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Valores morales y espirituales en la educación del carácter
Me siento muy feliz de estar aquí esta mañana, y quiero que sepan que no he tomado a la ligera esta invitación de hablarles sobre el tema “Valores morales y espirituales en la educación del carácter.” Sentí la obligación de aceptar como un voto de confianza en su interés por considerar los valores morales y espirituales en la enseñanza, en Utah, de 146.000 estudiantes de secundaria.
La mayoría de ustedes presiden la institución más grande de su comunidad. Se relacionan con un sector más amplio de la sociedad, quizás, que cualquier otra figura pública: con los estudiantes, con sus padres, con los líderes comunitarios; y, por lo tanto, su influencia como formadores de opinión en la comunidad es decisiva. Ustedes tienen una tremenda oportunidad y una gran responsabilidad.
La moralidad en declive
La moralidad es un elemento muy inestable. Si no se cuida, rápidamente se combina con otras cosas del ambiente. El resultado puede parecer tener las mismas propiedades que una moralidad altamente refinada, pero puede ser peligroso para la sociedad si se le permite propagarse sin control.
Como la moralidad es un elemento tan inestable, en verdad es muy raro encontrarla en su forma pura. Hay muchas falsificaciones. Mucha inmoralidad circula hoy disfrazada de moralidad. Se utilizan las mismas palabras para promover ambas. La misma descripción se aplica al producto falsificado que antes aplicábamos al genuino.
Algunos que comercian con la libertad y la relajación están vendiendo adicción. Otros están vendiendo esclavitud. Los comunistas, por ejemplo, hablan incesantemente de democracia y libertad.
Hoy en día la justicia está tan tergiversada que, a menudo, la víctima de un crimen recibe mucho menos de ella que el criminal. Y la legislación que se supone debe garantizar la libertad de expresión se manipula hábilmente para proteger al pornógrafo y castigar a la víctima.
Y luego están las tendencias. Ahora escuchamos el término “adultos que consienten” para defender acciones que antes se sabía que eran inmorales e ilegales.
Durante varios años he estado yendo a Europa en asignaciones. He notado, particularmente en Inglaterra (cuyo modelo social podría ser comparable al nuestro), que ellos están apenas uno o dos años—iba a decir más adelante en el camino, pero en realidad más abajo en la pendiente—que nosotros. Al observar lo que ellos hacen ahora, no es muy difícil ver lo que enfrentaremos aquí en dos o tres años.
Vemos esta moralidad falsificada extendiéndose sobre nosotros como una nube. Quienes no la han examinado con cuidado creen erróneamente que es beneficiosa.
Algunos dicen que la moralidad debe dejarse en paz. Afirman que lo peor que podría resultar de esta “negligencia científica” sería una sociedad amoral—ni moral ni inmoral. ¡Eso es un disparate!
La naturaleza aborrece el vacío, y la idea de una supuesta neutralidad nunca se ha mantenido. Si no plantamos firmemente los valores morales y espirituales, algo se infiltra para reemplazarlos.
Algunos declaran: “Dejaré que mis hijos crezcan sin influencia; y cuando sean maduros, elegirán por sí mismos, y entonces no solo serán morales, sino que también serán fuertes y libres.”
Esa es una idea interesante. ¡Pruébenla en su jardín! Planten las semillas y dejen las malezas, y verán qué obtienen.
Si los agricultores de la nación hicieran eso, una temporada traería escasez de alimentos, y otra produciría hambruna.
La moralidad, repito, es un elemento muy inestable. El carácter moral no se desarrolla por accidente. Debe ser producido para que exista, y debe ser sostenido para que perdure.
Cuando hablamos de enseñar valores morales y del desarrollo del carácter moral, debemos entender esto:
- Si nos oponemos, no puede suceder.
- Si simplemente lo permitimos, no sucederá.
- Si lo enfatizamos, tal vez suceda.
Y supongo que el propósito de esta parte de su conferencia es, de algún modo, asegurar que suceda.
La necesidad de enseñar valores en las escuelas públicas
La enseñanza de valores morales y espirituales y el desarrollo del carácter son solo una parte de lo que ustedes hacen. Están involucrados en muchas otras cosas. Afortunadamente, hay otros que dedican todo su tiempo a ello—cada hora de vigilia. Y se han desarrollado procesos muy refinados para producir carácter moral.
Las iglesias (creo que deberíamos decir, en algunos casos, eran) se preocupaban por estos asuntos. Pero si habláramos de lo que ellas hacen, la palabra espiritual dominaría la conversación, y entonces de alguna manera se pensaría que estamos predicando en lugar de enseñando.
Como directores de nuestras escuelas secundarias, y como servidores públicos, si no hubiera una razón espiritual para que se preocupen por el carácter, los valores y la moralidad, ciertamente existen razones muy prácticas. Hay más que suficiente evidencia para documentarlo.
Hago solo estos comentarios rápidos sobre el ambiente escolar en sí. Ustedes conocen estas cosas mejor que yo, ya que están totalmente involucrados en ese ambiente.
El crimen estudiantil, la violencia y el vandalismo han ido en aumento en una forma u otra hasta el punto de ser alarmantes. En Education USA se afirma:
“Las agresiones físicas en la escuela han aumentado un 58 por ciento desde 1970; los robos en la escuela, un 117 por ciento; los delitos sexuales, un 62 por ciento; los problemas con drogas, un 81 por ciento; y los delitos graves cometidos por chicas menores de 18 años, un 306 por ciento.”
Los Ángeles informa que los incidentes en los campus que involucran armas peligrosas han aumentado un 159 por ciento, con 70 asesinatos—asesinatos de adolescentes—en lo que va del año.
Recientemente, el Religious News Service señaló que el vandalismo escolar está costando a los contribuyentes 500 millones de dólares al año. El subcomité del Senado sobre educación fija esa cifra en 600 millones. Eso es suficiente para comprar todos los libros de texto que usamos en este país durante un año. O suficiente para contratar a cincuenta mil maestros adicionales.
Hace apenas uno o dos años, aquí en Utah, una escuela fue incendiada—probablemente por un pirómano—y costó dos millones de dólares reemplazarla.
The School Law News cita al subcomité del Senado recomendando cosas como clases más pequeñas, mejores programas policiales (interesantemente, ahora aceptamos la presencia de policías en las escuelas como algo normal), mejores programas de enlace entre escuela y comunidad, personal de seguridad mejor capacitado y más programas complementarios en arte, música y educación vocacional.
Mi pregunta es: ¿Por qué no dirigirnos al problema básico en sí? ¡Ir a la raíz del asunto! Eso es precisamente lo que espero que tengan en mente aquí.
¿No resulta interesante que un público que se inquieta cuando se habla de resolver problemas por razones espirituales, ahora esté preocupado y se vea obligado a enfrentar esos mismos problemas por razones muy temporales?
Finalmente, la presión sobre el dólar nos obliga a considerar cosas como, por ejemplo, un distrito escolar que gasta 125.000 dólares anuales en un programa para madres solteras en las escuelas secundarias.
La preocupación de Churchill por el carácter y la moralidad
Para tener una perspectiva de este problema, los invito a dar un paso atrás y mirar un panorama más amplio. Quiero repasar un hilo que recorre la historia reciente.
Un hombre tuvo la mejor posición para observar la formación de nuestra sociedad actual. Durante noventa años la observó y registró. De las páginas del pasado reciente llamo a Sir Winston Churchill para que sea nuestro comentarista.
Aunque estuvo en el centro del escenario durante la mayor parte de su vida, de alguna manera logró tomar notas cuidadosas. Añadió una investigación prodigiosa, una habilidad extraordinaria para analizar, junto con un sentido casi profético del destino. Luego lo registró en obras como A History of the English-Speaking Peoples, The Second World War y otras.
Ahora bien, no creo que ustedes necesiten una lección de historia, pero quiero citar aquí y allá de sus escritos para ilustrar el hecho de que la preocupación por los valores morales y espirituales no es solo un asunto académico.
Durante la Primera Guerra Mundial, Winston Churchill fue el Primer Lord del Almirantazgo británico y un agudo observador de las circunstancias mundiales. Después de esa guerra, en 1928 escribió lo siguiente:
Todas las virtudes más nobles de los individuos se reunieron para fortalecer la capacidad destructiva de las masas…
Las instituciones democráticas dieron expresión a la fuerza de voluntad de millones. La educación no solo llevó el curso del conflicto a la comprensión de todos, sino que volvió a cada persona muy útil para el propósito en cuestión…
La guerra terminó tan repentinamente y tan universalmente como había comenzado. El mundo levantó la cabeza, contempló la escena de ruina, y vencedores y vencidos por igual respiraron aliviados. En cien laboratorios, en mil arsenales, fábricas y oficinas, los hombres se sacudieron de golpe y se apartaron de la tarea en la que habían estado absorbidos. Sus proyectos quedaron a un lado, sin terminar, sin ejecutar; pero su conocimiento se conservó; sus datos, cálculos y descubrimientos fueron rápidamente reunidos y archivados “para referencia futura” por las Oficinas de Guerra de cada país.
En estas circunstancias entramos en aquel período de agotamiento que se ha descrito como Paz. Nos dio, al menos, una oportunidad de considerar la situación general. Surgen ciertos hechos sombríos, sólidos, inexorables, como las formas de montañas en medio de la neblina. Queda establecido que de ahora en adelante poblaciones enteras participarán en la guerra, todas dando lo máximo, todas sometidas a la furia del enemigo. Queda establecido que las naciones que crean que su vida está en juego no se abstendrán de usar cualquier medio para asegurar su existencia. Es probable—no, es seguro—que entre los medios de que dispondrán la próxima vez estarán agencias y procesos de destrucción al por mayor, ilimitados, y quizá, una vez desatados, incontrolables.
La humanidad nunca había estado en esta situación antes. Sin haber mejorado apreciablemente en virtud ni disfrutado de una guía más sabia, tiene ahora en sus manos, por primera vez, las herramientas con las que puede lograr infaliblemente su propia exterminación. Ése es el punto en los destinos humanos al que todas las glorias y esfuerzos del hombre finalmente lo han conducido. Harían bien en detenerse y reflexionar sobre sus nuevas responsabilidades. La muerte está firme en atención, obediente, expectante, lista para servir, lista para segar a los pueblos en masa; lista, si se le llama, para pulverizar, sin esperanza de reparación, lo que queda de la civilización. Solo espera la palabra de mando. La espera de un ser frágil y desconcertado, durante mucho tiempo su víctima, ahora—por una ocasión solamente—su Amo.
(De The Aftermath, citado en Winston S. Churchill, The Gathering Storm [Boston: Houghton Mifflin, 1948], págs. 38-41.)
Esa fue la Primera Guerra Mundial, pero habría de repetirse porque no se aprendió la lección. La moralidad se dejó desatendida. Los valores espirituales y la formación del carácter se enfatizaron en algunos lugares, pero solo aquí y allá. El carácter fue peor que ignorado; fue manipulado. Y solo hace falta una generación para provocar tal declive.
El siguiente episodio comenzó en 1939, cuando Alemania invadió Polonia. Se pensaba que Gran Bretaña no resistiría. Ya no quedaba honor allí. Lo habían determinado con el desmembramiento de Checoslovaquia.
Pero ya era suficiente, y el domingo 3 de septiembre de 1939, después de la señal de “todo despejado”, Sir Winston fue a la Cámara de los Comunes, sabiendo que participaría en una declaración de guerra. Había recibido una nota del Primer Ministro invitándolo a ir a su despacho tan pronto como terminara el debate. Él escribió:
Mientras estaba sentado en mi lugar, escuchando los discursos, me invadió una fuerte sensación de calma, después de las intensas pasiones y emociones de los últimos días. Sentí una serenidad de mente y fui consciente de una especie de elevación desprendida de los asuntos humanos y personales. La gloria de la Vieja Inglaterra, amante de la paz y mal preparada como estaba, pero inmediata e intrépida ante el llamado del honor, estremeció mi ser y pareció elevar nuestro destino a esas esferas muy alejadas de los hechos terrenales y de las sensaciones físicas. Traté de transmitir algo de este estado de ánimo a la Cámara cuando hablé, no sin aceptación.
(The Gathering Storm, p. 409.)
Tuve que buscar durante varios meses antes de poder encontrar las actas de la Cámara en aquel domingo fatídico y leer el texto del discurso de Sir Winston. Es muy breve, y dado que es solo un párrafo y tan significativo con respecto a lo que estamos tratando, quiero leerlo íntegramente:
**“En esta hora solemne es un consuelo recordar y reflexionar sobre nuestros repetidos esfuerzos por la paz. Todos han estado condenados al fracaso, pero todos han sido fieles y sinceros. Esto tiene el más alto valor moral y, no solo valor moral, sino valor práctico en el momento presente, porque la plena cooperación de decenas de millones de hombres y mujeres, cuya cooperación es indispensable y cuya camaradería y hermandad son indispensables, es el único fundamento sobre el cual la prueba y la tribulación de la guerra moderna pueden ser soportadas y superadas.
Esta convicción moral por sí sola otorga esa frescura siempre renovada que renueva la fuerza y la energía del pueblo en los días largos, inciertos y oscuros. Afuera, las tormentas de la guerra pueden soplar y las tierras ser azotadas con la furia de sus vendavales, pero en nuestros propios corazones, este domingo por la mañana, hay paz. Nuestras manos pueden estar activas, pero nuestras conciencias están en reposo.”**
(“War” – Cámara de los Comunes, 3 de septiembre de 1939)
Y así volvió a suceder. ¿No es interesante que este hombre, que era político y estadista, al hablar de esos acontecimientos se centre en palabras como convicción moral, fidelidad, conciencia, cooperación, sinceridad, camaradería, hermandad, malicia, maldad, rectitud, virtud, escrúpulos, honor, religión, oración? Todas son palabras relacionadas con la moralidad, el carácter y la espiritualidad.
Sir Winston escribió también lo siguiente:
Un día el presidente Roosevelt me dijo que estaba pidiendo públicamente sugerencias sobre cómo debería llamarse la guerra. Respondí de inmediato: “La guerra innecesaria.” Nunca hubo una guerra más fácil de evitar que la que acaba de arruinar lo que quedaba del mundo tras la lucha anterior. La tragedia humana alcanzó su clímax en el hecho de que, después de todos los esfuerzos y sacrificios de cientos de millones de personas y de las victorias de la Causa Justa, aún no hemos encontrado paz ni seguridad, y nos encontramos atrapados por peligros aún peores que los que ya habíamos superado.
Mi ferviente esperanza es que reflexionar sobre el pasado pueda dar orientación en los días venideros, permitir a una nueva generación reparar algunos de los errores de los años anteriores y así gobernar, de acuerdo con las necesidades y la gloria del hombre, la terrible escena que se desplegará en el futuro.
(The Gathering Storm, págs. v-vi.)
Pues bien, su resumen de la Segunda Guerra Mundial, al igual que el de la primera, une nuestras esperanzas al carácter y a los valores morales y espirituales. Y leo solo unas líneas más…
En la Segunda Guerra Mundial todo vínculo entre hombre y hombre estaba destinado a perecer. Se cometieron crímenes por parte de los alemanes bajo la dominación hitleriana a la que se permitieron someterse, los cuales no tienen igual en escala y maldad con ninguno que haya oscurecido el registro humano. La masacre en masa, mediante procesos sistematizados, de seis o siete millones de hombres, mujeres y niños en los campos de ejecución alemanes supera en horror las carnicerías improvisadas de Gengis Kan, y en escala las reduce a proporciones diminutas.
(Ellas, por supuesto, han sido ampliamente superadas en nuestra generación en los últimos años en la China comunista y en otras áreas donde este horrible proceso de aniquilación humana ha sido practicado).
La exterminación deliberada de poblaciones enteras fue contemplada y llevada a cabo tanto por Alemania como por Rusia en la guerra del Este. El proceso espantoso de bombardear ciudades abiertas desde el aire, iniciado por los alemanes, fue devuelto veinte veces por el creciente poder de los Aliados, y encontró su culminación en el uso de las bombas atómicas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki.
Y luego esto:
Finalmente hemos salido de una escena de ruina material y devastación moral como ninguna que hubiera oscurecido la imaginación de los siglos anteriores. Después de todo lo que sufrimos y logramos, nos encontramos aún enfrentados con problemas y peligros no menores, sino mucho más formidables que aquellos por los cuales tan estrechamente logramos abrirnos paso.
Mi propósito, como alguien que vivió y actuó en esos días, es mostrar cuán fácilmente se pudo haber prevenido la tragedia de la Segunda Guerra Mundial; cómo la malicia de los malvados fue reforzada por la debilidad de los virtuosos. (The Gathering Storm, p. 17.)
Noten esas palabras nuevamente: malvado, virtuoso, moral, malicia. Palabras que tienen que ver con carácter y moralidad. Quizás no son esenciales al enseñar química o matemáticas, o geografía, o artes vocacionales. Tienen más sustancia al enseñar ciencias políticas, vida en el hogar y la familia, problemas sociales o historia, y quizá un significado casual al enseñar lenguas. ¡Pero son palabras que deben enseñarse! Y no prosperarán por sí solas. Son palabras que deben cultivarse y nutrirse. Los ideales que representan son absolutamente esenciales para la supervivencia de la civilización.
Motivaciones no necesariamente “orientadas a la Iglesia”
Los felicito, como directores de las escuelas secundarias, por preocuparse por estos ideales. La oficina estatal de educación ha hecho un excelente trabajo en la educación del carácter y hay algunos distritos que tienen programas en marcha que son muy buenos. Ustedes tienen mucho, muchísimo apoyo en este propósito de preocuparse por los valores morales y espirituales.
Sin embargo, si proceden, sus esfuerzos pueden ser, y por algunos ciertamente serán, malinterpretados. Dirán que están fuera de su competencia.
Recientemente, aquí en la Universidad Brigham Young, establecimos un “Instituto para los Estudios de Valores y Conducta Humana.” Costó un poco lograr que la palabra valores fuera incluida en el título, porque las primeras propuestas se centraban únicamente en el estudio de la conducta humana. Pero la palabra está allí, y el Instituto ha comenzado con buen pie.
El Dr. Allen E. Bergin, director del Instituto, dio recientemente un discurso en un simposio sobre valores. En él acusó a los científicos conductuales por sus esfuerzos de analizar la conducta humana y al mismo tiempo ignorar por completo las dimensiones morales y espirituales de nuestras vidas.
La reacción a su discurso fue muy interesante. El hecho de que un erudito tan distinguido acusara a su propia profesión de evitar algunos ingredientes esenciales en su campo ofendió a algunos y avergonzó a otros.
Me parece muy extraña esa respuesta, viniendo de una profesión cuyo esfuerzo central durante la última generación ha sido lograr que los individuos hablen abiertamente de sus debilidades como parte del proceso de sanación. ¿No deberían ellos estar dispuestos a hacerlo como profesión?
La integridad de esa profesión bien podría ser juzgada ahora según cómo reaccionen y con cuánta reflexión consideren las declaraciones del Dr. Bergin. No pueden comprender la conducta humana a menos que incluyan como consideración esencial las dimensiones morales y espirituales de la vida. De lo contrario, se colocan en una posición que podría compararse con una escuela para panaderos donde, por alguna razón desconocida, se prohíbe hablar o usar levadura. Sea lo que fuere que hagan, o lo que logren sus estudiantes, los resultados de sus esfuerzos y los de sus alumnos, en última instancia, deberán describirse como planos y sin sabor.
Cuando ustedes se ocupan de los valores morales y espirituales y de la educación del carácter, algunos suponen que su motivación es “orientada por la iglesia”. Pero sea cual fuere su motivación, es una motivación esencial. Y las palabras de las que estamos hablando no pertenecen exclusivamente a las iglesias.
Los Boy Scouts lo han demostrado. Funcionan bajo el patrocinio de toda una gama de agencias, iglesias, organizaciones cívicas, clubes, incluso gobiernos. Y ellos manejan de una manera muy directa palabras como honesto, leal, servicial, amistoso, cortés, bondadoso, obediente, ahorrativo, alegre, valiente, limpio y reverente. Se proponen hacer que sus participantes sean físicamente fuertes, mentalmente despiertos y rectos en lo moral.
Ustedes no están fuera de su competencia, ni siquiera cerca de los límites de ella, cuando se ocupan de la educación moral y del carácter. Están justo en el centro de lo que más importa, y cuentan con mucho apoyo.
Cómo enseñar estos valores
Ahora quiero decir algo sobre cómo la enseñanza del carácter y la enseñanza de los valores morales y espirituales difieren de la mayoría de las otras disciplinas.
A veces pensamos que estamos trabajando en ello e intentando lograrlo, pero fracasamos y no sabemos muy bien por qué. Invertimos tiempo y esfuerzo, el espacio en el aula y la energía, pero no lo conseguimos. Para hacerlo bien, necesitamos incluirlo como parte de todas las materias. Se hace mejor si, como la levadura, es un ingrediente básico de todo lo que se enseña. Pero, para hacerlo, necesitarán algunas herramientas especializadas. Ahora, permítanme explicar. Esto en realidad debería ser otra charla, pero quiero avanzar lo suficiente en el tema de la enseñanza de los valores espirituales y morales para señalar un punto.
La mejor certificación de la inteligencia del ser humano es su capacidad de reproducir su entorno en símbolos. Puede observar las cosas a su alrededor, crear símbolos que las representen, ponerlos en papel e incluso registrarlos en la base de datos de una computadora. El alfabeto es quizás el mejor y más sencillo ejemplo.
Tres símbolos entre los veintiséis, C-A-T, simbolizan cat (gato). Ahora bien, aunque no hay manera de juntar esas tres letras, C-A-T, en una línea, boca abajo o inclinadas una sobre otra para que realmente se vean como un gato, no es demasiado difícil usarlas como símbolo y enseñar a los jóvenes qué es un gato.
Y luego podemos aumentar la información. B-I-G lo convertiría en un big cat (gato grande). B-L-A-C-K indicaría su color, y R-U-N-N-I-N-G describiría su movimiento.
Podemos transmitir, mediante el uso de esos pequeños símbolos que ponemos en carteles, pizarras, etc., una gran cantidad de información.
Un gato tiene tamaño, forma, color y textura. Puede describirse como grande o pequeño, suave o áspero, negro o blanco, de esta forma o de aquella. Podemos obtener una imagen de él. Podemos hacer películas de él, y eventualmente incluso podríamos mostrar un gato. Y así logramos que la idea de gato se enseñe.
La mayoría de las cosas que estamos obligados a enseñar, y la mayoría de las cosas que ustedes dirigen por medio de la instrucción, pueden enseñarse de alguna manera utilizando las herramientas que acabamos de mencionar. Podemos recrear el mundo tangible y material que nos rodea en símbolos, utilizando algunas herramientas útiles para hacer que esos símbolos sean descriptivos. Transmitimos de una persona a otra la idea de gato, o la mayoría de las demás ideas, describiéndolo en términos de tamaño, forma, color, peso o textura, o bien por otras características.
Ahora bien, la razón por la cual muchas veces la enseñanza de los valores morales y espirituales es tan difícil, es que en ese campo tenemos la responsabilidad de enseñar principios intangibles como el valor, la fe, la honestidad, el amor, la humildad, la reverencia, la modestia. En la enseñanza de la moralidad no recreamos el mundo material que nos rodea; tratamos con el mundo intangible que está dentro de nosotros, y existe una diferencia muy grande. Las herramientas ordinarias de enseñanza que tenemos disponibles simplemente no funcionan muy bien. Transmitirle a un joven la idea de un gato es mucho más sencillo que transmitirle la idea de honestidad.
La honestidad es muy difícil de describir. Por ejemplo, ¿qué tamaño tiene la honestidad? Pronto descubrimos que el tamaño no es útil. Apenas podemos hablarle vagamente a un joven que no sabe nada de honestidad, mencionando la cantidad de honestidad: muy honesto o no tan honesto; eso es relativo. No podemos decirle de qué color es. No podemos decirle qué forma tiene. No podemos decirle qué textura posee. Y ese es precisamente el punto.
Cuando enseñan valores morales y espirituales, la mayoría de los maestros no se da cuenta de que las herramientas básicas—el martillo, la sierra, la regla—las herramientas comunes para construir imágenes materiales en la mente de los demás, no se usan de la misma manera que en la enseñanza de cualquier otra cosa. No se pueden usar directamente. Debe emplearse un conjunto completamente nuevo de herramientas, diseñadas de manera diferente.
Es mucho, mucho más fácil recrear el mundo visible y tangible que nos rodea en símbolos alfabéticos, que recrear el mundo intangible e invisible que está dentro de nosotros y lograr que se entienda.
¿Qué hacemos entonces, si no podemos usar las herramientas básicas comunes de la enseñanza para transmitir valores morales y espirituales? ¿Qué hacemos con lo intangible? ¿Cómo lo enseñamos?
Bueno, por supuesto que hay una manera. Podemos contar historias sobre personas y sus acciones, y así demostrar la honestidad, por ejemplo, de esa manera. Esto es útil y puede poner la idea de la honestidad en la mente de un estudiante. Pero no es la manera más eficaz.
Es mejor usar símbolos para representarla. Una manera más efectiva es vincular la idea invisible—la honestidad—a alguna cosa tangible que el estudiante ya conozca, y luego construir a partir de ese conocimiento.
Sus profesores de educación definen este proceso tan útil como apercepción. La apercepción se define como “el proceso de comprender algo percibido en términos de una experiencia previa”.
Esto significa que, si tenemos algo difícil de enseñar, como la honestidad, la reverencia, el amor o el valor, debemos comenzar con la experiencia del estudiante y hablarle de cosas que ya conoce. Entonces, cuando hagamos una transferencia o comparación con aquello que queremos que conozca, podrá percibir el significado.
Si de algún modo pudiéramos asociar la honestidad con algo que el estudiante ya conoce, algo que sea tangible y medible en dimensiones, entonces la enseñanza sobre ella se volvería mucho más fácil. Entonces podríamos formar palabras para describirla, crear historias sobre ella, medirla, dibujar imágenes de ella, hacer diapositivas y películas y mostrarla, o presentarla como una lección objetiva. Entonces estaríamos sobre un terreno sólido con los estudiantes, porque los estudiantes, generalmente hablando, están más interesados en lo que ya conocen que en aquellas cosas que no conocen.
Ahora, solo una frase como ejemplo: el símbolo bíblico de la fe es una semilla—una semilla de mostaza. Pero eso es otro discurso.
Las letras del alfabeto pueden disponerse en palabras que a su vez se convierten en símbolos de objetos en el mundo tangible que nos rodea. Podemos abrir un libro lleno de tales símbolos y leerlos, y al hacerlo podemos ver las cosas que los símbolos representan.
De manera similar, las cosas comunes que ya conocemos pueden hacerse representar ideales intangibles e invisibles. Podemos aprender a leer esos símbolos y, al hacerlo, podemos ver las cosas que representan, tales como amor, fe, caridad y obediencia.
Todo eso, entonces, es para hacer un solo punto: nosotros, y ustedes, y aquellos a quienes dirigen en nuestras escuelas, podríamos llegar a ser muy buenos en la enseñanza del carácter moral, en la enseñanza de valores, si dedicáramos tanto esfuerzo a desarrollar herramientas especializadas para hacerlo como lo hacemos para otras materias; por ejemplo, matemáticas. Y me parece que si pudieran interesar a algunos de sus maestros en las escuelas públicas—de una manera pública, no de una manera “eclesiástica”—en comprender y desarrollar los procesos para enseñar valores morales y espirituales, podríamos lograr lo que necesitamos lograr tan fácilmente como podemos enseñar cualquiera de las otras disciplinas.
La religión negativa amenaza con tomar el control
Nuestro huerto ha quedado sin cultivar y las malas hierbas casi han sofocado cualquier interés por los valores en nuestro sistema de educación pública. Comenzando en las facultades de magisterio en las universidades, los futuros maestros, bombardeados con humanismo, secularismo, pragmatismo y ateísmo, se han graduado con una brecha notable en su preparación. La preocupación por los estándares en las facultades de educación se reserva mayormente para los estándares académicos, y los estudiantes se gradúan para buscar empleo en escuelas que, en algunos casos, han sido descritas—y no sin algo de verdad—como selvas.
Nuevamente hago referencia al hecho de que viajo un poco, y teniendo interés en la educación, da escalofríos pensar lo que ellos tienen allá y que nosotros tendremos aquí, a menos que despertemos y hagamos algo al respecto.
La Corte Suprema de los Estados Unidos, hace varios años, dictó una decisión relacionada con la oración en las escuelas públicas. Esa decisión fue parcial. Fue unilateral. Independientemente de cuál haya sido la intención—y yo sé cuál era la intención—el efecto ha sido dar un gran estímulo a quienes quisieran borrar de nuestra sociedad todo vestigio de referencia al Todopoderoso. Y una extensión de eso ha sido, en efecto, el abandono de cualquier preocupación por los valores morales y espirituales en las escuelas públicas.
La decisión fue parcial porque la demandante quería proteger a su hijo de cualquier contacto con la religión en las escuelas públicas. Ahora, su hijo está protegido de mi tipo de religión, y mi hijo está expuesto a la de ella.
Hay una necesidad urgente de que los educadores entiendan e identifiquen al ateísmo por lo que es, y eso es: una religión. Aunque negativa, no deja de ser una expresión religiosa.
Ponemos el sol y la lluvia juntos bajo el título de clima. Sería un tanto ridículo hablar de cielos despejados y de cielos nublados y afirmar que no están relacionados y que no pueden considerarse bajo un solo título: clima. Es igualmente ridículo separar teísmo de ateísmo y afirmar que son dos asuntos distintos. Especialmente cuando en el aula toleramos, y en algunos casos fomentamos, que el ateo predique su doctrina y las normas de conducta y moralidad que acompañan a sus creencias, y al mismo tiempo, con gran vigor, eliminamos toda referencia positiva al teísmo y a las normas que acompañan a esa creencia.
Los administradores de nuestras escuelas que pretendan mantener la libertad académica harían bien en asegurarse de administrarla imparcialmente. De lo contrario, ofenden el mismo principio que dicen sostener.
Somos muy estrictos al prohibir que alguien predique religión sectaria en una escuela pública en el aula, y al definir cualquier norma decente de moralidad como sectaria; pero, por alguna razón, somos muy pacientes con aquellos que enseñan religión negativa y los estándares degradantes que la acompañan.
En la separación de la iglesia y el estado deberíamos exigir más protección contra el agnóstico, contra el ateo, contra el comunista, contra el escéptico, contra el humanista, contra lo amoral y lo inmoral, de la que hasta ahora se nos ha dado. El ateo no tiene más derecho a enseñar los fundamentos de su secta en las escuelas públicas que el teísta. Cualquier sistema de escuelas en nuestra sociedad que proteja la destrucción de la fe y, a su vez, prohíba su defensa, en última instancia destruirá la fibra moral de un pueblo.
La hora es tardía
Ahora bien, ¿acaso hay algo más claramente evidente en nuestra sociedad actual? ¿Hay algo más obvio en las escuelas públicas en general? Nos estamos deshaciendo por las costuras. Cualquiera puede verlo. Ya es hora de que ustedes, como administradores en las escuelas públicas de este estado y de toda la nación, lo reconozcan, y estoy muy agradecido de que estén haciendo algo al respecto aquí.
Un administrador sabio no permitiría que se enseñara una materia que tiene implicaciones morales muy significativas sin considerar seriamente, como parte de esa enseñanza, esas mismas implicaciones morales. La enseñanza de la maduración humana, la llamada educación sexual, en nuestras escuelas públicas es el mejor ejemplo. Si se enseña esa materia e se ignoran las implicaciones morales tan significativas que la rodean, está siendo enseñada solo a medias.
Hace un par de años, Neal A. Maxwell y yo fuimos enviados a Europa, donde nos reunimos con el ministro de educación en Dinamarca y pasamos un tiempo revisando sus libros de texto y sus procesos de educación y viendo algunas de las cosas que allí se estaban desarrollando. Dado que aquí hay público mixto, no puedo describir lo que contienen esos libros de texto de primaria. Pero basta decir que serían considerados como pornografía de alto nivel en las escuelas primarias y secundarias de aquí. Y la tendencia, como ya mencioné, es hacia algo que algún día enfrentaremos también nosotros.
Repito: un administrador sabio no permitiría que se enseñara una materia que tiene implicaciones morales muy significativas sin considerar seriamente, como parte de esa enseñanza, esas mismas implicaciones morales.
¡Qué alentador es, una vez más lo digo, ver al fin a un grupo de administradores preocupados, realmente preocupados, por la educación del carácter! Espero que estemos aún a tiempo. Será mejor que lo hagamos pronto, porque es tarde; casi, pero no del todo, demasiado tarde.
Una última referencia a Sir Winston Churchill. Cuando Gran Bretaña finalmente tomó la decisión, ya había dejado pasar varios compromisos morales, y cuando por fin resolvieron actuar, él respondió:
“Aquí estaba la decisión al fin, tomada en el peor momento posible y sobre la base menos satisfactoria, que seguramente llevaría a la matanza de decenas de millones de personas. Aquí estaba una causa justa deliberadamente… comprometida en una batalla mortal después de que sus bienes y ventajas hubieran sido tan imprudentemente desperdiciados. Aun así, si no luchas por lo correcto cuando puedes ganar fácilmente sin derramamiento de sangre; si no luchas cuando tu victoria será segura y no demasiado costosa, puede llegar el momento en que tengas que luchar con todas las probabilidades en tu contra y solo una precaria posibilidad de sobrevivir. Puede incluso darse un caso peor: que tengas que luchar cuando no haya esperanza de victoria, porque es mejor perecer que vivir como esclavos.”
(The Gathering Storm, pp. 347-48.)
Bueno, después de ese comentario tan ominoso, creo que quiero concluir con una nota de optimismo.
Solía preocuparme mucho más por algunas de estas cosas de lo que me preocupo ahora. Cuando Madeline Murray, o como se llame ahora, prosperó en su esfuerzo que terminó en esa decisión de la Corte Suprema, que causó una reacción en cadena en muchas cosas, leí en algún lugar esta declaración:
“Entre Dios y la señora Murray se libra una batalla real. ¡Pero no es justo, considerando la diferencia de sus edades!”
He meditado sobre la cuestión de cómo debería concluir este discurso. Todos ustedes son administradores de escuelas públicas, y nosotros estamos, en cierto sentido, en un entorno escolar público. Y entonces tuve el feliz pensamiento de que ¡ahora no estamos en propiedad de la escuela pública!
Así que no tengo reparos en expresar una profunda ansiedad que proviene de haber visitado quizá setenta países, en escuelas públicas de esos lugares, y haber visto lo que está ocurriendo, y en orar para que el Señor los bendiga en su trabajo y en sus esfuerzos, para que puedan tener inspiración más allá de su preparación y más allá de su experiencia al considerar las preguntas y los desafíos de enseñar valores morales y espirituales. Que, en particular, puedan ser sostenidos en aquellos momentos en los que ustedes, como administradores, deban mantenerse solos; que tengan un valor moral ejemplar.
¡Qué gran cosa sería si ustedes pudieran fortalecerse con su superintendente, con su junta de educación, y obtener de ellos apoyo moral para la enseñanza del carácter y de los valores en su escuela, y para mantener un estándar en el cual tienen un tremendo respaldo que representa al sector público cuyos hijos enseñan, y de hecho, de quienes somos servidores, como educadores!
Que el Señor los bendiga para que recuerden aquellas palabras que el político y estadista consideró tan vitales: moralidad, convicción, valor, honor, rectitud, maldad, malicia, oración, religión, obediencia, carácter y valores.
Dios los bendiga en su labor. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
Discurso pronunciado ante la Asociación de Directores de Escuelas Secundarias de Utah
14 de junio de 1977
























