Templos de la última dispensación

Templos de la última dispensación

J. Rubén Clark Jr.

por el presidente J. Rubén Clark, hijo
de la primera presidencia

Sermón pronunciado durante la primera sesión de los servicios dedicatorios del Templo de los Angeles, el domingo 11 de marzo de 1956.


Mis hermanos y hermanas, siervos y siervas del Señor, todos los que estamos enterados de nuestros privilegios y nuestras obligaciones, me siento bendecido por poder estar con vosotros en esta importante ocasión en que se dedica otra Casa del Señor, que se empleará, junto con otros templos erigidos y por erigir, para efectuar la obra que el Señor no sólo nos ha encargado sino mandado.

Confío en que durante los breves momentos que estaré ante vosotros me prestaréis la ayuda de vuestras oraciones, para añadir a las mías, a fin de que sea inspirada mi mente y pueda deciros algo que será de ayuda y utilidad a todos nosotros.

Al aproximarse este día, y habiéndome avisado el presidente McKay que sería llamado para deciros algo, he estado pensando un poco en los templos, su construcción y los puntos fundamentales de la obra del templo.

En primer lugar, comprendí que estamos viviendo en la última dispensación, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, en que nuevamente se revelaría todo cuanto Dios había revelado, y cuando, como Él dijo, revelaría cosas que han quedado ocultas desde el principio del mundo hasta esta época. Por tanto, es una dispensación no sólo de la restauración de todas las cosas, sino de la otorgación de bendiciones adicionales. Y deseo tan solamente mencionar que en esta última dispensación ha venido al hombre, por lo general, más conocimiento del que jamás había recibido en el mismo período de tiempo, y en cierto sentido más del que jamás había venido al mundo. Esta es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos en la que se han revelado cosas que hasta ahora habían quedado ocultas de los hombres.

Pero deseo decir algo más particularmente acerca de nuestros templos. La última dispensación es una de construir templos, una construcción de templos en un sentido singular, que aparentemente no existía antes de esta dispensación.

En la primera visita de Moroni al profeta José, le informó de la venida de Elías el Profeta e hizo referencia a las palabras de Malaquías sobre la conversión del corazón de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, para que no viniera el Señor e hiriese la tierra con una maldición.

Hallamos una o dos revelaciones escritas después de la visita de Moroni, en las que el Señor de nuevo nos habla de Elías el Profeta. Deseo manifestar que no conozco la razón que motivó el hecho, pero a los dieciséis meses de la organización de esta Iglesia el profeta José consagró la tierra de Sión para la edificación de un templo. Claro es que no sabía mucho acerca de los templos, y poco después—no intentaré dar fechas— poco después empezamos la construcción del Templo de Kirtland y continuamos la obra hasta que se terminó.

Hay razón para creer, a juzgar por el plan conforme al cual se erigió el Templo de Kirtland y el uso que de él más tarde hizo, que tal vez ni el Profeta mismo entendía por completo, al tiempo de la edificación, cómo se iba a emplear la casa.

Se dedicó el Templo de Kirtland, y mientras tanto se había consagrado un sitio en Independence, Misuri, para un templo.

Pocos días después de la dedicación del Templo de Kirtland, el Señor concedió a José esa gran visión en la que Elías, Moisés y Elías el Profeta vinieron y confirieron a José y a Oliverio las llaves que poseían. Las llaves que les entregó Elías el Profeta eran las de convertir o volver el corazón de los padres a los hijos y el de los hijos a los padres. El Señor lo estaba haciendo de esta manera para no tener que herir la tierra con una maldición.

Cuando llegamos a esta región, en la parte occidental de los Estados Unidos, el hermano Brigham emprendió, poco después que llegamos aquí, la edificación de templos. Se dio principio al Templo de Salt Lake City, y desde entonces hasta la fecha, contando éste, hemos construido doce templos y otros están en proyecto.

Creo que no ha habido Presidente de la Iglesia que hasta esta fecha no haya edificado y dedicado uno o más templos, o proyectado la edificación y dedicación de uno o más templos. En este respecto hemos cumplido, en parte por lo menos, los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

Pero apenas hemos empezado, y ahora hemos de continuar en lo futuro como lo hemos hecho en lo pasado, con más templos. Como sabéis, el Presidente McKay ya ha dedicado dos templos, con este, tiene en proyecto otros dos y tengo razón para creer que tiene otros en mente.

Esta es una época muy importante de construcción de templos. Y no he podido menos que pensar que los templos que estamos edificando son diferentes de los templos edificados en los días de Israel. Las Escrituras parecen indicar que el Señor estaba dispuesto a edificar templos como los conocemos, o por lo menos para los fines que conocemos, en los días de Moisés, pero los hijos de Israel no estaban preparados para aceptar, y por tanto, quitó a Israel el Sacerdocio de Melquisedec que les iba a conferir. Y las grandes bendiciones de que disfrutamos en este templo son principalmente bendiciones que vienen por ejercer los poderes del Sacerdocio de Melquisedec.

En aquellos primeros templos de los días de Israel, traían sus sacrificios y de esta manera expiaban sus pecados; pero los eruditos nos dicen que en aquella época no había expiación para los pecados que se cometían deliberadamente, sino que éstos pecados intencionales tenían que ajustarse entre el pecador y el Señor. En aquellos días iban al templo para hacer sus sacrificios y librarse de sus pecados, obtener el perdón de ellos. Pero con nosotros no es así en la actualidad. Como sabéis, con la muerte del Salvador se cumplió la Ley Mosaica, y una de las señales del cumplimiento fue que el velo del templo que separaba el lugar santo del santísimo, se partió en dos y descubrió el lugar santísimo a los ojos de todos. Antes de esto, nadie sino los sumos sacerdotes entraba en el lugar santísimo; no sólo estaba oculto del pueblo sino aun de los sacerdotes. Era el lugar más sagrado del templo. Vuelvo a repetir, la gente iba al templo para ofrecer sacrificios por sus pecados y obtener perdón.

Hoy, después de la expiación del Salvador, traemos al templo como nuestro sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y venimos a los templos con esta preparación. No estamos aquí para buscar el perdón de nuestros pecados. Venimos aquí después de abandonar nuestros pecados y recibir el perdón consiguiente, y con el espíritu de profunda humildad, viviendo vidas rectas, nos presentamos aquí para hacer la obra que se hace en estos templos y cumplir con lo que el Señor mandó.

Me parece que hemos de saber estas cosas, que hemos de apreciarlas, porque hay razón para creer que la gente a veces viene al templo con la idea de que por ese medio obtendrá el perdón de sus pecados. El perdón debe preceder nuestra entrada en el templo; no se obtiene como resultado de ello.

Estamos aquí para obtener bendiciones, y efectivamente recibimos bendiciones aquí, grandes bendiciones. Venimos aquí para gozar de la operación y la otorgación del poder de ligar, poder que el Salvador confió a sus discípulos mientras se hallaban en Palestina, poder que aparentemente perdieron muy pronto y quizá no entendieron. Estamos aquí para recibir bendiciones. Los que vivimos venimos aquí con el objeto principal de ser ligados a nuestras esposas y, si es necesario, a nuestros hijos, a fin de obtener la bendición de la unión eterna, de progreso eterno, de una vida de familia que durará todas las eternidades. Por eso es que venimos al templo por nuestro propio bien.

Aparte de esto, venimos aquí para salvar a los que han muerto. Primero, ser bautizados por ellos para que tengan la oportunidad de entrar en el mundo celestial. Entonces recibir la investidura y ser ligados por ellos como sus vicarios. Si ellos aceptan, y habiendo hecho nosotros este trabajo por ellos, también vivirán en las eternidades igual que nosotros, unidos como familias, hasta alcanzar las exaltaciones que esperan a los justos. ¿Podríamos ocuparnos en obra más noble?

No adoramos a nuestros antepasados. Como vicarios de ellos, somos sus salvadores. Los incontables billones que han muerto tendrán, en el debido tiempo, la oportunidad de recibir en la otra vida las bendiciones que aquí les conferimos. Es el concepto más glorioso de su clase que jamás se ha conocido en la tierra. Somos efectivamente salvadores sobre el monte de Sión. Tenemos la obligación de continuar esta gran obra que se nos ha confiado.

Por cierto, no hay alternativa, si queremos ser el pueblo de Dios. Tenemos la solemne obligación de otorgar las bendiciones de unión eterna, con las promesas correspondientes de vida eterna, a nuestros antepasados que han muerto ya.

Quisiera, en conclusión, dar mi testimonio de que los profetas de Dios, desde José hasta hoy, han sido sus profetas; que los que han sucedido a José han tenido sus poderes, sus llaves y sus obligaciones. Quisiera testificar que han descendido desde José y descansan en la actualidad sobre nuestro Profeta, Vidente y Revelador, el Sumo Sacerdote Presidente de la Iglesia, David O. McKay.

Quisiera testificar que de él hemos de recibir nuestra orientación espiritual. Deseo dar mi testimonio de que cuando él habla y nos dirige en nuestra obra espiritual, nosotros hemos de seguirlo.

Dios esté con nosotros el resto de esta sesión, y acompañe las sesiones subsiguientes con el mismo espíritu; y quisiera suplicar que vengamos con la misma humildad con que hemos venido, a fin de que aquí obtengamos la bendición inicial que resulta de venir al templo, porque sólo por la obra que efectuamos aquí vienen las bendiciones.

Que el Señor nos dé la fuerza y el poder para venir aquí con vidas rectas, habiendo sido abandonados y perdonados nuestros pecados. Que nada se interponga entre nosotros y El en la gran obra que tenemos que llevar a cabo, humildemente ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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