El principio del matrimonio eterno

El principio del matrimonio eterno

Joseph Fielding Smith

por Joseph Fielding Smith
Presidente del consejo de los doce apóstoles
(Tornado de the Church News)

En una revelación dada a la Iglesia en 1843, el Señor declaró enfáticamente:

He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión.
¿Aceptaré una ofrenda que no se haga en mi nombre?, dice el Señor.
¿O recibiré de tus manos lo que yo no he señalado?
¿Y te señalaré algo, dice el Señor, que no sea por ley, tal como yo y mi Padre decretamos para ti, antes de que el mundo fuese?
Yo soy el Señor tu Dios; y te doy este mandamiento: Que ningún hombre vendrá al Padre sino por mí o por mi palabra, que es mi ley, dice el Señor.
Y todas las cosas que hay en el mundo, ya sean prescritas por los hombres, por tronos, o principados, o poderes, o cosas de renombre, cualesquiera que fueren, y que no sean de mí ni por mi palabra, serán derribadas, dice el Señor, y no permanecerán después que los hombres mueran, ni tampoco en la resurrección, ni después, dice el Señor tu Dios. (Doctrina y Convenios 132:8-13)

Esta afirmación debiera ser incontrovertible para toda alma que verdaderamente cree en la autoridad del Padre Eterno y su Hijo Jesucristo. En el reino de Dios debe haber obediencia a toda ley y profundo agrade­cimiento por toda bendición. Se nos ha enseñado que el reino de Dios es un reino de orden y obediencia. Natu­ralmente debemos aceptar el hecho de que en este reino todas las cosas deben ser perfectas. El reino debe estar absolutamente libre de contención y opiniones contra­rias.

En este mundo terrenal no es sino natural que los hombres difieran en cuanto a sus opiniones respecto de muchas cosas, pero debe haber conformidad en lo que concierne a cualquiera de las leyes divinas que condu­cen a la salvación eterna. Estos principios eternos indu­dablemente se han practicado y obedecido en millones de tierras que han progresado hasta alcanzar su gloria, según las revelaciones dadas a Moisés y otros de los profetas antiguos. De manera que llegamos a la conclusión que las leyes y ordenanzas que rigen el reino de Dios han alcanzado la perfección eterna. Por tanto, lo que Jesús dijo a sus discípulos: “Sed, pues, vosotros per­fectos, como vuestro Padre que está en los cielos es per­fecto”, tiene un significado transcendental y particular.

Dijo Santiago en su epístola: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.” (Santiago 2:10)

La anterior afirmación ha causado argumentos y disputas; sin embargo, cuando se entiende, se ve clara­mente que es verdad. Desde luego, ninguna persona podrá heredar la vida eterna si no está dispuesta a cum­plir todas las leyes mediante las cuales se gobierna el reino. Por tanto, si guardaran todos los mandamientos en que está basada la salvación menos uno, rebelándose contra él, les sería negada la bendición de la salvación. Por otra parte, el Salvador ha dicho: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestra almas.” (Mateo 11:29) Ciertamente, si amamos al Señor hallaremos que no es carga pesada la observancia de sus leyes divinas.

Primero la fe

Consideremos brevemente cuáles son algunos de estos principios y ordenanzas esenciales en que se basan la salvación y la exaltación.

En primer lugar está el principio de la fe, el cual, según se nos informa, es el fundamento de la religión revelada. La fe en Dios el Padre Eterno y en su Hijo Jesucristo, el Redentor del mundo, y en el Espíritu Santo, los cuales constituyen la Autoridad Presidente del universo.

Segundo: El principio del arrepentimiento verda­dero. Sobre estos temas el Salvador ha dicho:

Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, yo lo tendré sin culpa ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo.
Y aquel que no persevera hasta el fin, este es el que también es cortado y echado en el fuego, de donde nunca más puede volver, por motivo de la justicia del Padre.
Y esta es la palabra que él ha dado a los hijos de los hombres; y por esta razón él cumple las palabras que ha dado; y no miente, sino que cumple todas sus palabras.
Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin. (3 Nefi 27:16-19)

Tercero: Bautismo para la remisión de los pecados.

Esto se hace por inmersión en el agua por uno que está debidamente comisionado para administrar esta ordenanza del evangelio. Pablo explicó este principio claramente en su epístola a los miembros de la Iglesia en Roma, cuando dijo:

¿Qué, pues, diremos? ¿Continuaremos en el pecado para que abunde la gracia?
¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?
¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por medio del bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;
sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, a fin de que no sirvamos más al pecado. (Romanos 6:1-6)

Un gran don

Lo anterior es una afirmación muy precisa de que por medio del bautismo hemos sido trasplantados de la vida de pecado a la vida de fe y obediencia al reino de Dios. En otras palabras, hemos logrado una resurrección espiritual o trasladados de la vida de pe­cado al reino de Dios, donde el pecado no debe abundar más en nosotros.

Cuarto: La imposición de manos para dar el don del Espíritu Santo. Este es un don muy grande que es prometido a todo fiel miembro de la Iglesia, por medio del cual llegan a establecer, mediante su fidelidad sin­cera, un compañerismo con el Espíritu Santo, el cual el Salvador dijo’ que “el mundo no puede recibir” (Juan 14:17), don que se confiere por la imposición de manos de uno que posea la autoridad divina.

Quinto: La obediencia a todas las otras ordenanzas y convenios que corresponden al reino de Dios. Una vida limpia y el fiel cumplimiento de nuestro deber en la edificación y mantención del reino de Dios sobre la tierra son esenciales para la salvación. Para los varones que son miembros de la Iglesia se requiere un fiel cum­plimiento de su deber en cuanto al sacerdocio, y tam­bién las mujeres deben ser fieles a todo convenio que pertenece a la exaltación. Sin la observancia sincera de todas estas leyes y convenios, no puede lograrse la sal­vación en el reino celestial.

Entre los convenios que se nos manda cumplir está comprendido el del matrimonio. A distinción de las doctrinas que prevalecen en el mundo, el matrimonio se decretó, desde el principio, que fuese una unión eterna del marido y su mujer. El Señor nunca tuvo por objeto que el matrimonio fuese meramente un contrato civil o provisional entre un hombre y una mujer, el cual había de estar en vigor únicamente durante su vida en la carne y entonces terminar.

El matrimonio es para siempre

El primer matrimonio que se efectuó ciertamente tenía por objeto ser para siempre, porque la muerte no había entrado en el mundo. Tampoco hallamos manda­miento divino alguno que declare que al efectuarse un matrimonio de acuerdo con la ley del Señor, ha de ter­minar con la muerte.

El pasaje que tal vez se ha prestado a más inter­pretación errónea es el que refiere la discusión de los saduceos con el Salvador, cuando le relataron la histo­ria, evidentemente ficticia, de la mujer que había tenido siete maridos. Después de presentarle el asunto espe­raban confundir al Salvador para que no pudiera res­ponderles; pero El leyó el intento de sus corazones y les contestó según su necedad. Tengamos presente que estos saduceos no creían en la resurrección de los muer­tos, de modo que la pregunta de ellos no tenía más propósito que poner al Señor en una situación difícil, pero como ya dije, entendió sus corazones y les contestó de acuerdo con su necedad. No pudo haberles dado otra respuesta sino que esta mujer no tendría a ninguno de aquellos maridos, y que quienes conceptuaran igual que los saduceos, si acaso alcanzaban ser dignos de entrar en el cielo, llegarían allí separada e individual­mente, porque no podrá haber matrimonio en la eterni­dad. El Señor ha dicho la misma cosa al profeta José Smith por revelación, y de ello hablaré más adelante.

Además, cuando los fariseos hablaron con el Sal­vador sobre el asunto del divorcio y matrimonio, el Señor les dio una respuesta muy diferente. También debemos tener presente que estos fariseos, aunque ha­bían apostatado de corazón y rechazado al Salvador, aun creían en la resurrección de los muertos, y aunque es cierto que también intentaron confundir al Señor para que dijese algo que pudieran criticar e impugnar, concordaban con Él en la doctrina de la resurrección. A éstos el Salvador dio una respuesta correcta, la cual deseo citar:

Y él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, hombre y mujer los hizo,
y dijo: Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne?
Así que, no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. (Mateo 19:4-6)

El orden correcto del matrimonio

He aquí una declaración definitiva de nuestro Sal­vador, de que el matrimonio tiene por objeto durar para siempre cuando se efectúa de acuerdo con el plan del Señor. En la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, el Señor ha revelado a José y a la Iglesia, el orden correcto del matrimonio que ha de durar para siempre. El mandamiento dado a la Iglesia sobre el matrimonio es el siguiente:

Por consiguiente, si un hombre se casa con una mujer en el mundo, y no se casa con ella ni por mí ni por mi palabra, y él hace convenio con ella mientras él esté en el mundo, y ella con él, ninguna validez tendrán su convenio y matrimonio cuando mueran y estén fuera del mundo; por tanto, no están ligados por ninguna ley cuando salen del mundo.

Por tanto, cuando están fuera del mundo ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son nombrados ángeles en el cielo, ángeles que son siervos ministrantes para ministrar a aquellos que son dignos de un peso de gloria mucho mayor, y predominante, y eterno.

Porque estos ángeles no se sujetaron a mi ley; por tanto, no pueden ser engrandecidos, sino que permanecen separada y solitariamente, sin exaltación, en su estado de salvación, por toda la eternidad; y en adelante no son dioses, sino ángeles de Dios para siempre jamás. (Doctrina y Convenios 132:15-17)

Ahora pensemos en lo que hacen estos jóvenes im­prudentes cuando se casan fuera de la Iglesia o fuera del Templo y quedan satisfechos con tal unión. Se apartan a sí mismos de la exaltación del reino de Dios. Se niegan a sí mismos los privilegios gloriosos de ser miembros de la familia de Dios de que habla Pablo; pues él dijo que toda familia en los cielos y en la tierra es bendecida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, de modo que se niegan a sí mismos el privilegio de per­tenecer a la familia de nuestro Padre Celestial. (Véase Efesios 3:14-15)

Además, se colocan en situación tal, que no pueden recibir las bendiciones de aumento eterno, antes deben permanecer solos para siempre, atormentados quizá por el pensamiento de que intencionalmente se negaron a sí mismos los privilegios gloriosos de la exaltación eter­na. A los que aceptan las bendiciones que provienen de la unión eterna concedida a los esposos y esposas que aceptan la ley divina, el Señor ha prometido la plenitud de su reino, pues ha dicho:

y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. (Doctrina y Convenios 84:37, 38)

Las enseñanzas de Pablo

Los siguientes pasajes nos indican que Pablo clara­mente enseñó esta doctrina a los santos de su época:

Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
Porque el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.
Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. (Romanos 8:15-17)

Como herederos, ¿cuáles serán nuestros privilegios y bendiciones en el reino de Dios?

Seremos coronados para siempre con vidas eternas, que significa aumento eterno, y seremos bendecidos con la herencia de reinos y principados, pues está escrito:

Entonces serán dioses, porque no tendrán fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas les estarán… sujetos a ellos. (Doctrina y Convenios 132:20)

Pero el Señor ha hecho esta advertencia:

De cierto, de cierto te digo, a menos que cumpláis mi ley, no podréis alcanzar esta gloria.
Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y continuación de las vidas, y pocos son los que la hallan, porque no me recibís en el mundo ni tampoco me conocéis.
Mas si me recibís en el mundo, entonces me conoceréis y recibiréis vuestra exaltación; para que donde yo estoy vosotros también estéis. (Doctrina y Convenios 132:21-23)

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