El poder del aprendizaje diligente

El poder del aprendizaje diligente

Jay E. Jensen

por el Élder Jay E. Jensen
de la Presidencia de los Setenta

Aprovechen al máximo las muchas oportunidades que se les presentarán para aprender.


Cómo se aprende por el Espíritu

El aprendizaje del Evangelio requiere concienzudo razonamiento, estudio y oración.

En Doctrina y Convenios el Señor aconseja lo siguiente: “Por tanto, aprenda todo varón [y mujer]… con toda diligencia”, porque el que no aprenda “no será considerado digno de permanecer” (D. y C. 107:99–100).

Las Escrituras contienen ciento cuarenta y cuatro referencias a la acción de aprender. Consideren algunas:

“…por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8).

“…aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios” (Alma 37:35).

“…para que aprendáis a ser más sabios de lo que nosotros lo hemos sido” (Mormón 9:31).

“Aprende de mí y escucha mis palabras…” (D. y C. 19:23).

“…buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

“…estudiar y aprender, y familiarizaros con todos los libros buenos y con los idiomas, lenguas y pueblos” (D. y C. 90:15).

“[Procuren] diligentemente adquirir sabiduría y hallar la verdad” (D. y C. 97:1).

Al considerar el mandato de esas admoniciones divinas, es importante reflexionar sobre la forma en que tiene lugar el aprendizaje del Evangelio: Requiere concienzudo razonamiento, estudio y oración. Sin embargo, es importante recordar que cada uno de nosotros es un ser dual, un personaje compuesto de cuerpo y espíritu. Y porque somos seres espirituales, es esencial que aprendamos por el poder del Espíritu.

Cómo se aprende por el Espíritu

Escuchen no sólo lo que se diga, sino también lo que no se diga, las impresiones silenciosas del Espíritu Santo.

Cómo se aprende por el Espíritu

El profeta José Smith enseñó: “Todas las cosas que Dios en Su infinita sabiduría ha considerado conveniente y apropiado revelarnos… se revelan a nuestro espíritu precisamente como si no tuviésemos cuerpo; y las revelaciones que salvarán nuestro espíritu salvarán nuestro cuerpo”1.

En Doctrina y Convenios, el Señor hace más hincapié en Su divino modelo para enseñar y aprender:

“…¿cómo es que no podéis comprender y saber que el que recibe la palabra por el Espíritu de verdad, la recibe como la predica el Espíritu de verdad?

“De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:21–22).

El élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, hace destacar las bendiciones de seguir ese modelo explicando lo que significa comprender y ser edificado: “El verbo comprender se refiere a lo que se escucha, que es el mismo mensaje para todos. Edificados concierne a lo que comunica el Espíritu Santo. El mensaje puede ser diferente y adaptado por el Espíritu a lo que le haga falta a cada persona”2.

En 2 Nefi 33:1, Nefi nos recuerda otro aspecto del aprendizaje por medio del Espíritu: “…cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres”. Ésta es una promesa magnífica, pero sólo se cumple si invitamos al Salvador a formar parte de nuestra vida.

El Salvador está a la puerta y llama (véase Apocalipsis 3:20). El Espíritu Santo está a la puerta y llama (véase 2 Nefi 33:1–2). Todo lo que tenemos que hacer es emplear nuestro albedrío para invitarlos a entrar.

Invitación a aprender de manera diligente

En la reunión mundial de capacitación de líderes que se realizó en febrero de 2007 sobre la enseñanza y el aprendizaje, el presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dio consejos específicos en cuanto a la forma de extender a otras personas la invitación de aprender de manera diligente. Quisiera hacer un resumen de algunas cosas que aprendí del presidente Packer sobre ese tema.

Primero, él enseñó que el ser diligentes en el aprendizaje significa que queremos aprender; demostramos ese deseo si somos enseñables y si se nos puede enseñar sin que nos resintamos por ello. Si nos resentimos por recibir instrucción y corrección, ofendemos al Espíritu y limitamos nuestras oportunidades de progresar.

Segundo, debemos orar, y mencionar en la oración asuntos específicos. El maestro puede decir algo que no sea exacto; puede ser débil y poco convincente en su forma de expresarse. Pero el Espíritu Santo no lo es, y cada uno de nosotros tiene la facultad de orar por sí mismo y por el maestro: “Padre, el maestro no sabe las dificultades y pruebas que enfrento. Ayúdale para que me enseñe más directamente”. Cuando empiezan a orar de ese modo como alumnos, comienzan a recibir respuestas.

Tercero, y esto es sumamente importante: escuchen. En particular, el presidente Packer nos exhorta a escuchar a aquellos que tienen experiencia: “No tardé en aprender que es de gran valor escuchar la experiencia de los mayores… Recuerdo que en el Quórum de los Doce, el hermano LeGrand Richards no caminaba tan rápido como los demás hermanos. Yo siempre lo esperaba y caminaba con él de regreso al edificio. Un día, uno de los hermanos me dijo: ‘Qué bueno es usted por cuidar al hermano Richards’. Y pensé: no conoce mi motivo egoísta’, porque al regresar yo sólo lo escuchaba; sabía que recordaba a Wilford Woodruff y que me hablaría de él”3.

Más aún, escuchen no sólo lo que se diga, sino también lo que no se diga, las impresiones silenciosas del Espíritu Santo. Cada una de ellas es importante. Es de esperar que siempre puedan percibir lo que no diga el maestro; si lo hacen, el Espíritu Santo adaptará el mensaje según lo que a ustedes les haga falta.

Cuarto, cuando escuchen, es importante que organicen lo que aprendan. Tomen lo que hayan escuchado y háganlo suyo escribiéndolo y expandiendo la idea. Si de verdad desean asegurarse de haberlo entendido bien, busquen a alguien a quien puedan enseñárselo. Generalmente, hasta que sean capaces de hablar del tema no lo habrán aprendido en realidad. Hagan un esfuerzo por organizar lo aprendido y verán que vale la pena.

Cómo prepararse para aprender

Además de lo que hagamos en la clase, podemos hacer muchas otras cosas a fin de alentar en nosotros ese aprendizaje diligente aun antes de llegar a la clase.

El presidente Packer aconsejó “levantarse temprano… y luego reflexionar por la mañana con la mente despejada. En ese momento es cuando vienen las ideas…”4. Sé que es así. Si nos levantamos temprano a estudiar, orar, meditar y escuchar, recibiremos revelación.

Además, sean puntuales en sus reuniones, especialmente la reunión sacramental, una de las más espirituales de la Iglesia. Sean reverentes al llegar; sean receptivos a la revelación. Entren y escuchen la música del preludio; no busquen a otra persona con quien hablar. Lleguen como alumnos diligentes y prepárense para recibir revelación.

Además, debemos establecer el cometido de aceptar la responsabilidad de aprender, sin tener en cuenta si el maestro o el discursante enseña bien o no. Hace muchos años, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) explicó: “Si tenemos el Espíritu, la reunión de testimonios es una de las mejores de la [Iglesia] en todo el mes. Si se aburren en la reunión de testimonios, ustedes son los que tienen algún problema, no los demás. Si se levantan y expresan su testimonio, pensarán que ésa es la mejor reunión del mes; pero si permanecen sentados contando los errores gramaticales y burlándose de la persona que no sepa hablar muy bien, se aburrirán… ¡No lo olviden! Tienen que luchar por su testimonio. ¡Y tienen que seguir luchando!”5.

¡Ésa es una observación extraordinaria!

Cómo aprovechar al máximo las oportunidades

Sobre todo, persistan en el esfuerzo. El presidente Packer hizo mucho hincapié en esto durante la entrevista. No se den por vencidos. Sean perseverantes en el aprendizaje. Y aprovechen al máximo las muchas oportunidades que se les presentarán para aprender.

Cuando era Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles, hace muchos años, el élder Marion D. Hanks habló del poder de aprovechar al máximo nuestras oportunidades para aprender y contó una anécdota sobre Louis Agassiz, un distinguido naturalista, a quien un día se acercó una mujer soltera, asegurándole que ella nunca había tenido ocasión de aprender nada. Al responderle, el Dr. Agassiz le pidió que considerara las oportunidades que ya tenía:

“‘¿A qué se dedica usted?’, le preguntó.

“‘Pelo papas (patatas) y pico cebollas’.

“Él volvió a preguntar: ‘Señora, ¿y dónde se sienta para realizar esas interesantes tareas domésticas?’

“‘En el escalón más bajo de las escaleras de la cocina’.

“‘¿Dónde apoya los pies?’

“‘En los azulejos’.

“‘¿Y qué es un azulejo?’

“‘No lo sé, señor’.

“Entonces él le preguntó: ‘¿Cuánto tiempo hace que se sienta allí?’

“Ella contestó: ‘Quince años’.

“‘Señora’, dijo el Dr. Agassiz, ‘aquí tiene mi tarjeta personal. ¿Sería tan amable de escribirme una carta con respecto a lo que es un azulejo?’”

La mujer aceptó el desafío seriamente. Leyó todo lo que encontró sobre azulejos y baldosas y luego escribió al Dr. Agassiz un ensayo de treinta y seis páginas sobre el tema.

El élder Hanks continuó:

“Más adelante, ella recibió una carta del Dr. Agassiz que decía: ‘Estimada señora: El suyo es el mejor artículo que he visto en mi vida sobre este tema. Si tiene la bondad de cambiar las tres palabras marcadas con un asterisco, lo publicaré y le pagaré por él’.

“Poco tiempo después, ella recibió otra carta con $250 [dólares]; escrita con lápiz en la parte inferior de la carta estaba esta pregunta: ‘¿Qué hay debajo de esos azulejos?’ La mujer había aprendido el valor que tiene el tiempo y le respondió con una sola palabra: ‘Hormigas’. Él volvió a escribirle: ‘Dígame algo sobre las hormigas’…

“Después de mucha lectura, mucho trabajo minucioso y estudio profundo sobre el tema, la mujer se sentó y le escribió al Dr. Agassiz trescientas sesenta páginas sobre hormigas. Él publicó el libro, le envió el dinero y ella fue a visitar todas las tierras de sus sueños con las ganancias de su obra”6.

Considero que en esta historia hay un elemento fundamental en el hecho de fomentar en uno mismo el aprendizaje diligente y de no conformarse con la mediocridad.

Podemos llegar a ser mejores alumnos y, por serlo, seremos también mejores maestros. Yo quiero seguir el ejemplo del Salvador, un Maestro de maestros. Pero, ¿qué hizo de Él un Maestro de maestros? Primero fue alumno. Que el Señor bendiga a cada uno de nosotros a medida que lo sigamos y lleguemos a ser mejores alumnos.


  1. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (Curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2007), pág. 506.
  2. “To Understand and Live Truth” [“Para comprender y vivir la verdad”] (una velada con el élder Richard G. Scott, 4 de febrero de 2005), http://lds.org/library/display/0,4945,5344-1-2783-8,00.htm.
  3. “Principios de la enseñanza y del aprendizaje”, Liahona, junio de 2007, pág. 52.
  4. Liahona, junio de 2007, pág. 52.
  5. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball (Curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2006), pág. 84.
  6. Véase “Siempre hay algo que aprender”, Liahona, septiembre de 1979, págs. 23–24.
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