Isaías


El libro de Isaías es una de las obras proféticas más importantes y doctrinalmente profundas del Antiguo Testamento. Su mensaje combina advertencias solemnes, llamados al arrepentimiento, profecías sobre acontecimientos futuros y extraordinarias promesas de redención. Aunque Isaías habló primeramente a Judá y Jerusalén, sus palabras se extienden mucho más allá de su propia época y anuncian la misión de Jesucristo, el recogimiento de Israel, la restauración del Evangelio, la Segunda Venida y la paz del Milenio.

Isaías ejerció su ministerio aproximadamente entre los años 740 y 700 a. C., durante los reinados de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías. Fue una época marcada por la inestabilidad política, la idolatría, la injusticia social y la amenaza del poderoso Imperio asirio. Frente a esas dificultades, muchas personas confiaban en alianzas militares y en la sabiduría humana. Isaías les enseñó que la verdadera seguridad no se encontraba en los ejércitos ni en las riquezas, sino en confiar, obedecer y volver el corazón a Jehová.

El nombre Isaías significa “Jehová es salvación”, y esa idea resume el mensaje central del libro. El profeta denuncia el pecado y anuncia sus consecuencias, pero nunca presenta el juicio como la última palabra de Dios. Después de la rebelión puede venir el arrepentimiento; después del esparcimiento, el recogimiento; después de la oscuridad, la luz; y después del sufrimiento, la redención. Isaías muestra que Dios corrige a Su pueblo con el propósito de purificarlo y conducirlo nuevamente hacia Él.

Uno de los aspectos más importantes del libro es su poderoso testimonio de Jesucristo. Isaías profetizó que una virgen concebiría y daría a luz a Emanuel; habló de un niño que sería llamado Admirable, Consejero, Dios fuerte y Príncipe de Paz; describió al Mesías como una vara que brotaría del tronco de Isaí; y anunció al Siervo sufriente que llevaría nuestros pecados y por cuyas heridas seríamos sanados. Por esa razón, Isaías es considerado uno de los grandes testigos proféticos del Salvador.

El libro también desarrolla otros temas esenciales: la santidad y majestad de Dios, la necesidad del arrepentimiento, la defensa de los pobres y oprimidos, la destrucción del orgullo, el recogimiento de Israel, la edificación de Sion y el establecimiento del reino de Dios. Sus mensajes enseñan que la adoración externa carece de valor cuando no está acompañada por la justicia, la misericordia y una vida fiel a los convenios.

De manera general, el libro puede comprenderse en tres grandes secciones:

  • Isaías 1–39: Advertencias, llamados al arrepentimiento, juicios sobre Judá y otras naciones, y profecías acerca del Mesías.
  • Isaías 40–55: Palabras de consuelo, liberación y esperanza, con un énfasis especial en el Siervo de Jehová y Su obra redentora.
  • Isaías 56–66: La restauración de Israel, la gloria futura de Sion, la Segunda Venida y la creación de nuevos cielos y una nueva tierra.

El lenguaje de Isaías es poético y está lleno de símbolos. La viña puede representar a Israel; Babilonia, la corrupción y el orgullo del mundo; Sion, el pueblo del convenio y la comunidad de los justos; la luz, la presencia y salvación de Cristo; y el desierto que florece, la restauración espiritual. Algunas profecías poseen más de un cumplimiento: pueden referirse a los días de Isaías, al ministerio terrenal del Salvador y también a los últimos días.

Para comprender mejor este libro conviene buscar constantemente a Jesucristo, identificar el contexto histórico y reconocer las imágenes simbólicas que se repiten. No es necesario entender cada detalle en una primera lectura. Lo importante es descubrir el mensaje principal: Dios no abandona a Su pueblo. Él llama al arrepentimiento, ofrece perdón mediante el Mesías y promete recoger, purificar y restaurar a quienes vuelvan a Él.

En definitiva, Isaías es un libro de juicio, pero principalmente de esperanza. Nos enseña que, aun en medio de un mundo lleno de temor, confusión y oscuridad, Jesucristo permanece como nuestra luz, nuestro Redentor y nuestra única fuente de verdadera salvación. La invitación de Isaías continúa vigente: confiar en el Señor, abandonar el pecado, vivir con justicia y prepararnos para el glorioso día en que toda la tierra reconocerá que “Jehová es salvación”.

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Isaías 1

Presenta una especie de juicio de convenio: Jehová expone la rebelión de Su pueblo, rechaza una adoración meramente externa, llama al arrepentimiento y promete purificar y restaurar a Sion.
Isaías 1 enseña que Dios no se conforma con una religión de apariencias. Él desea un pueblo que una la adoración con la obediencia, las ordenanzas con el arrepentimiento y la fe con la justicia hacia los demás. El capítulo expone con claridad la gravedad del pecado, pero también revela que la misericordia de Dios es mayor que nuestras manchas.
Su invitación central sigue vigente: dejar de hacer lo malo, aprender a hacer el bien y acudir al Señor para ser purificados. Por medio de Jesucristo, una vida marcada por el pecado puede llegar a ser limpia como la nieve, y una persona o una comunidad que se ha apartado puede volver a convertirse en una “Ciudad fiel”.


Isaías 1:2 — La rebelión de los hijos de Dios
«Crie hijos y los engrandecí, pero ellos se rebelaron contra mí».

Jehová inicia Su mensaje recordando todo lo que había hecho por Israel. Él lo había formado como pueblo, liberado de la esclavitud, protegido de sus enemigos y engrandecido mediante convenios, mandamientos y promesas. Sin embargo, Israel respondió alejándose de su Padre. El pecado se presenta así no solo como la infracción de una ley, sino como una ruptura de confianza y el rechazo de una relación sagrada. Cuanto mayor había sido la luz recibida, mayor era también la responsabilidad del pueblo de vivir con gratitud y fidelidad.
La expresión «se rebelaron contra mí» muestra que el problema central no era simplemente una debilidad ocasional, sino la decisión de resistir la voluntad de Dios y seguir otros caminos. Israel conservaba ciertas prácticas religiosas, pero su corazón se había apartado del Señor. Esto enseña que pertenecer al pueblo del convenio no garantiza por sí solo la fidelidad: los convenios requieren una respuesta personal de fe, obediencia y arrepentimiento. Dios respeta el albedrío de Sus hijos, pero también les permite experimentar las consecuencias de alejarse de Él.
Aun así, el versículo contiene una señal de esperanza: Jehová sigue llamándolos «hijos» y les habla por medio de Su profeta. Su corrección no nace del abandono, sino de Su amor paternal y de Su deseo de recuperarlos. El llamado de Isaías invita al pueblo a reconocer su rebelión y regresar a Dios. Por medio de la expiación de Jesucristo, la relación quebrantada puede restaurarse, el pecador arrepentido puede recibir perdón y los hijos que se alejaron pueden volver a disfrutar de la paz y de las bendiciones del convenio.


Dios lamenta la iniquidad de Sus hijos. ¿No lo hacemos también nosotros? Él les había dado todo lo que necesitaban, pero ellos fueron ingratos. Como un perro que muerde la mano que lo alimenta o un gato que araña el rostro de su dueño, los judíos eran peores que un buey y más obstinados que un asno, pues ambos animales reconocen a su amo. Es el mismo lamento que se encuentra en la alegoría relatada por Jacob: «¿Qué más pude hacer por mi viña? ¿He relajado mi mano, de modo que no la haya nutrido? No, la he nutrido, y he cavado alrededor de ella, y la he podado, y la he abonado; y he extendido mi mano casi todo el día… y me aflige tener que talar todos los árboles de mi viña» (Jacob 5:47).

Brigham Young: ¡Cuáles deben ser los sentimientos de nuestro Padre Celestial ante la desobediencia de Sus hijos! Y ¡cuáles deben ser los sentimientos de nuestros padres que se encuentran detrás del velo cuando sus hijos desprecian los consejos del Señor y descuidan sus deberes para consigo mismos y para con el reino de Dios sobre la tierra! Tal proceder conducirá a su separación eterna. El Señor dijo acerca del antiguo Israel: «He criado hijos y los he engrandecido, pero ellos se han rebelado contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no conoce, mi pueblo no entiende». ¡Cuánto amor y pesar se expresan en estas palabras! (Journal of Discourses, 26 tomos [Londres: Latter-day Saints’ Book Depot, 1854–1886], tomo 10, págs. 366–367).


Isaías 1:3 — El peligro de olvidar a Dios
«El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor, pero Israel no conoce; mi pueblo no entiende».

Isaías utiliza una comparación intencionalmente fuerte: aun los animales reconocen a quien los alimenta, protege y les proporciona un lugar de descanso, mientras que Israel había dejado de reconocer a Jehová como la fuente de su vida y de sus bendiciones. El pueblo poseía las Escrituras, las ordenanzas y la memoria de las obras divinas, pero había perdido la sensibilidad espiritual para percibir la mano del Señor. Su problema no era la ausencia de información religiosa, sino la falta de gratitud, discernimiento y fidelidad.
Las palabras «Israel no conoce» describen más que un olvido intelectual. En las Escrituras, conocer a Dios implica mantener una relación de convenio con Él, confiar en Su palabra y obedecer Sus mandamientos. Israel podía conservar exteriormente algunas prácticas religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Esto enseña que la actividad religiosa, cuando no transforma el corazón y la conducta, no equivale necesariamente a conocer al Señor.
El versículo nos invita a examinar si reconocemos diariamente de dónde proceden nuestras bendiciones. Conocer verdaderamente a Dios significa recordar Su bondad, agradecer Su cuidado y permitir que Su voluntad dirija nuestras decisiones. Cuando olvidamos al Señor, comenzamos a atribuir nuestros logros únicamente a nuestras propias fuerzas; pero cuando reconocemos Su mano, crecen la humildad, la obediencia y el deseo de permanecer cerca de Él.


Isaías 1:9 — La preservación de un remanente fiel
«Si Jehová de los ejércitos no nos hubiera dejado un resto pequeño, seríamos como Sodoma, semejantes a Gomorra».

En medio de una sociedad profundamente corrompida, Isaías reconoce que la supervivencia de Judá no dependía principalmente de su fuerza política, de sus ejércitos ni de sus alianzas, sino de la misericordia de Jehová. Sin la intervención divina, el pueblo habría sufrido una destrucción semejante a la de Sodoma y Gomorra. El «resto pequeño» representa a quienes todavía conservaban la fe y permanecían vinculados al convenio, pero también manifiesta la gracia de Dios, quien preserva aquello mediante lo cual puede continuar Su obra.
La doctrina del remanente aparece repetidamente en Isaías: aunque una gran parte del pueblo se aparte, el Señor conserva a quienes escuchan Su voz y procura recoger nuevamente a Israel. Este remanente no sobrevive para sentirse superior a los demás, sino para servir como instrumento de restauración, testimonio y bendición. Su existencia demuestra que la infidelidad humana no puede frustrar las promesas de Dios ni anular Su propósito de redimir a Su pueblo mediante Jesucristo.
Este principio también ofrece esperanza personal y familiar. En ocasiones puede parecer que la fe, la paz o la rectitud casi han desaparecido; sin embargo, Dios puede comenzar una gran restauración a partir de algo pequeño que todavía permanezca vivo: un testimonio sincero, una oración, un deseo de arrepentirse o una decisión fiel. El Señor no desprecia los comienzos pequeños; cuando protegemos el bien que permanece y lo ponemos en Sus manos, Él puede convertir ese remanente en el principio de una renovación espiritual.


Isaías 1:11–15 — Dios rechaza la adoración hipócrita
«¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios?».

Los sacrificios, las fiestas solemnes y las oraciones de Israel habían sido establecidos por el propio Señor como medios para recordar el convenio, expresar arrepentimiento y dirigir la mirada hacia la futura expiación de Jesucristo. El problema no estaba en las ordenanzas, sino en la contradicción entre el culto exterior y la conducta diaria. El pueblo acudía al templo y levantaba las manos en oración, pero esas mismas manos estaban simbólicamente «llenas de sangre» por causa de la injusticia, la opresión y el daño cometido contra otras personas.
Jehová rechaza una adoración que pretende honrarlo sin abandonar el pecado. La abundancia de ceremonias no podía compensar la falta de misericordia, integridad y justicia. Doctrinalmente, esto enseña que las ordenanzas no son actos mágicos ni sustitutos del arrepentimiento; son expresiones visibles de convenios que deben transformar el corazón. Participar en ellas sin intención de obedecer convierte lo sagrado en una apariencia religiosa vacía y puede producir una falsa sensación de seguridad espiritual.
Este pasaje nos invita a unir lo que hacemos en la adoración con la manera en que vivimos fuera de ella. Orar, participar de la Santa Cena, asistir al templo y cumplir otros deberes religiosos adquieren su verdadero poder cuando nos conducen a Cristo, despiertan el arrepentimiento y nos ayudan a tratar al prójimo con rectitud. Dios no exige perfección inmediata para acercarnos a Él, pero sí un corazón sincero y dispuesto a cambiar. La adoración verdadera no encubre nuestras faltas: permite que el Salvador las limpie y transforme nuestra vida.


Isaías 1:16 — El arrepentimiento exige abandonar el pecado
«Lavaos, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo».

Después de denunciar la adoración hipócrita de Israel, Jehová le muestra el camino de regreso. Las expresiones «lavaos» y «limpiaos» representan una purificación espiritual que debe alcanzar tanto el corazón como la conducta. El Señor no pide solamente que el pueblo reconozca sus errores o experimente remordimiento, sino que retire la iniquidad de su vida y deje de practicar aquello que lo separa de Él. El arrepentimiento verdadero produce un cambio concreto y visible.
Doctrinalmente, arrepentirse implica volver el corazón y la voluntad hacia Dios. Incluye reconocer el pecado, sentir pesar según Dios, confesar cuando corresponda, reparar en lo posible el daño causado y abandonar la conducta incorrecta. La orden «dejad de hacer lo malo» enseña que no basta con lamentar las consecuencias del pecado; es necesario renunciar a él. Este proceso puede requerir perseverancia, pero comienza con una decisión sincera de no continuar justificando ni protegiendo aquello que ofende al Señor.
Sin embargo, el ser humano no puede limpiarse completamente por su propia fuerza. La disciplina personal permite abandonar ciertas conductas, pero únicamente la expiación de Jesucristo puede quitar la culpa, sanar las heridas espirituales y purificar el corazón. Al ejercer fe en Cristo y arrepentirnos sinceramente, Su gracia transforma nuestra disposición interior y nos da poder para vivir de una manera nueva. Así, el arrepentimiento no es solo dejar atrás el pecado, sino acercarse al Salvador y permitirle hacernos limpios.


Gordon B. Hinckley: Cuando era niño y vivía aquí, en Salt Lake City, la mayoría de las casas se calentaban con estufas de carbón. De casi todas las chimeneas salía un humo negro y espeso. Al terminar el invierno, había hollín negro y suciedad por todas partes, tanto dentro como fuera de la casa. Cada año realizábamos un ritual que, desde nuestro punto de vista, no era muy agradable. En él participaban todos los miembros de la familia. Se conocía como la limpieza de primavera. Cuando el clima se volvía más cálido después del largo invierno, se destinaba aproximadamente una semana para hacer la limpieza. Por lo general, coincidía con algún día festivo e incluía dos sábados.

Mi madre dirigía todo. Se quitaban todas las cortinas y se lavaban. Luego se planchaban cuidadosamente. Las ventanas se lavaban por dentro y por fuera, y ¡qué trabajo era aquel en esa gran casa de dos pisos! Todas las paredes estaban empapeladas, y mi padre llevaba a casa numerosos recipientes de limpiador para papel tapiz. Parecía masa de pan, pero cuando se abría el recipiente tenía un color rosado muy bonito. Poseía un aroma interesante, agradable y refrescante. Todos colaborábamos. Amasábamos un poco de aquella pasta limpiadora entre las manos, subíamos por una escalera y comenzábamos por el techo alto para luego continuar hacia abajo por las paredes. La pasta pronto se volvía negra debido a la suciedad que quitaba del papel. Era una labor terrible y muy agotadora, pero los resultados parecían mágicos. Nos alejábamos un poco para comparar la superficie sucia con la superficie limpia. Nos sorprendía cuánto mejor se veían las paredes limpias.

Se levantaban todas las alfombras y se arrastraban hasta el patio trasero, donde se colgaban una por una sobre el tendedero. Cada uno de nosotros, los muchachos, tenía lo que llamábamos un sacudidor de alfombras, un instrumento hecho de varillas livianas de acero con un mango de madera. Cuando golpeábamos las alfombras, el polvo salía volando, y teníamos que continuar hasta que no quedara nada de polvo. Detestábamos aquel trabajo. Sin embargo, cuando todo terminaba y cada cosa volvía a su lugar, el resultado era maravilloso. La casa estaba limpia y nuestro ánimo se renovaba. El mundo entero parecía mejor.

Esto es lo que algunos necesitamos hacer con nuestra vida. Isaías dijo:

Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien…

Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isaías 1:16–18).

«Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor» (Doctrina y Convenios 133:5). Así nos ha hablado Él mediante la revelación moderna. Sean limpios de cuerpo. Sean limpios de mente. Sean limpios en su manera de hablar. Sean limpios en su manera de vestir y comportarse. («Sed limpios», Ensign, mayo de 1996, págs. 47–48).

Richard G. Scott: Si por falta de buen juicio cubrieran sus zapatos de barro, ¿los dejarían así? Por supuesto que no. Los limpiarían y restaurarían. ¿Recogerían después los residuos del barro y los guardarían en un sobre para mostrar a los demás el error que cometieron? No. Tampoco deben continuar reviviendo un pecado que ya ha sido perdonado. Cada vez que esos pensamientos lleguen a su mente, vuelvan el corazón con gratitud hacia el Salvador, quien dio Su vida para que nosotros, mediante la fe en Él y la obediencia a Sus enseñanzas, pudiéramos vencer la transgresión y superar su influencia deprimente en nuestra vida. Les prometo que, si leen el Libro de Mormón con sinceridad de propósito y se esfuerzan por obedecer sus preceptos, encontrarán dos amigos amados. Ellos cambiarán su vida y le darán significado y propósito, tal como lo han hecho con la mía. («Los amamos; por favor, regresen», Ensign, mayo de 1986, pág. 10).


Isaías 1:17 — La verdadera religión produce justicia
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, socorred al oprimido; haced justicia al huérfano, abogad por la viuda».

Después de mandar al pueblo que dejara de hacer lo malo, Jehová le enseña que el arrepentimiento debe conducirlo a una nueva manera de vivir. La expresión «aprended a hacer el bien» indica que la rectitud se desarrolla mediante decisiones conscientes, práctica constante y disposición para ser enseñados por Dios. No basta con abandonar ciertos pecados; el espacio que deja el mal debe llenarse con obras de justicia, misericordia y servicio. La conversión verdadera no solo modifica lo que evitamos, sino también aquello que buscamos y hacemos activamente.
El Señor menciona al oprimido, al huérfano y a la viuda porque, en aquella sociedad, se encontraban entre quienes tenían menos protección y recursos. La manera en que Israel los trataba revelaba la verdadera condición espiritual del pueblo. «Buscar el juicio» significa procurar activamente lo que es justo, mientras que «socorrer» y «abogar» exigen intervenir en favor de quienes no pueden defenderse por sí mismos. Dios no acepta una religión concentrada únicamente en ceremonias mientras la injusticia permanece sin oposición.
Doctrinalmente, este versículo enseña que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Seguir a Jesucristo implica mirar a las personas vulnerables con compasión, defender su dignidad y aliviar su sufrimiento. No todos podremos resolver cada injusticia, pero sí podemos actuar dentro de nuestra responsabilidad y capacidad. Cuando protegemos al débil, escuchamos al afligido y usamos nuestra influencia para hacer el bien, nuestra adoración deja de ser solo una declaración religiosa y se convierte en una expresión visible del carácter de Cristo.


Alexander B. Morrison: Los profetas del Antiguo Testamento, entre ellos Isaías, Amós y Miqueas, proclamaron que Dios se interesa profundamente en la forma en que las personas se tratan unas a otras. Isaías escribió: «Dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Isaías 1:16–17). Amós proclamó: «Corra el juicio como las aguas y la justicia como impetuoso arroyo» (Amós 5:24). Miqueas preguntó: «¿Y qué pide Jehová de ti, sino hacer justicia, y amar la misericordia y humillarte para andar con tu Dios?» (Miqueas 6:8). De estas enseñanzas surgió el énfasis que la historia judía ha puesto en la justicia y la misericordia como deberes religiosos. Jesús se basó en esa tradición cuando dijo: «¡Ay de vosotros, fariseos!, porque diezmáis la menta, y la ruda y toda hortaliza, pero pasáis por alto la justicia y el amor de Dios» (Lucas 11:42). (Sion: Una luz en las tinieblas [Salt Lake City: Deseret Book, 1997], pág. 58).


Isaías 1:18 — Cristo puede limpiar completamente el pecado
«Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».

Después de denunciar la rebelión y llamar al pueblo al arrepentimiento, Jehová no lo deja bajo una sentencia de desesperación, sino que lo invita: «Venid luego… y razonemos juntos». La grana y el carmesí eran colores intensos y difíciles de quitar, por lo que representan pecados profundamente arraigados, culpas persistentes y errores que parecen imposibles de reparar. Sin embargo, Dios promete una limpieza tan completa que lo rojo puede llegar a ser blanco como la nieve. El pasado del pecador no tiene más poder para condenarlo que la gracia de Cristo para transformarlo.
Esta purificación es posible únicamente mediante la expiación de Jesucristo. El Salvador tomó sobre Sí nuestros pecados, sufrió la justicia que estos reclamaban y abrió el camino hacia el perdón. Dios no se limita a ocultar nuestras manchas espirituales ni a fingir que el pecado nunca ocurrió; cuando ejercemos fe en Cristo y nos arrepentimos sinceramente, Él quita la culpa, sana el corazón y cambia nuestra naturaleza. El perdón divino no solo modifica nuestra situación ante Dios, sino que nos permite comenzar una vida nueva.
Doctrinalmente, este versículo une la justicia y la misericordia. El Señor reconoce la gravedad del pecado, pero ofrece una purificación que el ser humano no podría alcanzar por sus propios méritos. Aunque algunas consecuencias temporales puedan permanecer y ciertos daños deban repararse, ninguna persona arrepentida está fuera del alcance redentor de Jesucristo. La promesa no consiste en que podemos pecar sin consecuencias, sino en que, al volvernos sinceramente al Salvador, nuestro pecado no tiene que definir para siempre nuestra identidad ni nuestro destino.


Gordon B. Hinckley: Crean en la oración y en el poder de la oración. Oren al Señor esperando recibir respuestas. Supongo que no hay ningún hombre ni ninguna mujer en toda esta congregación que no ore. Espero que así sea. El problema de la mayoría de nuestras oraciones es que las ofrecemos como si levantáramos el teléfono para pedir alimentos: hacemos nuestro pedido y colgamos. Necesitamos meditar, reflexionar y pensar en aquello por lo que estamos orando, y después hablar con el Señor como un hombre habla con otro. «Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos» (Isaías 1:18). Esa es la invitación. Crean en el poder de la oración; es real, maravilloso y extraordinario. (Enseñanzas de Gordon B. Hinckley [Salt Lake City: Deseret Book, 1997], pág. 469).


Gordon B. Hinckley: Amo la misericordia del Señor cuando leo acerca de la misericordia y el perdón, que atraviesan como un hilo de oro el tejido de todas nuestras Escrituras. Comienzo con la invitación que se encuentra en Isaías: «Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1:18). Encuentro ese mismo elemento maravilloso en lo que considero la más hermosa y conmovedora de todas las historias jamás narradas: la parábola del hijo pródigo, que se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Esta parábola constituye una maravillosa lección de misericordia para todos los padres y una lección aún mayor acerca de la misericordia de nuestro Padre hacia Sus hijos e hijas descarriados.

Ese mismo espíritu de perdón y misericordia se encuentra repetidamente en todo el Libro de Mormón. Por ejemplo, Nefi declaró que el Señor «invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles» (2 Nefi 26:33).

El mismo hilo de amor y perdón recorre la revelación moderna. En Doctrina y Convenios leemos: «He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más» (Doctrina y Convenios 58:42). ¡Ojalá que nosotros, después de perdonar, pudiéramos olvidar para siempre la ofensa cometida contra nosotros!

Amo la misericordia del Señor tal como se expresa en Sus declaraciones y en las declaraciones de Sus profetas. («Deleitarse en las Escrituras», Ensign, diciembre de 1985, pág. 44).

Gordon B. Hinckley: No conozco ninguna historia más hermosa en toda la literatura que la que se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Es la historia de un hijo arrepentido y de un padre que perdona. Es la historia de un hijo que desperdició su herencia viviendo desenfrenadamente, rechazando el consejo de su padre y despreciando a quienes lo amaban. Cuando lo hubo gastado todo, se encontró hambriento y sin amigos; entonces, «volviendo en sí» (Lucas 15:17), regresó a su padre, quien, al verlo cuando todavía estaba lejos, «corrió, y se echó sobre su cuello y le besó» (Lucas 15:20).

Les pido que lean esa historia. Es lo suficientemente amplia como para abarcar a todos los hogares y aún más amplia para abarcar a toda la humanidad, pues ¿acaso no somos todos hijos e hijas pródigos que necesitamos arrepentirnos, participar de la misericordia y el perdón de nuestro Padre Celestial, y después seguir Su ejemplo?

Su Hijo Amado, nuestro Redentor, extiende Sus brazos hacia nosotros con perdón y misericordia, pero al hacerlo nos manda arrepentirnos. Un espíritu de perdón verdadero y magnánimo llegará a ser una expresión de ese arrepentimiento requerido. («Palabras del profeta: Pueden ser perdonados», New Era, octubre de 2001, pág. 4).

Spencer W. Kimball: En una ciudad muy alejada de mi hogar, se acercó a mí una joven, en parte debido a la insistencia de su esposo. Me confesó que había cometido adulterio. Al principio se mostró un tanto dura e inflexible, y finalmente dijo: «Sé lo que he hecho. He leído las Escrituras y conozco las consecuencias. Sé que estoy condenada y que jamás podré ser perdonada; por lo tanto, ¿por qué habría de intentar arrepentirme ahora?».

Le respondí: «Mi querida hermana, usted no conoce las Escrituras. No conoce el poder de Dios ni Su bondad. Puede ser perdonada por este terrible pecado, pero será necesario mucho arrepentimiento sincero para lograrlo».

Entonces le cité el clamor de su Señor: ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella se olvide, yo no me olvidaré de ti (Isaías 49:15).

Le recordé las palabras del Señor en nuestra dispensación, según las cuales toda persona que se arrepienta y obedezca los mandamientos de Dios será perdonada (véase Doctrina y Convenios 1:32). Mi visitante parecía desconcertada, pero daba la impresión de anhelar creerlo. Continué:

«Con excepción del pecado imperdonable, finalmente llegará el perdón para todo transgresor que se arrepienta con suficiente dolor, durante el tiempo necesario y con verdadera sinceridad».

Volvió a protestar, aunque comenzaba a ceder. Deseaba intensamente creerlo. Dijo que durante toda su vida había sabido que el adulterio era imperdonable. Entonces volví nuevamente a las Escrituras y le leí la declaración de Jesús que tantas veces se ha repetido:

Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada.

Y a cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado, ni en este mundo ni en el venidero (Mateo 12:31–32).

Ella había olvidado ese pasaje. Sus ojos se iluminaron. Reaccionó con alegría y preguntó: «¿Es realmente cierto? ¿De verdad puedo ser perdonada?».

Comprendiendo que la esperanza es el primer requisito, continué leyéndole muchos pasajes de las Escrituras a fin de fortalecer la esperanza que ahora había despertado en su interior.

¡Cuán grande es el gozo de sentir y saber que Dios perdonará a los pecadores! Jesús declaró en Su Sermón del Monte: «Os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial» (Mateo 6:14). Esto, por supuesto, depende de ciertas condiciones.

En la revelación moderna, el Señor dijo a Su profeta: «He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más» (Doctrina y Convenios 58:42). Nuestro Señor comunicó el mismo mensaje por medio del profeta Jeremías: «Porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:34). ¡Cuán misericordioso es el Señor!

En aquella ocasión que recuerdo, esa mujer, que era fundamentalmente buena, se enderezó, me miró a los ojos y, con una nueva fuerza y determinación en la voz, dijo: «¡Gracias, gracias! Le creo. Me arrepentiré verdaderamente, lavaré mis vestiduras inmundas en la sangre del Cordero y obtendré ese perdón».

No hace mucho, regresó a mi oficina convertida en una persona nueva: con los ojos brillantes, el paso ligero y llena de esperanza. Me declaró que, desde aquel día memorable en que la esperanza había contemplado una estrella y se había aferrado a ella, nunca había vuelto a su pecado ni se había acercado siquiera a él.

Ciertamente, el Señor ama a la persona que está esforzándose por arrepentirse, aun cuando Él aborrezca el pecado. («Dios perdonará», Tambuli, septiembre de 1982, pág. 1).

Richard G. Scott: Cuando el arrepentimiento es completo y una persona ha sido purificada, llega una nueva visión de la vida y de sus gloriosas posibilidades. Cuán maravillosa es la promesa del Señor: «He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más». El Señor es fiel a Sus palabras y siempre lo será.

Si tienen la conciencia atribulada por haber quebrantado las leyes, les ruego que regresen. Regresen a las aguas frescas y renovadoras de la pureza personal. Regresen a la calidez y seguridad del amor del Padre Celestial. Regresen a la serenidad y a la paz de conciencia que provienen de vivir los mandamientos de Dios. («La paz de conciencia y la paz mental», Ensign, noviembre de 2004, págs. 15–18).

Richard G. Scott: Acudan a su obispo. Él les mostrará cómo arrepentirse y los ayudará a hacerlo. A medida que oren y actúen, serán guiados hacia otras personas que los apoyarán. El arrepentimiento es un proceso de purificación. Es difícil, pero tiene un final, un final glorioso acompañado de paz, de un perdón renovador y del milagro de un nuevo comienzo. La confesión de los actos indebidos es un paso importante, pero no constituye el arrepentimiento completo. Su obispo les explicará cuidadosamente lo que deben hacer. Mencionaré dos aspectos del arrepentimiento que poseen un gran poder sanador. Uno se encuentra en esta declaración del Maestro:

Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia; no obstante, el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado.

Este pasaje recalca que el Señor no puede tolerar el pecado, pero perdonará al pecador arrepentido gracias a Su amor perfecto. También enseña que no solo es importante guardar el mandamiento que se ha quebrantado, sino que, mediante la obediencia a todos los mandamientos, se obtiene poder y apoyo adicionales durante el proceso del arrepentimiento.

Otro aspecto vital del arrepentimiento consiste en reconocer la función del Salvador mediante Su expiación. En realidad, es precisamente esa Expiación la que hace posible el arrepentimiento. Al orar y meditar en la función de Jesucristo como su Salvador y Redentor, recibirán gran motivación y ánimo para arrepentirse. («Para quedar libres de las pesadas cargas», Liahona, noviembre de 2002, págs. 86–88).


Isaías 1:19–20 — La bendición requiere una respuesta voluntaria
«Si queréis y escucháis, comeréis lo bueno de la tierra; pero si rehusáis y os rebeláis, seréis devorados por la espada».

Después de ofrecer al pueblo una limpieza completa, Jehová coloca ante él una decisión. Las expresiones «si queréis» y «si rehusáis» muestran que Dios respeta el albedrío y no impone por la fuerza la obediencia ni la salvación. Escuchar, en el lenguaje de las Escrituras, significa más que oír: implica recibir la palabra, confiar en ella y actuar de acuerdo con ella. La obediencia que agrada a Dios nace de un corazón dispuesto y se manifiesta en decisiones concretas.
Estos versículos también enseñan que el albedrío no nos libra de las consecuencias de nuestras elecciones. Israel podía aceptar la invitación divina y disfrutar de las bendiciones del convenio, o persistir en la rebelión y quedar expuesto a la destrucción. La imagen de «comer lo bueno de la tierra» representa seguridad, paz y plenitud bajo el cuidado de Dios, mientras que ser «devorados por la espada» describe la pérdida que produce el alejamiento persistente. El contraste recalca que no podemos escoger una conducta y, al mismo tiempo, exigir consecuencias contrarias a ella.
Esto no significa que las personas obedientes nunca sufrirán ni que toda dificultad sea un castigo por el pecado. Jesucristo mismo fue perfectamente obediente y sufrió injustamente. La promesa es más profunda: quien escucha al Señor camina hacia la vida eterna, recibe paz espiritual y permanece dentro de las bendiciones del convenio, aun en medio de las pruebas. En cambio, la rebelión deliberada debilita la comunión con Dios y termina produciendo esclavitud espiritual. El Señor invita, enseña y advierte; pero cada persona debe decidir voluntariamente cómo responder.


Isaías 1:25 — El poder purificador de Dios
«Limpiaré hasta con lejía tu escoria y quitaré toda tu impureza».

Isaías presenta al Señor como un refinador que trabaja cuidadosamente con un metal valioso. Para purificar la plata era necesario someterla al fuego y separar de ella la escoria; de manera semejante, Dios desea quitar de Su pueblo el pecado, el orgullo y la injusticia que ocultan su verdadera condición como pueblo del convenio. El propósito divino no es destruir la plata junto con sus impurezas, sino conservar lo que tiene valor y liberarlo de aquello que lo corrompe. La corrección de Dios, por tanto, puede ser una manifestación de Su compromiso de santificar y restaurar a Sus hijos.
Este refinamiento incluye principalmente la fe en Jesucristo y el arrepentimiento sincero. El Espíritu Santo revela lo que debemos cambiar, mientras que la gracia del Salvador hace posible el perdón y la transformación. Las pruebas también pueden ayudarnos a reconocer debilidades, desarrollar humildad y depender más plenamente de Dios; sin embargo, no todo sufrimiento debe interpretarse como un castigo personal. La aflicción purifica cuando nos lleva a acercarnos voluntariamente al Señor y a permitir que Él transforme nuestra manera de pensar, sentir y actuar.
El proceso puede resultar doloroso porque exige abandonar pecados, hábitos y actitudes que se han adherido profundamente al corazón. No obstante, el Refinador ve debajo de la escoria algo que nosotros a veces no alcanzamos a percibir: nuestro valor eterno y aquello que podemos llegar a ser mediante Cristo. Su propósito no es avergonzarnos ni reducirnos a nuestras imperfecciones, sino hacernos santos. Cuando aceptamos Su corrección con humildad, el fuego de la experiencia no tiene por qué consumirnos; puede revelar una fe más pura, un carácter más semejante al de Cristo y una relación renovada con Dios.


Isaías 1:26–27 — La futura restauración de Sion
«Entonces te llamarán Ciudad de justicia, Ciudad fiel. Sion será redimida con justicia; y los convertidos de ella, con rectitud».

El capítulo comienza presentando a Jerusalén como una ciudad rebelde, contaminada por la injusticia y la infidelidad, pero concluye anunciando lo que puede llegar a ser mediante el poder restaurador de Dios. Después de quitar la escoria, Jehová promete restablecer jueces y consejeros justos, de modo que la ciudad vuelva a ser llamada «Ciudad de justicia» y «Ciudad fiel». El cambio de nombre representa una transformación de identidad y carácter: Dios no se limita a reparar superficialmente a Sion, sino que procura convertirla en una comunidad que refleje Su propia justicia.
La declaración «Sion será redimida con justicia» enseña que su restauración no ocurrirá ignorando el pecado ni rebajando las normas divinas. La redención se hace posible mediante Jesucristo, quien satisface las demandas de la justicia y ofrece misericordia a quienes se arrepienten. Por eso, el versículo también habla de «los convertidos de ella»: Sion no puede establecerse únicamente mediante instituciones, edificios o cambios políticos. Sus habitantes deben volverse al Señor, abandonar la iniquidad y permitir que la expiación de Cristo transforme sus corazones y su conducta.
Doctrinalmente, Sion es tanto un lugar como un pueblo caracterizado por la pureza de corazón, la unidad y la rectitud. Su construcción comienza en personas que aceptan a Jesucristo, guardan sus convenios, atienden al necesitado y establecen relaciones fundamentadas en el amor y la justicia. La promesa de Isaías ofrece esperanza a toda comunidad y a toda persona que se haya apartado: Dios puede restaurar lo que el pecado ha deteriorado. Cuando permitimos que Él nos refine, podemos pasar de la rebelión a la fidelidad y participar activamente en la edificación de Sion.


George Q. Cannon: La redención de Sion no se comprende plenamente. Hasta cierto punto, el Señor actúa con nosotros como nosotros actuamos con nuestros hijos. Él no nos dice todo. Supongo que, si los primeros élderes de esta Iglesia hubieran podido ver todo lo que tendríamos que atravesar y el tiempo que transcurriría antes de que se lograra la redención de Sion, habrían desfallecido por el camino y habrían sentido que la naturaleza humana no podía soportar semejantes pruebas.

En mis primeros recuerdos de las enseñanzas de los élderes, sé que ellos imaginaban, a juzgar por sus comentarios, que solo pasarían unos pocos años antes de que Sion fuera redimida. Cuando nos dirigíamos hacia estos valles, estuve presente por casualidad mientras algunos de los Doce Apóstoles conversaban acerca del futuro, y el recuerdo de aquella conversación todavía permanece en mi mente. Sé que, aunque eran hombres inspirados y estaban llenos de revelación, no concebían, como ahora podemos hacerlo nosotros, los acontecimientos que tendrían lugar antes de que Sion fuera redimida. Al parecer, conforme a la voluntad del Señor, era necesario que fueran alentados con la esperanza de que sus esfuerzos resultarían en un triunfo completo…

Trabajemos continuamente por la redención de Sion y por el tiempo en que se cumplan las promesas que Dios ha hecho a Sion, a fin de que podamos edificar la estaca central de Sion y levantar allí la Casa del Señor. (La verdad del Evangelio: Discursos y escritos del presidente George Q. Cannon [Salt Lake City: Deseret Book, 1987], pág. 33).

George Q. Cannon: José dijo al principio que era deber de los élderes de esta Iglesia trabajar constantemente para edificar Sion y no para edificar aquello que se opone a Sion… Dios no me ha requerido que edifique nada que se oponga a Sion; por el contrario, debo conservar siempre en mis pensamientos y dejar que influya en mis acciones aquello que haga avanzar la causa de Sion, y evitar todo lo que pueda retrasarla u obrar contra ella de alguna manera. (26 de agosto de 1883, Journal of Discourses, tomo 26, pág. 320).

No conozco ninguna obra mejor a la que podamos dedicarnos que la edificación de la Sion de Dios. Es una obra tan buena y tan grandiosa como cualquier otra en la que podamos participar; de hecho, es la obra que Dios nos ha asignado como pueblo y como individuos. Si alguno de nosotros está dedicado a cualquier otra cosa que lo aparte de ella, no está siguiendo el camino de su deber; debe apartarse de eso y seguir la senda que Dios ha señalado. (La verdad del Evangelio: Discursos y escritos del presidente George Q. Cannon [Salt Lake City: Deseret Book, 1987], pág. 35).