Esdras 1; 3–7; Nehemías 2; 4–6; 8 – “Yo estoy ocupado en una gran obra”

Los muros de Jerusalén siendo reconstruidos

27 julio – 2 agosto:
“Yo estoy ocupado en una gran obra”
Esdras 1; 3–7; Nehemías 2; 4–6; 8


El relato de Esdras y Nehemías constituye una de las grandes narrativas de restauración espiritual del Antiguo Testamento. Más allá de la reconstrucción física de Jerusalén y del templo, estos capítulos muestran el proceso mediante el cual Dios restaura convenios, identidad espiritual y esperanza en un pueblo que había vivido décadas de cautiverio y dispersión. La expresión de Nehemías: “Yo estoy ocupado en una gran obra” (Nehemías 6:3) simboliza la prioridad absoluta de la obra del Señor sobre las distracciones, la oposición y el desaliento del mundo. Los enemigos intentaron detener la reconstrucción mediante amenazas, burlas y compromisos políticos, pero Nehemías comprendió que abandonar la obra sagrada significaba debilitar espiritualmente al pueblo. De manera semejante, los discípulos modernos son llamados a permanecer firmes en la edificación del reino de Dios, especialmente en la adoración en el templo, la obediencia a los convenios y la protección espiritual del hogar y de la fe. El templo reconstruido bajo Zorobabel representaba más que un edificio: era el símbolo de la presencia divina renovada entre el pueblo del convenio (Esdras 3:10–13). Así, la “gran obra” siempre está conectada con acercar a las personas nuevamente a Dios.

El texto también enseña que las verdaderas restauraciones espirituales requieren tanto estructuras externas como transformación interna. Esdras entendió que no bastaba con reconstruir Jerusalén; era necesario reconstruir el corazón del pueblo mediante la ley de Jehová (Esdras 7:10). Por eso, Nehemías 8 describe uno de los momentos más sagrados del relato: el pueblo reunido escuchando la palabra de Dios con reverencia, arrepentimiento y gozo. Esto anticipa el principio de que toda restauración divina ocurre mediante la palabra revelada, los convenios y la renovación espiritual del alma. Además, el hecho de que Dios utilizara incluso a reyes paganos como Ciro para cumplir Sus propósitos demuestra Su soberanía sobre las naciones y Su fidelidad a los convenios hechos con Israel (Esdras 1:1–4; Jeremías 29:10). Para un lector moderno, estos capítulos enseñan que el Señor nunca abandona a Su pueblo del convenio, aun después de períodos de apostasía, debilidad o exilio espiritual. Él sigue levantando líderes, revelando Su palabra y fortaleciendo a quienes deciden permanecer “ocupados en una gran obra”, edificando espiritualmente su vida, su familia y el reino de Dios sobre la tierra.


Esdras 1
El Señor inspira a las personas para cumplir Sus propósitos


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El capítulo revela una de las doctrinas más profundas de la historia sagrada: el Señor dirige Su obra no solamente mediante profetas y creyentes del convenio, sino también mediante gobernantes, naciones y personas que quizás no pertenecen formalmente a Su pueblo. El relato comienza declarando que “Jehová despertó el espíritu de Ciro rey de Persia” (Esdras 1:1), mostrando que Dios gobierna la historia desde una perspectiva eterna y puede inspirar a cualquier persona para cumplir Sus designios redentores. Ciro, un rey gentil, se convirtió en instrumento divino para liberar a los judíos del cautiverio y permitir la reconstrucción del templo en Jerusalén. Desde una perspectiva doctrinal, esto enseña que la soberanía de Dios trasciende fronteras religiosas, culturales y políticas. El Señor no limita Su influencia únicamente a los miembros del convenio; Él prepara personas, circunstancias y gobiernos para adelantar Su obra en la tierra. Tal como enseñó Isaías mucho antes, Ciro fue llamado incluso “mi pastor” y “mi ungido” (Isaías 44:28; 45:1), evidenciando que Dios conoce y utiliza a individuos específicos para bendecir a Sus hijos mucho antes de que ellos mismos comprendan plenamente su papel en el plan divino.

Además, Esdras 1 enseña que la obra del Señor es una obra colectiva inspirada por Él. No solo Ciro ayudó; también “todos aquellos en cuyo espíritu Dios despertó” participaron en la reconstrucción del templo (Esdras 1:5). Algunos dieron recursos, otros protección, otros liderazgo y otros trabajo físico. Esta cooperación refleja un principio eterno: el Señor organiza a Sus hijos para edificar Su reino mediante diversos dones y contribuciones. En la actualidad, podemos ver la mano de Dios obrando a través de líderes honestos, maestros, amigos, familiares e incluso personas que no comparten nuestra fe, pero que son movidas a actuar con bondad, justicia y verdad. Eso nos enseña que la luz de Cristo influye ampliamente sobre la humanidad (véase Juan 1:9; Moroni 7:16). También revela que la obra de Dios es más extensa de lo que muchas veces imaginamos; Él está preparando el mundo continuamente para cumplir Sus promesas. Esdras 1 no es solamente una historia de retorno físico a Jerusalén, sino una manifestación del gobierno providencial de Dios sobre las naciones y una evidencia de que Él puede inspirar corazones inesperados para llevar adelante Su obra sagrada.


Ciro el Grande

“Ciro el Grande (se desconoce su fecha de nacimiento) descendía de una línea de reyes que gobernaban en Anzán (el Ansán babilónico), una región conocida por las naciones situadas al occidente como Edom (la tierra alta). Aunque se desconocen muchos detalles de la vida y las actividades de Ciro el Grande, existe suficiente evidencia para reconocerlo como un gran líder, un valioso instrumento en el plan del Señor para Sus hijos, especialmente para el antiguo Israel. Vivió poco más de 500 años antes de Cristo y fue mencionado en las profecías del Antiguo Testamento, apareciendo en 2 Crónicas 36:22–23 y Esdras 1:1–2, así como en los escritos de los profetas Ezequiel, Isaías y Daniel. …

Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde habite, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganado, además de las ofrendas voluntarias para la casa de Dios que está en Jerusalén.

Entonces se levantaron los jefes de las casas paternas de Judá y de Benjamín, así como los sacerdotes y los levitas, junto con todos aquellos cuyo espíritu Dios despertó para subir a edificar la casa de Jehová que estaba en Jerusalén.

Y todos los que estaban a su alrededor les ayudaron con objetos de plata, oro, bienes, ganado y cosas preciosas, además de todas las ofrendas voluntarias. También el rey Ciro sacó los utensilios de la casa de Jehová que Nabucodonosor había llevado de Jerusalén y había puesto en el templo de sus dioses.

Ciro, rey de Persia, los entregó por medio de Mitrídates, el tesorero, quien los contó y los entregó a Sesbasar, príncipe de Judá.

Y este era el número de ellos: treinta tazones de oro, mil tazones de plata, veintinueve cuchillos,

Treinta copas de oro, cuatrocientas diez copas de plata de otra clase y otros mil utensilios.

Todos los utensilios de oro y de plata eran cinco mil cuatrocientos. Todos estos los hizo subir Sesbasar con los cautivos que regresaron de Babilonia a Jerusalén” (Esdras 1:4–11).

Ciro restauró los santuarios y pacificó a los pueblos tributarios devolviéndoles las imágenes de sus dioses. Entre aquellos cuyos sentimientos religiosos respetó se encontraban los hebreos cautivos, a quienes al mismo tiempo restituyó ciertos derechos políticos y sociales. La llegada de este libertador había sido anunciada por los profetas, y sin duda los fieles lo recibieron con esperanza y gozo. Les concedió permiso para regresar a Jerusalén y dispuso que el templo de Jehová fuera reconstruido allí a expensas de su propio tesoro. El Señor de todos nosotros utilizó a este poderoso gobernante como un instrumento para llevar a cabo Sus propósitos, tal como lo había hecho antes y como lo hará muchas veces más en los días venideros. Se dice que Ciro el Grande pasó los últimos años de su vida poniendo en orden los asuntos de su vasto imperio para bendición de sus pueblos. Al parecer fue un gobernante prudente y considerado, que sabía cómo aprovechar los sentimientos de los demás para alcanzar grandes objetivos beneficiosos y políticos. Y aunque su trato favorable hacia los hebreos probablemente se debió principalmente al deseo de contar con súbditos leales en una frontera amenazada, no dejó por ello de ser su libertador de la esclavitud.

“A Ciro se le ha descrito como un gobernante no religioso que poseía ideales religiosos y cristianos. … Sí, Dios, nuestro Padre, utiliza a los hombres de la tierra, especialmente a los hombres buenos, para llevar a cabo Sus propósitos”.

— El presidente Ezra Taft Benson, del Quórum de los Doce Apóstoles, en un devocional de la Universidad Brigham Young de mayo de 1973, “People — World Celebration in Iran”.

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¿De qué modo ves obrar al Señor a través de los hombres y mujeres que te rodean, incluso aquellos que no son miembros de Su Iglesia?
Esdras 1 enseña que el Señor puede inspirar a cualquier persona para cumplir propósitos divinos, independientemente de su afiliación religiosa. Ciro no pertenecía al pueblo del convenio de Israel y, sin embargo, Jehová “despertó” su espíritu para permitir el regreso de los judíos y la reconstrucción del templo (Esdras 1:1–4). Este principio revela que la influencia de Dios opera en toda la humanidad mediante la Luz de Cristo, la cual “alumbra a todo hombre” (Juan 1:9; Moroni 7:16). Esto nos ayuda a reconocer que el Señor obra a través de líderes justos, amigos bondadosos, maestros sabios, gobernantes honestos y personas compasivas que promueven la verdad, la justicia y el bienestar humano. Muchas veces, Dios responde oraciones, abre oportunidades y brinda ayuda mediante individuos que quizás no compartan nuestra fe, pero cuyos corazones son sensibles a la inspiración divina. El libro de Esdras enseña que la obra de Dios nunca ha estado limitada a una sola nación o grupo religioso; Él dirige la historia y mueve corazones para bendecir a Sus hijos conforme a Su sabiduría eterna.


¿Qué te indica eso en cuanto al Señor y Su obra?
Este principio indica que la obra del Señor es universal, soberana y perfectamente dirigida. Esdras 1 muestra que Dios no solamente gobierna asuntos espirituales individuales, sino también acontecimientos históricos, imperios y decisiones políticas para cumplir Sus convenios. La caída de Babilonia y el ascenso de Persia no fueron accidentes históricos; fueron parte del cumplimiento profético anunciado por Jehová siglos antes (Isaías 44:28–45:1). Esto demuestra que el Señor tiene poder sobre todas las naciones y que Su obra avanza aun cuando los seres humanos no siempre perciban Su mano. También enseña que Dios ama a toda la humanidad y prepara continuamente circunstancias para bendecir a Sus hijos y llevar adelante Su plan de redención. El mensaje central de Esdras 1 es que Jehová es el verdadero director de la historia sagrada: Él inspira, prepara, levanta líderes y abre caminos para que Su obra continúe. Esta verdad fortalece la fe porque nos recuerda que, aun en tiempos de incertidumbre, el Señor sigue guiando el curso de Su reino y cumpliendo Sus promesas eternas.


Esdras 3:8–13; 6:16–22
La Casa del Señor es un lugar de gozo


El relato del Libro de Esdras sobre la reconstrucción del templo revela una de las doctrinas más profundas del Antiguo Testamento: el pueblo de Dios no solo necesitaba regresar físicamente del cautiverio, sino también espiritualmente a la presencia del Señor. Después de décadas de exilio en Babilonia, los judíos habían perdido su ciudad, su reino y el símbolo más sagrado de su identidad espiritual: el templo de Jerusalén. Por eso, cuando comenzaron nuevamente la obra del templo, “muchos daban grandes gritos de alegría” mientras otros lloraban al recordar la gloria pasada (Esdras 3:10–13). Esa mezcla de lágrimas y gozo refleja una verdad eterna: la Casa del Señor despierta tanto memoria sagrada como esperanza futura. El templo representa el lugar donde Dios vuelve a habitar con Su pueblo mediante convenios, adoración y santidad. La reacción emocional del pueblo demuestra que el templo no era simplemente una estructura arquitectónica; era el centro de su relación con Jehová, el símbolo visible de Su misericordia y de la restauración espiritual de Israel.

El Libro de Esdras 6:16–22, la dedicación del templo se transforma en una celebración nacional llena de sacrificios, purificación y gozo colectivo. El texto recalca que “celebraron con regocijo la dedicación de esta casa de Dios” porque el Señor “había alegrado sus corazones”. Esto enseña que el verdadero gozo no proviene solo de la prosperidad temporal, sino de volver a estar en convenio con Dios. En la teología del templo, la alegría nace de la reconciliación divina, de la posibilidad de acercarse nuevamente a la presencia de Jehová y de renovar la identidad espiritual del pueblo escogido. El templo funciona como un “microcosmos del cielo”, un espacio donde el caos del mundo es reemplazado por orden sagrado, pureza y comunión con Dios. Por eso la construcción de un templo siempre es motivo de celebración: porque representa esperanza después de la ruina, restauración después del exilio y la evidencia tangible de que Dios todavía mora entre Su pueblo.

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El templo de Zorobabel

“Profetas como Isaías y Jeremías advirtieron a los habitantes de Jerusalén que, si continuaban quebrantando sus convenios con el Señor, la ciudad y su templo serían destruidos. Esta profecía se cumplió cuando Babilonia invadió por primera vez Judá alrededor del año 600 a. C., destruyendo sus aldeas, pueblos, ciudades y su vida religiosa.

“Jerusalén cayó finalmente en el año 587 a. C., y los judíos exiliados fueron expulsados de su patria devastada (véase Salmos 137:1). Unas pocas personas permanecieron en Jerusalén y sus alrededores, entre ellas los samaritanos, quienes con el tiempo se casaron con personas que no pertenecían a Israel (véase Jeremías 40:7, 11–12). Más tarde, los exiliados comenzaron a regresar a Palestina y a reconstruir sus hogares y su vida religiosa (véase Esdras 3). El templo de Jerusalén, finalmente reconstruido hacia el año 515 a. C., volvió a convertirse en el centro de la adoración judía.

“Debido a que los judíos rechazaron la oferta de los samaritanos de ayudar a reconstruir el templo, estos edificaron un templo alternativo a finales del siglo IV a. C. en el monte Gerizim, a unos 64 kilómetros (40 millas) al norte de Jerusalén. De este modo, la adoración y la fe en Jehová quedaron divididas entre el nuevo templo del monte Gerizim y el templo de Jerusalén, ya que ambos reclamaban poseer la autoridad del sacerdocio (véase Juan 4:20).”

— S. Kent Brown, en el artículo de Liahona, diciembre de 2014, “Los 500 años perdidos: desde Malaquías hasta Juan el Bautista”.

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“Así, unos seiscientos años antes de la venida terrenal de nuestro Señor, Israel quedó sin templo. El pueblo había caído en la idolatría y en una completa iniquidad, y el Señor los había rechazado a ellos y a su santuario. El reino de Israel, compuesto por aproximadamente diez de las doce tribus, había sido sometido por Asiria alrededor del año 721 a. C., y un siglo más tarde el reino de Judá fue conquistado por los babilonios. Durante setenta años, el pueblo de Judá —conocido desde entonces como los judíos— permaneció en cautiverio, tal como había sido profetizado (véase Jeremías 25:11–12; 29:10).

“Después, bajo el favorable gobierno de Ciro (véanse Esdras 1–2) y Darío (véase Esdras 6), se les permitió regresar a Jerusalén y levantar nuevamente un templo conforme a su fe. En memoria del director de aquella obra, el templo restaurado es conocido en la historia como el templo de Zorobabel. Aunque este templo era muy inferior al magnífico templo de Salomón en cuanto a riqueza de acabados y mobiliario, era, sin embargo, lo mejor que el pueblo podía construir, y el Señor lo aceptó como una ofrenda que simbolizaba el amor y la devoción de Sus hijos del convenio.”

James E. Talmage, del Cuórum de los Doce Apóstoles, en el artículo de Liahona, octubre de 2010, “Una historia de los templos”.

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La edificación de templos 

“La Iglesia ha entrado ahora en la época de mayor dedicación a la construcción de templos en toda su historia. … Esta es una bendición extraordinaria para nosotros como miembros de la Iglesia. El Antiguo Testamento describe parte del gozo que experimentó el pueblo al edificar estos lugares santos: “Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová… Y todo el pueblo gritaba con gran júbilo, alabando a Jehová, porque se echaban los cimientos de la casa de Jehová” (Esdras 3:11; véanse también los versículos 10, 12–13).

“Al contemplar la construcción de estos nuevos templos, creo que nosotros también tendremos ocasión de alabar al Señor y llorar de gozo”.

— David E. Sorensen, Autoridad General Setenta, conferencia general de octubre de 1998, “Templos pequeños, grandes bendiciones”.

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¿Cómo crees que te habrías sentido si hubieras estado entre los judíos que presenciaron la destrucción del templo?
La destrucción del templo de Jerusalén debió haber producido un dolor espiritual y emocional profundo en el pueblo del convenio. Para los judíos, el templo representaba la presencia de Jehová entre ellos; no era solamente un edificio nacional, sino el centro de la adoración, del sacrificio y de los convenios sagrados. Verlo consumido por el fuego simbolizaba también las consecuencias de la apostasía y la pérdida de protección divina. El Salmo 137 describe el duelo de los cautivos en Babilonia cuando lloraban al recordar Sion y decían: “Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza” (Salmo 137:5). Este acontecimiento enseña que cuando el pueblo se aleja de Dios, pierde no solo bendiciones temporales sino también cercanía espiritual con Su presencia. Sin embargo, aun en medio del juicio, Jehová conservó la esperanza de restauración mediante Sus convenios eternos (2 Reyes 25:8–10; 2 Crónicas 36:17–19). La destrucción del templo se convirtió así en una lección sagrada sobre la necesidad del arrepentimiento y la fidelidad al convenio.


¿Cómo se sintieron los judíos, décadas después, cuando se les permitió regresar y reconstruir el templo?
Cuando los judíos regresaron del cautiverio y comenzaron la reconstrucción del templo, experimentaron sentimientos intensos de gratitud, esperanza y reverencia. Esdras relata que algunos lloraban mientras otros gritaban de gozo, hasta el punto de que no podía distinguirse el sonido del lloro del de la alegría (Esdras 3:10–13). Aquello revela una experiencia espiritual colectiva profundamente ligada a la memoria del convenio. Los ancianos lloraban al recordar el templo de Salomón y las pérdidas sufridas, mientras que las nuevas generaciones se regocijaban porque Jehová nuevamente les permitía acercarse a Él. El regreso y la reconstrucción simbolizan la misericordia restauradora de Dios. Jehová no abandonó a Israel para siempre, sino que cumplió Sus promesas de reunir y restaurar a Su pueblo después del arrepentimiento (Jeremías 29:10–14). La dedicación del templo en Esdras 6:16–22 muestra que el verdadero gozo proviene de recuperar la relación de convenio con Dios y volver a participar de una adoración santa centrada en Su casa.


¿Qué sentimientos despierta en ti la Casa del Señor?
La Casa del Señor inspira sentimientos de paz, santidad y cercanía con Dios porque el templo es el lugar donde el cielo y la tierra se unen simbólicamente mediante los convenios eternos. En las Escrituras, el templo siempre aparece como un espacio de revelación, purificación y comunión divina. Así como los judíos sintieron gozo al reconstruir el templo, los discípulos modernos experimentan fortaleza espiritual al entrar en la Casa del Señor para adorar y hacer convenios sagrados. El templo enseña el propósito eterno del hombre: regresar a la presencia de Dios mediante Jesucristo. Allí el creyente recibe instrucción celestial, poder espiritual y una visión eterna de la familia y de la salvación (Doctrina y Convenios 109:22–23). El gozo asociado al templo nace de la certeza de que Dios continúa revelándose a Su pueblo y preparándolo para Su presencia eterna.


¿Por qué la construcción de un templo es motivo para celebrar?
La construcción de un templo es motivo de celebración porque representa la presencia continua de Dios entre Su pueblo y la expansión de Su obra de salvación. En las Escrituras, cada templo simboliza renovación espiritual, restauración del convenio y esperanza para las generaciones futuras. Cuando los judíos terminaron el templo en los días de Esdras, celebraron “con regocijo” porque comprendían que Jehová nuevamente estaba estableciendo Su nombre en medio de ellos (Esdras 6:16). El templo es una evidencia de que Dios no ha abandonado a Sus hijos; al contrario, continúa invitándolos a acercarse a Él mediante ordenanzas sagradas y convenios eternos. Además, el templo bendice tanto a los vivos como a los muertos, extendiendo la obra redentora de Jesucristo a toda la familia humana (1 Corintios 15:29; Doctrina y Convenios 128:15–18). La construcción de un templo anuncia espiritualmente que el Reino de Dios está creciendo sobre la tierra y preparando al mundo para la venida gloriosa de Jesucristo.


Esdras 4–7; Nehemías 2; 4; 6
Dios tiene una obra importante para que yo lleve a cabo


El relato de Zorobabel y Nehemías enseña una doctrina profunda acerca de la obra divina: cuando Dios llama a Sus hijos a edificar Su reino, también les concede poder espiritual para perseverar en medio de la oposición. En el Libro Esdras y Nehemias vemos que la reconstrucción del templo y de los muros de Jerusalén no era simplemente un proyecto político o arquitectónico; representaba la restauración de la identidad espiritual del pueblo del convenio. Zorobabel defendió la santidad de la obra declarando: “Nosotros solos la edificaremos a Jehová” (Esdras 4:3), mostrando que la obra de Dios no puede edificarse sobre compromisos espirituales con influencias que debilitan la fe. De manera semejante, Nehemías comprendió que reedificar Jerusalén significaba restaurar la dignidad del pueblo de Dios después del exilio. Estos relatos revelan que cada discípulo tiene una “gran obra” asignada por el Señor: fortalecer la fe, edificar hogares santos, servir en la Iglesia, defender la verdad y participar en la reunión de Israel. La oposición no es evidencia de que Dios haya abandonado Su obra; más bien, frecuentemente es evidencia de que la obra realmente importa.

La oposición descrita en estos capítulos también posee un significado doctrinal importante. Los enemigos de Zorobabel utilizaron desánimo, acusaciones políticas y retrasos administrativos (Esdras 4:4–24), mientras que los enemigos de Nehemías emplearon burla, intimidación, conspiraciones y engaño espiritual (Nehemías 4:1–8; 6:1–13). Esto enseña que Satanás rara vez destruye la obra de Dios mediante ataques directos únicamente; muchas veces intenta agotarla mediante distracciones, temor, crítica o desaliento. Por eso resulta tan significativa la respuesta de Nehemías: “Estoy ocupado en una gran obra, y no puedo ir” (Nehemías 6:3). Esa declaración refleja una mente centrada en prioridades eternas. Cuando Nehemías afirmó que “el pueblo tuvo ánimo para trabajar” (Nehemías 4:6), el texto hebreo sugiere más que entusiasmo emocional; implica un corazón decidido y consagrado. Tener “ánimo para trabajar” significa servir con una voluntad alineada con Dios, aun cuando existan cansancio, oposición o incertidumbre. Del mismo modo, la expresión “la bondadosa mano de Dios” sobre Nehemías y Esdras (Nehemías 2:8, 18; Esdras 7:6–9) representa la ayuda providencial del Señor: revelación, fortaleza interior, oportunidades inesperadas y protección espiritual. Los discípulos modernos ven esa mano divina cuando reciben fuerza más allá de sus capacidades naturales, cuando las puertas se abren providencialmente para servir, o cuando el Espíritu confirma que están participando en la obra del Señor. Estos capítulos enseñan finalmente que la verdadera grandeza espiritual no consiste solo en comenzar la obra de Dios, sino en permanecer fieles hasta verla cumplida.

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Orad y velad (Esdras 4–7; Nehemías 2; 4; 6)

“Cuando los israelitas regresaron de su largo cautiverio en Babilonia, encontraron su ciudad en ruinas. Los muros que protegían Jerusalén estaban reducidos a escombros. Sus enemigos se movían entre ellos con gran influencia, y los israelitas estaban sometidos a ellos.

“Entonces apareció el profeta Nehemías, conocido hoy como el constructor del muro. Él animó a los israelitas a defenderse y, bajo su dirección, comenzaron a reconstruir el muro.

“Al principio, sus enemigos se burlaron de ellos. Tobías el amonita los ridiculizaba diciendo: “Lo que ellos edifican, si subiere una zorra, derribará su muro de piedra” (Nehemías 4:3).

“Pero Nehemías alentó a su pueblo y se puso a trabajar. El enemigo estaba por todas partes. “Entonces”, escribió, “oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche” (Nehemías 4:9).

“Hermanas, mediten cuidadosamente en esto. Ellos oraron, pusieron vigilancia y luego continuaron con su obra.”

— Boyd K. Packer, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de octubre de 1980, “El círculo de las hermanas”.

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“Estoy haciendo una gran obra” 

“Nehemías, en el Antiguo Testamento, es un magnífico ejemplo de alguien que permaneció enfocado y comprometido con una tarea importante. Nehemías era un israelita que vivía exiliado en Babilonia y servía como copero del rey. Un día, el rey le preguntó por qué parecía tan triste. Nehemías respondió: “¿Cómo no ha de estar triste mi rostro, cuando la ciudad, el lugar de los sepulcros de mis padres, está en ruinas, y sus puertas han sido consumidas por el fuego?” (Nehemías 2:3).

“Cuando el rey escuchó esto, su corazón se conmovió y concedió a Nehemías la autoridad para regresar a Jerusalén y reconstruir la ciudad. Sin embargo, no todos se alegraron de ese plan. De hecho, varios gobernantes que vivían cerca de Jerusalén se disgustaron en gran manera “porque había venido un hombre para procurar el bienestar de los hijos de Israel” (Nehemías 2:10). Estos hombres “se enojaron mucho y se burlaron de los judíos” (Nehemías 4:1).

“Sin temor, Nehemías no permitió que la oposición lo distrajera. En lugar de ello, organizó sus recursos y a su gente, y siguió adelante con la reconstrucción de la ciudad, “porque el pueblo tuvo ánimo para trabajar” (Nehemías 4:6).

“Pero a medida que los muros de la ciudad comenzaron a levantarse, la oposición se intensificó. Los enemigos de Nehemías amenazaron, conspiraron y se burlaron de ellos. Sus amenazas eran muy reales y llegaron a ser tan intimidantes que Nehemías confesó: “Todos ellos nos amedrentaban” (Nehemías 6:9). A pesar del peligro y de la constante amenaza de invasión, la obra continuó avanzando. Era una época de gran tensión, pues cada constructor “tenía su espada ceñida a sus lomos mientras edificaba” (véase Nehemías 4:18).

“Mientras la obra continuaba, los enemigos de Nehemías se volvieron aún más desesperados. En cuatro ocasiones trataron de convencerlo de que abandonara la seguridad de la ciudad para reunirse con ellos, bajo el pretexto de resolver el conflicto. Pero Nehemías sabía que su intención era hacerle daño. Cada vez que se acercaban a él, respondía con las mismas palabras: “Estoy haciendo una gran obra, y no puedo ir” (Nehemías 6:3).

“¡Qué respuesta tan extraordinaria! Con ese propósito firme e inalterable de corazón y mente, con esa gran determinación, los muros de Jerusalén se levantaron hasta quedar completamente reconstruidos en tan solo cincuenta y dos días.

“Nehemías se negó a permitir que las distracciones le impidieran hacer lo que el Señor quería que hiciera. …

“Me pregunto, mis queridos hermanos del sacerdocio, qué podría lograrse si todos nosotros, al igual que el pueblo de Nehemías, tuviéramos “ánimo para trabajar”. Me pregunto qué podríamos lograr si “dejáramos las cosas de niños” (1 Corintios 13:11) y nos entregáramos de todo corazón y con toda el alma a llegar a ser dignos poseedores del sacerdocio y verdaderos representantes del Señor Jesucristo. …

“Vivimos en una época de grandes desafíos y también de grandes oportunidades. El Señor está buscando hombres como Nehemías: hermanos fieles que honren y cumplan el juramento y convenio del sacerdocio. Él busca incorporar a almas firmes e inquebrantables que se dediquen diligentemente a la obra de edificar el reino de Dios; hombres que, cuando enfrenten oposición y tentación, digan en su corazón: “Estoy haciendo una gran obra, y no puedo ir”.

— Presidente Dieter F. Uchtdorf, Conferencia General de abril de 2009, “Estamos haciendo una gran obra y no podemos descender”.

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La obra de Dios para Zorobabel (Esdras 4:3)
Zorobabel comprendió que la reconstrucción del templo no era simplemente un proyecto nacional, sino una obra sagrada relacionada con la renovación del convenio entre Jehová e Israel. Cuando declaró: “Nosotros solos la edificaremos a Jehová” (Esdras 4:3), estableció un principio doctrinal fundamental: la obra del Señor debe realizarse bajo Su autoridad y conforme a Sus mandamientos. El templo simbolizaba la presencia de Dios entre Su pueblo y la restauración de la adoración verdadera después del exilio. Zorobabel entendía que permitir compromisos espirituales con pueblos idólatras pondría en peligro la pureza del convenio. Este relato enseña que toda obra divina requiere discernimiento espiritual, fidelidad doctrinal y valentía moral para proteger lo sagrado aun cuando existan presiones externas para ceder.


La obra de Dios para Nehemías (Nehemías 2:17–18)
La misión de Nehemías consistía en reconstruir los muros de Jerusalén, pero espiritualmente su obra era mucho más profunda: restaurar la esperanza, la identidad y la dignidad espiritual de un pueblo quebrantado. Cuando invitó al pueblo diciendo: “Levantémonos y edifiquemos” (Nehemías 2:18), enseñó que la obra de Dios es colectiva y requiere unidad espiritual. Los muros representaban protección, estabilidad y renovación del convenio con Jehová. Nehemías demuestra que los líderes inspirados ayudan al pueblo a mirar más allá de las ruinas presentes hacia el propósito eterno de Dios. Su ejemplo enseña que el Señor llama a personas comunes para participar en obras extraordinarias cuando están dispuestas a actuar con fe y visión espiritual.


La obra de Dios para mí
Doctrinalmente, la obra de Dios para cada discípulo incluye participar en la edificación del reino de Dios sobre la tierra mediante el servicio, el discipulado y la fidelidad a los convenios. Así como Zorobabel edificó el templo y Nehemías restauró los muros, cada creyente tiene la responsabilidad de fortalecer hogares, elevar vidas y defender la verdad en medio de un mundo espiritualmente fragmentado. El Señor no llama únicamente a profetas o líderes visibles; Él encomienda una obra sagrada a todos Sus hijos. A veces esa obra consiste en servir en silencio, enseñar el Evangelio, ministrar a otros o perseverar fielmente en medio de pruebas. Estos relatos enseñan que cada vida tiene un propósito divino y que Dios fortalece a quienes aceptan Su llamado con humildad y perseverancia.


La oposición a la que se enfrentó Zorobabel (Esdras 4:4–24)
La oposición contra Zorobabel muestra que Satanás procura detener la obra de Dios mediante el desaliento, la presión política y la confusión espiritual. Los adversarios debilitaron “las manos del pueblo” y utilizaron acusaciones para detener la reconstrucción del templo. Esto enseña que la oposición frecuentemente aparece cuando una obra tiene importancia eterna. El enemigo busca sembrar temor y cansancio para que los discípulos abandonen sus responsabilidades espirituales. Sin embargo, el relato revela también que la obra de Dios puede retrasarse, pero no ser destruida, porque Jehová dirige Su obra conforme a Su tiempo y propósito eterno. La experiencia de Zorobabel enseña que la fidelidad debe mantenerse incluso cuando los resultados parecen demorarse.


La oposición a la que se enfrentó Nehemías (Nehemías 2:19; 4:1–3, 7–8; 6:1–13)
La oposición contra Nehemías fue intensa y multifacética: burlas, amenazas, conspiraciones y engaños espirituales. Sus enemigos intentaron intimidarlo emocionalmente y distraerlo de su misión. Esto refleja una estrategia constante del adversario: apartar a los discípulos de la obra de Dios mediante temor, distracción o agotamiento espiritual. Particularmente significativa es la manera en que intentaron atraer a Nehemías fuera de Jerusalén para detener la obra (Nehemías 6:2). El relato enseña que quienes participan en la obra del Señor deben aprender a discernir entre invitaciones inspiradas y distracciones espirituales. La oposición no siempre viene en forma de persecución abierta; muchas veces aparece como distracción, desánimo o presión para abandonar prioridades eternas.


La oposición a la que yo me enfrento
La oposición moderna puede manifestarse mediante dudas, críticas, tentaciones, cansancio emocional o presiones culturales que intentan disminuir la fe y el compromiso con Dios. Así como los enemigos de Jerusalén intentaron detener la obra física, el adversario hoy procura debilitar la edificación espiritual de los discípulos. Las pruebas forman parte del proceso de refinamiento espiritual. El Señor permite oposición porque esta fortalece la fe, desarrolla perseverancia y enseña dependencia de Su poder. La experiencia de Zorobabel y Nehemías enseña que la oposición no debe interpretarse como ausencia de Dios, sino frecuentemente como evidencia de que estamos participando en algo espiritualmente significativo.


Cómo respondió Zorobabel (Esdras 5:1–2)
Zorobabel respondió a la oposición renovando la obra mediante la fe y la obediencia a la palabra profética. Cuando los profetas Hageo y Zacarías exhortaron al pueblo, Zorobabel se levantó nuevamente para continuar la construcción del templo. Esto enseña que la revelación profética fortalece al pueblo de Dios en tiempos de desaliento. Zorobabel no permitió que el temor o las dificultades definieran el resultado final de la obra. Su respuesta demuestra que la perseverancia espiritual no consiste en ausencia de dificultades, sino en continuar avanzando bajo la dirección del Señor aun después de interrupciones o fracasos temporales.


Cómo respondió Nehemías (Nehemías 2:20; 4:6, 9; 6:3–15)
Nehemías respondió a la oposición con fe, oración, vigilancia y determinación espiritual. Declaró con confianza: “El Dios de los cielos, él nos prosperará” (Nehemías 2:20), mostrando que su seguridad provenía de Dios y no de las circunstancias. Además, el pueblo “tuvo ánimo para trabajar” (Nehemías 4:6), revelando una consagración colectiva a la obra divina. Nehemías también combinó espiritualidad y sabiduría práctica: oró al Señor mientras organizaba defensas y permanecía alerta. Su declaración “Estoy ocupado en una gran obra, y no puedo ir” (Nehemías 6:3) representa uno de los principios más profundos del discipulado: quienes entienden la naturaleza eterna de la obra de Dios no permiten que las distracciones los aparten de sus responsabilidades sagradas.


Cómo puedo responder yo
Los relatos de Zorobabel y Nehemías enseñan que la respuesta correcta ante la oposición es permanecer espiritualmente firmes, confiar en Dios y continuar la obra con perseverancia. Responder fielmente implica orar, buscar revelación, fortalecer los convenios y recordar el propósito eterno de nuestro servicio. El discípulo moderno debe aprender a discernir entre prioridades eternas y distracciones temporales. También implica desarrollar “ánimo para trabajar”, es decir, un corazón dispuesto y consagrado al servicio del Salvador. Cuando una persona reconoce que está participando en la obra de Dios, adquiere una fortaleza espiritual que le permite seguir adelante aun en medio de críticas, cansancio o incertidumbre.


¿Qué crees que significa tener “ánimo para trabajar” en el servicio del Salvador? (Nehemías 4:6; Mosíah 2:17; Doctrina y Convenios 4:2; Doctrina y Convenios 64:33; Gálatas 6:9).
Tener “ánimo para trabajar” significa servir al Señor con un corazón dispuesto, fiel y perseverante, aun en medio de dificultades y oposición. En Nehemías 4:6 se enseña que “el pueblo tuvo ánimo para trabajar”, lo cual revela que la reconstrucción de Jerusalén avanzó no solamente por fuerza física, sino por motivación espiritual y unidad de fe. El Señor obra mediante personas que están dispuestas a consagrar su voluntad a Él (Mosíah 2:17; Doctrina y Convenios 4:2). Tener ánimo para trabajar implica desarrollar diligencia espiritual, mantener una visión eterna y servir con amor, incluso cuando el cansancio o la crítica intenten detener la obra. El Salvador enseñó: “No os canséis de hacer el bien” (Doctrina y Convenios 64:33), recordando que la obra de Dios avanza mediante esfuerzos constantes y fieles. El presidente Dieter F. Uchtdorf explicó que quienes participan en “una gran obra” no deben distraerse con asuntos menores, porque el discipulado requiere enfoque espiritual y consagración continua. Así, tener ánimo para trabajar significa poseer una fe activa que transforma el servicio en una expresión de amor hacia Dios y hacia los demás.


¿Qué podría significar tener “la bondadosa mano de Dios […] sobre [ti]” mientras haces Su obra? (Nehemías 2:8; 2:18; Esdras 7:6, 9, 27–28; Isaías 41:10; Éter 12:27; Doctrina y Convenios 84:88; Juan 14:26–27).
La expresión “la bondadosa mano de Dios” simboliza la influencia providencial, fortalecedora y guiadora del Señor sobre quienes participan en Su obra. En el libro Esdras 7:6–9 y Nehemías 2:8, Nehemías y Esdras reconocieron que el éxito de sus esfuerzos no provenía únicamente de su capacidad personal, sino de la ayuda divina que los sostenía. Esto enseña que Dios fortalece, inspira y abre caminos para Sus siervos cuando actúan con fe (Isaías 41:10; Éter 12:27). La “bondadosa mano” de Dios puede manifestarse mediante revelación, protección espiritual, paz interior, oportunidades providenciales y fortaleza más allá de las capacidades humanas. También refleja el principio enseñado en Doctrina y Convenios 84:88: “Iré delante de vuestra faz […] y mi Espíritu estará en vuestro corazón”. El Señor no solamente encomienda una obra; también acompaña y sostiene a quienes la realizan. Esta doctrina enseña que el servicio fiel nunca se lleva a cabo en soledad, porque Dios participa activamente en la vida de Sus discípulos.


¿De qué manera has visto Su mano en tus esfuerzos por servirle? (Mateo 28:20; Alma 26:12; Filipenses 4:13; Mosíah 24:14; Doctrina y Convenios 123:17).
La mano de Dios puede reconocerse en los momentos en que Él fortalece, guía o bendice nuestros esfuerzos más allá de nuestras capacidades naturales. Doctrinalmente, el Señor magnifica a quienes sirven humildemente y actúan con fe (Alma 26:12; Filipenses 4:13). Muchas personas ven Su mano cuando reciben inspiración para ayudar a alguien en el momento preciso, cuando encuentran fuerzas para continuar durante pruebas difíciles o cuando sienten paz espiritual mientras cumplen responsabilidades sagradas. En Book of Nehemiah, el pueblo logró reconstruir Jerusalén a pesar de la oposición porque Dios fortaleció sus corazones y protegió la obra. De manera semejante, los discípulos modernos pueden percibir la mano del Señor cuando ven que pequeños actos de servicio producen bendiciones eternas en otras personas. El Salvador enseñó: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mateo 28:20), recordando que Él acompaña continuamente a Sus seguidores en la obra del Evangelio. Reconocer Su mano requiere sensibilidad espiritual y gratitud, pues muchas veces Dios obra silenciosamente mediante impresiones del Espíritu, personas enviadas providencialmente o bendiciones inesperadas que sostienen a Sus hijos en el camino del discipulado.


Nehemías 8
Cuando estudio las Escrituras soy bendecido


Nehemías 8 presenta uno de los momentos más sagrados de renovación espiritual en el Antiguo Testamento. Después de años de cautiverio y dispersión, el pueblo volvió a escuchar públicamente “el libro de la ley de Moisés” (Nehemías 8:1), y la reacción colectiva revela cuánto habían anhelado la palabra de Dios. El capítulo muestra que las Escrituras no eran para ellos un simple texto religioso, sino una fuente de identidad, convenio y vida espiritual. El pueblo se reunió “como un solo hombre” (v. 1), permaneció atento durante horas (v. 3), levantó las manos y adoró al Señor cuando se leyó la ley (v. 6), y lloró al comprender cuán lejos habían estado de los mandamientos divinos (v. 9). Esto enseña que cuando el corazón humano se expone sinceramente a la palabra revelada, el Espíritu Santo produce tanto convicción como esperanza. Esdras no solo leyó las Escrituras; también ayudó al pueblo a “entender la lectura” (v. 8), mostrando que el verdadero estudio de las Escrituras requiere meditación, explicación espiritual y aplicación personal. La expresión: “el gozo de Jehová es vuestra fortaleza” (v. 10) revela que las Escrituras no fueron dadas para condenar al hombre, sino para restaurarlo y fortalecerlo en el convenio con Dios.

Este capítulo también enseña que nuestra relación con las Escrituras refleja directamente nuestra relación con Dios. El pueblo demostró reverencia al escuchar atentamente, humildad al arrepentirse y obediencia al actuar conforme a lo aprendido. De manera semejante, en la actualidad demostramos lo que sentimos por Dios y Su palabra mediante hábitos espirituales concretos: apartando tiempo para el estudio diario, meditando profundamente en los pasajes sagrados, aplicando los principios revelados en nuestras decisiones y permitiendo que las Escrituras transformen nuestro carácter. Un discípulo que ama la palabra de Dios no solo la lee; la honra, la vive y permite que moldee su mente y corazón. Nehemías 8 enseña que el estudio de las Escrituras abre la puerta a la renovación espiritual, fortalece los convenios y une al pueblo de Dios en fe y propósito. Así como Israel fue restaurado espiritualmente al volver a la palabra divina, el creyente moderno también encuentra dirección, consuelo y poder espiritual cuando hace de las Escrituras el centro de su vida.

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Deleitarnos en las Escrituras 

“Quizás, si tuviéramos más hambre de las Escrituras, serían aún más dulces y más preciosas para nosotros. …

“Imaginen el hambre espiritual que sentiríamos si no tuviéramos las Escrituras de las cuales alimentarnos. A lo largo de la historia, muchas personas vivieron sin un registro de la ley. Piensen en… los tiempos del Antiguo Testamento cuando el pueblo no tenía el libro de la ley o lo había olvidado, como ocurrió cuando Esdras y Nehemías tuvieron que volver a enseñar el libro de la ley a los judíos que regresaban del cautiverio en Babilonia (véase Nehemías 8:1–13). … Debemos aprender desde temprana edad a amar las Escrituras, a deleitarnos en ellas y a aprender de ellas”.

— Susan W. Tanner, Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, devocional de la Universidad Brigham Young, septiembre de 2005, “Las Escrituras: más preciosas que el oro y más dulces que la miel”.

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¿Qué encuentras en este capítulo que muestre lo que Esdras y su pueblo sentían en cuanto a Dios y Su palabra?
Nehemías 8 revela que Esdras y el pueblo consideraban la palabra de Dios como algo sagrado, indispensable y digno de profunda reverencia. El pueblo “se juntó como un solo hombre” para escuchar la ley (Nehemías 8:1), mostrando unidad espiritual y hambre de revelación divina después de años de cautiverio y oscuridad espiritual. La atención reverente del pueblo desde la mañana hasta el mediodía (v. 3) demuestra que las Escrituras ocupaban un lugar central en su adoración y en su identidad como pueblo del convenio. Cuando Esdras abrió el libro, “todo el pueblo estuvo atento” y adoró inclinándose delante de Jehová (vv. 5–6), indicando que para ellos escuchar la palabra era un acto de adoración al mismo Dios. Además, el hecho de que lloraran al oír la ley (v. 9) manifiesta que el Espíritu Santo tocó sus corazones con convicción y arrepentimiento. Este capítulo enseña que las Escrituras tienen el poder de despertar espiritualmente al alma humana, restaurar convenios olvidados y producir una renovación interior. El pueblo no reaccionó solamente con emoción intelectual, sino con humildad espiritual, porque reconocieron que la palabra de Dios revelaba tanto Su misericordia como Sus expectativas para Su pueblo.


¿Qué cosas o aspectos de tu vida demuestran lo que sientes por Dios y Su palabra?
Nehemías 8 enseña que el amor por Dios se manifiesta mediante acciones visibles de devoción hacia Su palabra. Así como el pueblo dedicó tiempo, atención y reverencia para escuchar las Escrituras, hoy el discipulado verdadero se demuestra al priorizar el estudio personal y constante de la palabra de Dios en medio de un mundo lleno de distracciones espirituales. Aspectos como la oración sincera antes del estudio, la disposición a aplicar los mandamientos, la participación reverente en la adoración y el deseo de enseñar la verdad a otros reflejan cuánto valoramos la revelación divina. También demuestra amor por Dios el permitir que las Escrituras transformen nuestro carácter, influyan en nuestras decisiones y nos lleven al arrepentimiento cuando sea necesario. El capítulo enseña que las Escrituras no fueron dadas solo para informar la mente, sino para convertir el corazón. Cuando una persona organiza su vida alrededor de la palabra de Dios —haciendo de ella una guía diaria, una fuente de consuelo y una autoridad espiritual— manifiesta que reconoce a Jehová como la verdadera fuente de sabiduría, fortaleza y salvación.


Conclusión final

En conclusión, esta lección enseña que la obra de Dios siempre es una obra de restauración: restaura templos, ciudades, convenios, corazones y comunidades. Esdras y Nehemías muestran que el Señor no abandona a Su pueblo, aun después del exilio espiritual, sino que levanta líderes, despierta corazones y abre caminos para que Su obra avance. La frase “Yo estoy ocupado en una gran obra” resume el llamado del discípulo moderno: no distraerse con el temor, la oposición o el desaliento, sino permanecer firme en la edificación del reino de Dios.
La verdadera reconstrucción no ocurre solo con muros o edificios, sino cuando el pueblo vuelve a la Casa del Señor, a la palabra revelada y a los convenios sagrados. El templo trae gozo, las Escrituras traen entendimiento, y la obediencia trae poder espiritual. Así como Judá fue restaurado al volver a Jehová, nosotros también somos fortalecidos cuando reconocemos la “bondadosa mano de Dios” sobre nuestra vida y decidimos participar fielmente en Su obra. Esta lección nos invita a edificar con fe, estudiar con reverencia, servir con ánimo y declarar con Nehemías: no puedo descender, porque estoy ocupado en una gran obra.

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Tema / Pasaje Enseñanza principal Explicación doctrinal
Esdras 1:1–5 El Señor inspira a las personas para cumplir Sus propósitos. Dios puede obrar por medio de reyes, líderes y personas fuera del pueblo del convenio, como Ciro, para adelantar Su obra y cumplir Sus promesas.
Esdras 3:8–13 La Casa del Señor trae gozo y esperanza. La reconstrucción del templo simboliza que Dios vuelve a morar entre Su pueblo y que la adoración verdadera puede ser restaurada después del exilio espiritual.
Esdras 6:16–22 El templo es motivo de celebración espiritual. La dedicación del templo muestra que el gozo verdadero nace de renovar convenios y regresar a la presencia de Dios.
Esdras 7:10 Las Escrituras preparan el corazón para servir. Esdras dispuso su corazón para estudiar, vivir y enseñar la ley; esto muestra que el conocimiento espiritual debe llevar a la obediencia y al ministerio.
Nehemías 2:17–18 Dios llama a Sus hijos a edificar Su obra. Nehemías invitó al pueblo a levantarse y edificar, enseñando que la obra del Señor requiere fe, unidad y acción consagrada.
Nehemías 4:6 Tener ánimo para trabajar fortalece la obra de Dios. El servicio fiel requiere corazón dispuesto, perseverancia y confianza en que el Señor magnifica los esfuerzos de Sus siervos.
Nehemías 6:3 No debemos distraernos de la gran obra. La frase “Yo estoy ocupado en una gran obra” enseña a priorizar los convenios, la familia, el templo y el discipulado sobre las distracciones del mundo.
Nehemías 8:1–12 El estudio de las Escrituras trae renovación espiritual. Cuando el pueblo escuchó la ley, sintió reverencia, arrepentimiento y gozo; la palabra de Dios convierte el corazón y fortalece los convenios.
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