Elementos de un Hogar Feliz

Conferencia General Abril 1956

“Elementos de un Hogar Feliz”

David O. McKay

Por el presidente David O. McKay

Mis queridos hermanos y herma­nas, si supieses el peso de la responsabilidad de este momento, gustosamente accederíais a la ora­ción de mi alma, de que pueda recibir vuestro apoyo unido y la inspiración del Señor. Intentaré decir lo que sé que deseo impar­tiros; lo que dudo es poder comunicar este mensaje a los miles que están escuchando, en la manera en que yo quisiera y como espero que el Señor lo habría hecho.

“Y además, de cierto os digo, que… el matrimonio es instituido de Dios para el hombre. Por lo tanto, es lícito que tenga una es­posa, y los dos serán una carne, y todo esto para que la tierra cumpla el objeto de su creación”. (D. y C. 49:15-16)

Este pasaje del libro de Doctri­nas y Convenios es una indicación del mensaje que tengo pensado comunicar esta mañana: unos consejos útiles para tener hogares más felices.

Sin embargo, quisiera decir pri­meramente algunas palabras rela­tivas a la condición general de la Iglesia. Un hecho sobresaliente que se ha llevado a cabo desde la última conferencia en octubre ha sido la terminación y dedicación del Templo de Los Angeles.

Sobre las casi diez hectáreas que compró el presidente Hebert J. Grant con la ayuda de los herma­nos David Howells y Presten D. Richards, hay ahora, además del templo estos otros edificios de la Iglesia, todos terminados y paga­dos: la capilla de la rama de Westwood con su salón de recreo y salas para las clases; la oficina de la Misión de California; un Departa­mento de Información; una planta de calefacción central y suficiente espacio para un auditorio que ser­virá a todas las estacas.

En los días que estuvo abierto el edificio al público, del 19 de diciembre de 1955 al 18 de febrero de 1956, hubo un total de 660,000 personas que aprovecharon la opor­tunidad de visitar este sagrado edificio. Cuarenta mil almas asis­tieron a los ocho servicios dedica­torios que se efectuaron del 11 al 14 de marzo.

Es propio expresar a esta confe­rencia general nuestro agradeci­miento por los esfuerzos, tiempo y recursos contribuidos por los miles de hombres y mujeres que tuvie­ron la responsabilidad de dirigir y velar por la comunidad de los mu­chos miles de visitantes, que a veces eran más de veinticinco mil por día.

Este agradecimiento va dirigido primera y especialmente a las pre­sidencias de estacas, miembros de los sumos consejos y obispados del territorio donde se halla el templo, así como a todos los que integraron los comités que ellos organizaron; y en segundo lugar al arquitecto y sus ayudantes; tercero, al contra­tista y sus obreros; cuarto, a las fieles mujeres que formaron la comisión de recepción, y quienes estuvieron en sus puestos señala­dos diariamente por más de tres semanas, así adentro como fuera del templo; quinto, a la presidencia de la misión del templo y los direc­tores del Departamento de Infor­mación ; sexto, a los once doctores que estuvieron presentes para pres­tar ayuda, y a propósito hubo cuarenta y siete personas que recibieron atención médica. También expresamos nuestro agrade­cimiento a nuestros comités y a otros en California: el que se encargó de la transportación y hospe­daje; el que vio por la impresión y distribución de las invitaciones ; el de prensa y publicidad; el que escogió a los acomodadores que hallaron asientos para estas miles de personas y podría decir, de una manera especial, a los que en cola­boración con la radiodifusora KSL instalaron televisión en los varios salones, y así añadieron al interés y comodidad de los más de cinco mil miembros que asistieron a cada una de las ocho sesiones de los servicios dedicatorios.

Deseamos expresar nuestro agra­decimiento por la bienvenida que nos extendió el gobernador del es­tado, el señor Goodwin Knight, y sus palabras de encomio y recono­cimiento por la erección de este sagrado edificio; también por el mensaje del alcalde Norris Poulson de Los Angeles y por las recep­ciones y mensajes que nos brinda­ron la Cámara de Comercio de Los Angeles y el Club Rotario de esa ciudad. Agradecemos su actitud y hospitalidad. Y aun cuando el tem­plo es espléndido y hermoso, siem­pre veremos en él la buena dispo­sición de la gente hacia el edificio por parte de los que son miembros así como de los que no lo son.

Agradecemos las contribuciones hechas por la gente que vive en el territorio del templo; apreciamos cada promesa cumplida, que en muchos casos fue mayor aún —to­do dado voluntariamente.

Por último, apreciamos los diez­mos y ofrendas de todos los miem­bros de la Iglesia que facilitan la construcción de este edificio y otros semejantes.

Hermanos y hermanas, hoy hace ciento veintiséis años que se orga­nizó la Iglesia de Jesucristo en el hogar de Pedro Whitmer, padre. Fundaron la organización seis miembros aunque estuvieron presentes algunos otros.

Unos catorce meses antes de esta organización, se dio una revelación al profeta José en la que se decía que una obra maravillosa estaba para aparecer entre los hijos de los hombres.

En dicha revelación leemos lo siguiente tocante al espíritu de la Iglesia:

“Por lo tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vues­tro corazón, alma, mente y fuerza para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.

“Y fe, esperanza, caridad y amor, con un deseo sincero de glo­rificar a Dios lo califican para la obra.

“Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, templanza, pa­ciencia, bondad fraternal, santidad, caridad, humildad y diligencia”. (Doctrinas y Convenios 4:2, 5, 6)

Comparado con los casi dos mil años que han pasado desde Jesu­cristo, el Hijo de Dios, estableció su Iglesia en el meridiano de los tiempos, el período de ciento vein­tiséis años parece sumamente bre­ve, y sin embargo, el crecimiento y progreso de la Iglesia restaurada durante este tiempo ha sido admirable. De estos seis miembros, la Iglesia ha crecido hasta tener más de un millón y cuarto, distribuidos entre 227 estacas y 44 misiones. Ha construido doce templos, se es­tán edificando otros dos, y se han terminado 2,646 casas de oración sin contar las que están en cons­trucción.

En materia de educación, es dig­no de elogio lo que ha podido realizar. Además del interés que tiene nuestra gente en la Univer­sidad de Utah, el Colegio de Agri­cultura de Utah y otras institucio­nes del Estado, la Iglesia tiene un sistema educacional, del cual se siente justificadamente orgullosa. Comprende la Universidad de Brigham Young, la Escuela Prepa­ratoria de Ricks, 140 seminarios e institutos, y en la actualidad está construyendo escuelas preparato­rias en Nueva Zelanda, en Hawaii, en Tongatabu, Tonga y en Pesaga, Samoa.

La Iglesia mantiene dos hospi­tales y por medio de su Departa­mento de Beneficencia se habilita a las personas necesitadas o se les imparte la ayuda necesaria de los diezmos y ofrendas. Aunque los templos, tabernáculos y otros edi­ficios de la Iglesia cuestan millo­nes de dólares, todo edificio que ha sido dedicado está completa­mente pagado y la Iglesia se halla enteramente libre de deudas.

Por parte de la Primera Presi­dencia y otras Autoridades Gene­rales de la Iglesia, me causa gran satisfacción informar que todos los departamentos de la Iglesia pro­gresan satisfactoriamente, y también poder expresar agradecimien­to a nuestro Padre Celestial por su divina inspiración y orientación.

Pero no tengo esta misma segu­ridad en lo que concierne a la man­tención de las altas normas que se requieren de nosotros en nues­tros hogares. Por tanto, me siento constreñido en esta sesión inicial a instar mayor estabilidad, armo­nía y felicidad en la vida del hogar. Se ha dicho con verdad que “la fuerza de una nación, especialmen­te de una nación republicana, estri­ba en los hogares inteligentes y bien ordenados del pueblo”. En ningún otro grupo del mundo de­bería haber hogares más contentos, más felices que entre los miem­bros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Justamente en este mes salió en una de las revistas principales la alentadora noticia de que los hogares y vínculos familiares en América se están tornando más firmes. Según este artículo, la población total de nuestro país ha doblado desde 1900. El número de familias es tres veces mayor. Este crecimiento se manifiesta en el rá­pido aumento de los que son due­ños de sus propias casas. De 1940 a 1945 ha aumentado en un ciento veinte por ciento el número de familias que están comprando sus casas. Ha habido un aumento de sesenta y siete por ciento, durante este mismo período, en el número de niños menores de cinco años, es decir en todo el país. El grupo de niños de los cinco a los nueve años ha aumentado el sesenta y uno por ciento.

Recientemente se ha llamado nuestra atención a algunas condi­ciones que parecen justificar nuestra amonestación a los miembros de la Iglesia de que sus hogares sean un ejemplo al mundo.

A los jóvenes de la Iglesia, par­ticularmente, yo quisiera decir an­te todo que el hogar feliz no tiene su principio en el altar donde se efectúa el matrimonio, sino duran­te los lúcidos, impetuosos días de la juventud. El primer factor con­tribuyente del hogar feliz es la sublime virtud de la lealtad, uno de los atributos más nobles del alma humana. Lealtad quiere de­cir ser fiel y justo. Significa fidelidad a los padres, fidelidad al deber, a una causa o principio, fidelidad al amor. La falta de lealtad a los padres durante la adoles­cencia frecuentemente resulta en tristeza y a veces en tragedia du­rante la vida conyugal.

He recibido varias cartas este mes pasado de algunos jóvenes, dos de ellos en su adolescencia, en las que se quejan de lo que para ellos es interposición de los padres. La juventud de toda la Iglesia y de toda la nación debe entender que tanto la Iglesia como el estado hacen a los padres responsables de la conducta y la protección de sus hijos. Recordaréis que la Iglesia enseña esto claramente. “Y además, si hubiere en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieran hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios Viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tuvieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres. Porque ésta será una ley para los habitantes de Sión o cualquiera de sus estacas organizadas”. (D. y C. 68: 25-26)

Esto está claro, y es vuestra responsabilidad, padres.

Tal vez caiga de sorpresa a algunos de nosotros saber que los estatutos de este estado explícitamente requieren que no sólo los padres, sino cualquier guardián legal de un joven que tenga dieciocho años o menos, sean los responsables de la protección de ese niño y su enseñanza moral. El guardián o padre que de alguna manera corrompe la moralidad del niño puede ser condenado a seis meses de prisión, si recuerdo bien, y a pagar una multa de no menos de trescientos dólares, o a las dos cosas.

Así pues, jóvenes, vuestros padres, no sólo por el amor que os tienen, sino por mandato del Señor y por las leyes del estado, tienen la obligación de velar por vosotros y daros orientación. Y vuelvo a repetir, padres, esa es vuestra responsabilidad. El efecto de esta vigilancia queda demostrado por medio de la siguiente ilustración:

Un juez de la ciudad de Nueva York escribió, no hace mucho, en el diario the New York Times, que en los diecisiete años que tenía como magistrado no se le había llevado un solo adolescente de descendencia china acusado de delincuencia juvenil. El juez interrogó a sus colegas y concluyeron que ni uno de los aproximadamente diez mil adolescentes chinos que vivían en la ciudad hasta donde sabían (ni uno solo), había estado ante sus tribunales acusado de depredación, uso de narcóticos, exceso de velocidad, hurto, vandalismo, asalto o robo.

Se llevó la investigación a San Francisco, donde existe una extensa colonia de chinos, y el resultado fue el mismo.

Se pidió al señor P. H. Chang, Cónsul General de China en la ciudad de Nueva York, que comentara este hecho. Entre otras cosas, dijo: “He oído la misma cosa repetidas veces de muchos jueces. Quiero expresar lo que en mi opinión es la causa. El respeto filial es una virtud cardinal que mi pueblo ha traído consigo de la China que en un tiempo fue libre. Se instruye al niño chino, no importan donde viva, que no debe ni puede avergonzar a sus padres. Antes que un niño chino dé un paso, reflexiona lo que dirán sus padres. ¿Les causará satisfacción o vergüenza? Más que todas las cosas, el adolescente chino desea complacer a sus padres.

La mayor parte de los chinos que viven en América, no importa cuán ricos o pobres son, tienen hogares en que predomina la unión familiar. La hora de comer es un acto ceremonioso al cual debe concurrir cada uno de los miembros de la familia. En el desarrollo del niño desde su infancia, los elementos principales son: Instrucción, reverencia hacia la religión y decoro, además del respeto, a los mayores.

Y el periódico dice: “El sorprendente record del joven chino en América demuestra que es en el hogar donde se halla el remedio para la delincuencia juvenil, y en ningún otro”. (De un editorial de the Saturday Evening Post; reimpreso en Reader’s Digest, julio de 1955).

Por consiguiente, jóvenes, la lealtad a los padres, aun cuando no se considerase como factor contribuyente de un hogar feliz, es por lo menos una protección contra el asumir sin reflexionar y estimar ligeramente los deberes y responsabilidades del matrimonio.

En seguida de la lealtad de los padres, quisiera instar la lealtad a uno mismo. Debemos recordar que si deseamos ser felices, que para alcanzar el éxito en el lejano futuro, nuestro primer deber es ser leales a lo mejor que hay en nosotros, no a lo más bajo.

Dice en la Biblia “que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”. (Mateo 12:36). La psicología nos asegura que “estamos hilando nuestro propio destino, bueno o malo, para nunca ser deshecho. El más ínfimo rasgo de virtud o vicio deja su marca, por pequeña que ésta sea. Un ebrio en un drama de Jefferson se disculpa a sí mismo cada vez que se emborracha, diciendo: “Esta vez no lo contaré”.

“Tal vez él no lo contará —sigue diciendo James el psicólogo— y tal vez una providencia benigna no lo contará; pero no obstante, se está contando. En lo interior de sus células y fibras nerviosas, las moléculas lo están contando, marcándolo y archivándolo para presentarlo en contra de él cuando le llegue la siguiente tentación. Nada de lo que hacemos, según la ciencia, queda enteramente borrado. Por supuesto, esto tiene su lado bueno así como malo. En la misma forma en que llegamos a ser borrachos empedernidos por causa de tantas veces separadas que tomamos, en igual manera llegamos a ser santos en lo moral, y autoridades y peritos en el campo práctico y científico, por razón de tantos hechos separados y cumplimiento de deberes pequeños. Ningún joven debe inquietarse por el resultado final de su educación, sea cual fuere el estudio que esté siguiendo. Si fielmente se dedica a su trabajo todos los días, puede sin temor confiar en el resultado final. Puede con perfecta certeza esperar en que algún día despertará para descubrir que es uno de los más competentes de su generación, no importa qué estudio o carrera haya seguido. Silenciosamente, en medio de todos los detalles de su negocio, la facultad para juzgar es lo que ese estudio habrá logrado dentro de él como posesión imperecedera. Los jóvenes deben saber esta verdad de antemano. La ignorancia en este respecto probablemente ha causado más desánimo y falta de resolución entre los jóvenes que emprenden una carrera ardua, que todas las demás causas combinadas”. (Psicología por William James, edición de 1892, pág. 150).

El ideal que debe seguir la juventud a fin de fundar un hogar feliz es este: Sé fiel a lo mejor, y no permitas que una hora de desenfreno mancille tu vida para siempre.

Bajo este tema de la lealtad, deseo en seguida instar la lealtad al futuro compañero o compañera. Cuando deja de existir en el hogar la armonía, la consideración mutua y la confianza, entra el infierno. A veces le abre la puerta la memoria de un pecado cometido en la juventud. Señoritas, escogeos un esposo que respeta a la mujer. Jóvenes, escoged una compañera que en su adolescencia tuvo la virtud y la fuerza para conservarse pura para su futuro esposo. Por el camino del desenfreno hallamos muchas jóvenes bonitas, buscando vanamente la felicidad por senderos prohibidos donde la gente se arrastra y nunca aspira. De lo cual resulta que buscan en vano la felicidad. Extienden la mano para asir lo que parece ser substancia, pero hallan solamente cenizas.

Si deseáis un matrimonio feliz, vuestra reputación así como vuestro carácter debe conservarse sin tacha.

Se dice comúnmente en todo el mundo que el hombre puede disfrutar de ciertas libertades, pero la mujer joven debe conservarse casta; y por lo general así se practica. Pero en la Iglesia no tenemos más que una norma, y es tan importante que los jóvenes se conserven castos, como lo es para las señoritas. No importa cuál sea la oportunidad o cual sea la tentación, el joven debe saber que para encontrar la felicidad él debe conservar sagrada su verdadera virilidad. El matrimonio fracasa cuando la virilidad es un fracaso. Debe saber el joven que para adquirir fuerza moral tiene que aprender a resistir la tentación, aprender a decir con Cristo: “Vete, Satanás, que escrito está: al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás” (Mateo 4:10). Entonces habrá paz en su alma más bien que perturbación.

Después de la lealtad como contribución a un hogar feliz, quisiera instar un cortejo o noviazgo continuo, y aplicar esto a los adultos. Demasiadas parejas llegan al altar para efectuar su matrimonio con la idea de que la ceremonia significa el fin del noviazgo en lugar del principio de un enamoramiento eterno. No olvidemos que durante los afanes de la vida cansada, y sabemos que vienen, las tiernas palabras de agradecimiento, las galanterías se aprecian aún más que durante los dulces días y meses del cortejo. Después de la ceremonia y durante los problemas que surgen diariamente en el hogar, es cuando una palabra de “gracias”, o “dispénsame” o “si me haces el favor”, por parte del esposo o esposa aumenta el amor que os trajo al altar. Conviene recordar que el amor puede morir de hambre tan literalmente como el cuerpo que no recibe alimento. El amor vive de la bondad y la cortesía. Es significante que la primera frase de lo que hoy se conoce en todo el mundo cristiano como el salmo del amor, dice así: “La caridad (amor) es sufrida, es benigna”. El anillo de boda no da a ningún hombre el derecho de ser cruel o desconsiderado, y a ninguna mujer el derecho de ser desaseada, enojosa o desagradable.

El siguiente factor que contribuye al matrimonio feliz es el dominio de sí mismo. Sucede alguna cosa pequeña que os molesta, y habláis sin reflexionar, ásperamente y en voz alta ofendéis el corazón de uno y de otro. No conozco ninguna virtud que contribuya más a la felicidad y paz en el hogar, que la gran cualidad de dominar uno su lengua. Refrenaos de decir la palabra áspera que viene a vuestra mente en el acto en que sois ofendidos, o si ves algo en el otro que os molesta. Se dice que durante el noviazgo debemos andar con los ojos muy abiertos, pero después del matrimonio tenerlos medio cerrados.

Lo que quiero decir se puede ilustrar con lo que una recién casada dijo a su marido: “Yo sé que los platillos que preparo no salen bien; me molesta tanto como a ti, ¿pero cuántas veces me has hallado sentada gruñendo por ello?” Este constante refunfuñar después del matrimonio es lo que lo hace desagradable. Esto me trae a la memoria las palabras de Will Carlston: “Los muchachos vuelan sus cometas y las vuelven a recoger. Uno no puede hacer lo mismo con las palabras que suelta al viento. El pensamiento que no se expresa puede a veces dejar de ser, pero Dios mismo no puede matarlo una vez que se ha expresado”.

El matrimonio presenta la oportunidad de compartir el amor y cuidado de los niños. Y ese es el verdadero propósito del matrimonio. Cierto escritor ha dicho con toda verdad: “Sin hijos, o sin creer que los hijos son importantes, el matrimonio está incompleto y sin cumplimiento. Los hijos demandan tiempo, molestias y más paciencia que la que usualmente tenemos. Estorban la libertad, los ratos de diversión y el lujo; pero son la verdadera razón y propósito del matrimonio. Si no evaluamos debidamente la paternidad, todavía no estamos ni emocional ni socialmente listos para casarnos. El matrimonio es una relación que no puede existir si hay egoísmo, impaciencia, arbitrariedad, desigualdad y falta de respeto. Es una relación que vive de la aceptación, de la igualdad, de compartir, dar, ayudar, cumplir cada cual con su parte, aprender juntos, disfrutar de ratos de buen humor”. Y el hogar está lleno de buen humor cuando hay niños.

Cuanto más estéis en compañía de vuestra esposa, tanto más felices seréis. Vuestros asuntos os alejan del hogar. Ella se queda atrás sola. No permitáis que la asociación con otras mujeres divida vuestro cariño; y esto se aplica tanto a la mujer como al hombre. En un tiempo yo creía que no era así; que el hombre era el único responsable de la inquietud, los desacuerdos y tristezas que ocurren con demasiada frecuencia, pero he tenido que modificar mi opinión. Por medio del compañerismo se perpetúa ese amor que resultó en vuestra unión.

En conclusión, para la correcta resolución de los grandes problemas del matrimonio podemos referirnos sin desconfianza a Jesús, nuestro Director. El declaró, como dije al principio, que el matrimonio es ordenado de Dios, y que sólo existiendo las más excepcionales condiciones puede ser deshecho. En las enseñanzas de Cristo la familia es de suprema importancia en el desarrollo de la vida y la sociedad. Felices y doblemente felices son aquellos que disfrutan de un compañerismo sin interrupción, y cuyo amor, libre de toda riña, no se disipara hasta el último día.

Y nunca se acabará si lleva el sello de la autoridad del Santo Sacerdocio por toda la eternidad. La ceremonia del matrimonio, cuando lleva este sello, produce felicidad y gozo sin igual en el mundo. “Lo que Dios ha juntado, no lo aparte el hombre”.

A la Iglesia, no sólo a los jóvenes, sino a todos los casados, insto a que tengáis hogares más felices como resultado del amor, fidelidad, lealtad, dominio de vosotros mismos y obediencia a los principios del matrimonio que por revelación se ha dado a nosotros los miembros de la Iglesia Restaurada de Jesucristo.

Dios nos ayude a ser ejemplos al mundo en este respecto, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a Elementos de un Hogar Feliz

  1. Anónimo dijo:

    Excelente mensaje, gracias por compartir.

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