¿Cuál Iglesia es la Verdadera?

¿Cuál Iglesia es la Verdadera?

Mark E. Petersen

por Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce Apóstoles


Mientras vivió en el estado mortal Cristo esta­bleció una Iglesia.1 No fue la Iglesia de Juan el Bau­tista, que había preparado el camino delante de Él, ni fue la Iglesia de Pedro, ni de Pablo, ni de Apolos, ni ninguno de los otros discípulos. Fue la Iglesia suya y Él era su cabeza.2 A El correspondía reglamen­tarla y dirigirla.

La Iglesia era una organización mediante la cual sus discípulos podían labrar su salvación3 y recibir ayuda y consuelo, pues no se tenía por objeto dejarlos en una condición desorganizada. La Iglesia era una ayuda y guía necesarias para cada individuo que tra­taba de andar por el camino angosto que conduce a la vida.

Eran admitidos en su Iglesia por el bautismo en el agua,4 y Él mismo dio el ejemplo recibiendo el bautismo de manos de Juan. Los que se unieron a la Iglesia llegaron a ser herederos de la salvación en el sentido que se les dio la oportunidad de aceptar su manera de vivir y llegar a ser como Él.5

Estableció varios oficiales en su Iglesia, cada uno con deberes particulares. No sólo se les mandó pre­dicar el evangelio en todo el mundo,7 sino también velar por los que se uniesen a la Iglesia, como pastores del rebaño,8 guiándolos por el camino de la salvación y protegiéndolos de los “lobos” que entrasen en el rebaño. A la cabeza de estos oficiales estaban los Apóstoles,9 y según los anales bíblicos, era patente que el Señor tenía por objeto que en la Iglesia hubiese siempre apóstoles vivientes para suministrar cons­tante e inspirada orientación.

Profetas en la Iglesia Cristiana

Hubo también profetas en la Iglesia.10 De hecho, los Apóstoles mismos eran profetas. Había sido cos­tumbre que en la antigüedad, en la época del Antiguo Testamento, Dios hablara a Israel por medio de pro­fetas, y en una ocasión dijo que no haría nada sin que primero lo revelase a sus siervos los profetas.11 Estos profetas recibían revelaciones de Dios según el pueblo necesitaba ayuda divina, y las revelaciones que en esta forma se recibieron constituyen gran parte del Antiguo Testamento.

El Salvador ninguna intención tenía de dejar a su Iglesia recién organizada sin orientación celestial. Sabía que tendría que salir en breve del estado mortal y volver a su Padre en los cielos.

Por consiguiente, fueron puestos profetas en esta nueva Iglesia Cristiana. Su función era la misma que la de los antiguos profetas, es decir, recibir revela­ciones del Señor para la dirección de la gente según sus necesidades. Sin esta orientación del cielo, la Iglesia podría desviarse.

Así pues, S. Pablo enseñó a los Efesios: “Y él mismo dio unos, ciertamente apóstoles; y otros profetas; y otros evangelistas; y otros pastores y docto­res; para perfección de los santos para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conoci­miento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.12

Ninguna indicación hay aquí de que esta orga­nización habría de sufrir cambios, o que alguna parte de ella llegaría a ser innecesaria.

Extendiéndose un poco más, el apóstol Pablo de­claró en el siguiente versículo que éstos oficiales prote­gerían a los miembros de la Iglesia de las falsas doc­trinas, a fin de “que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados por doquiera de todo viento de doctrina”.

Un fundamento de Apóstoles

En una parte anterior de su epístola, este mismo Apóstol dirigió unas palabras de consuelo a los Efesios convertidos a la Iglesia, a quienes se había recogido de entre el mundo, y dice: “Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con los san­tos (los miembros de la Iglesia en aquella época eran conocidos como santos) y domésticos de Dios; edifi­cados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mis­mo; en el cual, compaginado todo el edificio (la Igle­sia), va creciendo para ser un templo santo en el Señor”.13

Para enseñar también a los Corintios que la Igle­sia era una unidad diligentemente organizada y que cada una de sus partes, era necesaria, hizo una compa­ración de la Iglesia y el cuerpo humano. Enseñó que todos los convertidos son bautizados en una sola iglesia o cuerpo, sean judíos o gentiles, esclavos o libres, y todos participan del mismo espíritu. Enton­ces añade que “el cuerpo no es un miembro, sino muchos. Si dijere el pie: porque no soy mano no soy del cuerpo: ¿por eso no será del cuerpo?”14

¿Cuál Iglesia es la Verdadera?

Y luego enseñó que así como cada parte es esen­cial, ninguna puede decir a la otra: “No tengo nece­sidad de ti”. Todas deben estar allí, bien ajustadas y unidas.

De modo que la organización original de la Igle­sia, con sus oficiales, ordenanzas y doctrinas, tenía por objeto continuar inmutable hasta que viniera el tiempo, como lo explicó a los Efesios, en que hemos de llegar a la unidad de la fe y alcanzar la perfección en Cristo.1«

Los acontecimientos que sacudieron a raíz de la ascensión del Salvador también aclaran que era su intención que continuase la organización de la Iglesia. Se tendrá presente que Judas murió poco después de haber traicionado a Jesús. Con esto quedó una vacan­cia en el Quorum de los Doce Apóstoles. No quedaron sino once.

¿Iba este grupo a continuar como quorum de once, o iba a ser restaurado a su número original de doce? Y si no se llamaba a nadie a tomar el lugar de Judas, y otro Apóstol moría, dejando únicamente a diez en el grupo, ¿iba el quorum a continuar con sólo diez miembros? Y si otro, y un cuarto y un quinto morían, ¿iba el quorum a desaparecer pronto? ¿Cuál era la intención del Señor?

Este punto quedó aclarado poco después de su ascensión. Se convocó una reunión de todos los discí­pulos de Jesús. Se pusieron a orar y suplicar. Eran aproximadamente ciento veinte personas.

S. Pedro se levantó en medio de ellos y habló de la profecía de David concerniente al traidor Judas, y entonces dijo a los santos que era menester escoger a un sucesor de Judas, uno que “sea hecho testigo, con nosotros” de la resurrección del Salvador.

Nómbrese un Nuevo Apóstol

Se hizo mención de dos de sus más devotos com­pañeros como posibles sucesores. Los Apóstoles no tomaron sobre sí toda la responsabilidad de escoger a este nuevo miembro de su grupo. Suplicaron en ora­ción: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál escoges de estos dos, para que tome el oficio de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por transgresión, para irse a su lugar. Y les echaron suertes, y cayó la suerte sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles”.16

Quedó demostrado, fuera de toda duda, el hecho de que era el plan y propósito del Señor que el Quorum de los Doce continuase siendo un Quorum de Doce y no un Quorum de Once o un Quorum-de Diez o Nueve y por último desaparecer.

Hizo destacar todo lo que S. Pablo dijo a los Efesios. Alentó a los santos. Fue para ellos y para todos los hombres patente demostración de que la organización de la Iglesia, cual la efectuó el Salvador, habría de continuar sin cambio mientras los hombres estuviesen dispuestos a escuchar y aceptar el evan­gelio verdadero.

¿Se escogió a otros apóstoles en aquella época? Toda persona piensa primeramente en Pablo, y sin embargo, nadie, por lo regular, lo menciona entre los del Quorum de los Doce. ¿Y por qué no? ¿Iba a haber trece Apóstoles en este Quorum de Doce? ¿O es que Pablo sucedió a la posición de algún otro miembro de ese sagrado consejo que había muerto?

Las Escrituras nos hablan de la muerte de Jacobo, hermano de Juan, el discípulo amado.17 Así que había por lo menos de una vacancia antes del nombramiento de Pablo.

¿Se menciona en las Sagradas Escrituras la selec­ción de algún otro apóstol nuevo?

El capítulo trece de Los Hechos se refiere a una reunión de los profetas y doctores de la Iglesia, algunos de los cuales menciona por su nombre.

“Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado. En­tonces habiendo ayunado y orado, y puesto las manos encima de ellos, despidiéronlos”.18

Revelación continúa en la Iglesia

Tenemos en esto un ejemplo de la revelación con­tinua que dirige la obra de la Iglesia. La revelación fue dirigida a los profetas y doctores que se hallaban allí, y es obvio que estos profetas la recibieron, por lo que nuevamente se muestra la necesidad de la reve­lación continua en la verdadera Iglesia de Jesucristo por medio de profetas vivientes.

Las Escrituras entonces dicen: “Y ellos, enviados así por el Espíritu Santo descendieron a Seleucia; y de allí navegaron a Cipro”.

En el siguiente capítulo de este libro de los He­chos leemos algo de lo que aconteció a estos dos que fueron nombrados de la manera ya descrita. El versículo catorce del capítulo catorce dice: “Y como lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo. …”

Obsérvese que dice “los apóstoles Bernabé y Pa­blo”. El nombre de Bernabé antecede al de Pablo. Su nombre figura entre los de los profetas que estuvieron presentes en esa reunión en Antioquía, donde él y Pablo fueron escogidos para esta misión por instruc­ción celestial. ¿Sería Bernabé el decimotercero o decimocuarto apóstol? ¿Y Pablo?

El modelo que el Señor dio establecía que hubiera doce Apóstoles, y al paso que iban muriendo los miem­bros originales, eran nombrados otros hombres para sucederlos.

Es sumamente interesante la lectura del versículo diecinueve del primer capítulo de la Epístola a los Gálatas. Aquí Pablo dice: “Más a ningún otro de los apóstoles vi sino a Jacobo el hermano del Señor”. No se da más información sobre este punto.

Cualquiera que lee y acepta la palabra divina no puede tener ninguna duda de que en aquellos días se tomaban las medidas necesarias para perpetuar y con­servar el Quorum de los Doce Apóstoles como los direc­tores de la Iglesia, con jurisdicción en todo el mundo.

Parte de la comisión divina dada a los Doce fue de ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura.19 Esto fue lo que intentaron hacer. Via­jaron por todo el mundo conocido. Se hace mención mucho más frecuente de los viajes de S. Pablo, pero evidentemente todos viajaban.

Mientras iban de ciudad en ciudad predicaban el evangelio de Cristo y El crucificado. Lograron ganar convertidos a pesar de la severa persecución que a veces resultaba en la muerte de algunos de ellos.

Los obispos eran oficiales locales

En vista de que se mandó a los Apóstoles ir por todo el mundo y predicar a toda criatura, no podían permanecer en una sola ciudad para estar cuidando a sus nuevos conversos. Esto habría sido contrario a la naturaleza de su vocación. Por tanto, después de convertir a un grupo de creyentes, los apóstoles nom­braban oficiales locales conocidos como élderes (an­cianos) presidentes u obispos para conducir los asun­tos de la Iglesia en esa localidad. Los obispos o élderes presidentes así designados tenían jurisdicción pura­mente local. Usualmente se nombraba un obispo para congregaciones mayores y élderes presidentes para las menores.20

En la actualidad sabemos los nombres de algunos de estos obispos o élderes presidentes. Tito, a quien Pablo escribió la epístola que lleva ese nombre, presi­día en Creta, y así lo indica la pequeña nota que se halla al fin de la epístola. En Efeso, como su primer obispo presidía Timoteo, a quien Pablo también dirigió unas epístolas; y de esto también se hace mención en la Biblia a la conclusión de la segunda epístola a Timoteo. Lino fue designado para ser el primer presi­dente o director local en Roma.

Como la Iglesia creció rápidamente al principio, pronto llegó a haber muchas pequeñas ramas en igual número de ciudades, y en cada caso dirigía la obra en su propia localidad un obispo o élder presidente. Cada obispo tenía la misma autoridad que cualquier otro obispo. El oficio era puramente local, pues los Apóstoles eran las Autoridades Generales. En aquella época a nadie se le ocurría pensar que un obispo presi­diera o mandara a cualquier otro obispo.21

Háyanse anotadas en las Escrituras las repetidas veces que los Apóstoles visitaban a muchas de estas ramas de la Iglesia. Valiéndose también de la pluma para ayudarlos en su responsabilidad de la dirección general de la Iglesia, escribieron epístolas a las varias ramas, y de ahí que tenemos actualmente en nuestras Biblias las epístolas de los apóstoles Pablo, Pedro, Santiago, Juan y Judas.

De manera que el plan de la Iglesia en aquella temprana época era uno de muchas ramas en muchas ciudades, presididas por autoridades conocidas como obispos o élderes, mientras que las personas de auto­ridad o jurisdicción general, a saber los Doce Após­toles, tenían la dirección de todo.

La persecución interrumpe el progreso

Los hombres perversos siempre levantan barre­ras para estorbar la obra de Dios. Así fue aun en la vida del Salvador, que lamentó la rebeldía de los ha­bitantes de Capernaúm.22

Igual cosa sucedió en la obra de los Doce y el desarrollo de la Iglesia Cristiana de los primeros días.

La persecución aumentó, primero por parte de los judíos, entonces de los romanos. Perdieron la vida numerosos miembros de la Iglesia. Uno por uno mar­tirizaron a los Apóstoles. La delicada situación de i a época impedía que los supervivientes se comunicaran unos con otros o que celebraran reuniones con objeto de llevar a cabo la obra de la Iglesia, y también re­sultó en que ya no hubiera más sucesión a los puestos vacantes como había sido la intención original.

Por último sólo quedó un apóstol; que como sa­bemos era Juan. Sus perseguidores lo apresaron y lo sujetaron a grandes crueldades. Se dice que en una ocasión lo arrojaron dentro de un tanque de aceite hirviendo. Pero el Salvador le había prometido que viviría hasta la segunda venida del Cristo,23 y sus verdugos no pudieron matarlo.

Fue desterrado a la isla de Patmos donde per­maneció algún tiempo, dirigiendo la obra de la Iglesia como el último de sus Autoridades Generales sobre la tierra.

Juan sobrevivió a Pedro

Dos de los Apóstoles habían muerto aproximada­mente en el año 68, probablemente en Roma. Ese mismo año Juan estaba ejerciendo su ministerio en Éfeso. Fue después de esto cuando lo expulsaron a Patmos, donde permaneció hasta la muerte del em­perador Domiciano en el año 96.24

El Señor entonces retiró a Juan del ministerio. Nada se vuelve a saber de él después de aproximada­mente el año 101.

¿Por qué no le fue permitido a Juan permanecer en ese lugar? Porque la iniquidad casi se había apo­derado de la Iglesia. Se cambiaron las doctrinas y las ordenanzas, se menospreció la autoridad, aumentó el pecado aun entre los miembros de la Iglesia.

Se recordará que casi todas las epístolas de los Doce fueron escritas para combatir alguna forma de apostasía que amenazaba a la Iglesia. Si se leen cui­dadosamente quedará manifestado este hecho. Unos miembros negaban al Cristo, otros ya no creían en la resurrección, las doctrinas de los judíos habían co­rrompido gran parte del sistema cristiano y la pompa de los ritos paganos se insinuaron en el culto cris­tiano. Se perdió la doctrina verdadera de Dios. Las filosofías de Grecia habían eclipsado casi por comple­to las sencillas verdades de la Divinidad. El hombre estaba rechazando al Cristo y su Iglesia, y estable­ciendo sus propias enseñanzas y formas.

Sin embargo, se había predicho todo esto. El Señor previo esta apostasía.21 Así como no hizo mu­chos milagros entre los incrédulos de Capernaúm, ahora sacó a sus Doce ungidos de aquel grupo apóstata. Por consiguiente, Juan fue tomado de entre los hombres.

Como barco sin timón

De modo que la Iglesia quedó como si fuera a merced de la corriente, sin autoridades generales. Las varias ramas que se hallaban en las distintas ciudades del mundo conocido se hallaban bajo la dirección de autoridades locales únicamente. Dejó de existir sobre la tierra un tribunal de jurisdicción última. Cada uno de los obispos o élderes presidentes tuvo que depender de su propio criterio.20

La Iglesia ahora fue víctima de ataque triple:

  1. Una persecución grandemente intensificada, durante la cual el gobierno mismo fue el agresor principal, tachando a los cristianos de desleales y tratándolos como traidores. Esto dio lugar a terribles matanzas, y obligó a los cristianos sobrevivientes a esconderse.
  2. La influencia de la filosofía en las verdades sencillas del evangelio, de lo cual finalmente resultó un concepto enteramente distinto de la existencia de Dios y causó que se adoptaran muchos de los miste­rios griegos como doctrinas y prácticas de la Iglesia. Como consecuencia, hallamos una interpretación nue­va y completamente diferente de la doctrina de Dios, que por último resultó en la aceptación del Credo de Nicea. De Egipto vino el culto, de la Virgen y el Niño; el gnosticismo y el neoplatonicismo obscurecieron la verdadera creencia cristiana; de Frigia vino la ado­ración de la Gran Madre y los rituales dramáticos no cristianos originaron una misa con su cúmulo de oraciones, salmos, rezos y recitaciones.  “El cristianismo no destruyó el paganismo; más bien lo adoptó. El pensamiento griego, moribundo, halló nueva vida en la teología y liturgia de la Iglesia; el idioma griego, habiendo dominado por siglos la filosofía, se convirtió en el medio de comunicación de la literatura y ritual cristianos; los misterios grie­gos quedaron integrados en el impresionante misterio de la misa”.27
  1. Celos, intrigas y ambiciones personales den­tro de la Iglesia misma.

Esta condición continuó agravándose por doscien­tos años después de la desaparición de Juan el Amado, La Iglesia se vio dividida de distintas maneras. Cesó la conformidad respecto de la doctrina. La creencia fundamental sobre la naturaleza y ser de Dios llegó a ser la causa de una disputa mayor. Las ordenanzas sencillas, tales como el bautismo, se tornaron en temas de debates. No sólo se cambió la forma del bautismo, sino también el propósito. También por esa época se introdujo la doctrina de que no hacía falta la autori­dad divina para efectuar el bautismo. Se inició la práctica de bautizar a los infantes. Los esfuerzos de algunos obispos por tener ascendiente sobre otros cau­só rencores y el derrame de sangre.

Cuando menguó la persecución por parte del go­bierno, la Iglesia nuevamente aumentó en número, debido en parte a que aceptó las opiniones y prácticas populares de las iglesias paganas del día, y en parte a que bajó sus propias normas.

Un oportunista político

Llegó entonces la época de Constantino el Grande. Con la mira de obtener una ventaja política,28 y no porque se había convertido, pues continuó adorando el sol casi toda su vida y no se bautizó como cris­tiano sino hasta veinticinco años después, pensó lograr algunos beneficios políticos patrocinando la religión cristiana. Opinaba que con la renovada popularidad de este nuevo cristianismo, sería la religión del futuro.29

Habiendo concluido recientemente una extensa guerra civil, le pareció que una religión de estado tan popular como el cristianismo le ayudaría a solidificar su imperio. Por consiguiente, otorgó su protección a la religión cristiana.

Por haberla convertido en la religión favorecida, el emperador adquirió extensa influencia en la ope­ración de la Iglesia, que en épocas posteriores llegó a ser, en efecto, un departamento del gobierno civil, por lo que el emperador quedó en posición de dirigirla como lo hacía con otros departamentos de su gobierno.

Notando la división que existía en la Iglesia en aquellos días, Constantino procedió al arreglo de las dificultades. Primeramente dirigió su atención a África donde se estaba desarrollando un cisma de los más enconados.30 Intentó resolverlo en virtud de su autoridad como emperador. No lo realizó como repre­sentante del Señor, porque aún no era cristiano. To­davía adoraba al sol. Ni tenía ni pretendía tener la autoridad eclesiástica. Sin embargo, políticamente gozaba de todo poder. Fue en virtud de su autoridad política que pudo intervenir en la disputa africana.

Más facultad civil en la Iglesia

Poco después, y nuevamente en virtud de su au­toridad como emperador y gobernador civil de la parte occidental del Imperio Romano, convocó un concilio de obispos a esa parte del Imperio que se hallaba bajo su dominio. Esta reunión se verificó en Arlés. Algunos de los del clero que se hallaban presentes se opusieron a las decisiones que allí se hicieron con­cernientes al bautismo y la autoridad de la Iglesia. Constantino entonces recurrió a la fuerza para po­nerlos de conformidad. Se precipitó una matanza, corrió la sangre, varios de los opositores que escapa­ron de ser muertos fueron desterrados, pero Constan­tino logró lo que pretendía. En lugar de los obispos que se le habían opuesto, nombró a otros según su parecer y en virtud de su autoridad política como emperador. Sin embargo, esto no fue sino el principio de la instalación de obispos por parte de los gober­nadores civiles.31

Convocó un concilio de todos los obispos de la Iglesia para resolver la disputa alejandrina sobre la doctrina de la naturaleza de Dios. Escuchó los ar­gumentos de los obispos contendientes. Favoreció el partido de Atanasio. Fueron desterrados los que apo­yaban a Arrio y nombró nuevos obispos en su lugar.32 ¿Mediante qué poder lo hizo? ¿Por autoridad divina? No la tenía. Obró como emperador; y la autoridad en virtud de la cual comisionó a estos obispos fue política, no divina. Fueron, por tanto, nombramientos de Constantino, no del Señor.

En este Concilio de Nicea, Constantino —sin ins­piración, sin ser bautizado, todavía adorador del sol, asesino de uno de los de su propia familia— en virtud de su poder político dispuso las medidas que más tarde dieron al cristianismo su doctrina concerniente a la naturaleza del Dios que adoraban.

Aún después de esto, el emperador no podía deci­dirse a marchar de acuerdo con su resolución, porque más tarde vaciló entre una opinión y otra, apoyando parte del tiempo a Arrio y sus ideas y parte del tiem­po a Atanasio. La persuasión de sus amigos alterna­tivamente cambiaba la doctrina oficial de la Iglesia de un partido al otro en un período muy breve.

¡Pregúntese todo cristiano sincero si Dios dirige su Iglesia por medio de un hombre como Constantino!

Un departamento del gobierno del estado

Después de lo anterior, llegó a ser de frecuente ocu­rrencia el que los emperadores nombrasen a algunos de los del clero y destituyesen a otros, pusiesen en orden varios asuntos dentro de la Iglesia, convocasen concilios y de distintas maneras dirigiesen lo que era llamada la obra de Dios. Lo hicieron en esta manera porque habían convertido la Iglesia en un departamento del Imperio Romano, por lo que éste llegó a ser cabeza de la Iglesia; y sin embargo, todo esto se hizo por poder político, no divino. ¿Podrá alguien decir que esta Iglesia era todavía la Iglesia de Dios? ¿O era la Iglesia de César?

Como se indica en la página 170 de la “Historia de la Iglesia” por Boulenger de la Fuente: “Los emperadores decían tener el derecho de convocar concilios. Defen­dían esta pretensión basándose en el principio de que el mantenimiento del orden y tranquilidad del imperio era de su incumbencia y, consiguientemente, tenían que dar fin a las controversias que alterasen ese orden. . . . Era también el Emperador el que confirmaba las deci­siones del concilio y las hacía vigentes en todo el reino.”

Otro emperador que se puede citar como ejemplo fue Focas. En el siglo VII tuvo un disgusto con Ciriaco, obispo de Constantinopla. Lo despojó de su título como cabeza universal de la Iglesia y lo confirió al pontífice romano Bonifacio III, que lo aceptó. Cabe ahora pre­guntar, ¿con qué autoridad lo hizo? Otra vez fue polí­tica. La historia no indica que el emperador Focas fuese miembro de la Iglesia cristiana siquiera.

A mediados del siglo VI, Justiniano I asumió el mando de la Iglesia como parte de su imperio y privó al pueblo de su derecho de hacer las cosas “de común acuerdo”, en lo que concernía a asuntos locales dentro de la Iglesia. Este monarca declaró que solamente el clero habría de tener voz en los asuntos de la Iglesia, y dijo además que la única voz que el clero tendría, sería para aceptar y ratificar los hechos del Emperador en asuntos religiosos. El que se negara a obedecer, sería desterrado.33

En esta remota época se desarrolló entre los obispos la idea de que aquellos que presidían en centros grandes de población deberían de tener más preeminencia que los que oficiaban en los pueblos y aldeas rurales.34

De esto nació la práctica de que los obispos en áreas metropolitanas asumieran la dirección de los obispos de los pueblos y aldeas, y esto cambió la anterior igualdad que había existido entre los obispos al principio. Ade­más, cuando se organizaban nuevas congregaciones en los suburbios de estos centros de población, los obispos metropolitanos nombraban a los que habían de presidir allí. Con el tiempo éstos fueron conocidos como obispos de los suburbios y del campo.

Subsiguientemente se desarrolló mucha rivalidad entre los obispos metropolitanos, hasta que el fin sólo permanecieron dos contendientes: el obispo de Roma y el de Constantinopla. Los otros tres rivales, en Alejan­dría, Antioquía y Jerusalén quedaron eliminados tras la conquista de los árabes. Por último, los dos obispos de referencia se separaron, después de excomulgarse el uno al otro. De esto resultaron dos iglesias cristianas principales: La Iglesia de Oriente, con su cabecera en Constantinopla, y la Iglesia de Occidente o Romana, con su sede en Roma. De modo que en la actualidad tenemos dos así llamadas iglesias católicas o universales, cada una de las cuales afirma ser la iglesia verdadera, cada cual repudiando a la otra por hereje.

La iglesia de occidente se desarrolló con mayor rapidez que la iglesia oriental. Empleando una política agresiva, los obispos de Roma no tardaron en influir grandemente en asuntos políticos cuando el Imperio Romano empezó a desmoronarse. Con esto adquirieron inmenso poder entre las naciones europeas. Dirigían la política de los reyes de esos pueblos, cobraban impues­tos e intervenían en los asuntos internos de los países.

Esto dio lugar a que naciera un resentimiento entre algunos de los monarcas de la Europa occidental, que fue un fuerte apoyo para Martín Lutero en su lucha contra la venta de indulgencias.

La historia de Lutero es bien conocida y no se hace necesario detallarla aquí. Cuando trató de reformar la Iglesia que entonces existía, fue censurado y excomul­gado.

Sus hechos interesaron a algunos de los príncipes alemanes, a la vez que otros se le opusieron tenazmente.

El rey Enrique VIII de Inglaterra también se unió a las fuerzas que estaban contra Lutero y publicó un libro en defensa del Papa, razón por la cual recibió el título de “Defensor de la Fe”, que los monarcas británi­cos conservan hasta el día de hoy.

Uno de los amigos más íntimos de Lutero fue el príncipe Federico el Sabio, elector de Sajonia, el cual lo protegió de ser asesinado y lo defendió ante el Empe­rador. Federico fue un gran pacificador. Pero murió en 1925 y lo sucedió su hermano, el príncipe Juan, que era de temperamento muy diferente.

Juan aceptó las enseñanzas de Lutero. Claramente vio que las opiniones de Lutero y las del Papa eran in­compatibles. Era preciso abandonar el uno o el otro. Decidió retirar su apoyo del Papa y sostener a Lutero. «

Se forma una iglesia por el poder civil

A fin de llevar a cabo su propósito, se resolvió or­ganizar una iglesia separada y distinta de la de Roma. Comisionó a Lutero y a su amigo, Felipe Melanchton, para que redactaran la forma de adoración, establecieran la clase de gobierno eclesiástico que armonizara con las opiniones de Lutero y decidieran sobre los deberes y salarios del clero.

Los reformadores gustosamente lo hicieron, y así nació la nueva iglesia, patrocinada por el príncipe Juan de Sajonia. Se efectuaron ordenanzas, se predicaron sermones y esta nueva iglesia orientó al pueblo en sus actividades religiosas. Más, ¿con qué autoridad se es­tableció esta iglesia nueva? Por la autoridad del prín­cipe Juan de Sajonia. ¿Y quién era este príncipe? Una figura política. ¿Tenía él la autoridad divina necesaria para establecer la Iglesia de Dios? Ni pretendía tenerla, ni la tenía. Toda su autoridad era política.

Siguieron su ejemplo otros príncipes alemanes, aun­que hubo algunos que permanecieron fieles al Papa. Sin embargo, la nueva iglesia, que llevaba el nombre de Lutero, había sido establecida. Muchas de sus doctrinas parecían estar tan distantes de las Escrituras como las que habían tratado de “reformar”. No obstante, se hi­cieron populares y creció el movimiento.

En los países escandinavos los reyes mismos tam­bién desempeñaron papeles principales en el desposei­miento del poder de los obispos católicos, y establecieron iglesias protestantes en sus propios países, confiriéndoles la autoridad para efectuar su obra. Convirtieron la nueva fe protestante en la religión del estado de sus respec­tivos dominios y el pueblo la aceptó. ¿Puede hallarse algún indicio de autoridad divina en este establecimiento de una nueva iglesia? Ninguno. Fue la autoridad po­lítica de los reyes lo que efectuó el cambio.36

En Suiza, donde Cal vino y Farrel emprendieron la reforma, también intervino el poder político. El gobierno civil (Consejo) de Ginebra tomó posesión de la autori­dad religiosa del obispo católico e hizo el cambio al protestantismo.

“El cambio, aunque disfrazado con un hábito reli­gioso, fue, no obstante, esencialmente político, porque el Consejo que abolió al obispo se hizo heredero de sus facultades y funciones. La única manera en que podían despedirlo como jefe civil era destituirlo como jefe ecle­siástico de Ginebra, y cuando lo hicieron, asumieron el derecho de sucederlo así como de reemplazarlo en ambas funciones. . . . Por motivo del cambio, la autoridad civil se convirtió en eclesiástica”.37

Se establece otra iglesia por el poder civil

Por esta época el rey Enrique VIII de Inglaterra quiso cambiar de esposa. Aun cuando en ciertos círculos se niega, la historia claramente indica que solicitó a Roma que se le concediera el divorcio, el cual le fue negado. Lleno de ira se adueñó de los bienes de la Iglesia y, con la cooperación del Parlamento organizó su propia iglesia, la Iglesia Anglicana.

Nuevamente preguntamos, ¿se hizo por autoridad divina? No, antes fue una acción política. ¿Fue pues ésta la Iglesia de Dios que se estableció, o fue hecha por los hombres para satisfacer la conveniencia y necesi­dades del rey?

En otras naciones se establecieron varias ramas del movimiento protestante. Todas se redujeron a un es­fuerzo por efectuar una reforma de la Iglesia que ya existía u organizar una iglesia nueva, basada en opinio­nes individuales nacidas de haber leído e interpretado privadamente la Biblia que tan recientemente se había dado al mundo.

En ninguno de estos casos se pretendió haberse recibido una revelación nueva de los cielos, ni se pro­fesó ninguna restauración de autoridad divina en el ministerio. Se admitía en todas partes que donde se organizaba una religión del estado, tocaba a las agencias políticas que gobernaban el país desarrollar y autorizar dicha religión, por lo que, ésta sólo poseía una autoridad política pero no divina.

En épocas posteriores de la reforma, aun como su­cede hoy día, ciertos grupos formaron sus propias igle­sias guiados únicamente por el deseo de leer y enseñar la Biblia y seguir los dictados de su propia conciencia. Estas iglesias carecen de importancia política, pero igual que las religiones del estado, no pretenden tener autori­dad divina para lo que están haciendo.

El poder divino sólo viene de Dios

Si ninguna de estas iglesias posee autoridad divina, ¿con qué derecho pueden administrar las ordenanzas salvadoras de Dios?

Las Escrituras enseñan que solamente los que son ordenados divinamente pueden efectuar ordenanzas que son aceptables a la vista del Señor. Muchos son los casos en que las Escrituras muestran que Dios rechaza a los ministros desautorizados.38

De la manera más clara se enseñó esta lección a los Hebreos. En el quinto capítulo de la epístola que lleva este nombre, el autor dice sobre el sacerdocio y sus funciones:

“NI NADIE TOMA PARA SI LA HONRA, SINO EL QUE ES LLAMADO DE DIOS, COMO AARON”

Esta es la norma establecida por el Señor. Ningún hombre puede administrar las ordenanzas del sacerdocio de Dios si no es llamado como Aarón lo fue.

¿Y cómo fue llamado Aarón?

Si examinamos el capítulo 28 del Éxodo, allí nos son revelados los detalles. En el primer versículo Dios dice: “Y tú allega a ti a Aarón tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes.”

Estas palabras fueron dirigidas a Moisés, que era un profeta de Dios. El Señor le impartió la instrucción que se acaba de citar, autorizándolo para llamar al ministerio a Aarón y sus cuatro hijos, y ordenarlos.

Esto constituyó una revelación, la cual en esa época se necesitaba para resolver un problema particular.

El modo de llamar a los hombres al ministerio clara­mente se explicó. Dios daba una revelación a su profeta, y éste, siguiendo esa instrucción llamaba a la obra a la persona designada.

Leemos en Hebreos, como ya se ha citado, que nadie puede tomar para sí la honra, es decir, de oficiar en el ministerio de Dios, a menos que sea llamado como lo fue Aarón.

Esto quiere decir, pues, que en la Iglesia verdadera de Dios debe haber un profeta y debe haber revelación continua, mediante la cual Dios mismo puede llamar a los hombres a la obra.

Como en los días de S. Pablo

Observemos cómo concuerdan esto y la situación que existía en los días de los apóstoles Pedro y Pablo. Este escribió una epístola a Timoteo, que aparentemente era una persona joven. S. Pablo aconsejó a Timoteo a que no permitiese que ninguno hiciera menos su juven­tud, y le dice:

“No descuides el don que está en ti que te es dado por PROFECIA, por la imposición de las manos del pres­biterio.”39

En los días de Martín Lutero y del rey Enrique VIII no había un solo hombre en la tierra que creyese que Dios se revelaba en esa época. Antes al contrario, en­señaban que los cielos estaban sellados, que la revelación había cesado, que no habría más profetas y que toda la palabra de Dios se hallaba dentro de la Biblia.

No habiendo revelación—por lo que se entiende que tampoco hubo profetas— ¿cómo podrían los hombres ser llamados de Dios al ministerio? Es obvio que no lo fueron. Recibieron sus llamamientos de hombres que tenían autoridad política, o de aquellos que asumieron el derecho de organizar sus propias iglesias.

Sin autoridad divina, el hombre no puede oficiar por el Señor. Sin un ministerio divinamente aprobado no puede haber Iglesia de Dios sobre la tierra. Sin reve­lación comunicada por medio de un profeta viviente, no puede haber ministerio aceptado.

Se podrán organizar sociedades, y algunas de ellas aún se harán llamar iglesias. Pero si no hay orientación divina de acuerdo con el plan que Dios ha proveído, tene­mos que admitir que dichas sociedades o iglesias son organizaciones hechas por los hombres sin autorización divina.

Estos grupos podrán realizar muchas cosas buenas, y ser de gran consuelo a sus miembros. Pero cuando se trata de salvar almas en el Reino de Dios, ya es otro asunto.

Estrecha es la puerta de Cristo

Únicamente por Jesucristo viene la salvación. En El, y sólo en El hay redención. Pero El obra según su propia manera. Las vías de Dios no son como las del hombre. El Señor dispuso que la salvación viniese por obedecer su evangelio, que funciona por medio de su Iglesia, en la cual hay profetas y apóstoles “para per­fección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo.”40

Pero, ¿dónde existe tal iglesia? ¿Cómo podremos reconocerla cuando la veamos?

Recordemos la lección que Pablo enseñó a los Co­rintios, a la cual ya se ha hecho referencia, en la que se compara la Iglesia a un cuerpo humano. Cada una de sus partes debe estar bien ajustada o “compaginada”. Ninguna de sus partes puede decir a la otra: “No tengo necesidad de ti.”

¿Existe tal iglesia sobre la tierra? Hasta hace poco más de cien años no se hallaba. Se había perdido por causa de la apostasía que hemos detallado en este tratado.

Pero hará unos cien años que Dios Todopoderoso estableció su Iglesia verdadera una vez más sobre la tierra. Ha levantado profetas y apóstoles modernos para dirigir esta obra.

De acuerdo con instrucciones celestiales se estableció su Iglesia conforme al modelo de los días antiguos. Me­diante el ministerio de ángeles han vuelto a la tierra los poderes del sacerdocio y se han restaurado todos los dones y poderes de los días antiguos. No han provenido de ninguna organización que ya existía. No se originaron en ninguna sociedad hecha por los hombres, ni en nin­guna unidad política. Vinieron del cielo: los trajeron a la tierra ángeles santos, puros y sin mancha.

Esta Iglesia restaurada es conocida como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Su centro se halla en Salt Lake City, estado de Utah. Su organización cumple con todos los requisitos que especi­fican las Escrituras. Posee el sacerdocio divino de Dios. Tiene a su cabeza profetas y apóstoles, como los hubo en la Iglesia de los días de S. Pedro y S. Pablo.

Invita a todos los hombres a que reciban su mensaje, porque es un mensaje de salvación para todos, sean judíos o gentiles, esclavos o libres. —


1 Mateo 16:18; 18:17; Hechos 2:47; 5:11; 8:1; 11:26; 14:23.
2 Efesios 5:23.
3 Filipenses 2:12.
4 Mateo 3:1-17; 28:19,20; Marcos 16:14-16; Juan 3:5.
5 Mateo 6:33; 5:48.
6 Lucas 6:12-16; 10:1; Efesios 4:11-14.
7 Marcos 16:15.
8 Efesios 4:11-14; Juan 21:15-17.
9 Efesios 2:19-21.
10 Hechos 13:1; 15:32; I Corintios 12:28; Efesios 2:20; Apoca­lipsis 18:20.
[1]1 Amós 3:7.
12 Efesios 4:11-14.
13 Efesios 2:19-21.
14 1 Corintios 12:12-28.
15 Efesios 4:11-14.
16 Hechos 1:15-26.
17 Hechos 12:2.
18 Hechos 13:1-3 ; Battifol, L’Eglise naissante et le Catholicisme págs. 50-51; Schaff, Hist. Apostolic Ch., pág. 501.
19 Marcos 16:15.
20 Battifol L’Eglise naissante, págs. 153 y 144. Cyprian Letter (Cartas de Cipriano) LXVII:3.
21 Bardy, La Theologie de L’Eglise de saint Clement de Rome a saint Irenes, pág. 14.
22 Mateo 11:23.
23 Juan 21:22, 23; Mourret, Les Origines Chretiennes, págs. 92, 147-151; Funk, Kirchengeschichte, págs. 28 y 46.
24 Eusebio, Eeclesiástico! History, tomo 3,. cap. 23.
25 Mateo 24:9; Hechos 20:29, 30; 2 Tesalonicenses 2:11; 2 Timoteo 3:1-5; 2 Pedro 2:1-3; 2 Timoteo 4:1-3.
26 Bardy, La Theologie de L’Eglise de Saint Clement de Rome a Saint Irenee, págs. 19, 34, 31. 144.
27 Durrant, Caesar and Christ, pág. 595.
28 Lortz-Kaiser, History of the Church, págs. 78, 79; Gib- bon, Decline and Fall of the Román Empire, tomo 1, pág. 16.
29 Boulenger-De la Fuente, Historia de la Iglesia, pág. 127.
30 DeBroglie, L’Eglise et L’Empire Romain, t. 1, pág. 254.
31 Shotwell and Loomis, The Seh of Peter, pág. 451.
32 Eusebio, Life of Constantine,
33 Funk, Manual of Church History, cap. 2
34 Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles, tomo 1, pags. 777-778
35 Mosheim (Murdock’) tomo 3, Libro 4, siglo XVI.
36 Milner, Church History, tomo 4; Moshiem, tomo 3, libro 4.
37 Cambridge, Modern History, the Reformation, pág. 366.
38 1 Samuel 13:8-15; 1 Crónicas 13:9-10; Mateo 7:21-29; Hechos 19:1-6; Hechos 19:13-16.
39 1 Timoteo 4:14
40 Efesios 4:11-13.

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