Déjate guiar por la luz interior

Conferencia General Octubre 1955

«Déjate guiar por la luz interior»

harold b. lee

por Harold B. Lee
del Quórum de los Doce Apóstoles


En excelente discurso del hermano Sterling W. Sill esta mañana me trajo a la memoria una historia que formó parte de una impresionante predicación que oí recientemente durante los servicios dedicatorios de una capilla nueva que estuvieron a mi cargo. Se llamó la atención de los presentes al nombre que se hallaba inscrito sobre el frente del edificio, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; y ésta es la historia que se repitió, el objeto de la cual fue subrayar nuestra responsabilidad hacia Aquel en cuyo nombre nos hallábamos reunidos.

Sucedió en 1909, en la Universidad de Edimburgo. Lord Balfour, en aquella época Primer Ministro de Inglaterra, estaba dando una conferencia sobre el tema de las cualidades morales que unen a las naciones. Se refirió al conocimiento común y los comunes recursos comerciales de las naciones que tendían a unirlos, hizo mención de su intercambio social realizado por medio de relaciones diplomáticas, los lazos de amistades humanas y mejores métodos de comunicación; y entonces concluyó sus palabras en medio de estruendoso aplauso de los que habían escuchado su (según las normas del mundo) elocuente oración.

Pero interrumpió la ovación un estudiante japonés de esa universidad. Se puso de pie en la galería y preguntó: “Pero, Sr. Balfour, ¿dónde queda Jesucristo?” En medio de un silencio absoluto se levantó el presidente de la asamblea para dar fin a la reunión. Habían escuchado una severa reprensión de uno que venía de una nación pagana, al representante de una de las más grandes de las así llamadas naciones cristianas sobre la tierra; porque el Sr. Balfour había omitido el más importante y fundamental de todos los vínculos esenciales que pueden unir a las naciones del mundo.

El Maestro hizo hincapié en lo esencial que es ese conocimiento del Salvador y su divina misión cuando dijo a los fariseos, que como siempre, lo rodeaban tratando de confundirlo o enredarlo: “¿Qué os parece del Cristo?”

A esta pregunta ellos contestaron: “Es hijo de David”, refiriéndose por supuesto a su origen israelita. (Mateo 22:42).

Lo más probable es que el Maestro quería que se acordaran de lo que había enseñado Juan el Bautista, precursor de Jesús cuando había destacado en sus declaraciones la vital importancia de este conocimiento tan esencial.

El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; más el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. (Juan 3:36).

Hubo otros que en el curso del ministerio del Maestro, no teniendo la fe, habían expresado sus opiniones respecto de Él. En Nazaret, donde se había creado, habían dicho en tono burlón:

¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo y José y Simón, y Judas?… y se escandalizaban en él.

El Maestro tristemente comentó:
No hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa. (Mateo 13:55,57).

En otra ocasión dijeron de Él con desprecio:
He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publícanos y de pecadores. (Mateo 11:19).

En Jerusalén los escribas “decían que tenía a Belzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios”. (Marcos 3:22).

Contrastan con estos desagradables epítetos las palabras de sus fieles discípulos; por ejemplo, Pedro, el principal de los apóstoles, declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente’’. (Mateo 16:16). Y la fiel Marta: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”. (Juan 11:27). Y otro de sus discípulos. Tomás, después de haber visto y palpado al Señor resucitado, testificó con estas sencillas palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). La diferencia entre estos y aquellos que formaban el grupo que contestaron la pregunta del Señor, “¿Qué os parece del Cristo?”, es esa cualidad de que habló el Maestro en su gran Sermón del Monte: “Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios’’. (Mateo 5:8).

Nuestra responsabilidad como miembros de la Iglesia de Jesucristo de declarar la misión del Salvador quedó más firmemente grabada en nosotros recientemente en una de nuestras reuniones, en que el presidente David O. McKay dio voz a esta significante declaración:

Esta es la Iglesia de Jesucristo, y nuestra obligación es predicar al mundo que Él es el Hijo de Dios, nuestro Redentor y nuestro Salvador: no solamente que fue un gran maestro, sino en realidad el Hijo de nuestro Padre Celestial y el Redentor del mundo, el cual ha deshecho los lazos de la muerte y ha traído la resurrección, a fin de que por El, mediante la obediencia al evangelio, podamos ganar la exaltación eterna en su reino. El Señor nos dé la fuerza y aumente nuestra habilidad para representarlo en el mundo.

En la memorable carta al señor Wentworth, de grande importancia histórica para la Iglesia, el profeta José Smith contestó la pregunta sobre las creencias de la Iglesia con esta declaración: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo”.

El simbolismo de nuestra creencia y declaración al mundo se halla en otros lugares. Al examinar las fotografías del Templo de Suiza leí las palabras que se hallan sobre la entrada y una vez más me acordé que sobre muchos otros de nuestros sagrados edificios se hallan estas palabras significantes: “Santidad al Señor”. Al salir de este tabernáculo, fijaos en las torres occidentales del templo, y allí, precisamente debajo de las almenas veréis la constelación de la Osa Mayor con sus dos estrellas señalando a la estrella polar. Este simbolismo, según lo explicó Traman O. Angelí, arquitecto del templo, en un artículo escrito para el Millenial Star de los miembros británicos, da la idea de que mediante el sacerdocio de Dios Todopoderoso, aquellos que están perdidos podrán hallar el camino. Al entrar en el Templo de Salt Lake podéis daros cuenta de lo que aquellos hombres hicieron para simbolizar cada movimiento que harían en ese edificio sagrado. Casi sin excepción, en todos los picaportes se leen estas mismas palabras, “Santidad al Señor”. Mediante ese símbolo, toda puerta del templo de nuestro Señor, de hecho, cada paso que damos en la vida, se abre para aquellos que andan en “Santidad al Señor”.

La más sombría expectativa que se puede uno imaginar para aquellos que tienen no sólo estos símbolos que constantemente les están recordando, sino también el testimonio de aquel humilde joven que testificó de la aparición del Padre y el Hijo que hablaron con él en persona, y testificó que otros grandes personajes vinieron y restauraron sus poderes y llaves del sacerdocio —vuelvo a repetir, la más sombría expectativa de los miembros de la Iglesia que tienen esos testimonios y ese conocimiento, es ser contados entre aquellos que sufrirán el castigo del Señor por haber desobedecido un llamamiento divino dado por mandamiento divino. De ellos el Señor dijo:
Los que no son escogidos han cometido un pecado muy grave, pues andan en tinieblas al mediodía. (D. y C. 95:6).

Y entonces añade:
Si no guardáis mis mandamientos, no permanecerá con vosotros el amor del Padre; por tanto, andaréis en tinieblas. (D. y C. 95:12).

Con el título, “¿Qué es lo que hace fuerte al hombre?”, el Sr. J. Edgar Hoover, jefe del Departamento Federal de Investigación, escribió recientemente un artículo, en el cual hace esta significante declaración:

Cuando un hombre estriba en su propio entendimiento, cuando vive de su propia fuerza, cuando se jacta de explorar los misterios del átomo, las profundidades del mar o los secretos del espacio, se olvida de Dios y afirma que es su propio amo. El resultado de esto es un sufrimiento indecible. Aun cuando uno conserva su posición, aunque aumentan sus riquezas, el éxito pronto se torna en fracaso cuando Dios es olvidado. No hay serenidad de mente, ninguna satisfacción personal ni experiencia personal de gozo interno. “Confiar en el Señor con todo tu corazón” es seña de fuerza, y es el único camino que conduce a la felicidad, el éxito y la verdadera realización.

Me gusta hacer una comparación entre aquel Pedro lleno de temor, que la noche de la traición negó que conocía al Salvador, y el Pedro, que en otra ocasión, después de haber presenciado la resurrección del Maestro, se hallaba en la cárcel esperando otra inquisición por parte de sus injustos aprehensores. No le causó ninguna sorpresa que lo despertara un ángel, ni que se le cayeran las cadenas con que estaba atado cuando el personaje celestial le mandó que lo siguiera; y al llegar a la puerta, la halló abierta y asimismo la puerta de hierro que daba a la ciudad. Entonces se dirigió a casa de sus amigos, los cuales se sorprendieron de verlo, pues desde el momento en que fue encarcelado habían estado orando que el Señor, por su incomparable poder, deshiciera la maldad que estaba tratando de frustrar la obra de esta grande Iglesia. Más Pedro no tuvo temor. ¿Por qué? Porque conocía la potencia del Señor resucitado. (Hechos 12).

Me vienen al pensamiento dos incidentes contrastables. Uno de mis amigos más estimados recibió una de esas trágicas noticias: “Sentimos comunicarle que su hijo ha muerto en la batalla”. Fui a su casa, y allí vi a la angustiada familia. Poseían todas las cosas que el dinero puede comprar: riquezas, posición social, las cosas que el mundo llamaría honorables —pero allí estaban con sus esperanzas y ensueños destrozados, ansiando algo que no habían logrado en su vida y que al parecer nunca jamás lograron. El consuelo que pudieron haber conocido no se hallaba allí.

Como contraste deseo pintaros una escena que presencié en el hospital hará unos seis meses. Uno de nuestros fieles y estimados presidentes de misión estaba allí, muriendo lentamente. Estaba padeciendo un dolor intenso, pero sentía gozo en el corazón porque sabía que a veces los hombres aprenden la obediencia por lo que padecen, y obtienen el derecho de estar con aquel que sufrió más de lo que cualquiera de nosotros puede sufrir. También este hombre conocía el poder del Señor resucitado.

En estos días debemos hacernos la pregunta que el Maestro hizo a los de aquella época: “¿Qué os parece del Cristo?” Conviene preguntarla como lo haríamos hoy: “¿Qué nos parece del Cristo?” Y quizá podría ser más personal aún, y expresarse en esta forma: “¿Qué me parece del Cristo?” ¿Lo considero como el Redentor de mi alma? ¿Pienso en El, sin ninguna duda en mi corazón, como el que se apareció al profeta José Smith? ¿Creo que estableció esta Iglesia en la tierra? ¿Estoy cumpliendo con el convenio que hice en las aguas del bautismo de que sería testigo de Él en todo tiempo, y en todo lugar, y en todas las cosas, dondequiera que me hallare, aun hasta la muerte?

Algunos han dicho que les habría gustado vivir en los días del profeta José, para poder haberlo defendido. El hermano Heber C. Kimball escribió lo siguiente:

Quisiera decir que muchos de vosotros veréis tiempos en que os sobrevendrán cuanta dificultad, prueba y persecución podáis resistir, y tendréis amplia oportunidad para mostrar si sois fieles a Dios y su obra. Esta Iglesia tendrá que pasar por muchos peligros antes que la obra de Dios pueda ser coronada con el triunfo. A fin de hacer frente a las dificultades que están por venir, será necesario que tengáis, cada cual, el conocimiento de la verdad de esta obra. Las dificultades por las que la Iglesia tendrá que pasar serán de tal naturaleza que el hombre o mujer que no tenga este conocimiento personal, caerá. Recordad estas palabras, porque muchos de vosotros viviréis para ver su cumplimiento. Va a llegar el día en que ningún hombre o mujer podrá permanecer si su luz es prestada. Cada quien tendrá que guiarse por la luz que haya en él. Si no la tenéis, no podréis permanecer.

Después de algunas de las persecuciones y manifestaciones del poder del maligno que experimentaron nuestros primeros misioneros en Londres, cuando regresaron fueron al Profeta para saber por qué les habían acontecido aquellas cosas con los espíritus malos. ¿Habían cometido alguna maldad, y por eso el maligno había tratado de vencerlos? Y el Profeta les respondió: “Me dio gozo saber de lo que os sucedió, porque yo pasé por circunstancias parecidas, y quisiera deciros que cuanto más cerca esté una persona de Dios, tanto más se esforzará el adversario para impedir que se cumplan sus propósitos”.

A eso se estaba refiriendo el Maestro cuando dijo:
Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.
Regocijaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:11,12).

He oído testimonios de hombres como el hermano Hugh B. Brown, el hermano Adam S. Bennion y el hermano Ricardo L. Evans, quienes al ser llamados a altas posiciones se han visto sujetos a las pruebas del poder del mal. No dudo por un momento que estaban cerca del Señor, y el diablo lo sabía y quería confundirlos y destruirlos si acaso fuera posible.

Vosotros y yo vivimos en una época en que estamos recibiendo los aplausos de la gente de todo el mundo. Nos da gozo-saber que la persecución de antaño se ha acabado, y sin embargo, reflexiono seriamente la amonestación del Maestro, cuando dijo:
¡Ay de vosotros, cuando todos los hombre dijeren bien de vosotros! porque así hacían sus padres a los falsos profetas. (Lucas 6:26).

Cuando pienso en esa amonestación, me acuerdo de las palabras que el poeta Kipling escribió después de una de las más grandes celebraciones vistas en Inglaterra:

Perecen reinos y poder,
Llega a su fin la aclamación;
Aún aceptable es para ti
El de contrito corazón.
Haznos pensar en tu amor
Y no olvidarte, oh Señor.

Quisiera parafrasear estas palabras de Kipling y decir que mientras hoy nos deleitamos en el informe de nuestro presidente, no debemos olvidar, como conjunto y como individuos, que nuestra aceptación en el reinó de nuestro Dios dependerá de la manera en que podamos responder a la pregunta que cada uno honradamente se hará a sí mismo: “¿Qué me parece del Cristo? ¿Qué clase de testimonio tengo yo de la divinidad de su misión?”

Dios conceda que nunca perdamos ese testimonio. Os testifico que yo sé que Él es el Salvador del mundo, y doy ese testimonio humildemente y en el nombre de Jesucristo. Amén.

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