Momentos preciosos

Momentos preciosos

Ardeth G. Kapp.

Por Ardeth G. Kapp

Aprendamos a considerar los tiempos malos como algo que habrá de pasar, entonces podremos hacer de la vida algo dulce, sin terminar desilusionados o amargados.


Y vivieron felices para siempre” es así como terminan muchos cuentos favoritos. La hermana Nedra Redd, de Calgary, Alberta, Canadá, sabiamente nos recuerda que éstos sólo son finales de relatos ficticios. Nos explica que en la vida hay muchos momentos de felicidad, pero que si esperamos que la vida carezca de dificultades, terminaremos desilusionados. Debemos contar con que habrá problemas y dificultades en el camino. Algunas veces la vida nos maltrata y nos golpea, y no hay manera de evitarlo.

Para ilustrar su punto de vista, se refirió a los gatitos que amó tanto de niña al crecer en Canadá. A dos les puse los nombres de Nicodemo y Rufus respectivamente, nos cuenta sonriendo. Como ustedes saben, los gatos muerden y arañan, pero también son suaves y amorosos. Pienso que si vemos la vida y hacemos planes esperando tiempos buenos así como también algunas mordidas y arañazos —experiencias realmente dolorosas— y aprendemos a considerar los tiempos malos como algo que habrá de pasar, entonces podremos hacer de la vida algo dulce, sin terminar desilusionados o amargados.

La hermana Redd, que ha pasado personalmente pruebas sumamente difíciles en la vida, se detuvo por un momento y luego, en un tono de dulce aceptación y sumisión, contó lo siguiente: Recuerdo que durante los tiempos muy difíciles pensaba que no era así como se suponía que deberían ser las cosas. Pero es así como en verdad deben ser. Hay momentos en los que debemos ser probados; sin embargo, en el transcurso de la vida y en los intervalos oportunos, nuestro Padre Celestial nos provee los momentos de solaz, de alivio; a esos momentos especiales yo les llamo “momentos preciosos”. Compartiendo un poco de su filosofía nos dice: De la misma manera en que Él ha establecido la semana con siete días y ha hecho uno de ellos muy especial, así nosotros tenemos días duros y días en los que no podríamos ser más felices.

Uno de los “momentos preciosos” fue el nacimiento de su primer hijo; no obstante, tres meses después comenzaron las pruebas y tribulaciones de esta vida. Tanto madre como hijo empezaron a padecer poliomielitis; las incertidumbres crecieron y las oraciones se intensificaron. El hermano Redd, su esposo, quien ahora es coordinador de seminarios e institutos en Canadá, se estaba preparando ese mes para iniciar su carrera como maestro de seminario.

Sentimos que en verdad habíamos tratado de hacer lo correcto y que estábamos haciendo lo que el Señor quería que hiciéramos. Teníamos fe en que el Señor nos bendeciría aun en nuestras aflicciones.

Nuestro Padre Celestial nos ha dicho que su pueblo debe ser probado, aun como Abraham, a quien se le mandó que ofreciera a su único hijo (véase D. y C. 101:4). Y así fue que esta pareja fiel fue probada. Sus oraciones fueron contestadas, pero sólo parcialmente. La hermana Redd se curó y quedó sin ningún efecto colateral de la temible enfermedad, pero su querido hijo, el único, resultó lisiado con parálisis en la pierna, los brazos y la espalda. El esplendor de un momento feliz se había desvanecido rápidamente, y los arañazos y mordidas de la vida se convirtieron en una penosa realidad. El hermano y la hermana Redd se vieron forzados a entregar a su hijo al cuidado profesional del hospital para menores ubicado a más de 160 kilómetros, a fin de que pudiera recibir atención especial. Aun después de un año, se encontraba débil y su progreso era lento.

Pasaron tres largos años, y la angustia por su hijo seguía en aumento. La naturaleza divina de una madre justa y fiel, con todas las emociones profundas inherentes al sagrado papel de la maternidad, hacía que se intensificara aún más la pena de su corazón.

Dice quedamente: Deseaba tanto que estuviera bien; era tan difícil no poder acostarlo por las noches, ya que su vida era de vital importancia para nosotros.

Una noche, en la cumbre misma de su desesperación, esta joven madre se levantó de su cama, se dirigió a la habitación contigua y habló con su Padre Celestial. Había recordado un incidente de su infancia en el que una excelente y noble mujer oró por su esposo y rogó que, si era el deseo del Señor, se le permitiera a ella sobrellevar las enfermedades de su esposo, con el propósito de que su servicio al Señor no fuera restringido. Casi de inmediato, esta hermana quedó totalmente sorda permaneciendo así durante toda su vida, mientras que su esposo, sanado milagrosamente, se convirtió en un gigante espiritual, un hombre de Dios y en un poderoso líder en la edificación del reino de Dios en esa área. Con el recuerdo de este incidente en su corazón, esta madre fiel suplicó al Padre, en nombre de su hijo, si podía tomar sobre sí las enfermedades de él. De este incidente nos dice: Regresé a la cama y me dormí. Aunque su niño permanecía en el hospital, aun así, hubo algunos “momentos preciosos”. Les nació otro hijo y posteriormente una niña. Con el tiempo, el enfermito llegó a fortalecerse más y más, a tal grado que llegó a aprender a caminar con aparatos ortopédicos y posteriormente pudo abandonar el hospital por un tiempo, permitiéndole a la familia pasar la Navidad juntos.

Aunque había muchas razones para regocijarse interiormente, todavía los tiempos de mordidas y arañazos eran dolorosamente evidentes. Paulatinamente, al pasar los meses, la hermana Redd con angustia se empezó a dar cuenta de que estaba perdiendo la sensibilidad de las manos y los pies. Al cambiar los pañales de su niña, a menudo se pinchaba el dedo sin saberlo. Cuando notaba la sangre, su preocupación aumentaba; sentía aterrada como la parálisis le avanzaba por todo el cuerpo. Le era difícil cuidar de su recién nacida y atender a las responsabilidades de su familia. Con el correr de meses y años, experimentó tanto dificultades como bendiciones; los aparatos ortopédicos quedaron de lado y su pequeño hijo pudo valerse de sí mismo para asistir a la escuela. Reconocieron estas bendi­ciones con humilde gratitud y las agradecieron profundamente; sin embargo, sufriendo fuertes dolores de cabeza y sin sensibilidad en las manos y los pies, la joven madre suplicante pidió ayuda. El apoyo de familiares y amigos no parecía ser suficiente. La gente se portó suma­mente bien, recordaba agradecida. Pero el hecho de estar limitada físi­camente y no poder cuidar a los seres queridos es algo demasiado difícil.

Para ese entonces, un equipo de especialistas concluyó que la esclero­sis múltiple era lo que probablemen­te había hecho presa de su cuerpo, causándole esas limitaciones tan dolorosas. Los pensamientos sobre su futuro fueron motivo de mucha preo­cupación. Pero eso ocurrió hace algu­nos años; la hermana Redd, ahora una mujer bella, saludable y activa, con un semblante tan vivaz como su testimonio, irradia un espíritu depu­rado en la lucha.

Habló del día en que ella y su esposo, procurando primeramente la voluntad del Señor en todas las cosas, buscaron el consejo de un amigo que había sido supervisor de seminarios y era ahora Autoridad General.

Nos dijo que no pensaba que fuese la intención del Señor que yo perdie­ra mi vida. Me dio una bendición en la cual me explicó que el Señor había aceptado mi ofrenda en favor de mi hijo; me prometió que viviría, pero no somos nosotros los que regu­lamos la magnitud de las pruebas o los que determinamos la hora del alivio. No recibimos el testimonio sino hasta después que nuestra fe ha sido puesta a prueba (véase Eter 12:6), y es nuestro Padre Celestial el encargado de hacer tal determina­ción.

El momento mismo en el que uno podría esperar alivio podría ser el momento en que el Señor pruebe nuestra perseverancia y fidelidad. Después de la bendición, la hermana Redd empeoró y el 25 de octubre empezó a guardar cama. Se le tenía que alimentar.

Ni siquiera podía lavarme los dientes, nos cuenta. Mi buen esposo y yo hablamos acerca del propósito de la vida y la muerte, y oramos a fin de poder aceptar lo que el Señor tuviese para nosotros. En aquella ocasión sentimos que todo se arre­glaría.

Sacando fuerzas uno del otro, esta joven pareja fue probada y se les encontró “dispuestos a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre ellos, tal como un niño se sujeta a su padre”. (Véase Mosíah 3:19.)

El 20 de diciembre llevaron por avión a Nedra Redd al hospital en Edmonton, Alberta, donde se some­tió a más análisis. Después de dos días de zozobra, los doctores confir­maron la probabilidad de que no era la esclerosis múltiple lo que había atrofiado su cuerpo, sino más bien un tumor cerebral profundo y serio loca­lizado en la base del cráneo. Parecía inoperable, y debido a su estado tan débil, la posibilidad de una interven­ción quirúrgica se consideró como un riesgo tremendo e inseguro; no obs­tante, los doctores explicaron que de no extirpárselo, no viviría más de dos semanas, ya que le estaba impi­diendo la respiración y en breve cor­taría su ya decreciente paso de aire. La situación era desesperante. Uno de los doctores les sugirió que si querían correr el riesgo de una ope­ración, esperaran al menos hasta después de la Navidad; sin embargo, la hermana Redd acudió a aquella fortaleza con que contaba gracias a la bendición que había recibido de su amigo, la Autoridad General. Valien­temente, esta joven pareja tomó su decisión y fijaron la fecha de la opera­ción para la víspera de Navidad. Así nos lo relata ella: Sentimos que nues­tro Padre Celestial había empezado a contestar nuestras súplicas. El domingo por la noche, mi primo, que era el presidente de la estaca, me vino a dar una bendición. Más tarde me dijo que al darme aquella bendición, literalmente sintió que de él manaba un torrente de fuerza.

De huevo el poder del sacerdocio se encontraba obrando en su favor.

Familiares y amigos ansiosos espe­raron a lo largo de aquella noche de vigilia posterior a la operación. Rayó el alba; era la mañana de Navidad. El tumor había sido extirpado; todo se hallaba en silencio, mientras el tiempo seguía su curso en aquella habitación del hospital. Su futuro era incierto.

La hermana Redd cuenta lo si­guiente: Gocé de un momento muy especial de meditación al recobrar el sentido.

Fue en el crepúsculo mismo entre la vida y la muerte que los dones de la vida volvieron a esta admirable mujer en aquella mañana navideña. Regresaron uno a uno, con el sufi­ciente tiempo entre sí como para permitir contemplarlos y saborear­los: ¡tales dones, tales joyas, joyas de incalculable valor!

¡Estoy bien! ¡No morí en la ope­ración! ¡Estoy viva!, fue su primera reacción. Sin embargo, todo estaba en penumbras y no podía escuchar nada; traté de hablar y no pude hacerlo. Pensé: estoy ciega; no pue­do oír, no puedo hablar, pero estoy viva. Recuerdo el gran sentimiento de gratitud por estar viva, y de nue­vo me quedé inconsciente. Más tar­de, al darme cuenta de que había recobrado el sentido y que había una especie de tinieblas a mi alrededor, pensé: no estoy totalmente ciega; puedo ver algo de luz. Recuerdo que oré y le dije a mi Padre Celestial: “Gracias por la vida y porque no estoy totalmente ciega”. No hubiera podido soportar el vivir en la obscu­ridad, y le di gracias nuevamente. Entonces me di cuenta de que podía ver el rostro de mi esposo, quien me hablaba, pero no lo podía escuchar. No obstante, dijo ella intensamente, lo podía ver, y estaba agradecida de poder ver su rostro. Pronto descubrí que lo escuchaba cuando me habla­ba; de nuevo oré y di gracias por poder ver y escuchar. Me dije: No puedo hablar, pero es suficiente; pue­do ver y oír.

La hermana Redd, al reflexionar en su profunda gratitud por los dones preciosos de aquella mañana navideña, compartió el éxtasis de su tesoro final: El doctor se encontraba allí mientras yo trataba de hablar. Escuché que le preguntaba a mí esposo:

— ¿Puede hablar?

Él le contestó con un gesto negati­vo.

—Me lo temía —replicó el doc­tor—. Tuvimos que destruir gran parte de sus cuerdas vocales al ex­traer el tumor. Temía que no fuese a poder hablar.

Con un tono de felicidad en su voz clara y plena, la hermana Redd recordó sus pensamientos en ese momento:

Con que eso es. No puedo hablar; pero puedo escuchar y ver. Me inva­dió un sentimiento tan grande de gozo y gratitud. Entonces el doctor colocó su dedo en mi garganta, jus­tamente en el lugar de la traqueotomía, y dijo:

Inténtelo.

¡Podía producir sonidos! ¡Sabía que no estaba muda! ¡Qué senti­miento tan especial! El Señor nos había bendecido. Era la mañana de

Navidad; mi esposo había pasado la noche conmigo cuando lo necesitaba tanto. Con el corazón lleno de regoci­jo y gratitud, le dije que fuera a casa a acompañar a los niños. Aquélla fue una Navidad maravillosa.

De su depósito profundo de fe y valor, moldeado por momentos de pruebas y sufrimiento, los hermanos Redd se regocijan.

Qué gran sentimiento de consuelo es saber que no hay nada que el Señor no pueda hacer o no hará, si es para nuestro beneficio. Ellos des­cubrieron que el Señor está en todas las cosas cotidianas, no sólo en las eternas y gloriosas. Podríamos com­parar esta realidad con el coro Alelu­ya del Mesías de Handel y una apaci­ble música de fondo; Él está en ambos, y el saberlo nos hace perca­tarnos de los momentos “Y vivieron felices para siempre” que existen en la vida.


Sabed que una peculiaridad de nuestra fe y religión es la de no pedirle nunca al Señor que haga algo si nosotros no estamos dispuestos a ayudarle en todo lo que podamos tratando de lograrlo; El entonces, hará el resto. — Presidente Brigham Young

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