Ven, sígueme – Doctrina y Convenios 129–132

Ven, sígueme
Doctrina y Convenios 129–132
10 – 16 noviembre: “He visto tus sacrificios al obedecer”


Entre 1841 y 1844, la ciudad de Nauvoo se convirtió en el escenario de algunas de las revelaciones más elevadas del Evangelio restaurado. Era un período de esplendor espiritual, pero también de grandes pruebas personales para el profeta José Smith y los santos.
En medio de persecuciones, calumnias y tensiones políticas crecientes, el Señor seguía revelando luz sobre los temas más sagrados del plan eterno. Cada una de estas secciones —129, 130, 131 y 132— revela una faceta del sacrificio que implica obedecer la voz de Dios a toda costa.

D. y C. 129: El discernimiento espiritual: En 1843, José Smith enseñó a los santos cómo discernir la naturaleza de los mensajeros celestiales. No era una curiosidad doctrinal, sino una revelación nacida del sacrificio espiritual.
El profeta había sido acosado por espíritus engañadores y por falsos mensajeros que pretendían imitar la luz divina. Su búsqueda ferviente de pureza y verdad llevó a esta instrucción:

“Cuando un mensajero se te aparezca… ofrécele la mano y pide que la estreche.”
Era una enseñanza que mostraba la necesidad de estar dispuestos a obedecer con exactitud las leyes del cielo —aun en los detalles más finos— para no ser engañados. José había aprendido, literalmente, que la obediencia era protección.

D. y C. 130: La recompensa de la obediencia: Unos meses más tarde, en abril de 1843, mientras viajaba con los santos en Ramus, Illinois, José compartió principios que hoy componen la sección 130. Allí enseñó que la obediencia a los mandamientos trae conocimiento, gloria y progreso eterno:

“Lo que aprendemos en esta vida nos acompañará en la resurrección.”
Estas enseñanzas reflejaban su constante sacrificio de tiempo y energía en buscar luz y conocimiento.
El Señor veía esos sacrificios y, como si respondiera a ellos, le concedía mayor entendimiento: sobre la naturaleza de Dios, sobre la obediencia celestial, y sobre la promesa de “gloria sobre gloria” para los fieles.

D. y C. 131: El precio de la exaltación: En mayo de 1843, en Ramus, José enseñó que la obediencia a las leyes eternas es el requisito para la exaltación más alta.

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados… y para obtener el más alto, el hombre debe entrar en este orden del sacerdocio [el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio].”
El sacrificio aquí ya no era solo personal, sino familiar y eterno. José estaba introduciendo a los santos a las leyes más elevadas del reino celestial, leyes que requerían pureza de corazón, fidelidad absoluta y la disposición de someter la propia voluntad a la de Dios.

D. y C. 132: El sacrificio supremo de la obediencia: En julio de 1843, José dictó a su escriba, William Clayton, la revelación que se convertiría en la sección 132. Era una de las más profundas y difíciles: la doctrina del matrimonio celestial y del convenio eterno.
Esta revelación fue dada en respuesta a una pregunta sobre Abraham, Isaac y Jacob, y sobre cómo alcanzaron su exaltación.
Pero detrás de cada palabra hay una historia de sacrificio, obediencia y sufrimiento.
José sabía que la instrucción de Dios traería incomprensión, oposición e incluso odio. Y sin embargo, obedeció.
En los meses siguientes soportó la traición de amigos cercanos, la división en la Iglesia y el peso de la incomprensión pública.
Pero el Señor lo consoló con estas palabras implícitas en el tema que propones:

“He visto tus sacrificios al obedecer.”
Era una promesa de que ningún sacrificio hecho en obediencia pasaría inadvertido ante Dios.

El contexto de Doctrina y Convenios 129–132 es, en esencia, la historia de un profeta y un pueblo que aprendieron que obedecer al Señor, aun cuando el precio sea alto, abre las puertas del cielo.
En cada revelación, Dios parecía decirle a Su siervo:

“He visto tus sacrificios al obedecer; ahora te revelaré cosas mayores.”
Así, el camino de Nauvoo se convirtió en un altar de consagración, donde la obediencia y el sacrificio se fundieron en el amor perfecto que une al hombre con Dios.


Doctrina y Convenios 130–132
Dios quiere exaltar a Sus hijos.


Entre los últimos años de la vida del profeta José Smith, el Señor reveló algunas de las verdades más sublimes sobre Su naturaleza y sobre el destino eterno de Sus hijos.
En Nauvoo, en medio de oposición y tribulación, el cielo se abrió para enseñar a la Iglesia que la finalidad del Evangelio no es simplemente salvar, sino exaltar; no solo redimir del pecado, sino elevar al hombre hasta la gloria divina.

Las secciones 130, 131 y 132 son una progresión natural de esa verdad eterna: el hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, pueden llegar a ser como Él si obedecen y hacen convenios santos. En cada revelación se percibe la voz de un Padre amoroso que dice:

“Hijo mío, hija mía, quiero darte todo lo que tengo.”

¿Qué aprendo sobre Dios?
1. Dios es un Ser real y glorificado: En Doctrina y Convenios 130:22 aprendemos que el Padre y el Hijo poseen cuerpos de carne y huesos, tan tangibles como los nuestros.
Esta revelación rompe la distancia entre lo divino y lo humano. Dios no es una fuerza abstracta, ni una energía sin forma: es un Padre literal, con un cuerpo perfecto y glorioso, que invita a Sus hijos a llegar a ser como Él.

Saber esto cambia nuestra manera de entender la adoración: no oramos a un misterio, sino a un Padre real que entiende las limitaciones y los anhelos de Sus hijos porque Él mismo nos ha formado a Su semejanza.

“El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo.” (D. y C. 130:22)

2. Dios es un Maestro que recompensa el esfuerzo: El Señor declara que la inteligencia que adquiramos en esta vida nos acompañará en la resurrección (D. y C. 130:18–19).
Dios desea que Sus hijos aprendan, progresen y desarrollen todo su potencial. Cada verdad descubierta, cada principio obedecido, cada acto de fe suma luz a nuestra alma.
El conocimiento, en el plan de Dios, no es solo intelectual, sino espiritual: significa comprender la realidad de las cosas eternas.

Así comprendemos que Dios no impone gloria; Él la otorga a quienes la buscan con diligencia y obediencia. Su amor es perfecto, pero Su reino es para los que se preparan para recibirlo.

¿Qué aprendo sobre la vida después de la vida terrenal?
1. La vida eterna es una continuación de la vida celestial que empezamos aquí: Doctrina y Convenios 131 enseña que la exaltación no es automática ni uniforme; hay grados de gloria, y la gloria celestial misma contiene niveles.
El grado más alto está reservado a quienes entran en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, sellados por la autoridad del sacerdocio.
Esto nos revela que el cielo no es simplemente un destino, sino una relación eterna. La vida eterna significa vivir la clase de vida que Dios vive: una vida de unión, creación, servicio y amor perfecto.

“Para obtener el más alto [grado], el hombre debe entrar en este orden del sacerdocio [el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio].” (D. y C. 131:2)

2. El amor eterno es parte del plan divino: Doctrina y Convenios 132 amplía esta visión: el matrimonio eterno no es una invención moderna, sino la ley del cielo.
El Señor explica que todo convenio hecho por Su autoridad permanece después de la muerte. Así, los vínculos familiares pueden trascender el sepulcro.
La vida después de la vida no es soledad, sino comunión: los fieles no solo heredan “mansiones” sino también familias eternas, tronos y reinos, porque heredan la misma gloria del Padre.

“Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por tanto, serán de la misma plenitud y gloria.” (D. y C. 132:20)

Esta es la doctrina central de la exaltación: Dios no solo desea que Sus hijos estén con Él, sino que sean como Él —que participen de Su poder creador, de Su amor perfecto y de Su gozo infinito.

¿De qué modo esta información sobre la vida eterna bendice mi vida ahora?
1. Da propósito a la obediencia: Cuando comprendo que Dios quiere exaltarme, la obediencia deja de ser una obligación y se convierte en un privilegio.

Cada mandamiento, cada convenio, cada sacrificio tiene un propósito eterno. Ya no obedezco solo para evitar el castigo, sino para prepararme para la gloria.
Las leyes de Dios dejan de parecer restricciones y se revelan como instrucciones para alcanzar la libertad divina.

Como dijo el presidente Lorenzo Snow: “Así como el hombre es, Dios una vez fue; y así como Dios es, el hombre puede llegar a ser.”

Cada acto de fidelidad, cada esfuerzo por mantenernos puros, cada vez que elegimos la fe sobre la duda, nos acerca más al tipo de ser que nuestro Padre desea que seamos.

2. Fortalece la esperanza en las pruebas: Saber que hay una vida después de esta, y que esa vida puede ser gloriosa, da sentido a nuestras pruebas actuales.
Las dificultades terrenales dejan de verse como castigos y se entienden como procesos de refinamiento celestial.
Los santos de Nauvoo comprendieron esta verdad: sus sacrificios —persecución, pérdida, incomprensión— eran parte de su preparación para la eternidad.
Así también nosotros podemos decir: “Dios ve mis sacrificios; Él quiere exaltarme, no solo salvarme.”

Esta perspectiva transforma el dolor en propósito y la espera en esperanza.

3. Fortalece la familia y las relaciones: Saber que los lazos familiares pueden ser eternos cambia la forma en que amamos.
El matrimonio deja de ser temporal; la paternidad, la maternidad y la hermandad adquieren significado eterno.
Comprender que las relaciones continuarán más allá del velo nos impulsa a vivir con más ternura, perdón y paciencia.

Las familias que viven esta doctrina hoy —que oran juntas, sirven juntas y hacen convenios juntos— están construyendo el tipo de vida que continuarán viviendo en la eternidad.

“He visto tus sacrificios al obedecer”
Dios quiere exaltar a Sus hijos. Esa es Su obra y Su gloria (Moisés 1:39).
Las secciones 130–132 son el testimonio más sublime de ese propósito divino.
En ellas el Señor abre las puertas del cielo y nos invita a entrar, no como siervos, sino como herederos.
Nos muestra que la vida eterna no es un premio, sino una relación de amor y fidelidad, una unión eterna con Él y con quienes amamos.

Al conocer la verdadera naturaleza de Dios y la magnitud de Su plan, podemos vivir con más confianza, más propósito y más esperanza.
Porque al obedecer, al sacrificar y al perseverar, el Señor también nos dice a nosotros —como le dijo a Su siervo en Nauvoo—:

“He visto tus sacrificios al obedecer…
y te preparo un trono eterno de gloria.”


Doctrina y Convenios 130:20–21; 132:5
Dios bendice a las personas que obedecen Sus leyes.


1. La ley eterna de causa y efecto: En Doctrina y Convenios 130:20–21, el Señor enseña un principio universal:
“Hay una ley irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones.”
“Y cuando obtenemos una bendición de Dios, es por obedecer esa ley sobre la cual está basada.”

Este pasaje revela que las bendiciones de Dios no son arbitrarias ni resultado de favoritismos divinos, sino el fruto natural de leyes eternas establecidas desde antes de la creación del mundo. Cada bendición tiene su causa correspondiente en la obediencia a una ley específica. Así como la ley de la gravedad gobierna el mundo físico, las leyes espirituales gobiernan el reino de Dios.

Dios no cambia ni actúa por capricho; Su justicia perfecta garantiza que la obediencia produce inevitablemente bendición, y la desobediencia trae la pérdida de privilegios espirituales. En este sentido, el universo espiritual está tan ordenado como el físico: cada resultado corresponde a una ley.

2. El orden celestial de la obediencia: Doctrina y Convenios 132:5 refuerza este principio con solemnidad:
“Porque todas las cosas que mi Padre ha puesto bajo su poder, y que no son por él sujetadas a la ley, son sin ley y no son de Dios.”

En otras palabras, todo lo que pertenece al orden celestial está regido por leyes divinas. La exaltación, las bendiciones del templo, la plenitud de la gloria celestial, todas dependen del respeto y la obediencia a las leyes que rigen ese orden. Nadie puede esperar heredar una bendición celestial si no vive de acuerdo con las leyes del cielo.

El Señor enseña que Su reino no se rige por emociones o preferencias, sino por convenios y obediencia. Esta perspectiva nos ayuda a entender que la verdadera fe no es solo creer, sino actuar conforme a lo que se cree. La obediencia se convierte en la manifestación más pura de la fe y del amor a Dios.

3. La obediencia como llave de la exaltación: En el contexto de estas revelaciones, la obediencia no se ve como una carga, sino como la llave que abre las puertas del poder divino. Cada ley celestial tiene un propósito formativo: refinar el carácter, fortalecer la fe, y hacernos semejantes al Padre y al Hijo. Cuando guardamos los mandamientos, no solo cumplimos una norma, sino que nos alineamos con la naturaleza misma de Dios.

El Señor ha prometido que toda persona que obedezca Sus mandamientos “prosperará en la tierra” (Mosíah 2:22) y que los fieles heredarán “todas las cosas” (D. y C. 76:55). Por tanto, la obediencia no limita la libertad; la amplía, porque nos armoniza con las leyes que rigen la plenitud de la vida eterna.

Saber que Dios bendice conforme a leyes eternas nos invita a vivir con confianza y responsabilidad. No dependemos del azar espiritual ni de la suerte divina; dependemos de nuestra fidelidad. Cada acto de obediencia—por pequeño que parezca—es una inversión en eternidad.

Al obedecer, recibimos no solo bendiciones futuras, sino también una transformación presente: paz, revelación, poder espiritual y un carácter más semejante al de Cristo. En este proceso descubrimos que las leyes de Dios no nos restringen, sino que nos preparan para la plenitud de Su gloria.

Dios desea bendecir abundantemente a Sus hijos, pero Su amor no anula Su justicia. Las bendiciones celestiales se obtienen por obedecer las leyes celestiales. Cada mandamiento, cada convenio, cada principio del Evangelio es una puerta hacia una bendición específica.

El mensaje central de estas revelaciones es claro: la obediencia fiel es la vía segura hacia las bendiciones de Dios. Cuando vivimos en armonía con Sus leyes, Su poder se manifiesta en nuestra vida, y Su gloria se convierte en nuestro destino eterno.


Doctrina y Convenios 132:13–21
El Padre Celestial hizo posible que las familias sean eternas.


Aquí, la frase “por el Señor” implica mucho más que una simple aprobación divina. Tiene un significado doctrinal, espiritual y eterno.

1. “Por el Señor” significa bajo Su autoridad y Su ley: En el contexto de esta revelación, hacer algo “por el Señor” es hacerlo bajo Su autoridad —es decir, mediante las llaves del sacerdocio que Él ha conferido.

El Señor mismo explica en los versículos siguientes (especialmente en el v. 18) que solo aquello que es “sellado por el Santo Espíritu de la promesa” y “por quien es ungido y autorizado” permanece después de la muerte.

Por tanto, los lazos matrimoniales “por el Señor” son los que se celebran y se sellan en el templo, bajo Su autoridad y conforme a Su ley eterna del matrimonio.
No basta con que haya amor o compromiso humano; debe existir una autorización divina que conecte esa unión con la eternidad.

2. “Por el Señor” significa conforme a Su voluntad y Su convenio: También puede entenderse que algo “por el Señor” es algo hecho en armonía con Su voluntad y Su convenio.

El Señor no solo autoriza las ordenanzas; Él también establece las condiciones sobre las que se basan. Un matrimonio “por el Señor” no se centra en la conveniencia, el interés personal o las expectativas sociales, sino en el deseo de cumplir el plan de Dios.

Las parejas que se casan “por el Señor” buscan Su aprobación, viven de acuerdo con Sus mandamientos y hacen de Su voluntad la guía de su relación. De esta manera, su unión se convierte en una extensión del amor divino y no simplemente en una relación terrenal.

3. “Por el Señor” implica Su participación directa: Cuando el Señor dice que algo debe hacerse “por Él”, significa que Él mismo participa mediante Su poder y Su Espíritu.

En un matrimonio eterno, el Señor es literalmente la tercera parte del convenio. La pareja se une entre sí, pero también con Dios.
Así, el matrimonio “por el Señor” no es solo entre dos personas, sino entre tres: el esposo, la esposa y el Señor.

Esa unión tripartita garantiza que la relación pueda resistir las pruebas, el tiempo y la muerte. El Espíritu Santo de la promesa ratifica esa unión, asegurando que perdure “por las eternidades de las eternidades”.

Decir que los lazos matrimoniales son “por el Señor” significa que:

  • Se realizan bajo Su autoridad (por las llaves del sacerdocio).
  • Se hacen conforme a Su ley y Su voluntad.
  • Están ratificados por Su Espíritu.
  • Y Él mismo participa como parte del convenio.

Solo de esa manera un matrimonio trasciende la mortalidad y se convierte en un vínculo eterno, preparado para continuar en la resurrección.

El matrimonio “por el Señor” nos recuerda que Dios no desea solo que seamos felices temporalmente, sino eternamente.
Cuando los esposos se sellan en el templo y viven fielmente sus convenios, su amor se convierte en algo más que una unión terrenal: se transforma en una parte viva del propio orden celestial del Padre Eterno.

El mensaje del presidente Dieter F. Uchtdorf, “Un elogio a los que salvan”, es profundamente simbólico. Al comparar el matrimonio eterno con los artículos “desechables” de la cultura moderna, él nos invita a mirar más allá de la mentalidad del “usar y tirar” que domina nuestro tiempo, y a abrazar el modelo celestial del amor duradero, fiel y redentor.

1. La cultura de lo desechable vs. el convenio eterno: El presidente Uchtdorf enseña que vivimos en una época en la que muchas cosas —y tristemente, muchas relaciones— se consideran reemplazables.

Cuando algo deja de ser “nuevo” o presenta defectos, se descarta en lugar de repararse.
En contraste, el Señor enseña que los lazos del matrimonio eterno no son objetos de consumo, sino convenios sagrados basados en amor, compromiso y sacrificio.

“Las relaciones felices no se construyen a partir de la perfección, sino del compromiso de seguir adelante juntos, a pesar de las imperfecciones.”

Esta distinción me enseña que cultivar una relación matrimonial no se trata de buscar a alguien perfecto, sino de aprender a amar perfectamente dentro de la imperfección, imitando al Salvador, quien “no desecha a nadie” (véase 3 Nefi 18:32).

2. “Salvar” en lugar de “reemplazar”: El presidente Uchtdorf elogia a quienes “salvan” —los que restauran, reparan y redimen lo que tiene valor.
En un matrimonio o en una familia, eso significa elegir la paciencia sobre la crítica, la misericordia sobre el orgullo y el perdón sobre la indiferencia.

El verdadero amor no consiste en evitar los problemas, sino en enfrentarlos juntos.
Así como el Salvador nos redime a pesar de nuestras debilidades, Él nos enseña a ver en los demás su potencial eterno, no solo sus defectos temporales.
En otras palabras, el amor eterno se construye al “salvar” —no al “desechar”— cuando aparecen las dificultades.

3. Prepararse para el matrimonio eterno: cultivar el carácter de Cristo: Si pienso en prepararme para una relación eterna, este mensaje me recuerda que debo desarrollar atributos del Salvador:

  • Humildad, para reconocer mis errores.
  • Paciencia, para acompañar el crecimiento del otro.
  • Lealtad, para permanecer firme en los convenios aun en tiempos difíciles.
  • Esperanza, para creer que las heridas pueden sanar.
  • Caridad, el amor puro de Cristo que nunca deja de ser (Moroni 7:47).

Prepararse para un matrimonio eterno no es buscar a alguien que me “complemente”, sino convertirme en alguien que ame como Cristo ama.
Así se cultiva una relación que no es desechable, sino santificada.

4. Esperanza en Cristo para las relaciones familiares: El mensaje del presidente Uchtdorf también ofrece una poderosa esperanza en Cristo.

Él enseña que incluso cuando las relaciones están rotas, el Señor puede sanarlas.
El Salvador no solo redime a las personas individualmente; Él redime familias, matrimonios y corazones heridos.

Su expiación tiene el poder de restaurar lo que parece perdido.
Nos da la esperanza de que ninguna relación es irrecuperable si invitamos a Cristo a ser el centro.
Él puede transformar el dolor en paciencia, el enojo en perdón y la distancia en unión.

“Con el Salvador, no hay finales sin esperanza. En Él, toda herida puede ser sanada, todo corazón puede ser restaurado y todo amor verdadero puede volverse eterno.”

El contraste que hace el presidente Uchtdorf me enseña que las relaciones eternas requieren reparación, no reemplazo; redención, no rechazo.
El matrimonio eterno —y cualquier relación familiar verdadera— florece cuando se fundamenta en el poder salvador de Cristo, en la voluntad de perdonar, servir y perseverar.

Y lo más esperanzador es que Cristo nunca se da por vencido con nosotros, ni con nuestras familias.
Su amor eterno nos asegura que, con fe y humildad, podemos construir relaciones que resistan el tiempo, la prueba y la eternidad.

Qué hermosa enseñanza del presidente Henry B. Eyring —una llena de esperanza, fe y consuelo eterno.
Su consejo: “Usted simplemente viva digno del Reino Celestial, y la situación de su familia será más maravillosa de lo que pueda imaginar,” encierra un principio doctrinal profundo sobre la fe en el plan del Padre Celestial, la confianza en la expiación de Jesucristo, y la paz que viene al perseverar fielmente, aun cuando las circunstancias familiares no son ideales.

1. El poder de la fidelidad personal: El presidente Eyring enseña que nuestra influencia eterna no depende de controlar a los demás, sino de mantenernos fieles nosotros mismos.

A veces nos angustiamos por las decisiones, el dolor o la distancia espiritual de nuestros seres queridos. Pero el Señor nos recuerda que una vida justa tiene poder redentor.

Cuando una persona vive de acuerdo con los convenios, esa luz irradia a su familia —aun cuando otros miembros no estén actualmente caminando por el mismo sendero.
La fidelidad personal atrae la presencia del Espíritu al hogar, fortalece los lazos invisibles del sellamiento y prepara el terreno para futuros milagros.

“Y tus hijos volverán de las tierras del enemigo” (Jeremías 31:16–17).

Así, el consejo del presidente Eyring nos ayuda a trasladar nuestra preocupación a la fe:
en lugar de intentar resolverlo todo, el Señor nos invita a vivir dignos y dejar que Su poder obre en el tiempo y la manera divinos.

2. La promesa implícita: Dios cuida de nuestras familias: El presidente Eyring no solo ofrece consuelo; ofrece una promesa.

Si una persona vive digna del Reino Celestial —es decir, guarda convenios, ama, sirve, perdona y persevera—, el Señor hará que las cosas resulten “más maravillosas de lo que pueda imaginar”.

Esa promesa refleja el amor y la justicia perfecta de Dios:
Él no permitirá que el sacrificio, la fidelidad ni las oraciones sinceras de un padre o una madre fiel sean en vano.
En Su debido tiempo, mediante el poder de los sellamientos y la expiación del Salvador, el Señor puede restaurar lo que ahora parece perdido.

“Los lazos familiares, cuando se sellan por la autoridad del sacerdocio, tienen fuerza más allá del velo; y el Señor promete que, si somos fieles, nada verdaderamente bueno se perderá para siempre.”

3. Esperanza en medio de la incertidumbre: Este consejo también nos enseña a confiar en el tiempo del Señor.

A veces los resultados no llegan de inmediato. Puede que pasen años, o incluso generaciones, antes de que se cumplan las promesas.
Pero el Evangelio enseña que el tiempo del Señor es eterno, y que Su obra con las familias no termina con la muerte.

Esa visión eterna cambia nuestra ansiedad en esperanza activa:
en lugar de preguntarnos “¿cuándo cambiará mi familia?”, podemos decir “seguiré fiel, y el Señor hará Su obra perfecta en Su debido tiempo.”

Si aplicamos el consejo del presidente Eyring, aprendemos que la mejor manera de ayudar a quienes amamos no es con presión, sino con ejemplo, oración y amor constante.
Al vivir dignos del Reino Celestial, nos convertimos en un canal del poder de Cristo dentro de nuestras familias.

Quizá alguien que conozcas —un hijo, un hermano, un cónyuge o un amigo— esté pasando por un momento de alejamiento o confusión espiritual.
Este consejo le puede recordar que su fidelidad no es inútil ni invisible para el cielo.
El Señor ve su sacrificio, su fe y su deseo de mantener los convenios. Y, como prometió el presidente Eyring, el resultado final será más maravilloso de lo que puede imaginar.

El mensaje del presidente Eyring nos enseña que la fe fiel de uno solo puede invitar milagros para muchos.
Nuestro deber no es resolver cada detalle, sino vivir dignos del Reino Celestial.
Cuando lo hacemos, el Señor nos asegura que, aunque hoy no veamos todas las respuestas, Él está obrando silenciosamente por el bienestar eterno de nuestra familia.

Y cuando llegue el día en que todo se revele, veremos con lágrimas de gozo que el Señor no olvidó ninguna oración, ningún esfuerzo, ni ningún acto de fidelidad.
La situación de nuestras familias, en Sus manos, será más maravillosa de lo que jamás podríamos imaginar.


Diálogo: “Las bendiciones vienen por obedecer las leyes de Dios”

Maestro: Hoy hablaremos de una enseñanza poderosa del profeta José Smith: “Hay una ley irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones.” (Doctrina y Convenios 130:20–21).
¿Qué creen que significa eso?

Sofía: Que Dios no da bendiciones al azar, sino que cada bendición tiene una causa. Si obedecemos una ley, recibimos la bendición que corresponde.

Maestro: ¡Exactamente! Así como el mundo físico obedece leyes naturales, el reino de Dios obedece leyes espirituales.
Si plantamos fe y obediencia, cosechamos poder espiritual. Si ignoramos las leyes de Dios, no podemos esperar Sus bendiciones.
¿Cómo les ayuda eso a ver la justicia de Dios?

Mateo: Me hace sentir que Dios es justo, que no tiene favoritos. Las bendiciones no dependen de suerte, sino de obediencia.

Maestro: En Doctrina y Convenios 132:5 el Señor dice que “todas las cosas que no son sujetadas a la ley son sin ley y no son de Dios.” ¿Por qué creen que el Señor dice esto?

Camila: Porque en Su reino todo funciona bajo orden y obediencia. Si algo no obedece Sus leyes, no puede ser celestial.

Maestro: Muy bien. La exaltación no se obtiene por deseo, sino por vivir según las leyes del cielo.
¿Qué diferencia hay entre creer en Dios y obedecer a Dios?

Sofía: Creer es tener fe en Él; obedecer es demostrar esa fe con acciones.
La obediencia muestra amor verdadero.

Maestro: Exacto. La obediencia no es esclavitud, sino la llave que abre el poder de Dios en nuestra vida.

Maestro: El Señor prometió que quien guarda Sus mandamientos “prosperará en la tierra” (Mosíah 2:22).
¿Qué significa prosperar espiritualmente?

Mateo: No solo tener éxito material, sino tener paz, revelación, amor, y sentir la presencia del Espíritu en la vida.

Camila: Y que al obedecer, nos volvemos más parecidos a Cristo. Nos transformamos por dentro.

Maestro: Excelente. Cada mandamiento que obedecemos nos hace más semejantes al Salvador.
La obediencia no nos limita; nos libera, porque nos alinea con la naturaleza divina.

Maestro: En Doctrina y Convenios 132 también se usa la frase “por el Señor”.
¿Qué creen que significa hacer algo “por el Señor”?

Sofía: Que lo hacemos bajo Su autoridad y conforme a Su voluntad.

Maestro: Muy bien.
Hacer algo “por el Señor” significa hacerlo bajo Sus llaves, Su ley y Su Espíritu.
En el matrimonio eterno, eso implica que el Señor mismo participa del convenio.
¿Qué diferencia hay entre un matrimonio solo “por amor” y un matrimonio “por el Señor”?

Mateo: El primero dura mientras haya amor humano; el segundo dura porque tiene autoridad divina y propósito eterno.

Camila: Y el Señor está en el centro, ayudando a mantener la relación.

Maestro: Perfecto. El matrimonio “por el Señor” no busca perfección humana, sino compromiso eterno.

Maestro: El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó que vivimos en una época de cosas “desechables”, incluso relaciones.
¿Qué quiso decir cuando elogió a los que “salvan”?

Sofía: Que debemos reparar y sanar las relaciones, no rendirnos ni reemplazar a las personas cuando hay dificultades.

Camila: Como el Salvador, que no desecha a nadie. Él redime y restaura.

Maestro: Excelente.
¿Y cómo podemos prepararnos para un matrimonio o una familia “por el Señor”?

Mateo: Cultivando los atributos de Cristo: paciencia, humildad, perdón, y caridad.

Maestro: El presidente Henry B. Eyring dijo: “Usted simplemente viva digno del Reino Celestial, y la situación de su familia será más maravillosa de lo que pueda imaginar.”
¿Qué les enseña eso?

Camila: Que si soy fiel, el Señor obrará milagros en mi familia, incluso si no veo resultados inmediatos.

Sofía: Que la fidelidad de una sola persona puede invitar el poder de Cristo a toda la familia.

Maestro: Exactamente.
Dios bendice conforme a leyes eternas, pero también conforme a tiempos eternos.
Nuestra fidelidad hoy puede traer milagros mañana —y aún más allá del velo.

Maestro: Entonces, ¿qué aprendimos hoy sobre las bendiciones de Dios?

Mateo: Que cada bendición depende de obedecer una ley eterna.

Sofía: Que la obediencia no es castigo, sino poder.

Camila: Y que cuando obedecemos “por el Señor”, nuestras acciones y relaciones pueden ser eternas.

Maestro: Muy bien dicho.
Recordemos: las bendiciones no son casualidad.
Son consecuencia de la fidelidad.
Y cuando vivimos por las leyes del cielo, Dios cumple Sus promesas —siempre.


Historia: “El Jardín de las Leyes Eternas”

Samuel era un joven jardinero del pequeño pueblo de Harmony. Desde niño había sentido una profunda admiración por la naturaleza. Su abuelo le había enseñado que las plantas crecían no por casualidad, sino porque obedecían leyes invisibles: la ley de la luz, del agua, del tiempo y del cuidado constante.

Un día, mientras trabajaba en su huerto, escuchó a su madre leer en voz alta las palabras del profeta José Smith:

“Hay una ley irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones.”
“Y cuando obtenemos una bendición de Dios, es por obedecer esa ley sobre la cual está basada.”

Aquellas palabras se grabaron en su corazón. Empezó a ver su jardín como una parábola viva del Evangelio: si quería cosechar frutos, debía obedecer las leyes del crecimiento. Si descuidaba la tierra, no importaba cuánto orara, la semilla no daría fruto.

Pasaron los años, y Samuel se casó con Ana, una mujer de fe serena. Juntos soñaban con sellarse “por el Señor”, como enseñaba Doctrina y Convenios 132:5:

“Todas las cosas… que no son por Él sujetadas a la ley, son sin ley y no son de Dios.”

Ambos entendían que su amor debía estar fundado en más que sentimientos: debía reposar en convenios y obediencia.

Su matrimonio no fue fácil. Llegaron tiempos de sequía —no solo en el campo, sino también en su relación—. Las discusiones y las pruebas parecían marchitar lo que antes florecía. Pero Samuel recordaba las palabras del presidente Uchtdorf que había escuchado en una conferencia: “Las relaciones felices no se construyen a partir de la perfección, sino del compromiso de seguir adelante juntos.”

Una noche, cuando la tensión parecía insuperable, Samuel salió al jardín. Bajo el cielo estrellado, se arrodilló junto a una planta reseca. La tocó con ternura y comprendió que no bastaba con desear que reviviera; debía regarla, cuidarla, protegerla. Así era también su matrimonio: si quería ver bendiciones, debía obedecer las leyes del amor, la paciencia y la fidelidad.

Desde entonces, cada mañana y cada noche, oraban juntos. Volvieron al templo, renovaron sus convenios, y poco a poco la armonía regresó. No de golpe, sino con la suavidad con que un brote se abre paso entre la tierra.

Años después, Samuel compartía su testimonio con sus hijos y nietos, mostrándoles el jardín que ahora rebosaba de flores y frutos.

“Todo en este jardín —les decía— crece porque obedece una ley. Así también nuestra familia. Cuando vivimos según las leyes de Dios, la vida florece. Cada mandamiento es una semilla, y cada acto de obediencia es una gota de agua que la hace brotar.”

Los niños escuchaban atentos mientras él concluía:

“El Señor no da bendiciones por azar. Él es justo y perfecto. Si sembramos fe, cosecharemos milagros. Si sembramos obediencia, cosecharemos paz. Todo lo que hacemos ‘por el Señor’ —bajo Su autoridad y Su voluntad—, Él lo convierte en eterno.”

La historia de Samuel y Ana enseña que la obediencia no es una carga, sino una llave que abre las puertas de la felicidad eterna.
Dios no retiene Sus bendiciones por capricho; las derrama conforme a leyes eternas de causa y efecto.
Vivir “por el Señor” significa actuar bajo Su autoridad, Su voluntad y Su Espíritu.
Cuando alineamos nuestra vida con Su ley, no solo recibimos bendiciones futuras, sino también paz presente.

Como el jardín de Samuel, nuestras familias, matrimonios y corazones pueden florecer si obedecemos las leyes del amor divino.
Y cuando lo hacemos, descubrimos que cada esfuerzo, cada oración y cada acto de fidelidad serán recompensados, “más maravillosos de lo que podamos imaginar”.


Doctrina y Convenios 132:1–2, 29–40
El matrimonio plural es aceptable para Dios solo cuando Él lo manda.


Doctrina y Convenios 132 fue revelada al profeta José Smith en julio de 1843, aunque la doctrina que enseña había sido conocida por él desde mucho antes, probablemente desde los años de Kirtland. La revelación surgió en un contexto de profunda búsqueda espiritual acerca de la “nueva y eterna alianza del matrimonio”, y de las preguntas sobre cómo los antiguos patriarcas —como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y Salomón— habían practicado el matrimonio plural y, sin embargo, habían sido contados como justos ante Dios.

El Señor utiliza este pasaje para explicar la ley del matrimonio celestial (versículos 1–28) y luego para tratar el tema específico del matrimonio plural (versículos 29–66), aclarando bajo qué condiciones puede ser aceptable ante Él.

Doctrina clave (vv. 1–2): La ley del matrimonio eterno: “De cierto, así dice el Señor a ti, mi siervo José, que por cuanto tú has indagado de mí para saber y entender de qué manera justificé a mis siervos Abraham, Isaac y Jacob… he aquí, te revelo una nueva y eterna alianza…”

Aquí el Señor establece el principio doctrinal: el matrimonio plural no fue una iniciativa humana, ni una costumbre social, sino una disposición divina bajo una ley eterna, revelada y autorizada solo por Dios.
La frase “te revelo una nueva y eterna alianza” no se refiere exclusivamente al matrimonio plural, sino al matrimonio eterno como ordenanza selladora; el matrimonio plural era una aplicación temporal y específica de esa ley bajo mandato divino.

En otras palabras, no toda práctica plural proviene de Dios, pero toda práctica divina de este tipo debe provenir de Él.
El principio fundamental es la autoridad. El matrimonio plural solo es aceptable “cuando Él lo manda”, mediante revelación directa a Su profeta autorizado.

Los patriarcas y la obediencia (vv. 29–37): En estos versículos el Señor explica que los patriarcas antiguos actuaron bajo Su dirección:

“Abraham recibió concubinas, y le fueron contadas como justas, porque no pecó… Dios le mandó; y Sara le dio a Agar, y Abraham obedeció mi ley.”

El texto muestra que la rectitud de Abraham no residía en la práctica misma del matrimonio plural, sino en su obediencia al mandamiento del Señor.
Si el Señor lo manda, el hacerlo es justo; si el Señor no lo manda, hacerlo es pecado.
Por tanto, el principio eterno es que la obediencia, no la cantidad de cónyuges, define la rectitud ante Dios.

Los ejemplos de Abraham, Jacob, Moisés y otros patriarcas son invocados para mostrar que ellos actuaron bajo convenio y autoridad divina, no por deseo personal.
En contraste, David y Salomón (vv. 38–39) pecaron cuando tomaron esposas “no dadas a ellos por mí ni por mi siervo”, es decir, sin autorización divina.

Principio doctrinal central (vv. 38–40): El Señor establece una distinción decisiva:

“David no ha caído de su justificación en todas las cosas sino en el caso de Urías y su esposa… ella fue dada a otro hombre… y él la mató y la tomó para sí; por tanto, él pecó.”

Aquí, el Señor deja claro que el mismo acto (tomar una esposa adicional) puede ser justo o pecaminoso según su fuente de autorización.

  • Si Dios lo manda, es una manifestación de obediencia y fe.
  • Si lo hace el hombre por deseo propio, es adulterio y rebelión.

Por tanto, el matrimonio plural solo es aceptable cuando Dios lo manda, bajo Su autoridad y con propósitos santos, tales como el cumplimiento del convenio abrahámico y el aumento eterno de las familias selladas bajo la ley celestial.

Enseñanzas

  1. Dios rige el matrimonio eterno bajo leyes eternas.
    El matrimonio plural fue una práctica permitida en ciertos períodos como parte del plan divino, pero siempre sujeta a revelación profética.
    Hoy, el Señor ha revocado esa práctica (véase Declaración Oficial 1), y por tanto, cualquier intento de practicarla carece de autoridad y es contrario a Su voluntad.
  2. La obediencia es la medida de la santidad.
    Abraham fue justo porque obedeció, no porque practicó el matrimonio plural.
    David pecó no por casarse múltiples veces, sino por hacerlo fuera de la ley divina.
  3. La revelación continua regula la ley del matrimonio.
    Solo el profeta viviente puede declarar cuándo y cómo se aplica la ley celestial del matrimonio.
    Los miembros de la Iglesia no están autorizados a actuar por cuenta propia en asuntos tan sagrados.

El matrimonio plural fue, en ciertas dispensaciones, una prueba de fe y obediencia, no una práctica universal.
El principio eterno no es la pluralidad de esposas, sino la sujeción a la voluntad de Dios.
El Señor manda y revoca según Su sabiduría, y los fieles se muestran tales cuando obedecen la ley vigente revelada por medio de Su profeta.

Así, Doctrina y Convenios 132 enseña que la rectitud consiste en hacer lo que Dios manda, cuando Él lo manda, y porque Él lo manda.
Por tanto, el matrimonio plural solo es aceptable ante Dios cuando Él lo manda, mediante Su profeta autorizado, y en ningún otro caso.

El matrimonio plural en los tiempos antiguos no fue una costumbre humana ni una transgresión, sino una práctica que Dios permitió en ciertos períodos y solo bajo Su mandamiento y autoridad. Abraham, Jacob, Moisés y otros patriarcas fueron justos no por tener varias esposas, sino por obedecer lo que el Señor les mandó hacer.

Doctrina y Convenios 132 enseña que Dios rige todas las leyes del matrimonio y que solo son válidas cuando Él las establece mediante Su profeta autorizado. Cuando el Señor manda, la obediencia santifica la acción; cuando el Señor no manda, cualquier intento de imitar Su ley se convierte en pecado.

En nuestra época, el Señor ha declarado que la ley vigente es la del matrimonio monógamo eterno, sellado en el templo por Su autoridad. La verdadera lección de estos versículos no es la pluralidad matrimonial, sino la obediencia incondicional a la voluntad de Dios. Él espera que confiemos en Su sabiduría, sigamos a Sus profetas y santifiquemos nuestras relaciones conforme a las leyes eternas que Él ha revelado.

En última instancia, Dios aprueba el matrimonio —y cualquier convenio— solo cuando se realiza conforme a Su palabra y por medio de Su autoridad. La rectitud siempre consiste en hacer lo que Él manda, cuando Él lo manda y porque Él lo manda.

La norma divina y permanente respecto al matrimonio es que sea entre un hombre y una mujer, unidos por autoridad del sacerdocio y sellados por el poder de Dios para la eternidad (véase Jacob 2:27; Declaración Oficial 1). Este es el modelo eterno que el Señor ha revelado para Sus hijos en esta dispensación.

Sin embargo, en ciertos períodos de la historia sagrada, Dios ha mandado a algunos de Sus siervos practicar el matrimonio plural como parte de Su plan eterno —por ejemplo, en los días de Abraham, Jacob, Moisés y, por un tiempo, en los comienzos de la Restauración—. En cada uno de esos casos, la práctica fue autorizada por revelación directa y cumplió propósitos específicos del Señor, tales como edificar una posteridad de convenio y probar la obediencia de Su pueblo.

El principio que se desprende es claro: El matrimonio plural solo es aceptable ante Dios cuando Él lo manda, lo autoriza y lo regula mediante Su profeta.

Cuando esa práctica no proviene de Su mandato, se convierte en pecado. Por eso, en la actualidad, bajo la ley vigente del Evangelio, la voluntad del Señor es la monogamia eterna.

Así aprendemos que el punto central no es la forma del matrimonio, sino la obediencia a la ley revelada por Dios en cada época. Los santos verdaderos muestran su fidelidad no al buscar excepciones, sino al honrar la norma divina vigente y al seguir al profeta viviente, quien declara la voluntad del Señor para nuestro tiempo.


Un análisis de Doctrina y Convenios Seccion 129

Un análisis de Doctrina y Convenios Seccion 130

Un análisis de Doctrina y Convenios Seccion 131

Un análisis de Doctrina y Convenios Seccion 132


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1 Response to Ven, sígueme – Doctrina y Convenios 129–132

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Más que un comentario es un enorme favor! que les suplico! Ayudaría muchísimo si pudieran ir una semana adelante en el calendario de Ven, sígueme, ya que a todos los que somos maestros de doctrina del Evangelio y de seminario nos ayudaría para aplicar estas enseñanzas en nuestras lecciones de toda la semana.

    por favor anticipen esta publicación una semana! Y por favor también tengan disponible como lo han estado haciendo todos estos recursos para la clase del domingo presente.

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