CAPÍTULO TRECE
Santificar el Día del Señor
Confieso que cuando era joven, el domingo no era mi día favorito. Mi abuelo suspendía el funcionamiento de todo. Nos quedábamos sin ningún medio de transporte. No podíamos usar el carro, ni encender el motor. No podíamos montar a caballo, ni en ternero ni en carnero. Era el día del Señor, y de acuerdo con el mandamiento, los animales también necesitaban descanso. Íbamos a pie a la Iglesia y a cualquier lugar al que deseáramos ir. Puedo declarar honestamente que observábamos tanto el espíritu como la letra de la adoración del día del Señor.
Por los estándares de hoy, tal vez la interpretación que mi abuelo daba a las actividades del día del Señor parezca un tanto drástica, pero algo maravilloso se perdió en nuestra vida. Hasta hoy, sigo pensando, intentando comprender plenamente lo que perdimos. Parte fue la certeza de que, por mi estricta obediencia a la ley del día del Señor, me encontraba del lado correcto del Señor. Otra parte fue la sensación de que la influencia de Satanás se mantenía más alejada de nosotros en el día del Señor. Más que todo, fue el fortalecimiento recibido por el poder espiritual que se generaba. Teníamos el precioso sentimiento de que “la plenitud de la tierra” (DyC 59:16) era nuestra, conforme a la promesa del Señor en la sección 59 de Doctrina y Convenios.
Desde los días de Adán, la divina ley del día del Señor ha sido enfatizada repetidamente, más que cualquier otro mandamiento. Solo esa insistencia tan duradera ya es una indicación de su importancia. Aprendemos en Génesis que el mismo Dios nos dio el ejemplo, cuando creó la tierra:
“Así fueron acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.
Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.
Y bendijo Dios al día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”. (Génesis 2:1–3)
En los tiempos bíblicos, este mandamiento de descanso y adoración era tan riguroso que su violación conllevaba la pena de muerte. (Véase Éxodo 31:15.) Hasta la tierra recibió un día de reposo:
“Pero en el séptimo año la tierra tendrá descanso, sábado para Jehová; no sembrarás tu campo ni podarás tu viña”. (Levítico 25:4)
El día del Señor era mencionado en la época del Antiguo Testamento como un día bendito y santificado (véase Éxodo 20:11), como el símbolo de un convenio perpetuo de fidelidad (véase Éxodo 31:16), como una santa convocación (véase Levítico 23:3), como un día de celebración espiritual (véase Levítico 23:32).
Jesús confirmó la importancia de la devoción al día del Señor, pero introdujo un nuevo espíritu en esa parte de la adoración. (Véase Mateo 24:20.) En lugar de centrarse en interminables prácticas y prohibiciones respecto a lo que se debía o no se debía hacer en el día del Señor, Jesús afirmó que era lícito hacer el bien en ese día. (Véase Mateo 12:12.) Enseñó que “el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo” (Mateo 12:8) y presentó el principio de que “el día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27). Realizó buenas obras en el día del Señor, como sanar al paralítico (véase Marcos 2:1–12) y al hombre de la mano seca (véase Mateo 12:10–13). Así, hoy en día, la observancia del día del Señor es más una cuestión de compromiso y devoción individual que una exigencia de la ley civil.
La sección 59 de Doctrina y Convenios contiene la gran revelación moderna acerca de la adoración en el día del Señor:
“Y para que más plenamente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santificado;
Porque, en verdad, este es un día señalado para que descanses de tus labores y rindas tu devoción al Altísimo;
Sin embargo, tus votos serán ofrecidos en rectitud todos los días y en todo momento;
Mas acuérdate de que en el día del Señor ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos y ante el Señor.
Y en este día no harás otra cosa, sino que tu comida se prepare con sencillez de corazón, para que tu ayuno sea perfecto, o, en otras palabras, para que tu gozo sea completo”. (DyC 59:9–13)
Este gran mandamiento culmina con la promesa:
“En verdad os digo que si hacéis estas cosas, la plenitud de la tierra será vuestra, las bestias del campo y las aves del cielo, y lo que se arrastra sobre los árboles y anda sobre la tierra”. (DyC 59:16)
Disfrutar del beneficio de todas las creaciones de Dios es una promesa muy significativa.
Santificar el día del Señor es más que simplemente descanso físico. Significa adoración y renovación espiritual. El presidente Spencer W. Kimball dio un excelente consejo respecto a cómo guardar el día del Señor. Él declaró:
“Oración, preparación de lecciones, estudio del evangelio, meditación, visitas a los enfermos y oprimidos, descanso, lectura de cosas sanas y edificantes y asistencia, en ese día, a todas las reuniones designadas. Dejar de hacer estas cosas constituye un pecado de omisión”.
Después de cuidadosa y larga observación, se me ha hecho obvio que el agricultor que guarda el día del Señor obtiene mejores resultados que si trabajara los siete días de la semana. El obrero tendrá mayor y mejor productividad en seis días de trabajo que en siete. El médico, el abogado, el dentista, el científico, tendrán un rendimiento mayor si descansan en el día del Señor y no trabajan los siete días de la semana. Quisiera aconsejar a los estudiantes que, si es posible, organicen su tiempo de modo que no estudien en el día del Señor. Si los estudiantes y otros investigadores de la verdad proceden de esa manera, su mente será vivificada y el Espíritu infinito los guiará hacia las verdades que desean aprender. Así es, porque Dios santificó Su día y lo bendijo como un convenio perpetuo de fidelidad. (Véase Éxodo 31:16.)
El primero de febrero de 1980, cuando la Primera Presidencia anunció el programa de reuniones combinadas, se dio el siguiente consejo:
“Una responsabilidad mayor recaerá sobre los miembros individualmente y sobre las familias, en lo que se refiere a la observancia apropiada del día del Señor. Habrá más tiempo para el estudio personal de las Escrituras y el estudio del evangelio centralizado en la familia.
Otras actividades adecuadas para el día del Señor, como el fortalecimiento de los lazos familiares, visitas a los enfermos y a los confinados en el hogar, ayuda al prójimo, escribir la historia personal y de la familia, obra genealógica y trabajo misional, deben ser cuidadosamente planificadas y realizadas.
Esperamos que este nuevo programa de reuniones y actividades resulte en un mayor crecimiento espiritual para los miembros de la Iglesia.
Deseamos que los líderes del sacerdocio y los miembros de la Iglesia respeten el espíritu de mayor unión familiar en el domingo.”
Los hijos de Israel fueron sustentados milagrosamente en el desierto durante más de cuarenta años. Diariamente recibían maná del cielo, excepto en el día del Señor. El maná tenía que recogerse y usarse en el mismo día, pues, si no lo hacían, criaba gusanos y apestaba. (Véase Éxodo 16:20, 30.) Sin embargo, en el sexto día, antes del día del Señor, el maná caía del cielo en doble porción. (Véase Éxodo 16:5.) El Señor instruyó a los hijos de Israel a recoger el doble de maná, a fin de que tuvieran alimento para dos días, ya que en el día del Señor no caía maná del cielo. Cuando obedecieron esta orden, ocurrió un tercer milagro: el maná recogido el día anterior no apestaba ni criaba gusanos, porque había sido guardado para ser usado en el día del Señor. (Véase Éxodo 16:24.)
A través de los siglos, se han preservado otras historias de eventos milagrosos relacionados con la observancia del día del Señor. Una de ellas es la historia del zapatero que trabajaba bajo una de las piedras megalíticas en Avebury, cerca de Stonehenge, en Inglaterra.
John Saunders escribió en su diario, el 13 de agosto de 1712:
“Un domingo, cierto zapatero estaba remendando zapatos debajo de una de esas grandes piedras. En el mismo minuto en que se levantó, la piedra cayó y se despedazó exactamente en el lugar donde él había estado sentado. Eso le hizo sentir la gran providencia divina, preservándole la vida, y lo disuadió de violar el día del Señor. Por esa razón, nunca más trabajó en domingo.”
Hace algunos años, ocurrió un milagro en la Tenería de Bienestar de la Estaca Wells, donde se curtían pieles de animales. En los días normales de trabajo, las pieles eran retiradas de las tinas para cambiar la solución de cal en que estaban colocadas y, luego, las pieles volvían a la solución de cal. Si no eran movidas en los días festivos, se echaban a perder. Sin embargo, este proceso de remoción nunca se hacía en domingos, y no había pieles echadas a perder en el día…
«El día de reposo es un día sagrado en el cual debemos realizar cosas dignas y sagradas. Abstenerse del trabajo y de la recreación es importante, pero insuficiente. El día de reposo requiere pensamientos y actos constructivos, y si la persona permanece ociosa, sin hacer nada durante ese día, lo está quebrantando. Para observarlo adecuadamente, uno debe arrodillarse en oración y ofrecer devoción al Altísimo.
- Lowell Fox, supervisor de la tenería en aquella época, explicó:
«Esto nos recuerda un hecho curioso: los días festivos son establecidos por el hombre, y en esos días, así como en los demás de la semana, las pieles necesitan un tratamiento especial cada doce horas. El domingo es el día designado por el Señor como día de descanso, y Él hace posible que podamos descansar de nuestras labores tal como ordenó. ¡Las pieles nunca se echaron a perder en domingo! Este es un milagro actual; ¡un milagro que ocurre todos los fines de semana!»
¿Por qué Dios nos pidió que guardáramos el día del Señor?
A mi parecer, existen al menos tres razones:
La primera está ligada a la necesidad física de descanso y renovación. Ciertamente, Dios, que nos creó, sabe mejor que nosotros los límites de nuestra energía y fuerza tanto física como emocional.
En mi opinión, la segunda razón tiene un significado mucho más amplio. Se trata de la necesidad de renovación y fortalecimiento de nuestro espíritu. Dios sabe que, si quedáramos entregados a nuestra propia voluntad, sin ser recordados de nuestras necesidades espirituales, muchos de nosotros sucumbiríamos a la preocupación por satisfacer los deseos y apetitos mundanos. Esa necesidad de renovación física, mental y espiritual se satisface mediante la observancia constante del día del Señor.
La tercera razón es la más importante: se refiere a la obediencia a los mandamientos como expresión de nuestro amor a Dios. Bienaventurados son aquellos que no necesitan otros motivos más que el amor al Salvador para guardar Sus mandamientos. La respuesta de Adán al ángel que le preguntó por qué ofrecía sacrificios al Señor es un ejemplo para nosotros. Adán respondió: «No lo sé, salvo que el Señor me lo mandó». (Moisés 5:6)
El profeta Samuel nos recuerda: «He aquí, el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros». (1 Samuel 15:22)
En esta época de creciente acceso al materialismo y de preocupación por las cosas materiales, existe una protección para nosotros y nuestros hijos contra las plagas de los días actuales. La clave de esa protección se encuentra, sorprendentemente, en la observancia del día del Señor: «Y para que más plenamente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santificado». (D. y C. 59:9)
¿Quién duda que la observancia sincera del día del Señor nos mantendrá limpios de las manchas del mundo? El mandamiento de santificar el día del Señor es un convenio permanente de Dios con Sus escogidos. El Señor declaró a Moisés y a los hijos de Israel: «Ciertamente guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones (…) por pacto perpetuo. Entre mí y los hijos de Israel será señal para siempre». (Éxodo 31:13, 16–17)
Las exigencias mosaicas relativas a la observancia del día del Señor contenían en detalle todo lo que se podía y lo que no se podía hacer. Eso quizá era necesario para enseñar obediencia a aquel pueblo que había estado en cautiverio y, por largo tiempo, no tuvo libertad de elección individual. Más tarde, esas instrucciones de Moisés llegaron a excesos injustificados, que fueron condenados por el Salvador. En aquellos días, la parte práctica de la observancia del día del Señor se había vuelto más importante que «lo más importante de la ley» (Mateo 23:23), como la fe, la caridad y los dones del Espíritu.
En nuestros días, Dios ha reconocido nuestra inteligencia, sin exigirnos restricciones interminables. Tal vez esto se deba a la esperanza de que captemos más el espíritu de adoración del día del Señor que la letra de la ley. Sin embargo, actualmente, este péndulo de profanación del día del Señor se ha inclinado considerablemente. Corremos el riesgo de perder grandes bendiciones que nos han sido prometidas. Después de todo, se trata de una prueba mediante la cual el Señor procura “probarnos en todas las cosas” (DyC 98:14) para verificar si nuestra devoción es completa.
¿Dónde está la línea que divide lo que es aceptable en el día del Señor de lo que no lo es? Basándose en las directrices, cada uno de nosotros debe responder a esa pregunta por sí mismo. Aunque esas directrices se encuentran en las escrituras y en las palabras de los profetas modernos, también deben estar escritas en nuestro corazón y gobernadas por nuestra conciencia. Brigham Young declaró, acerca de los fieles: “El espíritu de su religión emana de su corazón”. Es poco probable que haya alguna violación seria de la adoración en el día del Señor si nos presentamos humildemente ante Él, ofreciéndole todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente (véase Mateo 22:37).
En ese día, debemos hacer lo que tenemos que hacer y lo que debemos hacer, con reverencia, restringiendo las demás actividades. Recibiremos las bendiciones de la observancia del día del Señor si honramos ese día “con sencillez de corazón” (DyC 59:13), pues el mismo Señor prometió que “el que hace obras de justicia recibirá su recompensa, sí, paz en este mundo y vida eterna en el mundo venidero” (versículo 23). Exhorto a todos a recobrar la paz del día del Señor, honrando y santificando el día del Señor.
























