Cómo Encontrar la Luz en un Mundo Tenebroso

CAPÍTULO DOS

“Fiador de un Mejor Convenio”


QUISIERA ANALIZAR un pasaje de la epístola de Pablo a los hebreos: “De tanto mejor pacto Jesús fue hecho fiador.” (Hebreos 7:22) ¿Qué es un fiador? Al consultar el diccionario, vemos que un fiador es aquel que garantiza o responde por alguien, responsabilizándose del cumplimiento de las obligaciones del deudor en caso de que este no las cumpla o no pueda cumplirlas. ¿No encaja perfectamente el Salvador, con Su misión, en esa definición?

¿Qué es un convenio? Para nosotros, el significado principal de un convenio es el de un pacto con Dios. También es una santa escritura, un testamento, una prueba tangible, una expresión de convicción. El Salvador, por lo tanto, en Su condición de fiador, es Aquel que nos garantiza un mejor convenio con Dios.

Todos sabemos que al pasar del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, pasamos de la formalidad rígida de la letra de la ley al Espíritu. El Nuevo Testamento es un mejor convenio porque la simple intención de la persona se convierte en parte de la rectitud o del error inherente a las acciones humanas. Así, nuestra intención de hacer el mal o nuestro deseo de hacer el bien será un elemento separado y distinto en la evaluación de nuestras acciones. Leemos que seremos juzgados en parte por la intención de nuestro corazón. (Véase D. y C. 88:109.) Un ejemplo de condenación por la mera intención se cita en Mateo:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No cometerás adulterio.
Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.” (Mateo 5:27–28)

El Nuevo Testamento es una doctrina más difícil. El antiguo derecho consuetudinario de Inglaterra desarrolló una formalidad y rigidez tales que, para que hubiera justicia, fue necesario crear la ley de equidad. Una de mis máximas favoritas relacionadas con la equidad es: “La equidad hace lo que necesita hacerse.” El Nuevo Testamento va más allá de eso. En gran medida, seremos juzgados no solo por lo que hemos hecho, sino por lo que deberíamos haber hecho en una situación determinada.

Buena parte del espíritu del Nuevo Testamento puede encontrarse en el Sermón del Monte. El Nuevo Testamento exige la reconciliación de diferencias personales:

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
Deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.” (versículos 23–24)

Otro ejemplo de la doctrina más difícil que el Salvador enseñó en el Nuevo Testamento se encuentra en este pasaje, que prohíbe terminantemente los juramentos:

“Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.
Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
Antes bien, sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.” (versículos 33–37)

El texto siguiente es otro ejemplo de la difícil doctrina del Nuevo Testamento:

“Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;
Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;
Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.
Da al que te pida, y no rehúses al que quiera de ti tomar prestado.
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.” (versículos 39–44)

El Nuevo Testamento propone una nueva forma y un nuevo contenido para la oración. Es profundamente simple y sin complicaciones:

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su mucho hablar serán oídos.”

No os hagáis, pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes que vosotros se lo pidáis.
Vosotros, pues, oraréis así:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra, como en el cielo.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, para siempre.
Amén. (Mateo 6:5–13)

El Nuevo Testamento sugiere que nuestras buenas obras deben hacerse en secreto:

“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,
Para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.” (versículos 3–4)

Pero el mayor desafío, la doctrina más difícil, también se encuentra en el Sermón del Monte:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48)

El Salvador, que es el “Mediador de un nuevo pacto” (Hebreos 9:15), nos presenta una ley más elevada respecto al matrimonio:

“Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer?
Mas él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés?
Y ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiarla.
Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento;
Pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios.
Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,
Y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino una sola carne.
Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Marcos 10:2–9)

El desafío que Jesús presentó al pueblo fue sustituir el rígido y técnico “No harás” de la ley de Moisés —necesario para los hijos espiritualmente inmaduros de Israel— por el espíritu del “mejor convenio”. ¿Cómo podía lograrse esto? El tiempo era corto. El Salvador disponía de apenas tres años. ¿Cómo debía comenzar? Obviamente, debía empezar por los apóstoles y el pequeño grupo de discípulos que lo rodeaban, quienes tendrían la responsabilidad de continuar la obra después de Él.

El presidente J. Reuben Clark describe este desafío de la siguiente manera:

“Esa tarea consistía en derribar y prácticamente desterrar la centenaria ley mosaica de los judíos, sustituyéndola por el evangelio de Cristo.”

No fue algo fácil de comprender, ni siquiera para los apóstoles, siendo el incrédulo Tomás un ejemplo de su falta de entendimiento. Tomás había escuchado varias veces al Salvador predecir Su muerte y resurrección. Aun así, al ser informado de que Cristo resucitado vivía, Tomás dijo:

“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.” (Juan 20:25)

Quizá Tomás pueda ser perdonado por el hecho de que un acontecimiento tan grandioso como ese nunca había ocurrido antes.

¿Y qué decir de la conversión de Pedro al grandioso principio de que el evangelio de Jesucristo era para todas las personas? Él había sido testigo ocular, según declaró en 2 Pedro:

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.” (2 Pedro 1:16)

¿Testigo ocular de qué? Había presenciado todo el ministerio del Salvador. Después del encuentro con la samaritana junto al pozo de Jacob, Pedro vio al Salvador recibir a los samaritanos, quienes eran despreciados por los judíos (véase Juan 4). Pedro tuvo una visión y oyó la voz del Señor que le decía:

“No llames tú común lo que Dios ha limpiado.” (Hechos 10:15)

Finalmente, después de que Pedro estuvo plenamente convertido y recibió una confirmación espiritual, se relata lo siguiente:

“Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas;
sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.” (versículos 34–35)

Es muy reconfortante estudiar el testimonio de los apóstoles de que Jesús es verdaderamente el Cristo. Esos testimonios también son fiadores de un mejor convenio.

El primer testimonio registrado de la divinidad del Salvador es la ocasión en que Jesús anduvo sobre el agua, cuyo relato más completo se encuentra en Mateo 14:

“Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas, porque el viento era contrario.
Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue hacia ellos, andando sobre el mar.
Y los discípulos, viéndolo andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Es un fantasma! Y dieron voces de miedo.
Pero enseguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy; no temáis!
Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.
Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, clamó, diciendo: ¡Señor, sálvame!
Y al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.” (Mateo 14:24–33)

El segundo testimonio de la divinidad del Salvador fue el de Pedro. El relato más completo aparece en Mateo, en un pasaje bien conocido:

“Simón Pedro, respondiendo, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (Mateo 16:16–18)

El tercer registro nuevamente involucra a Pedro. Después del gran sermón del “pan de vida”, en el que el Salvador dejó en claro a los que habían sido alimentados con panes y peces que Él y Su doctrina eran el pan de vida, Juan relata:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.
Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?
Y le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Juan 6:66–69)

El testimonio de la divinidad del Salvador dado por Dios, el Padre, y oído por Pedro, Jacobo y Juan está registrado junto con los acontecimientos ocurridos en el Monte de la Transfiguración. Los relatos de Mateo, Marcos y Lucas mencionan la aparición de Moisés y Elías, quienes conversaron con el Salvador. Mateo relata:

“Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd.
Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros y tuvieron gran temor.
Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos y no temáis.
Y alzando ellos los ojos, no vieron a nadie sino a Jesús solo.
Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.
Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.
Mas os digo que ya vino Elías, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.
Entonces los discípulos entendieron que les hablaba de Juan el Bautista.” (Mateo 17:4–13)

Somos agradecidos por esas profundas declaraciones de los “testigos oculares de Su majestad”. Ellas son parte del fundamento de nuestra fe. Pero los milagros realizados por el Salvador y el testimonio de quienes lo vieron y oyeron no convencieron a todos. Tal vez porque el testimonio personal es una convicción espiritual de naturaleza sumamente íntima.

El Nuevo Testamento es un mejor convenio porque depende mucho de la intención del corazón y de la mente. Ese refinamiento del alma forma parte del proceso de fortalecimiento del testimonio personal. Si no lo sentimos en el corazón y en la mente, no tendremos un testimonio. Estudiemos, aprendamos y vivamos las difíciles doctrinas enseñadas por el Salvador, para que, en el esfuerzo de procurar parecernos más a Cristo, seamos elevados a un nivel mucho más alto de espiritualidad.

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