Recordemos Quienes Somos

Recordemos Quienes Somos

Por el presidente N. Eldon Tanner
Liahona Agosto 1983

Somos sumamente afortunados y bendecidos al tener el conocimiento y el poder del sacerdocio que pueden salvarnos, a nosotros y a nuestra familia.


Recuerdo un magnífico mensaje que el presidente David O. McKay me pidió que trasmitiera a los miembros de la Iglesia. En aquellos años en que él ya no podía viajar, cuando yo iba en procura de su consejo antes de salir a cumplir una asignación, me decía: «Presidente Tanner, al viajar entre los miembros de la Iglesia, le ruego que les recuerde que tengan siempre presente quiénes son y que actúen de acuerdo con ello; dígales que cada uno de ellos tiene esa responsabilidad”.

Estas palabras quedaron permanentemente impresas en mi memoria, y creo que puedo decir que comuniqué ese mensaje innumerable cantidad de veces al viajar por toda la Iglesia; lo he comunicado a mi propia familia y a las personas que me visitan en mi oficina. Y yo mismo he tratado siempre de ponerlo en práctica y de ser digno de la confianza que ha sido depositada en mí.

¿Quiénes somos? En primer lugar, somos hijos espirituales de Dios; y en segundo, somos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ¡Qué gran bendición y qué tremenda responsabilidad! Por la restauración del evangelio, por las revelaciones que Dios ha dado a sus profetas y por el hecho de que nos guía un profeta que recibe de El instrucciones para conducir su Iglesia, somos sumamente afortunados y bendecidos al tener el conocimiento y el poder del sacerdocio que pueden salvarnos, a nosotros y a nuestra familia, y ayudarnos a regresar a la presencia de Dios.

Porque hubo una apostasía y porque algunos han endurecido su corazón para no oír, ni creer, ni aceptar la palabra de Dios, muchos en este mundo se encuentran en la oscuridad en cuanto a su salvación y vida eterna. Por lo tanto, tenemos el privilegio, el deber y la obligación de dejar que alumbre nuestra luz delante de los hombres, para que vean nuestras buenas obras, y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos (véase Mateo 5:16).

Es importante que lo recordemos y, si constantemente podemos tener en cuenta que Dios nos ha dado esta responsabilidad, ello nos ayudará a actuar de acuerdo con sus mandamientos.

Siempre he pensado que aquellos de nuestros jóvenes que se encuentran en problemas, ya sea relacionados con la ley o con el consumo de alcohol o drogas, y a menudo demuestran total irresponsabilidad en el manejo del dinero, muchas veces los tienen por el mal ejemplo de los adultos; en la mayoría de los casos, sólo hacen lo que han visto hacer a otras personas. Hay demasiada inmoralidad, deshonestidad y falta de integridad en los líderes que dirigen los asuntos de nuestras naciones, nuestras escuelas y nuestras comunidades. Tenemos que encontrar la forma de volver a los nobles ideales y los elevados principios que caracterizaron la vida de aquellos que pelearon y murieron en defensa de la verdad, la religión y la libertad.

Aunque nuestras filas aumentan constantemente, cada uno de nosotros debe esforzarse continuamente en la obra misional, ya sea dando el ejemplo de un vivir cristiano o predicando y enseñando los principios del evangelio.

Recuerdo una experiencia que tuve estando todavía en Canadá. Durante años había trabajado junto a un hombre que no era miembro de la Iglesia, y siempre había vacilado en sacar el tema de la religión en nuestras conversaciones, por temor a echar a perder la relación amistosa que había entre los dos. Pero, finalmente, tuve la impresión de que debía averiguar si estaba Interesado en saber sobre el mormonismo y el Evangelio de Jesucristo. Me manifestó su interés, e inmediatamente después él y su esposa asistieron con nosotros a los servicios dominicales de la Iglesia. Muy pronto, ellos y sus hijos se convirtieron, y la familia ha hecho una contribución de gran valor en tiempo y talentos. Los padres acaban de regresar de una misión, y los hijos han servido a la Iglesia y algunos han salido en misiones. ¡Qué gran pérdida para la Iglesia si yo hubiera descuidado por más tiempo mi responsabilidad de darles las buenas nuevas del evangelio!

En una oportunidad en que él me dijo, con un leve tono de reproche en la voz, que había esperado demasiado tiempo para hablarle de la Iglesia, y en esa forma los había privado a él y su familia de las bendiciones del evangelio, me prometí que eso no volvería a ocurrir y que yo estaría más consciente de quién soy y actuaría de acuerdo con mi responsabilidad.

Mientras fui presidente de la Misión Europea Occidental, tuve oportunidad de relacionarme con algunos de los militares que estaban estacionados allá. El presidente de la estaca de los militares me contó una historia interesante. Me dijo que cuando él era secretario ejecutivo de la estaca, el general de la unidad del ejército a la que pertenecía lo llamó un día y le dijo que deseaba que fuera su ayudante, lo cual exigiría que lo acompañara dondequiera que fuera. Al darse cuenta de la forma en que ese cargo afectaría su posición en la Iglesia y sus responsabilidades para con la familia, este hermano le dijo a su superior que lo lamentaba mucho, pero que no podría aceptar.

El general le preguntó:

— ¿Quiere decir que es capaz de rechazar este ascenso por su familia y por su Iglesia?

—Sí, señor, exactamente—contestó él.

Entonces el general le dijo:

—Bueno, olvídese de mi propuesta.

Pero unos días más tarde volvió a llamarlo para decirle que todavía deseaba que él ocupara aquel puesto, y que estaba dispuesto a hacer los arreglos necesarios para que él pudiera cumplir sus obligaciones familiares y en la Iglesia.

Otro de aquellos militares, que había sido misionero regular, me dijo que durante un año en el servicio militar había bautizado más conversos que en los dos años y medio de su misión en Francia. Estos son dos ejemplos de la forma de recordar quiénes somos y actuar de acuerdo con ello.

Para demostrar cómo salía este tema a relucir en los discursos del presidente McKay, cito de uno que pronunció en la conferencia general cuando me sostuvieron como consejero en la Primera Presidencia.

«La Iglesia enseña que ésta es una vida de probación. El hombre tiene el deber de ser el amo, no el esclavo, de la naturaleza; debe controlar sus apetitos y utilizarlos en beneficio de su salud y para la prolongación de su vida, y tener sus pasiones dominadas y bajo control para felicidad y bendición de otras personas.

“El hombre recibe su mayor felicidad al olvidarse de sí mismo por el bien de los demás. Los adelantos de la ciencia y todos los descubrimientos que ha habido desde los albores de la historia hasta el presente son resultado de los esfuerzos de personas que han estado dispuestas a sacrificarse por la causa de la verdad. . .

“Si habéis sido obedientes a las impresiones del Santo Espíritu, y continuáis siéndolo, la felicidad llenará vuestra alma. Pero si os desviáis de ese curso y sois conscientes de no haber cumplido con lo que sabíais era lo correcto, seréis desgraciados aunque poseáis todas las riquezas del mundo.” (Conferencia General, octubre de 1963.)

El último discurso que el presidente McKay preparó y pronunció (hubo otros preparados por él pero leídos por sus hijos) lo dio el domingo 2 de octubre de 1966. A continuación cito parte de sus palabras:

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días da testimonio al mundo de que la voluntad de Dios se ha manifestado en esta dispensación, y que los principios del evangelio, los principios de vida, han sido revelados y están en armonía con los que Cristo enseñó en el meridiano de los tiempos. Es imposible mencionar acá todos los principios que constituyen esa voluntad, pero son tan sencillos que, como dicen las Escrituras, ‘el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará’ (Isaías 35:8).

“Después que obedezcáis los principios y ordenanzas del evangelio, ‘la voluntad’ de Dios es que sirváis a vuestros semejantes haciéndoles el bien y haciendo que este mundo sea mejor porque vosotros habéis vivido en él. Cristo lo dio todo por enseñarnos ese principio, y El mismo dijo:

“‘. . .en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.’ (Mateo 25:40.)

“Este es el mensaje que Dios nos ha dado. Esta es la Iglesia de Dios, que está tan perfectamente organizada que cada hombre, mujer y niño pueden tener la oportunidad de hacer algo bueno por alguien. La obligación de los miembros de nuestros quórumes, la responsabilidad de las organizaciones auxiliares y de cada uno de los miembros es servir y hacer la voluntad de Dios. Sí obedecemos, nos convenceremos de que ésta es la obra de Dios, porque la estaremos poniendo a prueba, y cuanto más lo hagamos, más fuerte será nuestra convicción. Entonces, al hacer la voluntad de Dios, podemos conocerlo, acercarnos a Él y sentir que seremos herederos de la vida eterna. Sentiremos que amamos a toda la humanidad y que podemos exclamar con los apóstoles de antaño: Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos1 (1 Juan 3:14).» (Conferencia General de oct. de 1966.)

Nuestro Profeta actual, el presidente Spencer W. Kimball, ha hecho la misma declaración. Esto fue muy claro para mí al escuchar su mensaje de clausura en la conferencia general en la que fui sostenido como su consejero. Él dijo:

“Al regresar a vuestros hogares, vuestros negocios, vuestras profesiones y vuestras responsabilidades espirituales, esperamos que os hayáis aprovisionado de todo aquello que sea de valor para vosotros y vuestras familias. Las maneras de realizar la obra son importantes, por supuesto, pero el propósito para llevarla a cabo es de mayor alcance.

“Tenemos el compromiso de servir a nuestro Señor y la seguridad de que la causa es justa y valiosa. Pero, sobre todo, tenemos el conocimiento de que Dios vive, que está en su morada celestial y que su Hijo Jesucristo ha bosquejado un plan que nos llevará junto con nuestros seres amados a la vida eterna, si somos fieles. Y esa vida será ocupada y llena de propósito, y tendremos logros, y gozo, y desarrollo.

“Si podéis recordar los goces más grandes y verdaderos que habéis tenido en esta vida, pensad en la otra vida como una proyección de ésta con todo lo que en ella tiene propósito, multiplicado, ampliado y aún más deseable que acá. Todas estas experiencias nos han traído desarrollo, gozo, progreso y felicidad; y cuando esta vida se termine, volveremos a una situación similar, que sigue el modelo de nuestra vida mortal, pero menos limitada, más gloriosa y con un gozo aumentado.» (Conferencia General, abril de 1974.)

Ruego hoy, en el ocaso de esta última dispensación, que todos nosotros demos prioridad a la importancia de recordar quiénes somos. Expresemos nuestra gratitud a Dios por su don de la vida y el amor, por ser miembros de su Iglesia, por nuestra familia, nuestros amigos y nuestros vecinos. Seamos bondadosos y considerados. Demos de nosotros mismos demostrando amor y compasión. Seamos ejemplos de una vida cristiana de servicio. Entonces todos sabrán, por nuestros frutos y nuestras obras, que somos hijos de Dios y miembros de su Iglesia.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s