El camino más corto

El camino más corto

harold b. lee

por Harold B. Lee
del Cuórum de los Doce Apóstoles
(Tomado de The Improvement Era)


Hace unos pocos días vi una foto en uno de los periódicos locales que me llamó la atención. En la foto se veía a dos hombres con una pala en el momento de colocar un letrero en la carretera, el cual tenía una “U” grande, que es la insignia del departamento de carreteras del estado de Utah. Dentro de la “U” estaba el núme­ro 187 y, abajo del grabado como título decía: “La carretera nume­rada más corta del estado”. El pie de la fotografía y el artículo que la acompañaba daban una des­cripción de la carretera diciendo, entre otras cosas, que apenas te­nía una longitud de cuatrocientos metros (un cuarto de milla). Se desvía hacia la derecha de la ca­rretera principal y tuerce atracti­vamente hacia el sur, bajando por una colina y aparentemente ofre­ciendo al viajero un paseo agra­dable y placentero. Después de mirar la fotografía con más aten­ción, noté que uno de los dos hombres era el alcaide de la pe­nitenciaría del estado y el otro era un miembro de la junta di­rectiva de prisiones del estado. Entonces me di cuenta que el ca­mino marcado U-187 llevaba a un edificio que no pude distinguir muy bien al principio. Momentos después, sobresaltado, reconocí el edificio como la Penitenciaría del Estado de Utah. ¡El corto camino, una ancha calzada pavimentada que conducía de la carretera prin­cipal a la prisión del estado!

Si pudiera recibir el espíritu de la conferencia probablemente titu­laría estas breves palabras que les dirigiré esta tarde, “El camino designado más corto de la vida”, y establecer un paralelo entre ello y esa otra carretera de que he estado hablando. Al pedir esa orientación espiritual, mi sincera oración sería que mis palabras es­tén de acuerdo con los grandes mensajes de nuestros amados di­rectores de la Primera Presidencia. Supongo que el mayor deseo de lino de las Autoridades Generales es que sus hechos y palabras va­yan de acuerdo con lo que ellos quieren, y lo que es más impor­tante todavía, que su mensaje sea aprobado por Aquél de quien tan hermosamente hemos cantado al comenzar estos servicios.

El otro camino de la vida es también muy ancho, y lleva a la destrucción, como explicó el Maes­tro a sus discípulos cuando les de­claró estas significantes palabras:

“. . .porque ancha es la puerta, y es­pacioso el camino que lleva a la per­dición, y muchos son los que entran por ella” (Mat. 7:13).

Me gustaría ahora tomar unos minutos para hablar de ese cami­no, porque ha sido claramente señalado en los anales de la vida que el Señor nos ha proporcionado. Recuerdo estas palabras que el finado hermano Carlos A. Callis me dijo un día en que estábamos hablando sobre el mismo asunto: “Creo que nuestro deber más im­portante, como Autoridades Ge­nerales de la Iglesia, no sólo es predicar el arrepentimiento, sino algo mucho más importante, y esto es hacer comprender a los jóvenes, en particular, y a toda la Iglesia, en general, lo terrible que es el pecar y el consiguiente terror que acosa al que ha caído”.

La experiencia de los años que desde entonces han transcurrido, así como las oportunidades de hablar con algunos de los desafor­tunados que decidieron tomar el camino corto, me han convencido que aquellas personas que han llevado o están llevando vidas de pecado, del cual no se han arrepentido, habrían hecho o dado cualquier cosa porque alguien les hubiera advertido a tiempo de las consecuencias de sus equívocos, las cuales ahora son causas de sus presentes sufrimientos.

Nefi predijo la lamentable situa­ción en que se encuentran los que constantemente pecan sin arrepen­tirse, cuando declaró:

“Porque el Espíritu del Señor no siem­pre contenderá con el hombre. Y cuan­do el Espíritu cesa de luchar con el hombre, entonces viene una acelerada destrucción; y esto aflige a mi alma” (2 Nefi 26:11).

Mormón habló del pueblo, su propio pueblo, del cual se había alejado el Espíritu del Señor, y cuando leo eso y lo que ahora os voy a leer, me parece que él no solamente estaba hablando de la inhabilidad de conservar el com­pañerismo o don del Espíritu San­to, sino que se estaba refiriendo también a esa luz de verdad que es inherente a todo el que viene a esta tierra y que nunca cesará de contender con el individuo a menos que éste lo pierda por mo­tivo de sus pecados. Esto fue lo que Mormón dijo:

Pues he aquí, el Espíritu del Señor ha dejado de contender con sus padres; y están sin Cristo y sin Dios en el mundo; y son arrojados de un lado para otro como paja que se lleva el viento.
. . .he aquí, Satanás los arrastra como el tamo que lleva el viento; o como el barco que es juguete de las olas; y así como la nave son ellos (Mormón 5: 16-18).

Se dice que el finado presidente Calvin Coolidge, famoso por sus cortas expresiones, llegó una vez a su casa volviendo de la Iglesia. Su esposa le preguntó: “¿Sobre qué fue el sermón esta mañana?” Su respuesta fue: “El pecado”. Ella preguntó de nuevo: “¿Qué co­sa dijo el ministro sobre el peca­do?” Él contestó: “Que estaba en contra”. Así son todos los demás predicadores de justicia, todos es­tán en contra de esto que se llama pecado.

¿Qué es pecado? Juan el Após­tol lo define como la violación de la ley:

“Cualquiera que hace pecado, traspasa también la ley; pues el pecado es trans­gresión de la ley” (1 Juan 3:4).

Brígham Young aclaró más este concepto cuando dijo: “El pecar consiste en hacer lo malo cuando sabemos que podemos obrar mejor, y será castigado con justa retri­bución cuando llegue la hora del Señor” (Journal of Discourses, 2:242).

El origen del pecado es un tema que frecuentemente debaten y teo­rizan los filósofos y muchos otros, tratando de explicar de dónde vie­ne; pero los que poseemos las Sa­gradas Escrituras tenemos una seguridad, que no deja lugar a dudas, concerniente al autor y ori­gen del pecado. Por las Escrituras sabemos que Satanás vino entre la descendencia de Adán y Eva, diciendo:

Yo también soy un hijo de Dios; y les mando, y dijo: No lo creáis; y no lo creyeron, y amaron a Satanás más que a Dios. Y desde ese tiempo los hombres empezaron a ser carnales, sen­suales y diabólicos (Moisés 5:13).

El rey Benjamín también de­claró:

Ni permitiréis que. . . quebranten las leyes de Dios, ni que contiendan y riñan unos con otros, y sirvan al diablo, que es el maestro del pecado, o el espíritu dé quien vuestros padres han hablado y que es el enemigo de toda justicia (Mosíah 4:14).

Nuestro Señor entendía perfec­tamente el poder de este maestro del pecado cuando se refirió a él como el “Príncipe de este mundo”, y por lo mismo enseñó a sus dis­cípulos a orar para que no cayeran en tentación.

Como el que lleva a la prisión del Estado de Utah, es también sumamente corto el camino que conduce al pecado. Recordemos la amonestación del Señor a Caín cuando le dijo:

Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta… (Gén. 4:7).

Es tan corta la distancia al ca­mino del pecado, que se halla a nuestras mismas puertas.

Las Escrituras identifican a aquellos que habitarán esa prisión que está situada al fin de ese corto camino:

Estos son los mentirosos y los hechiceros, los adúlteros y los fornicarios, y quienquiera que ama y obra mentira.

Son los que padecen la ira de Dios en la tierra.
Son los que padecen la venganza del fuego eterno.
Son aquellos que son arrojados al infierno, y padecen la ira de Dios Todopoderoso hasta el cumplimiento de los tiempos, cuando Cristo haya subyugado a todo enemigo debajo de sus pies y haya perfeccionado su obra; (D. y C. 76:103-106).

También se explica claramente la naturaleza del castigo que se administrará en esa prisión:

Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento, aún hasta la muerte —dice el profeta Amulek— he aquí os habéis sujetadlo al espíritu del diablo que os sellará como cosa suya; por tanto, se retira de vosotros el Es­píritu del Señor y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y éste es el estado final del malvado (Alma 45:35).

Con respecto al lugar, se hace referencia a él en las siguientes palabras:

Y ningún hombre sabe ni su fin, ni su lugar, ni su tormento (D. y C. 76:45).

Todos los caminos anchos de la vida que llevan a esa prisión ofre­cen grandes atractivos que fre­cuentemente estamos propensos a seguir. Como Lehi explicó a su hijo Jacob:

… se precisaba una oposición, si, el fruto prohibido en oposición al fruto del árbol de la vida, dulce uno, y amargo el otro (2 Nefi 2:15).

En otras palabras, Él puso el árbol del conocimiento del bien y el mal en oposición al árbol de la vida. El de fruto “amargo”, era el árbol de la vida, y el fruto pro­hibido era el que sabía dulce al paladar.

Hemos visto algunos de los ró­tulos que, como los que guían a la penitenciaría, sabemos que nos conducen hacia abajo. Unos se llaman cabarets, otros son salones de cocktails; otros son simplemen­te cantinas. Se pueden distinguir por sus coloridos y luminosos le­treros con nombres muy atracti­vos. Por dentro la iluminación es muy escasa y la música sensual. Son las inequívocas marcas de los antros de Satanás.

Nefi nos advirtió de las falsas enseñanzas contra las cuales debe­mos estar alertas, si no queremos seguir ese camino, cuando dijo que en los días venideros —y sabemos que son los presentes— vendrían quienes nos enseñarían a encoleri­zarnos contra lo que es bueno, adormeciéndonos en seguridad car­nal y, con lisonjas dirían que no hay infierno, que no hay diablo” (véase 2 Nefi 28:20-22).

El presidente José Fielding Smith, en su impresionante dis­curso de esta mañana, explicó el significado y la necesidad de un Redentor para redimir a un mun­do “caído”. La “caída”, por medio de la cual el hombre quedó sujeto a las tentaciones del diablo, es tan necesaria para el progreso del hombre como lo es la creación.

El Dr. J. M. Sjodahl hace este interesante comentario:

Se dice que la historia de la caída no es más que un mito o una alegoría, pero las Escrituras nos la presentan co­mo parte de la historia del género hu­mano y, como tal, debemos aceptarla como la verdad o no creer en ella. La caída fue tan necesaria para el desarro­llo de la raza humana como lo fue la creación.

Fijémonos ahora en la signifi­cación de la siguiente declaración: “Más aún, la historia de la primera caída es la historia dé todo peca­do” (Doctrine and Convenants Commentary, pág. 211).

Consideremos, a manera de ilus­tración, alguno de los diferentes pecados: la violación de la Palabra de Sabiduría, la falta de castidad, de la honradez, etc., y entonces meditemos lo que a continuación dice:

La tentación comienza por dudar de la verdad de la prohibición. El que duda y es tentado a pecar siempre pregunta “¿Lo ha hecho Dios?” Acto seguido piensa en el placer de hacer lo que está prohibido, y termina con un sentimiento de vergüenza y degradación y temor de presentarse ante Dios. Esta es, en su­ma, la historia de cada transgresión (Idem.).

Afortunadamente, el camino que lleva a la vida eterna ha sido se­ñalado con la misma claridad. En esta congregación se halla una joven que casi perdió su fe debido a una aflicción repentina que no estaba preparada para sobrellevar después de pocos años de conver­tida. Ella tuvo un sueño durante el cual se vio en camino a la igle­sia de su antigua preferencia. Mientras iba en su automóvil, lle­gó a un camino que siguió algún tiempo para luego darse cuenta de que aún estaba en construcción. Al volverse de aquellas diez largas millas que había recorrido, se dio cuenta de las numerosas adverten­cias que estaban colocadas a lo largo de la carretera, las cuales, de haber sido observadas, la hu­bieran llevado por un camino me­jor, salvándola del mal terreno.

Bien lo dijo el Maestro:

Entrad por la puerta estrecha. . .
Porque estrecha es la puerta, y an­gosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mateo 7:13-14).

Mientras Jesús enseñaba en las ciudades y pueblos sobre lo que era el reino de los cielos, al diri­girse a Jerusalén, uno le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se sal­varán?” Esta pregunta me hace recordar las palabras de un buen amigo mío que había oído a uno de los hermanos predicar sobre lo que se requiere para poder ganar el reino celestial. Después de oír­lo, mi amigo dijo algo decepcio­nado: “Ha puesto tan difícil la cosa, que no creo que haya quien pueda lograr el reino de los cielos”.

El Maestro dijo lo contrario:

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y hu­milde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga (Mateo 11:29-30).

Pensándolo bien, no es mucho lo requerido de nosotros si lo com­paramos con lo que recibiremos; por ejemplo, se nos da la ordenan­za del bautismo para la remisión de nuestros pecados, esto significa nacer de nuevo; el don del Espí­ritu Santo nos da el privilegio de gozar del compañerismo de uno de los miembros de la Trinidad; la unción de los enfermos extiende la oportunidad al que tiene fe, de recibir una bendición especial; el pago de nuestros diezmos puede abrirnos las ventanas del cielo; el ayuno y el pago de ofrendas harán que el Señor escuche a nuestro lla­mado; el matrimonio celestial nos promete que nuestras familias per­durarán aún más allá de la tumba. Pero para que podamos gozar de todas estas bendiciones, Nefi nos dice:

“Porque nosotros trabajamos diligen­temente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y reconci­liarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia que nos salvamos (notad, sin embargo, esta condición), después de hacer todo lo que podemos” (2 Nefi 25:23).

El Maestro no contestó directa­mente la pregunta sobre si serían pocos los que se salvarían. Pero dijo: “Porfiad a entrar por la puer­ta angosta”. Porfiar quiere decir luchar contra la oposición o en una contienda; empeñarse en ha­cer o lograr una cosa. Porfiar contra la tentación es esforzarse por obtener la verdad.

Hablando de esta lucha podemos recordar una de las parábolas de Temple Bailey para las madres: “La joven madre preguntó a su guía al principio de la jornada si el camino era largo. El guía res­pondió: ‘Sí, y también difícil, y tú envejecerás antes que llegues al fin. Pero el fin será mucho mejor que el principio’ ”.

Oh, si pensáramos en estas amonestaciones y recordásemos la oración que José Smith, en medio de las persecuciones que estaba sufriendo, dirigió al Señor, pre­guntándole por qué dejaba que los santos sufrieran, sin verlos ni oír­los, y luego oyéramos al Señor decir:

Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que un momento;
Y entonces, si lo sobrellevas debida­mente, Dios te ensalzará; triunfarás de todos tus enemigos (D. y C. 121:7-8).

Ojalá podamos repetir la ora­ción de los Alcohólicos Anónimos, esos hombres que están luchando por rehabilitarse: “Señor —di­cen—, dame la humildad para aceptar esas cosas que no puedo cambiar, y el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y entonces la sabiduría necesaria para poder notar la diferencia”.

Y repitamos la oración que, al compás de un bello tono musical, fue ofrecida en una conferencia de estaca recientemente:

Señor, al fenecer mi vida
De peligros y angustias sé mi abrigo;
Cuando al fin a ti tu voz me llame,
Hazme digno de morar contigo.
Al sentir, Señor, que de ti me alejo
Sácame de ese sendero escabroso,
Envía tu luz y tu amor, yo ruego
Alumbra mi camino tenebroso.
Dame fe, Señor, para seguirte,
Dame el valor de obedecer tu voz,
 Guíame por el camino que has andado
Para serte obediente, mi Señor y Dios.

Lo que pido humildemente para todos nosotros, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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