de Sión que han sido y continuarán siendo organizadas en los varios países del mundo. Estos hombres y mujeres, mediante su fe, conversión y fidelidad, juntamente con nosotros, seremos recipientes de estas bendiciones, las mayores de todas que el Señor tiene reservadas para su pueblo escogido. De modo que ni ellos ni nosotros debemos preocuparnos por nuestra seguridad cuando sabemos que del trono de Dios Altísimo vendrá el cuidado de nuestro bienestar.

Cité al principio de mis palabras las enseñanzas del presidente David O. McKay y ahora deseo referirme brevemente a los otros presidentes de la Iglesia para mostrar la uniformidad con que el Señor ha revelado su voluntad a sus profetas en estos postreros días.

José Smith dijo:
Sea el honor el pabellón de todos los hombres. Procúrese devolver bien por mal en todos los casos; y la nación entera, como un reino de reyes y sacerdotes, se levantará en justicia; y será respetada por su prudencia y dignidad sobre la tierra, y como justa y santa en los cielos, por Jehová, el Autor de la perfección.

Brigham Young dijo:
Disfrutan de gran paz aquellos que aman la ley del Señor y se rigen por sus mandamientos. Nuestra creencia traerá la paz a todos los hombres y la buena voluntad a todos los habitantes de la tierra. Inducirá a todos los que sinceramente siguen sus dictados, a cultivar la justicia y la paz, a vivir pacíficamente con sus familias, a alabar al Señor en la mañana y en la tarde, a orar con sus familias; y los llenará a tal grado con el espíritu de paz, que nunca jamás condenarán o castigarán a nadie, a menos que realmente lo merezcan. (Discourses of Brigham Young, págs. 223, 449)

Es interesante leer lo que Juan Taylor dijo en sus días:
Esta paz es la dádiva de Dios únicamente, y sólo se puede recibir de El cuándo se obedecen sus leyes. Si algún hombre desea introducir la paz entre su familia o entre sus amigos, cultívela primero en su propio seno; porque la paz legítima solamente se puede obtener de acuerdo con el reglamento y autoridad lícitos de los cielos y la obediencia a sus leyes. (The Gospel Kingdom, por Juan Taylor, pág. 319)

Wilford Woodruff dijo:
Poned vuestra confianza en Dios y creed en sus promesas, viviendo de acuerdo con la luz y conocimiento que poseéis, y en todo os irá bien, ya sea que estéis viviendo o muriendo. (Discourses of Wilford Woodruff, página 260)

El presidente Lorenzo Snow, dijo, en un documento publicado en Deseret News el 01 de enero de 1901:
Hoy desciende sobre el mundo un siglo nuevo. El período de cien años que acaba de pasar fue uno de los más trascendentales en la historia del hombre sobre este planeta. Sería imposible hacer un breve resumen de los notables acontecimientos, los maravillosos desarrollos, las grandes realizaciones e invenciones y descubrimientos benéficos que señalan el progreso de diez décadas que ahora quedan atrás en la marcha incesante de la humanidad.

La sola mención del siglo diecinueve sugiere adelanto, mejoras, libertad y luz. Afortunados somos por haber vivido en medio de sus maravillas, y participado de las riquezas de sus tesoros de inteligencia.

Las lecciones del siglo pasado deben habernos preparado para los deberes y glorias de la era que hoy comienza. Convendría que fuera una edad de paz, de mayor progreso, de la adopción universal de la regla de tratar al prójimo como queremos que él nos trate. El barbarismo de lo pasado debía quedar sepultado. La guerra con sus horrores no debía ser más que una memoria. El propósito de las naciones debería ser la confraternidad y la grandeza mutua. Debería estudiarse el bienestar de la humanidad más bien que el enriquecimiento de una raza o el ensanchamiento de un imperio. ¡Despertad, monarcas de la tierra y gobernantes de las naciones, y contemplad la escena de los primeros rayos del día milenario naciente que doran la mañana del siglo veinte!

Está en vuestras manos el poder para hacer llano el camino delante de la venida del Rey de reyes, cuyo dominio se extenderá sobre toda la tierra. Licenciad vuestros ejércitos; convertid vuestras armas de guerra en herramienta industrial; quitad el yugo de sobre el cuello del pueblo; reconciliad vuestras disputas por medio del arbitraje; reuníos en un congreso real y haced proyectos para la unión más bien que para la conquista, para desterrar la pobreza, para edificar y elevar las masas y procurar la salud, riqueza, alumbramiento y felicidad de todas las tribus, pueblos y naciones. Así el siglo veinte será para vosotros la gloria de vuestra vida y lustre de vuestra corona, y las generaciones de vuestra posteridad cantarán vuestras alabanzas mientras que el Ser Eterno os pondrá en alto entre los poderosos.

A los ochenta y siete años de edad, me siento lleno de deseos sinceros por el beneficio de la humanidad. Deseo a todos un feliz Año Nuevo. . . . Triunfe la justicia y sea deshecha la corrupción. Y prevalezcan la virtud, la castidad y el honor, hasta que sea vencida la maldad y la tierra sea purificada de la impiedad. Vayan estos sentimientos al mundo entero como la voz de los “mormones” desde las montañas de Utah, y sepa todo pueblo que nuestro deseo y nuestra misión tienen por objeto la bendición y salvación de toda la raza humana.

Sea el siglo veinte la más feliz, así como la más grande de todas las edades de tiempo, y sea glorificado Dios en la victoria próxima sobre el pecado, la tristeza, la miseria y la muerte. La paz sea con todos vosotros.

Joseph F. Smith declaró:
Solo hay una cosa que puede traer la paz al mundo. Es la adopción del evangelio de Jesucristo, correctamente entendido, obedecido y llevado a la práctica, tanto por parte de los gobernantes, como por parte del pueblo. (Gospel Doctrine, por Joseph F. Smith, página 529)

¡Cómo me deleitan esas palabras! Y el presidente Grant dijo:

Este evangelio de Jesucristo que el mundo sospecha de ser un engaño, un lazo y un fraude, trae la paz, gozo y felicidad inexpresables a todo hombre que sale y lo proclama, y lleva una vida recta y virtuosa.

En la Conferencia General de octubre de 1921, el presidente Grant leyó una “Resolución de Paz,” en la que se ponía de relieve que la Iglesia favorecía la paz mundial e invocaba las bendiciones y “orientación divina para la Conferencia Internacional sobre la limitación de armamentos, a fin de que sea impulsada la causa de la paz y se obtenga un alivio para las cargas del género humano.”

El presidente George Albert Smith pronunció esta oración:
Oh Padre, en medio de la confusión y la incertidumbre que existen en todas partes, bendícenos en este país, para que nos arrepintamos de nuestras imprudencias, nuestras vanidades y nuestros malos hechos, y haznos entender que todas las bendiciones que valen la pena vienen a nosotros sólo como resultado de honrarte a Ti y guardar tus mandamientos. El camino de la justicia es la carretera de la paz y la felicidad.

Y ahora para concluir, deseo volver a donde empecé, las palabras del presidente McKay, sobre la necesidad de la paz:

Lo que este mundo necesita en la actualidad es la paz. Las agitadas tormentas del odio, enemistad, desconfianza y pecado amenazan destruir la humanidad. Es tiempo que los hombres-hombres verdaderos—dediquen sus vidas a Dios y proclamen con el espíritu y poder de Cristo: “Calla, enmudece.” Solamente por la sumisión completa de nuestra vida interior podremos elevamos sobre la egoísta y sórdida atracción de la naturaleza. Debemos buscar primeramente el reino de Dios y su justicia. Lo que el espíritu es para el cuerpo, Dios es para el espíritu. Así como el cuerpo muere cuando lo abandona el espíritu, en igual manera muere el espíritu cuando excluimos a Dios de él. No puedo imaginar cómo habrá paz en un mundo del cual se ha desterrado a Dios y la religión.

Dios nos bendiga, hermanos y hermanas, a fin de que podamos seguir la amonestación y consejos de estos grandes hombres que nos han precedido, y escuchemos atenta y sinceramente las palabras de nuestro presidente actual, para que nuestras vidas disfruten de la dulzura de la paz, humildemente ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s