Jesus el Cristo

Conferencia General Abril 1956

Jesus el Cristo

Spencer W. Kimballpor Spencer W. Kimball
del consejo de los doce


Mis queridos hermanos, hermanas y amigos: Han sido una experiencia de gran inspiración estos tres días de conferencias generales.

El hermano Clifford E. Young habló del joven que se comunicó con Jehová. Hace unos momentos todos cantamos el himno “Loor al Profeta”. Quisiera ahora rendir mi devoción a ese Jehová con quien el joven conversó, mi señor Jesucristo. Lo amo con todo mi corazón. Ya estamos para clausurar esta gran conferencia. Durante las siete reuniones toda oración se ha hecho en el nombre de Cristo. Cada uno de los elocuentes sermones ha concluido con el nombre de Cristo. Creo que comenzaron así también, aunque algunas veces tácitamente.

Se hizo mención de la reunión que se efectuó el jueves en el templo, poco antes del comienzo de esta conferencia, reunión de preparación para todos los miembros de las Autoridades Generales. Fue una reunión de ayuno y sacramento, de oración y testimonio. Se imploró al Padre Celestial que esta gran conferencia tocara los corazones de las muchas personas que la escucharían, y, como uno de los predicadores finales, quiero testificar que el Señor ha escuchado esas oraciones, pues esta conferencia ha estado llena de inspiración y nuestros hermanos nos han hablado con gran fuerza y poder, y cada uno de ellos me ha inspirado.

En mis archivos tengo una descripción del Salvador, hecha por uno que expresó su propio concepto artístico. Os la leeré sin poder daros el autor, el cual me es desconocido:

En Judea vive un hombre de virtudes singulares cuyo nombre es Jesús, a quien los bárbaros consideran un profeta; pero líos que lo siguen lo aman y adoran como Hijo de Dios. Levanta a los muertos de sus tumbas y cura toda clase de enfermedades con su sola palabra o toque de su mano. Es un hombre alto, bien formado, de aspecto amigable y reverente, su cabello es de un color que no puede ser igualado, y el cual cae en hermosos rizos sobre sus hombros, y está partido en el frente según el estilo de los nazarenos. Su frente es alta, grande, imponente; sus mejillas sin defecto de arrugas, de bello color rojo; su nariz y su boca están- formadas con una simetría exquisita; su barba, de color que corresponde al de su cabello está partida en medio; sus ojos, de un azul intenso, claros y con una mirada inocente y serena, varonil y madura; el resto de su cuerpo es de una proporción perfecta y cautivadora, sus brazos y manos son bellos a la vista. Reprende con majestad, aconseja con suavidad y toda su expresión, sea en palabra o en hechos, es grave y elocuente. Nadie le ha visto reírse, sin embargo sus maneras son sumamente placenteras, pero sí ha llorado frecuentemente en presencia de otros. Es sobrio, modesto, inteligente; un hombre de una belleza extraordinaria y perfección divina que sobrepuja a los hijos de los hombres en todo sentido.

En la reunión del templo ya mencionada, el presidente McKay también nos leyó un párrafo que describe al Maestro y el cual, con su permiso, me gustaría repetiros:

Descripción de Cristo.

Se dice que Napoleón sacó la siguiente epístola de los registros de Roma, cuando despojó a esa ciudad de muchos manuscritos valiosos. La escribió Publio Léntulo, Gobernador de Judea, en los días y lugar en que Jesús comenzaba su ministerio, dirigiéndola al senado romano y al emperador César. Era costumbre en esos días que el Gobernador informase de cualquier hecho de tras-cendencia durante el ejercicio de su cargo.

Padres Conscriptos: En estos días ha aparecido un hombre llamado Jesucristo, que todavía vive entre nosotros y a quien los gentiles aceptan como un profeta de gran verdad, pero cuyos discípulos lo titulan el Hijo de Dios. Ha levantado muertos y ha curado innumerables en-fermedades. Es alto y de buen parecer, de rostro rubicundo que causa en el espectador amor y temor al mismo tiempo. Su cabello es del color de la avellana en plena madurez hasta llegarle a las orejas, y luego toma un color más oriental, y cae en rizos sobre sus hombros. Enfrente usa el peinado que distingue a los nazarenos. Su frente es llena y delicada. Su cara está libre de manchas y arrugas, y es de un color rojo agradable. La formación de su nariz y boca es perfecta. Su barba es del color de su cabello, y espesa, no muy larga y partida en dos.

Su reprensión es terrible; es cortés cuando amonesta, modesto e inteligente cuando habla y su cuerpo está bien formado. Nadie le ha visto reír pero muchos le han visto llorar. Es un hombre de belleza extraordinaria que sobrepuja a los hijos de los hombres.

No sé si será auténtico o no, pero puede activar nuestra imaginación.

Tengo otro pequeño párrafo de otro escritor, Carlos Eduardo Jefferson, que dice:

Pero al llegar a Jesús, nos encontramos frente a un hombre sin tacha. Era muy entusiasta, lo consumía el entusiasmo, pero nunca fue fanático. Era sensible. Los hombres podían sentir el latido de su corazón, pero jamás se mostró histérico. Poseía imaginación, había en El poesía y música, veía figuras dondequiera, derramaba sobre todo lo que tocaba una luz que nunca se había connotado en tierra o mar, y es la inspiración del sueño del poeta. Más nunca fue inestable. Era práctico, enérgico, directo, pero nunca prosaico o monótono. Su vida estaba llena del encanto del romance. Era valeroso, pero no precipitado; prudente pero no cobarde; singular pero no excéntrico; compasivo peno nunca sentimental. Su generoso corazón rebosaba de compasión hacia aquellos que necesitaban consuelo. Pero al mismo tiempo ese mismo corazón podía derramar torrentes de lava para abrazar y arrollar a los obradores de iniquidad. Era devoto sin ser hipócrita.

Esta es la imagen que los hombres tienen de Cristo. En la oficina que tengo en mi casa, así como en el edificio de las Oficinas de la Iglesia conservo cuadros grandes de Jesús tal como lo han pintado los artistas. Aunque me gustan mucho, no me proporcionan una imagen completa y aceptable del Señor y, lo que es más, ninguno de los cuadros que hasta ahora he visto me parece adecuado. No puedo ver a Cristo con los ojos abiertos. Tengo que cerrarlos para poder formarme un concepto de Él.

El Cristo de quien los escritores hablaron y a quien intentaron describir, fue el Maestro que vivió en la tierra entre los mortales. Me gustaría ahora daros otra descripción del Cristo, hecha por uno que lo vio después de su resurrección, cuando era inmortal.

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, y en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla que es llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo.
Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta,
que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, y a Esmirna, y a Pérgamo, y a Tiatira, y a Sardis, y a Filadelfia y a Laodicea.
Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y al volverme, vi siete candeleros de oro;
y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una ropa que le llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.
Y su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; y sus ojos como llama de fuego;
y sus pies semejantes al bronce bruñido, ardiente como si estuviera en un horno; y su voz como el estruendo de muchas aguas.
Y tenía en su diestra siete estrellas; y de su boca salía una espada aguda de dos filos. Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.
Y cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último,
y el que vive; y estuve muerto, y he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Amén… Escribe las cosas que has visto, (Apocalipsis 1:9-19).

Me imagino al Señor cuando caminaba a través de Galilea y Palestina. Comprendo que debe haberse sentido muy cansado y abatido, hambriento y sediento, pero siempre lleno de paciencia. Era amoroso y bondadoso. Parece que aunque a veces le fue necesario reprender, hizo lo que en las revelaciones modernas nos manda hacer, es decir, reprendía pero luego demostraba mucho más amor hacia aquel a quien había censurado (véase D. y C. 121:43). Su brazo estaba alrededor de ellos también. ¡Oh, cómo le amo por su terneza: tan misericordioso, tan benevolente!

Me lo imagino sobre la cruz en medio de su gran agonía. Sus pensamientos estaban en su dulce madre debajo de Él. Lleno de amor y generosidad, dijo a Juan: “He ahí tu madre”, y a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo” (Juan 19:26-27).

Pienso en la bondad que desplegó cuando, viendo que eran rechazados los niños cuyas madres, orgullosas y amorosas, los habían llevado a Él para que lo vieran y tocasen la orilla de su ropa, dijo (y pienso en este incidente a la conclusión de cada conferencia cuando al salir por la puerta la gente se reúne con el objeto de ver y hablar con el profeta moderno de Cristo) : “Dejad a los niños venir y no se lo estorbéis, porque de los tales es el reino de Dios” (Marcos 10:14).

Pienso en el Cristo que en nuestros propios días vino a José Smith y su compañero en el Templo de Kírtland:

El velo desapareció de nuestras mentes, y los ojos de nuestro entendimiento fueron abiertos.

Vimos al Señor sobre el barandal del pulpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar.

Sus ojos eran como una llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol, y su voz era como el sonido de muchas aguas, aun la voz de Jehová que decía:

Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre (D. y C. 110:1-4).

Varios son los que afirman que nadie le vio reír; sin embargo, me lo puedo imaginar sonriendo ante la devoción de su pueblo. Esta gran conferencia —con sus treinta y un mil hombres y jóvenes, poseedores del Sagrado Sacerdocio, que estuvieron presentes en una reunión; con las decenas de miles que han venido desde muy lejos a escuchar y adorar la palabra del Señor Jesucristo— debe haberle llenado de profundo agrado.

Creo que se sonríe cuando ve a éste su Profeta, el presidente David O. McKay, que dirige a su pueblo con tanta inspiración, que está cerca de Él, que oye su palabra y recibe sus revelaciones. Creo que nuestro Señor sonríe cuando, escudriñando los hogares de sus hijos, los ve arrodillados, aun los niños, participantes en devota oración familiar al llegar la noche y en la mañana. Creo que se sonríe cuando ve a los matrimonios jóvenes y los de edad mayor, con gran cariño el uno por el otro, continuar su cortejo, como nuestro profeta ha manifestado, y siguen amándose mutuamente con toda el alma hasta que mueren, y luego lo acentúan en la eternidad. Sé que le agradan mucho las familias que sacrifican y comparten lo que tienen, como la que fui a visitar hace una semana y con quien me senté a comer. Era una familia de diez niños, ¡todos juntos y felices, resolviendo juntos sus problemas y compartiendo sus limitados recursos! Sé que Él se sonríe al ver que el año pasado más de cuatro mil hombres con algunas de sus esposas e hijos, inactivos un año antes, son ahora felices en el reino, muchos de los cuales han entrado al Templo de Dios y han recibido sus investiduras y han sido ligados; y con lágrimas de gratitud rinden gracias al Señor por su generoso programa.

Creo que se asoman lágrimas de gozo en sus ojos y una sonrisa en sus labios cuando ve las veintiún mil almas que han venido a El este año; que han profesado su nombre y se han sumergido en las aguas del bautismo, y me parece que su amor también se extiende hacia todos aquellos que ayudaron a convertirlos.

Lo veo sonreír cuando ve a su numeroso pueblo arrodillarse, con el deseo de arrepentirse, de cambiar sus vidas y hacerlas más limpias y dignas de su Padre Celestial y nuestro Hermano mayor, Jesucristo.

Pienso que sonríe complacido al ver a la juventud organizar sus vidas y protegerse y fortificarse a sí mismos contra los errores de nuestros días. Quizá se pone serio primero y feliz después cuando ve, como debe de haber visto en mi oficina hace unos días, una pareja joven que había cometido un error muy serio, y que ahora estaban de rodillas juntos, con las manos estrechamente unidas. Debe haber habido gozo en su sonrisa al ver dentro de sus espíritus y percibir su determinación de reparar el mal, mientras sus lágrimas humedecían la mano que yo había colocado amorosamente sobre las de ellos.

¡Oh, cómo amo al Señor Jesucristo! Sólo espero poder demostrarle y manifestarle mi sinceridad y devoción. Quiero estar cerca de Él. Quiero ser como Él y pido al Señor que nos ayude a todos para que podamos ser lo que Él dijo a sus discípulos nefitas: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habríais de ser?” y, contestándose a sí mismo, siguió: “En verdad os digo, que debéis ser como yo soy” (3 Nefi 27:27). De manera que, como dijo el hermano EIRay L. Christiansen, saldré de esta conferencia resuelto a vivir lo más cerca de Él que pueda. Y pido esto en su nombre, en el nombre de aquel a quien amo y venero, en el nombre de nuestro Señor y Salvador y Redentor, Jesucristo. Amén.

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