El Sacerdocio en las Misiones

El Sacerdocio en las Misiones

harold b. lee

Por el Élder Harold B. Lee
del Consejo de los Doce
 y Presidente del Comité General del Sacerdocio
 Discurso dirigido a los presidentes de Misión el 2 de julio de 1961.


Mientras se estaba construyendo el Templo de Salt Lake—y como sabéis duró 40 años desde el día en que cavó la primera tierra en 1853 hasta que finalmente fue dedicado en 1893—el presidente Brigham Young le pidió a Truman O. Angelí, arquitecto del edificio, que escribiera un artículo para The Millennial Star con objeto de tratar de inducir a los santos en el extranjero a que contribuyeran a los fondos para el templo, tan urgentemente necesitados para continuar la construcción.

En dicho artículo Truman O. Angelí dijo algo que quisiera presentaros como texto de lo que quiero que consideréis sobre el programa del sacerdocio para las misiones. Explicó que habría varias cosas simbólicas por fuera del templo; que las torres orientales serían más altas que las del poniente, para representar la pre­sidencia del Sacerdocio de Melquisedec; y en el po­niente las torres—tres torres un poco más bajas- simbolizarían la presidencia del Sacerdocio Aarónico. El ángel Moroni representaría la restauración del evangelio por ministerio angélico.

Hay piedras del sol que representan lo celestial, y piedras de la luna y las estrellas. Vosotros las habéis visto, así como otras cosas que están allí; pero hay una cosa más de significado particular que él mencionó y es lo que deseo que meditéis en esta ocasión. Dijo que en el muro occidental del templo, debajo de la torre o las almenas, como suelen llamarse, se representaría sobre la pared la constelación que los astrónomos lla­man la Osa Mayor, dos de cuyas estrellas señalan a la estrella polar; ¡y esto sería para simbolizar y sugerir a la mente que por medio del sacerdocio de Dios, los que se han extraviado pueden hallar su camino!

Quisiera dar principio al tema con esta represen­tación simbólica: “Es por medio del sacerdocio de Dios que los que se han extraviado pueden hallar su camino”. El presidente Young dijo en uno de sus discursos, y lo hallamos en el tomo 3 de Journal of Discourses, página 192:

El hombre que tiene participación en el sacerdocio y se mantiene fiel a su llamamiento, que se deleita constantemente en hacer las cosas que Dios requiere de sus manos y durante su vida continúa cumpliendo con todo deber, logrará para sí no sólo el privilegio de obtener sino el conocimiento para recibir las cosas de Dios y poder conocer su voluntad continuamente; y podrá discernir entre el bien y el mal, entre las cosas de Dios y las cosas que no son de Él. Y el sacerdocio, el espíritu que está dentro de él, continúa aumentando hasta que llega a ser una fuente de agua viva; hasta que es semejante al árbol de la vida; hasta que se convierte en fuente inagotable de in­teligencia e instrucción para aquel hombre.

Supongo que no se hace necesario otra cosa para inculcar en vosotros la importancia del sacerdocio en la misión. Es el centro, el corazón, el poder por medio del cual se dirigen todas las actividades de la Iglesia. Ahora bien, ¿qué significa recibir la ordenación del sacerdocio? Supongo que lo he leído cien veces, pero nunca había visto su significado completo hasta hace poco que leí estos dos versículos sencillos que se hallan en la Sección 36 de Doctrinas y Convenios. Es una revelación dada a Eduardo Partridge que fue, como recordaréis, el primer obispo de la Iglesia.

Así dice el Señor Dios, el Poderoso de Israel: He aquí, mi siervo Eduardo, te digo que eres bendito, y que te son perdo­nados tus pecados y que eres llamado a predicar mi evangelio como con la voz de trompeta. . .

Y ahora sigue lo que deseo que consideréis:

Y te impondré mi mano (es el Señor el que está hablando) te impondré mi mano por conducto de las de mi siervo Sidney Rigdon, y recibirás mi Espíritu, el Espíritu Santo, aun el Con­solador, que te enseñará las cosas pacíficas del reino.

¿Comprendéis el significado de lo anterior? Cuando uno es ordenado por la autoridad debida, es como si el Señor mismo también estuviese poniendo su mano so­bre la persona por conducto de su siervo autorizado, para que reciba los dones e investiduras del Espíritu que caen bajo su jurisdicción y administración.

Si queréis saber cuáles son, leed la Sección 46 de Doctrinas y Convenios donde se enumeran los varios dones del Espíritu. A un obispo de la Iglesia, dice el Señor, le es permitido discernir todos estos dones según los necesite, así como a los que son llamados a dirigir, entre ellos los presidentes de misión.

Cuando el presidente Fyans dijo que en Asunción el hermano Wells había visto a los hombres en una manera diferente de lo que habían sido la noche an­terior, fue porque descansaba sobre él una nueva luz y había visto lo bueno que hay en los hombres con ojos más puros que en la noche anterior.

En un manual para el sacerdocio de hace algunos años, las Autoridades Generales dijeron esto:

El sacerdocio es una gran hermandad sostenida por las leyes eternas e inmutables que constituyen la armazón del evan­gelio. El sentido de hermandad debe compenetrar al quorum. La primera preocupación de un quorum deber ser ayudar a todos los miembros que estén necesitados temporal, mental o espiritualmente. El espíritu de la hermandad debe ser la fuerza motriz de todos los planes y operaciones del quorum. Si se puede cultivar este espíritu prudente y persistentemente, nin­guna otra organización tendrá mayor atracción para el hombre que posee el sacerdocio. (Priesthood and Church Government, página 135)

Fue por inspiración recibida en la época de nues­tro actual presidente que se inauguró en las misiones la proposición de que se organizaran en quórums todos los miembros del sacerdocio en las misiones. Es algo comparativamente nuevo; no siempre fue así. Usual­mente, si un hombre se mudaba de una Estaca organi­zada, llegaba a una rama o región donde no había organización del sacerdocio. En la actualidad son pocas las misiones donde no hay quórums de sacerdocio. Ahora os estamos sugiriendo que desarrolléis esas or­ganizaciones. Si en toda vuestra misión no tenéis más que lo suficiente para un solo quorum de élderes, os instamos a que los organicéis en quorum con su presi­dencia, aunque su asociación se efectúe únicamente por medio de correspondencia, para que así nazca la sen­sación de pertenecer a un quorum en la hermandad del reino. Si no hay suficientes poseedores del sacerdocio para organizar un quorum, por ejemplo, digamos que sólo tenéis siete, ocho o diez setentas o un número igual de sumos sacerdotes, sugerimos que con los setentas forméis una unidad v que nombréis un presidente de esa unidad, alguien que se haga cargo de cuidar a aquel corto número de setentas, hasta que llegue el día en que haya más de medio quorum. Os aconsejamos a que no recomendéis la formación de quórums hasta que tengáis una mayoría, por ejemplo, cuarenta y nueve élderes, treinta y seis setentas. Vuestros sumos sacerdotes, aunque pocos en número, pueden ser or­ganizados en un quorum de toda la misión. En caso de que sean sumamente pocos, quizá cuatro, cinco o seis, en algunos lugares el presidente de la misión ha recomendado que su consejero civil o miembro local—quizá como el de la misión del hermano Smith, por ejemplo, si es sumo sacerdote—también sea nombrado Presidente del Quorum de Sumos Sacerdotes, y así, al viajar pol­la misión, puede cuidar de este corto número de sumos sacerdotes.

Frecuentemente tenemos presidentes de misión que nos están instando a que los élderes que han sido fieles por largo tiempo en la Iglesia, los ordenemos sumos sacerdotes. Os pedimos que consideréis que de mayor importancia que poseer determinado oficio en el sacerdocio es la asociación que se puede hallar cuando pertenecen a un quorum de hombres que po­seen ese mismo oficio del sacerdocio. Si tenemos en una misión solamente uno o dos que son sumos sacer­dotes, ¿no veis cómo en cierto respecto los apartamos de la fraternidad o hermandad del quorum, en el cual pudieron haber tenido una asociación mucho más ex­tensa en el sacerdocio, si hubiesen continuado en el quorum de élderes? Por otra parte, si hubiere una razón apremiante para proceder en forma contraria, el presi­dente de misión recomendará a la Primera Presidencia que determinado hermano sea ordenado sumo sacer­dote, teniendo presente y explicando las razones para ello, y entonces la Primera Presidencia estudiará la solicitud. Si concuerdan con vuestra recomendación, podrán referir el asunto al siguiente visitante de entre las Autoridades Generales o quizá al supervisor de vuestra región, según sea el caso bajo nuestro plan actual, y si la recomendación viene de él en forma semejante, entonces tal vez se autorice a alguien para efectuar la ordenación.

La Primera Presidencia se inclina a disuadir, y hemos sido instruidos al respecto, la ordenación de un hombre a un oficio mayor, como se acostumbra creer, cuando de hecho no es un oficio mayor; y a menos que sea llamado a un puesto que le exija poseer ese oficio en el sacerdocio, sería mejor que permaneciera como élder, la gran reserva del sacerdocio en la misión, para que pueda realizarse más cabalmente la hermandad que se describe en nuestro manual.

La fuerza de la Iglesia es el sacerdocio, y las organizaciones de la Iglesia no son sino ayudas del sacerdocio. Esto coloca a los quórums del sacerdocio en una posición dirigente. Deben ser conducidos con tal habilidad, prestar tal servicio y ser con­curridos con tal fidelidad, que servirán de ejemplo a todas las organizaciones de la Iglesia. Si por necesidad un hombre tu­viere que elegir entre la lealtad a su quorum de sacerdocio y alguna otra organización de la Iglesia, por buena que sea, su deber será para con el quorum. (Improvement Era de 1937)

Quizá sea necesario explicar la afirmación anterior. Por ejemplo, en aquellos casos en que los hermanos son llamados para dirigir el Sacerdocio Aarónico, las Autori­dades Generales han recomendado que estos hermanos sean dispensados en la hora en que se efectúan las reuniones de su quorum de sacerdocio, pero que pro­curen asistir a sus reuniones mensuales de negocios aunque en otros domingos tengan que ausentarse de sus clases de sacerdocio. El estado final que pueden alcanzar estos quórums queda sugerido en esta afir­mación del presidente Joseph F. Smith:

Esperamos ver el día cuando todo concilio del sacerdocio, en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, entenderá sus deberes, asumirá sus propias responsabilidades, magnificará sus llamamientos y cumplirá con su puesto en la Iglesia hasta el máximo grado, de acuerdo con la inteligencia y habilidad que posea. Cuando llegue ese día, no habrá tanta necesidad del trabajo que hoy están efectuando las organiza­ciones auxiliares, porque los quórums regulares del sacerdocio lo estarán llevando a cabo.

Tenemos en la actualidad un comité que está trabajando en cierto aspecto—que en días pasados podía considerarse como auxiliar—cuyo objeto es precisa­mente aquello de que estaba hablando el presidente Joseph F. Smith; y cuando rindan el informe de su estudio que ahora se está llevando a cabo en ciertas Estacas de la Iglesia que hemos seleccionado, quizá hallaréis que se está aplicando este mismo principio y que una coordinación del sacerdocio desempeñará la obra que en lo pasado habíamos estado efectuando por medio de una organización auxiliar así llamada.

¿Cuál es el propósito de un quorum de sacerdocio? Quisiera leeros dos pasajes de las Escrituras. En la Sección 84, el Señor dijo:

Por tanto, ocupe cada hombre su propio oficio, y trabaje en su propio llamamiento; y no diga la cabeza a los pies que no tiene necesidad de ellos; porque sin los pies, ¿cómo podrá levantarse el cuerpo?

También el cuerpo tiene necesidad de cada miembro, para que todos se edifiquen juntamente, para que el sistema se con­serve perfecto. (Doc. y Con. 84:109, 110)

Y en otra revelación el Señor declaró:

Os he dado los puestos ya mencionados, junto con sus llaves correspondientes, por auxilios y gobernaciones, para la obra del ministerio y la perfección de mis santos.

Y os doy el mandamiento de llevar a cabo todos estos nombramientos, y aprobar o desaprobar en mi conferencia general los nombres de los que yo he mencionado. (Doc. y Con. 124:143, 144)

Este método, como vosotros comprenderéis, es el sistema que habéis aprendido a seguir en las Estacas, y habéis visto cómo el presidente Gerald G. Smith ahora está desarrollando su sacerdocio en la Misión de les Estados del Este. Antes que él llegara a la misión, no habíamos adelantado mucho en el desarrollo del sacer­docio. A lo que su predecesor había hecho con las organizaciones auxiliares, el nuevo presidente ha agre­gado el Comité del Sacerdocio, bajo la dirección de uno de sus dos consejeros locales que tiene, y a este hombre y sus compañeros él ha dado la responsabilidad de adiestrar a los miembros del sacerdocio, mientras que el otro consejero y las mesas directivas de la mi­sión instruyen a los que dirigen las organizaciones auxi­liares. Podéis ver en qué forma puede extenderse cuando comienza su desarrollo.

Llegué al Consejo de los Doce Apóstoles cuando el hermano Clawson era nuestro presidente—digo esto para que sepáis que estoy empezando a sentir mi edad. Guardaba en su oficina un libro de apuntes algo inte­resante. Usted se acordará de él, presidente Smith, su “Libro de Decisiones”, como él lo llamaba. En una de estas decisiones, fechada en octubre de 1922, encontré esto:

Los que reciben el sacerdocio por ordenación, así el de Melquisedec como el Aarónico, son organizados en quórums a fin de que los de edad mayor, así como los jóvenes, reciban ins­trucciones y se familiaricen con el orden del sacerdocio que poseen, sus llaves y autoridades; el campo de acción de cada quorum y sus limitaciones. El método que se emplea para dirigir las reuniones del quorum siempre debe incluir este propósito.

Pues bien, hermanos, si podéis percibir el significado de lo que él está diciendo, me parece que vale la pena repetirlo: “Aquellos que reciben el sacerdocio por or­denación.” Podrá haber ocasiones, como lo indicó el presidente Fyans, en que uno se siente inspirado a prescindir de la regla, y tomar a un hombre que apenas tiene cinco semanas de ser miembro de la Iglesia y or­denarlo élder. Por regla general no haríamos tal cosa a menos que fuésemos impulsados por el Espíritu, por­que si el hombre progresa de un grado a otro: diácono, maestro, presbítero y entonces élder, será orientado “a fin de que los de edad mayor, así como los jóvenes, reciban instrucciones y se familiaricen con el orden del sacerdocio que poseen, y sus llaves y autoridades, el campo de acción de cada quorum y sus limitaciones.”

Si no hubiese ninguna otra razón, ¿veis cómo es benéfico que todo hombre pase por cada uno de los grados del sacerdocio, aunque sea por un tiempo com­parativamente breve?; y a vosotros toca determinar la rapidez con que se le ascenderá en el sacerdocio.

Me he referido ya a los quórums y unidades, como son llamadas. Algunas veces, cuando damos a la Iglesia un programa nuevo, por ejemplo, un programa de re­actividad, vosotros los presidentes de misión decís; “¿Y por qué se han olvidado de nosotros?”

Pues nos hemos olvidado por la misma razón que las Mesas Directivas Generales de las organizaciones: auxiliares no tienen la obligación de celebrar conven­ciones en la misiones, porque todo lo que tenemos tiene que ser cernido por vosotros y vuestros ayudantes del sacerdocio en la misión. Lo que tratamos de hacer es ver de que cada uno de vosotros, y si el presi­dente Moyle y el presidente Brown concuerdan con esto, me parece que jamás deberíamos presentar un programa a las Estacas sin enviar una copia a las mi­siones y preguntarles si desean utilizarlo.

Por ejemplo, el hermano Mark E. Petersen halló que se puede hacer tal cosa en la reunión que celebró con la Primera Presidencia el otro día, en la que se discutió el programa de Firesides o “Charlas” para el año entrante, en el cual el hermano Howard W. Hunter del Consejo de los Doce Apóstoles será el orador. Se ha preparado una serie de clisés sobre los varios temas que se propondrán. El hermano Petersen, no queriendo perder la amistad de vosotros, preguntó si no podía darse también a las misiones y el Presidente dijo que no había razón para que no se hiciera, y entonces preguntó acerca de la traducción a los varios idiomas, y el Presidente dijo que no había motivo para que no se tradujeran, aunque la voz de otra persona repita lo que el hermano Hunter diga en inglés, para que así toda misión pueda tener el mismo programa que estamos dando a las Estacas.

Lo que proponemos hacer, y habéis escuchado al hermano Moyle decir que así lo desea el Presidente, es daros de aquí en adelante todo programa que envie­mos a las Estacas, y os preguntaremos si queréis que os enviemos copias adicionales. A menos que lo soli­citéis, no haremos más. Pondremos esto en vuestras manos y esperaremos que nos digáis si satisface vuestra necesidad particular en determinada época. Tal vez algunos de estos programas serán algo que no tenga ninguna aplicación.

Quisiera llamar vuestra atención a ciertos progra­mas de reactividad. Al referirme a la reactividad, quisiera que pensarais en lo que significa reactivar a un miembro.

Reactivamos a un miembro desde el día de su bau­tismo, ¿hasta cuándo? Os decimos que vuestro pro­grama de reactividad no debe cesar hasta que tal per­sona haya entrado en el templo.

Opinamos que desde el día de su bautismo hasta que entra en el templo constituye el período en que debemos estar interesados en obrar con esa persona. Si no llega hasta ese punto, nosotros no lo considerare­mos como reactividad completa en la Iglesia.

Hemos estado preparando varios programas, por ejemplo, escuelas para personas mayores de 21 años del Sacerdocio Aarónico, con sus esposas, en las que pasan por un estudio de doce semanas bajo un maestro competente, siguiendo un curso prescrito que la ofi­cina del Obispado Presidente ha preparado. Tenemos un programa semejante para los élderes, principalmente para los élderes inactivos y sus esposas, así como al­gunas ideas para reclutar a los que deben venir.

Asistí a unas de estas primeras escuelas en una de las Estacas—me parece que fue la Estaca de Grant—y el local estaba lleno. Cuando felicité al miembro del Alto Consejo, me contestó que estaba muy desilusionado porque 800 personas se habían comprometido a ir y sólo habían concurrido 400. Le pregunté cómo los ha­bía reclutado y me dijo que literalmente habían vendido el programa, y los habían hecho firmar, como si estu­vieran comprometiéndose para cursar una materia en la Universidad. No se conformaron con hacer un anun­cio en la reunión, sino que enviaron a las casas para informar a la gente cuál era el objeto de la clase, los temas que se iban a presentar, la sociabilidad que ha­bría allí y la graduación; y entonces se sintió desani­mado cuando únicamente la mitad de los que se habían comprometido estuvieron presentes. Se pusieron a tra­bajar con la otra mitad, y dentro de poco no cabían en un solo lugar y tuvieron que preparar dos o tres sitios donde reunirse.

Lo estamos haciendo con los élderes y sus esposas, así como con los miembros mayores del Sacerdocio Aarónico y sus esposas. Este es el programa que de­seamos ver que se continúe. No hay razón porque no se pueda continuar, por lo menos en vuestras ramas más grandes. Lo hemos llamado el “Método Misionero Personal”; y según este sistema, se nombra a un hombre activo para que trabaje con los miembros inactivos so­bre una base de amistad—un hombre de la misma edad y tal vez del mismo oficio, los mismos gustos, afición por las mismas diversiones—y estos dos, el activo con­duciendo al inactivo, los dos con los mismos pensa­mientos, por último incorporan al miembro inactivo y su familia en el cuerpo de participación activa.

El programa de “Alcohólicos Anónimos”. —El her­mano Cowley solía decirnos que todo quorum del sacerdocio de la Iglesia debería ser semejante al grupo de los Alcohólicos Anónimos, porque todos tenemos hombres que fuman y beben, los cuales necesitan ayu­da antes que puedan vencer sus vicios; y que no debía­mos ser una organización que dice a un hombre que implora ayuda: “Vaya y hágase miembro de los Alco­hólicos Anónimos.” Al contrario, debemos decir: “Ven­ga usted al quorum del sacerdocio y nombraremos a uno de nuestros miembros que tenía estos hábitos para que trabaje con usted, y nosotros le prestaremos ayuda con el poder del sacerdocio hasta que haya dominado este vicio.”

El programa de “Cumple con tu Familia”.—El her­mano Petersen ha hecho algunas investigaciones y ha descubierto que en las Estacas de la Iglesia, de las pri­meras veinticinco que muestran la mayor asistencia, han estado presentes hasta el 50 y 60 por ciento de aquellos a quienes se ha presentado este programa de “Cumple con tu Familia”, en el que se emplean ilus­traciones sobre un libro triangulado y folletos, los cuales se leen al marido y su mujer, y se quedan con ellos para estudiarlos; y a la siguiente semana vuelven los misioneros y discuten un parte de los temas por segunda vez y luego por tercera vez; y entonces infor­man al Obispo el cual envía a los directores de sus organizaciones auxiliares a que interesen a esta familia en lo que la Primaria puede hacer por la madre que tiene niños pequeños, en el programa de la A.M.M. o la Escuela Dominical.

El hermano J. Golden Kimball dijo algo que mu­chas veces hemos repetido: “Esta Iglesia tiene que ser tan versátil, que habrá lugar en ella para que trabaje todo élder que fuma y todo setenta que toma.”

Nosotros opinamos que aunque al principio tal persona despida un olor no muy grato, debemos hallarle un puesto donde pueda funcionar hasta que huela me­jor.

Reuniones de casa para las familias inactivas. El hermano George Q. Morris y yo estábamos organizando una Estaca nueva en Boise. Nos hablaron acerca de un hombre que había efectuado una obra magnífica con los hermanos mayores de edad del Sacerdocio Aarónico, y le preguntamos cómo lo había efectuado:

Fue muy sencillo—dijo. —Cuando hallamos a estos hombres inactivos, descubrimos que sabían tanto del evangelio como si hubiesen nacido en un continente inculto, y decidimos que si íba­mos a activarlos, tendríamos que convertirlos. De manera que enviamos algunos miembros del Comité Especial de Reactividad —fijaos en el nombre que adoptaron para no confundirse con la obra de los misioneros de la estaca—para que aprendieran el nuevo plan misional, así como lo hacen los élderes con los que no son miembros, y pedimos al presidente de la misión que les enseñara el nuevo plan y entonces los enviamos de dos en dos para celebrar reuniones en casa con estas familias inactivas e hicimos todo lo que se hace con uno que no es miembro menos pedirle que se bautizara.

Y tal vez no habría sido mala idea haberlo hecho en algunos casos, por lo menos en un sentido espiritual, pues probablemente se habían olvidado por completo de su bautismo anterior.

El presidente McKay nos ha dicho en nuestra dis­cusión que debemos dar a toda Estaca el programa completo de la Iglesia, no importa que tan lejana esté. El presidente Moyle ha dicho que tiene la misma opi­nión respecto de las misiones y que se os debe dar todo cuanto podáis asimilar de esos programas. Por consiguiente, os enviaremos copia de cualquier pro­grama que originemos y entonces podéis decirnos si es lo que necesitáis o si queréis alguna otra cosa, y procuraremos proveeros lo que necesitéis.

Ayer se llevó a cabo una discusión algo extensa sobre los proyectos del Plan de Bienestar para los quórums del sacerdocio. El presidente Moyle me pi­dió que dijera algo sobre ello, y le indiqué que tal vez podía reservar mis comentarios para esta ocasión. Qui­siera llamar la atención a una o dos cosas solamente. Probablemente lo que tenga que decir acerca de la obra del Plan de Bienestar en las misiones, y esto prin­cipalmente entre los quórums del sacerdocio, debería indicar lo que no debemos hacer más bien que lo que debemos hacer.

Al principio del Plan de Bienestar, el presidente McKay frecuentemente decía que era un programa de limitaciones y que solamente obrábamos dentro de determinados linderos. Si nos salíamos de ese círculo estábamos en error.

He aquí, sin embargo, algunas de las cosas que se pueden hacer en las misiones: Buscar trabajo para los que están desocupados; ayudar a los miembros en épocas de adversidad. Un miembro del quorum se en­ferma. ¿Quién va a ordeñar las vacas de José? ¿Quién le va a recoger su cosecha? ¿Quién va a hacer esto, y quién va a hacer aquello? Se incendia la casa de uno de los miembros . . . sería magnífico enseñar a vuestros miembros nuevos del sacerdocio la manera de reha­cerse, más bien que ir a pedir ayuda a la Beneficencia Pública.

Animadlos para que guarden algo para una emer­gencia, en los hogares individuales. Esto significa en­señarles a ahorrar, a ser frugales y a evitar las deudas. Ciertamente éste es un programa que debemos fomen­tar en todas partes. Cuando lleguéis a ser Estacas en­tonces determinaremos hasta qué grado estáis prepa­rados para llevar a efecto el programa completo del Plan de Bienestar; pero no como distritos que apenas empiezan a crecer y no tienen lo que nosotros opinamos suficiente para iniciar el programa completo.

Sin embargo, encontré en una misión algo inge­nioso, y no vayáis a creer que os estoy dando instrucciones. En una de estas misiones hicieron una lista propuesta de alimentos o comestibles para alimentar a una familia de tamaño regular durante dos semanas. Proyectaron dos variedades en caso de que los gustos fueran diferentes, así que recomendaron una variedad de alimento “A” para dos semanas y también una varie­dad “B”. Entonces sugirieron que la mitad de las fami­lias de la Rama apartaran suficientes alimentos de la variedad A para dos semanas, y la otra mitad de las familias la variedad B. Cuando el Presidente de la Rama llegaba a tener una familia necesitada, invitaba a la familia de Juan Sánchez a que contribuyera su abastecimiento de dos semanas y también a la familia de Pablo García que le entregara su abastecimiento de la variedad B, con lo que se proveía de alimentos de dos clases a la familia necesitada por un mes. Por supuesto, aquello constituía su contribución al Plan de Bienestar, y entonces empezaban a reponer lo que habían donado.

La siguiente vez que tenía una familia necesitada, se comunicaba con otra familia del grupo A y otra del grupo B, o tal vez dos familias de cada grupo, si la necesidad era mayor, y entonces éstos empezaban a reponer lo que habían contribuido. Y en caso de haber otra necesidad, continuaba haciendo solicitudes en esta forma hasta que todas las familias de la Rama habían tenido el privilegio de contribuir algo de su propio abastecimiento. En un respecto, como podéis ver, fue una distribución de lo almacenado en casa a las fami­lias necesitadas, de conformidad con el Plan de Bien­estar. Vuelvo a repetir, no os estoy dando instrucciones, meramente os estoy diciendo lo que algunos de vos­otros habéis hecho ya.

La experiencia ha dictado estos varios programas de actividades: Visitas por los directores—ésta es la manera en que los hacemos volver-fiestas sociales; cartas a los miembros que se hallan ausentes; proyectos de carácter personal, en una forma como la que he estado sugiriendo. Tenéis la meta por delante: Todo miembro ocupado en algo, como lo dijo el hermano J. Golden Kimball, y la responsabilidad de estudiar y en­señar el evangelio.

El presidente Moyle dijo algo en la sesión inau­gural de estas reuniones. Expresó la esperanza de que alguien recomendara que se diera el sacerdocio lo más pronto posible a los nuevos Convertidos después de su bautismo, de acuerdo con su dignidad. Salí de la re­unión preguntándome a mí mismo: “¿Por qué es im­portante conferirles el sacerdocio casi simultáneamente con su bautismo?” Y éstas fueron las respuestas que vinieron a mí mientras pensaba en ello:

Se define el sacerdocio como el poder de Dios dado al hombre para obrar por El en todas las cosas relacionadas con la salvación de los hombres—y a esto debo añadir—dentro de las limitaciones de cada in­vestidura y autoridad por la imposición de manos. Pues bien, si conferirles el sacerdocio es darles el poder de Dios para obrar por El, y entonces damos esa facul­tad a un miembro recién bautizado, ¿qué efecto surte ello en éste?

Aumenta su potencia individual sobre sí mismo, sobre sus fuerzas naturales para combatir con éxito los poderes del adversario, y todos vuestros convertidos nuevos lo necesitan, ¿verdad? Le da la fuerza para conservar su lugar a la cabeza de su propia familia, para resolver sus problemas familiares. Le da el poder para influir en sus amigos y parientes a fin de que acepten el evangelio; y podía extenderme mucho más, pero basta decir, repitiendo lo que expresó Truman O. Angelí, que el símbolo se halla en las torres o debajo de las torres occidentales: “Es por medio del sacerdocio de Dios que los que se han extraviado pueden hallar su camino”, dándoles el sacerdocio, si halláis a un hom­bre que es digno de ser bautizado. No podemos com­prender muy bien, desde aquí por qué no se puede dar, casi simultáneamente al varón convertido, mayor de 12 años de edad, el primer grado del sacerdocio, diácono, y entonces conforme lo merece y es digno de ello, ascenderlo por la escalera hasta que por fin entra en el templo.

Y ahora una palabra más sobre el asunto de dar el sacerdocio a los hombres que pertenecen a logias secretas o fraternales. Me hallaba en una misión donde había habido una mala interpretación. Se trataba de un hombre capaz, y en un país donde necesitaban los servicios de tal persona; pero alguien había entendido que no podía recibir el sacerdocio ni ejercerlo, por­que era masón; y se afirmaba que había algunas cartas de instrucción de la Primera Presidencia o del presi­dente José Fielding Smith que los autorizaba para no conceder el sacerdocio o sus actividades a este hom­bre. Cuando les dije que quería ver la carta a la cual se estaban refiriendo, ni la carta del presidente Smith ni la carta de la Primera Presidencia decían tal cosa. Esto era lo que decía en sustancia:

“Si hubiere un hombre, y con frecuencia hallaréis a uno de estos hombres de habilidad que es miembro de alguna logia, ya sea masón o miembro de otra sociedad, pues bien, la pregunta que debéis hacer a tal persona es ésta: ‘No estoy interesado en lo que usted ha sido, pero sí en lo que va a ser desde hoy en adelante.’”

Hay ocasiones en que hallamos a un hombre que ha sido activo. Si comprende y verdaderamente se ha convertido, podemos decirle: “Bien, si nos puede ase­gurar que va a ser leal, ante todas las cosas, a su sacer­docio y a la Iglesia, y que dejará todas sus actividades fraternales—y algunos de ellos insisten en que deben continuar como miembros por motivo de la seguridad que les proporciona—si lo hace o no es asunto suyo, pero si está dispuesto a decirnos que su lealtad será primeramente para la Iglesia, le daremos el sacerdocio y actividad completa según su dignidad.”

El presidente Grant solía decirnos que había re­clutado a uno de estos hombres, miembro activo de la logia masónica. Cuando el presidente Grant le co­municó a esta persona que iba a ser presidente de una organización, el hombre le puso el inconveniente de que era masón del grado 32. El hermano Grant le contestó la misma cosa: “No estoy interesado en lo que usted ha sido, sino en lo que será desde hoy en adelante.” Y aquel hombre le prometió que cesaría su participación activa y desde ese día entregaría su leal­tad a la Iglesia. No se puede servir a dos amos, así que os decimos, usad a estos hombres, y probablemente al usarlos, gradualmente los alejaréis de aquello que no os parece bien a algo mejor, por motivo de su conver­sión.

Así pues, presidente Moyle y hermanos, en pocas palabras, tan brevemente como me ha sido posible ex­presarlo, es como yo entiendo el programa del sacer­docio en las misiones, a fin de que por medio del Sacer­docio de Dios aquellos que se han extraviado puedan hallar su camino. Hay fuerza en el sacerdocio, y creo que cuanto me resta hacer es leer de nuevo parte de lo que dijo Brigham Young:

El hombre que tiene participación en el sacerdocio y se mantiene fiel a su llamamiento, que se deleita constantemente en hacer las cosas que Dios requiere de sus manos y durante su vida continúa cumpliendo con todo deber, logrará para sí no sólo el privilegio de obtener, sino el conocimiento para recibir las cosas de Dios y poder conocer su voluntad continuamente; y podrá discernir entre el bien y el mal, entre las cosas de Dios, y las cosas que no son de Él. Y el sacerdocio, el espíritu que está dentro de él, continúa aumentando hasta que llega a ser una fuente de agua viva; hasta que es semejante al árbol de la vida; hasta que se convierte en una fuente inagotable de inteli­gencia e instrucción para tal hombre.

Esta es la razón principal por la que os estamos instando a fomentar el sacerdocio y su diseminación entre todos los varones poseedores del sacerdocio en vuestras misiones, y ruego a Dios que podáis establecer vuestra organización y desarrollarla para que sea el corazón, el centro de la fuerza de la Iglesia, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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