¿Qué han dicho los líderes de la Iglesia sobre Job 1-3, 12-14, 19, 21-24, 38-40, 42?

¿Qué han dicho los líderes de la Iglesia sobre Job 1-3, 12-14, 19, 21-24, 38-40, 42?


Sabemos que Job era santo por la descripción que se hace de él al comienzo: “Hubo en la tierra de Uz un hombre llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).

Después, Job perdió sus riquezas, su familia e incluso su salud. Tal vez recuerden que Job dudó de que la mayor santidad que había adquirido mediante una adversidad más intensa lo hubiera hecho merecedor de una felicidad mayor. A Job le parecía que la santidad le había traído sufrimiento…

Entonces, después de que Job se arrepintió de haber acusado a Dios de ser injusto, se le permitió contemplar sus pruebas desde una perspectiva más elevada y santa…

Después de que Job se arrepintió y llegó a ser más santo, el Señor lo bendijo con mucho más de lo que había perdido. Sin embargo, quizá la mayor bendición que recibió Job fue haber aumentado en santidad mediante la adversidad y el arrepentimiento. De ese modo, quedó preparado para experimentar una felicidad mayor durante los días que aún le quedaban por vivir.

“Una mayor santidad no llegará simplemente por pedirla. Llegará al hacer aquello que sea necesario para que Dios nos transforme”.

—Henry B. Eyring, de la Primera Presidencia, Conferencia General de octubre de 2019, “La santidad y el Plan de Felicidad


Podemos escoger ser como Job, quien parecía tenerlo todo, pero luego lo perdió todo. Sin embargo, Job respondió diciendo: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. Jehová dio y Jehová quitó: ¡Bendito sea el nombre de Jehová!” (Job 1:21)…

Podemos decidir ser agradecidos, pase lo que pase. Ese tipo de gratitud trasciende todo lo que sucede a nuestro alrededor; supera la decepción, el desaliento y la desesperación. Florece con la misma belleza en el paisaje helado del invierno que en el agradable calor del verano.

“Cuando somos agradecidos a Dios en nuestras circunstancias, podemos experimentar una dulce paz en medio de la tribulación. En el pesar, aún podemos elevar el corazón en alabanza; en el dolor, podemos gloriarnos en la Expiación de Cristo; y en el frío de la amarga tristeza, podemos sentir la cercanía y la calidez del abrazo de los cielos”.

—Dieter F. Uchtdorf, de la Primera Presidencia, Conferencia General de abril de 2014, “Agradecidos en cualquier circunstancia


Al príncipe de las tinieblas se lo puede encontrar en todas partes. Con frecuencia se encuentra en muy buena compañía. Job dijo: “Y aconteció que otro día vinieron los hijos de Dios para presentarse delante de Jehová, y Satanás vino también entre ellos para presentarse delante de Jehová” (Job 2:1). Su influencia está en todas partes: “Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Y respondió Satanás a Jehová y dijo: De rodear la tierra y de andar por ella” (Job 2:2)…

“Sin embargo, no debemos quedar paralizados por temor al poder de Satanás. Él no puede ejercer ningún poder sobre nosotros a menos que se lo permitamos. En realidad, es un cobarde y, si permanecemos firmes, retrocederá… Ciertamente puede tentar y engañar, pero no tiene sobre nosotros ninguna autoridad que nosotros no le concedamos”.

—James E. Faust, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de octubre de 1987, “El gran imitador


No podemos almacenar el aire que necesitamos para respirar, por mucho que lo intentemos. Momento tras momento y respiración tras respiración, nuestra vida nos es concedida y renovada. Lo mismo sucede con la luz espiritual. Debe renovarse en nosotros con regularidad. Debemos producirla día tras día, pensamiento tras pensamiento y mediante acciones rectas cotidianas, si queremos mantener alejada la oscuridad del adversario…

En las Escrituras leemos que algunas personas “andan a tientas en tinieblas y sin luz” y “los hace errar como borrachos” (Job 12:25). Al avanzar tropezando, podemos acostumbrarnos a la penumbra que nos rodea y olvidar cuán glorioso es caminar en la luz.

—Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de abril de 2002, De la oscuridad a Su luz maravillosa


La experiencia de Job nos recuerda lo que quizá se nos pida soportar. Job perdió todas sus posesiones, incluso sus tierras, su casa y sus animales; perdió a miembros de su familia, su reputación, su salud física e incluso su bienestar mental. Sin embargo, esperó en el Señor y expresó un poderoso testimonio personal. Dijo:

“Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo;

“y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios.

“Aunque él me matare, en él confiaré” (Job 13:15)…

“Tal vez no sepamos cuándo ni cómo recibiremos las respuestas del Señor, pero testifico que llegarán en Su propio tiempo y a Su propia manera. Es posible que tengamos que esperar hasta la vida venidera para recibir algunas respuestas. Esto puede aplicarse a ciertas promesas de nuestras bendiciones patriarcales y a algunas bendiciones relacionadas con nuestros familiares. No desistamos de confiar en el Señor. Sus bendiciones son eternas, no temporales”.

—Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de octubre de 2011, “Esperamos en el Señor: Hágase tu voluntad


En esta vida reímos, lloramos, trabajamos, jugamos, vivimos y después morimos. Job plantea esta breve pregunta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14). La respuesta es un sí rotundo, gracias al sacrificio expiatorio del Salvador.

Una parte de la variada introducción de Job a esa pregunta resulta interesante: “El hombre nacido de mujer, corto de días […]. Sale como una flor y es cortado […]. Porque si el árbol es cortado, aún queda de él esperanza; retoñará de nuevo, y sus renuevos no faltarán […] y producirá ramas como planta” (Job 14:1–2, 7, 9).

“El plan de nuestro Padre se centra en las familias. Varios de nuestros pasajes más conmovedores emplean la imagen del árbol, con sus raíces y ramas, como una analogía… Las ordenanzas vicarias ocupan un lugar central en el proceso de unir a las familias eternas, conectando las raíces con las ramas”.

—Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de abril de 2014, “Raíces y ramas


Aprendemos mucho acerca de cómo afrontar el sufrimiento gracias a “un hombre en la tierra de Uz, cuyo nombre era Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Satanás obtuvo permiso del Señor para tentar y probar a Job. Job era rico y tenía siete hijos y tres hijas, pero perdió sus posesiones y a sus hijos. ¿Qué efecto tuvo aquello en Job? Refiriéndose al Señor, dijo: “Aunque él me matare, en él confiaré” (Job 13:15) y “Él también será mi salvación” (Job 13:16). Job testificó: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, aún he de ver en mi carne a Dios” (Job 19:25–26). Job confió plenamente en que el Señor se encargaría de todas las demás preocupaciones.

“La manera de encontrar gozo en esta vida consiste en decidir, como Job, soportarlo todo por Dios y por Su obra. Al hacerlo, recibiremos el gozo infinito e invaluable de estar con nuestro Salvador en las eternidades”.

—James E. Faust, de la Primera Presidencia, Conferencia General de octubre de 2004, “¿En qué bando estamos?

La razón solo es compatible con la verdad. El error y el mal, por mucho que alguien intente justificarlos mediante razonamientos, continúan siendo error y mal, y conducen al caos. Resulta difícil comprender que alguien, después de examinar la verdad, pueda decirle a Dios: “Apártate de nosotros, porque no deseamos el conocimiento de tus caminos” (Job 21:14).

—John H. Vandenberg, del Consejo de los Doce, Conferencia General de abril de 1973, “La influencia del hombre


En todas las grandes ciudades encontramos personas abatidas y abandonadas al borde del camino: personas sin hogar, indigentes, hambrientas y enfermas. Algunos dicen que al darles dinero solamente contribuimos a mantener su adicción a las drogas o al alcohol, permitiéndoles así continuar con el estilo de vida que han escogido. Es muy fácil juzgar a esas personas y, como los amigos de Job, especular acerca de todos los errores que cometieron y que les ocasionaron tanta desdicha (véase Job 22).

Sin embargo, antes de pasar de largo como el levita y el sacerdote, consideremos la exhortación del Salvador: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22). Recordemos que el Salvador no tenía hogar, solo poseía la ropa que llevaba puesta y con frecuencia padecía hambre. ¿Qué haría Él? No existe ninguna duda acerca de lo que haría: demostraría misericordia y ministraría a esas personas.

—William W. Parmley, Setenta Autoridad General, Conferencia General de octubre de 2003, “Ven, sígueme”


Aprendemos la obediencia, tal como lo hizo el Salvador, mediante las cosas que padecemos. Al considerar la vida de los santos de dispensaciones pasadas y de la actualidad, aprendemos que fueron refinados mediante la aflicción, las dificultades, la persecución y el sufrimiento personal. Job, quien conocía muy bien la aflicción, dijo durante sus pruebas: “[Dios] conoce el camino que tomo; cuando me haya probado, saldré como oro” (Job 23:10).

—Delbert L. Stapley, del Consejo de los Doce, Conferencia General de octubre de 1977, “Las bendiciones de la obediencia


“Refrenar” es una palabra interesante. Cuando montamos a caballo, utilizamos la brida para guiarlo. Algunos buenos sinónimos podrían ser dirigir, controlar o contener. El Antiguo Testamento relata que nos regocijamos cuando supimos que recibiríamos un cuerpo físico (véase Job 38:7). El cuerpo no es malo; es hermoso y esencial. Sin embargo, algunas pasiones, si no se utilizan debidamente y se refrenan apropiadamente, pueden separarnos de Dios y de Su obra, y afectar negativamente nuestro testimonio».

— Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de octubre de 2022, “Sean fieles a Dios y a Su obra


“Nuestro cuerpo es nuestro templo. Por tener un cuerpo, no somos menos semejantes al Padre Celestial, sino más semejantes a Él. Testifico que somos Sus hijos, creados a Su imagen y con el potencial de llegar a ser como Él. Tratemos con gran cuidado este don divino del cuerpo. Algún día, si somos dignos, recibiremos un cuerpo perfeccionado y glorioso, puro y limpio como mi pequeña nieta recién nacida, pero inseparablemente unido al espíritu. Nos regocijaremos (véase Job 38:7) al recibir nuevamente ese don que tanto hemos anhelado. Ruego que respetemos la santidad del cuerpo durante la vida mortal, a fin de que el Señor pueda santificarlo y exaltarlo por la eternidad”.

—Susan W. Tanner, Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, Conferencia General de octubre de 2005, “La santidad del cuerpo


“Otro aspecto de sacar los trapos sucios es el deseo carnal e insaciable que algunos tienen de exponer las faltas de los demás. Cuando Job se impacientaba bajo el peso de sus aflicciones, el Señor lo cuestionó: “¿Me condenarás a mí para justificarte tú?” (Job 40:8). Esto puede suceder incluso dentro de la familia cuando alguien, suponiendo que protege su buen nombre, expone detalladamente las faltas y los errores de sus hermanos, hijos o padres, como una forma de justificarse y aliviar su dolor personal… Siempre que hablamos de los pecados o errores de otras personas, en realidad estamos emitiendo un juicio sobre ellas”.

—Lynn A. Mickelsen, Setenta Autoridad General, Conferencia General de octubre de 2003, “La Expiación, el arrepentimiento y la ropa sucia


Hermanos y hermanas, al arrepentirnos de nuestros pecados y acercarnos con confianza al “trono de la gracia” (Hebreos 4:16), dejando allí ante Él nuestras ofrendas y nuestras sinceras súplicas, encontraremos misericordia, compasión y perdón en las bondadosas manos de nuestro Padre Eterno y de Su Hijo obediente y perfectamente puro. Entonces, junto con Job y todos los fieles que han sido refinados, contemplaremos un mundo “demasiado maravilloso” (Job 42:3) para comprenderlo».

—Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, Conferencia General de abril de 2024, “Manifestaciones de un fuego escondido


Por supuesto, en ocasiones todas las personas sinceras reconocen sus debilidades y se lamentan ante sus propias deficiencias, ignorancia y orgullo. Incluso Job, aquel hombre bueno y piadoso que poseía una fe que ninguna de sus aflicciones pudo quebrantar, expresó este testimonio al concluir su prueba cuando, al ver a Dios, dijo: “Yo sé que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. De oídas había oído de ti, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto, me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:2, 5–6).

“Pero Cristo nos elevará y nos ayudará a llegar a ser como Él, a medida que hagamos lo que Él hizo; que amemos a nuestro Padre y le entreguemos nuestra vida; que nos amemos unos a otros y a todas las personas, y que aprendamos a vivir y enseñar Su palabra”.

—Marion D. Hanks, Consejo de los Doce, Conferencia General de abril de 1973, Qué Clase de Hombres? “Como Yo Soy”

 

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario