Ha nacido con sanidad en Sus alas: Podemos ser más que vencedores

Conferencia General Abril 2022

Ha nacido con sanidad en Sus alas:
Podemos ser más que vencedores

Por el élder Patrick Kearon
De la Presidencia de los Setenta

Jesús ha vencido los abusos y maltratos de este mundo para darles el poder, no solo de sobrevivir, sino de que un día, por medio de Él, puedan vencer e incluso conquistar.

Patrick Kearon


Marin, soy el élder Holland, y las cosas están a punto de ponerse peor.

Somos más que vencedores

A todos nos intrigan las historias de supervivencia. Oímos relatos de intrépidos exploradores y de personas corrientes que consiguen mantenerse vivas contra toda probabilidad y expectativa, y no podemos evitar preguntarnos: “¿Habría podido yo?”.

Pienso inmediatamente en el explorador británico Ernest Shackleton y la tripulación de su barco, el HMS Endurance, que naufragaron en el hielo antártico y quedaron encallados en una isla infértil durante casi dos años. Shackleton, con su extraordinario liderazgo e indomable determinación, salvó la vida de sus hombres, a pesar de las durísimas condiciones.

Luego pienso en la tripulación del Apollo 13, ¡volando por el espacio para llegar a la luna!, pero se produjo un desastre cuando explotó un tanque de oxígeno y la misión tuvo que abortarse. Con poco oxígeno, la tripulación y el centro de control de la misión improvisaron ingeniosamente y devolvieron a los tres astronautas a salvo a la tierra.

Me maravilla la asombrosa supervivencia de personas y familias víctimas de la guerra, encarceladas en campos, y los que son refugiados, quienes heroica y valientemente mantienen viva la llama de la esperanza para sus condolientes, que imparten bondad ante la brutalidad y que, de algún modo, se las arreglan para ayudar a otros a soportar un día más.

¿Podríamos ustedes o yo sobrevivir en cualquiera de esas circunstancias extremas?

Sin embargo, quizás algunos de ustedes consideren relatos de sobrevivientes y su alma clame que están viviendo una historia de supervivencia ahora mismo como víctima de abuso, negligencia, acoso, violencia doméstica o cualquier sufrimiento de ese tipo. Están en medio de su propio intento desesperado de sobrevivir a una situación que se siente muy parecida a un naufragio desastroso o una misión prometedora súbitamente abortada. ¿Se los rescatará alguna vez? ¿Sobrevivirán a su propia historia de supervivencia?

La respuesta es . Pueden sobrevivir. De hecho, ya han sido rescatados; ya han sido salvados por Aquel que ha sufrido el mismo tormento que ustedes sufren y ha soportado la misma agonía que ustedes soportan1. Jesús ha vencido los abusos y maltratos de este mundo2 para darles el poder, no solo de sobrevivir, sino de que un día, por medio de Él, puedan vencer e incluso conquistar; de elevarse completamente por encima del dolor, la desdicha y la angustia, y verlos reemplazados por paz.

El apóstol Pablo pregunta:

“¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? […].

“Antes bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó3.

Las promesas al Israel del convenio

Recordarán que el presidente Russell M. Nelson hizo la siguiente invitación en la conferencia general. Él dijo: “Mientras estudien las Escrituras […], les animo a hacer una lista de todo lo que el Señor ha prometido que hará por el Israel del convenio. ¡Creo que se quedarán asombrados!”4.

Las siguientes son solo algunas de las poderosas y reconfortantes promesas que encontró nuestra familia. Imaginen que el Señor les dice estas palabras a ustedes —a ustedes, que están sobreviviendo—, pues son para ustedes:

No temas5.

Conozco tus angustias y he venido para librarte6.

No te dejaré7.

Mi nombre está sobre ti y Mis ángeles te guardan8.

Haré maravillas entre ustedes9.

Anda conmigo; aprende de Mí; Yo te haré descansar10.

Estoy en medio de ustedes11.

Mío eres tú12.

A aquellos que están sobreviviendo

Con esas certezas muy presentes, quiero dirigirme directamente a aquellos que se sienten como si no hubiera salida de su propia historia de supervivencia debido al trauma infligido por las crueles acciones de otros. Si tal es su historia de supervivencia, lloramos con ustedes. Anhelamos que superen la confusión, la vergüenza y el temor, y deseamos que venzan por medio de Jesucristo.

De víctima a sobreviviente, y de sobreviviente a vencedor

Si han sufrido cualquier tipo de abuso, violencia u opresión, puede haberles quedado la idea de que esos acontecimientos fueron de algún modo culpa de ustedes y que merecen cargar con la vergüenza y la culpa que sienten. Quizás hayan tenido pensamientos tales como:

  • Podría haberlo evitado.
  • Dios ya no me ama.
  • Nadie me amará jamás.
  • Se me ha hecho un daño que no tiene remedio.
  • La expiación del Salvador se aplica a los demás, pero no a mí.

Esos pensamientos y sentimientos equivocados pueden haber resultado una barrera para buscar ayuda de la familia, los amigos, líderes o profesionales, de modo que han luchado solos. Si han buscado la ayuda de aquellos en quienes confían, tal vez sigan luchando contra sensaciones de vergüenza e incluso de autodesprecio. El impacto de esos acontecimientos puede permanecer durante muchos años. Esperan sentirse mejor algún día, pero de algún modo, ese día aún no ha llegado.

El abuso o maltrato no fue, ni es, ni jamás será culpa de ustedes. No importa que el abusador o cualquier otra persona pueda haber dicho lo contrario. Si han sido víctimas de crueldad, incesto u otra perversión, no son ustedes quienes tienen que arrepentirse. Ustedes no son los responsables.

No son menos dignos ni menos valiosos ni menos amados como seres humanos, ni como hijas o hijos de Dios, por lo que otra persona les haya hecho.

Ni ahora ni nunca Dios los ha visto ni los verá como alguien a quien despreciar. Sea lo que sea que les haya sucedido, Él no se avergüenza de ustedes ni está decepcionado con ustedes. Los ama de un modo que ustedes aún no han descubierto; y lo descubrirán conforme confíen en Sus promesas y aprendan a creerlo cuando Él les dice que ustedes son “de gran estima” “ante [Sus] ojos”13.

Las cosas terribles que les han hecho no definen quiénes son. A ustedes los definen, en gloriosa verdad, su identidad eternamente existente como hijo o hija de Dios, el amor perfecto e infinito de su Creador y la invitación de Él a la sanación total y completa.

Aunque parezca imposible o lo sientan imposible, la sanación puede llegar mediante el milagro del poder redentor de la expiación de Jesucristo, quien ha nacido con sanidad en Sus alas14.

Nuestro misericordioso Salvador, victorioso sobre las tinieblas y la depravación, tiene poder para enmendar todo ultraje, lo cual es una verdad vivificante para quienes han sido ultrajados por otras personas15.

Sepan que el Salvador ha descendido debajo de todo, aun de lo que les ha ocurrido a ustedes. Por ello sabe exactamente cómo es sentir verdadero terror y vergüenza, y cómo es sentirse abandonado y roto16. Desde lo más profundo de Su sufrimiento expiatorio, el Salvador imparte la esperanza que pensaron que se había perdido para siempre, la fuerza que creyeron que jamás podrían tener y la sanación que no se podían imaginar que era posible.

El Señor y Sus profetas condenan explícitamente las conductas abusivas

No hay lugar para ningún tipo de abuso —ni físico, sexual, emocional ni verbal— en ningún hogar, país ni cultura. No hay nada que la esposa, los hijos ni el esposo puedan hacer o decir que los haga “merecer” ser golpeados. Nadie, jamás, en ningún país ni ninguna cultura, “se busca” la agresión o la violencia de otra persona con autoridad, ni de alguien más grande y más fuerte.

Quienes abusan o maltratan y procuran ocultar sus graves pecados podrían quedar impunes por un tiempo, pero el Señor, que todo lo ve, conoce las obras, los pensamientos y las intenciones del corazón17. Él es un Dios de justicia y Su justicia divina se impartirá18.

Milagrosamente, el Señor es también un Dios de misericordia para los que en verdad se arrepienten. Los abusadores o maltratadores —incluso los que alguna vez también sufrieron abusos— que confiesen, abandonen su pecado y hagan todo lo posible por efectuar compensación y restitución tienen acceso al perdón mediante el milagro de la expiación de Cristo.

En el caso de los acusados falsamente, la inefable gravedad de estas acusaciones es un purgatorio de por sí, pero también ellos son bendecidos por el sufrimiento vicario del Salvador a su favor y por el conocimiento de que, en última instancia, la verdad prevalecerá.

Sin embargo, los abusadores que no se arrepientan comparecerán ante el Señor para rendir cuentas de sus abominables crímenes.

El Señor mismo es clarísimo al condenar el abuso o maltrato de cualquier tipo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños […], mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiese en lo profundo del mar”19.

Conclusión

Queridos amigos que han sido tan terriblemente heridos —y, de hecho, cualquiera que haya sufrido las injusticias de la vida—, pueden tener un nuevo comienzo y volver a empezar. En Getsemaní y en el Calvario, Jesús “tomó sobre Sí […] toda angustia y sufrimiento que experimentemos alguna vez ustedes y yo”20 ¡y lo ha vencido todo! Con los brazos extendidos, el Salvador les ofrece el don de la sanación. Con valentía, paciencia y centrados fielmente en Él, antes de que pase mucho tiempo, podrán llegar a aceptar plenamente ese don. Podrán desprenderse de su dolor y dejarlo a Sus pies.

Su tierno Salvador declaró: “El ladrón no viene sino para hurtar, y matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”21. Ustedes son sobrevivientes, pueden sanar y pueden confiar en que, con el poder y la gracia de Jesucristo, lo superarán y vencerán.

Jesús es especialista en lo aparentemente imposible. Vino a hacer posible lo imposible; a hacer lo irredimible, redimible; a sanar lo insanable, a remediar lo irremediable, a prometer lo imprometible22; y lo hace muy bien. De hecho, Él es perfecto en ello. En el nombre de Jesucristo, nuestro Sanador. Amén.


  1. Véase Alma 7:11–12. El presidente Russell M. Nelson enseñó: “[Jesucristo] fue brutalmente vituperado, escarnecido, escupido y azotado. En el Jardín de Getsemaní, nuestro Salvador tomó sobre Sí todo dolor, todo pecado y toda angustia y sufrimiento que experimentemos alguna vez ustedes y yo, y toda persona que haya vivido o vivirá. Bajo el peso de aquella carga atroz, sangró por cada poro (véase Doctrina y Convenios 19:18). Todo ese sufrimiento se intensificó cuando lo crucificaron cruelmente en la cruz del Calvario” (véase “El nombre correcto de la Iglesia”, Liahona, noviembre de 2018, pág. 88).
  2. Véanse Juan 16:33; Filipenses 4:13.
  3. Romanos 8:35, 37; cursiva agregada.
  4. Russell M. Nelson, “Que Dios prevalezca”, Liahona, noviembre de 2020, pág. 95.
  5. Véanse Isaías 41:10; 2 Nefi 8:7.
  6. Véase Éxodo 3:7–8.
  7. Véase Deuteronomio 31:6.
  8. Véase Doctrina y Convenios 109:22.
  9. Véase Josué 3:5.
  10. Véanse Mateo 11:28; Doctrina y Convenios 19:23; Moisés 6:34.
  11. Véase Doctrina y Convenios 38:7.
  12. Véase Isaías 43:1.
  13. Isaías 43:4; cursiva agregada.
  14. Véase Malaquías 4:2.
  15. El élder Dale G. Renlund testificó que “todo lo que es injusto en la vida se puede remediar por medio de la expiación de Jesucristo” (“Las injusticias exasperantes”, Liahona, mayo de 2021, pág. 43; véanse también Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2019, pág. 52; Isaías 61:1–3; Apocalipsis 21:4).
  16. Véanse Doctrina y Convenios 88:6; 122:5–8.
  17. Véanse Alma 18:32; 39:8.
  18. Véanse 2 Nefi 9:17; Doctrina y Convenios 1:1–3.
  19. Mateo 18:6. “[L]a terrible y viciosa práctica del abuso sexual […] [e]xcede la capacidad de comprensión […]. Es la violación de lo que es sagrado y divino […]. Es reprobable y digno de la más rigurosa condenación. ¡Qué vergüenza para el hombre o la mujer que abuse sexualmente de un niño! El que lo hace no solo ocasiona el más grave de los perjuicios, sino que está condenado ante el Señor” (véase Gordon B. Hinckley, “Salvemos a los niños”, Liahona, enero de 1995, pág. 67).
  20. Véase Russell M. Nelson, “El nombre correcto de la Iglesia”, pág. 88.
  21. Juan 10:10.
  22. Véase Lucas 4:16–19.
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